domingo, 5 de mayo de 2024

VIDA DIGITAL




Se venden poco y se los consigue usados con fuertes rebajas, y esa es una pésima noticia para la realidad virtual
Son seiscientos gramos colgados de la cara; la frase "computación espacial" hacía agua de entrada
Los cascos de Apple salieron hace algo más de tres meses, pero la demanda escasea y algunos de los primeros compradores se los están sacando de encima; por qué fracasaron los Vision Pro y qué relación tiene esto con el también fallido Metaverso de Zuckerberg
Ariel Torres
El casco de realidad mixta de Apple, salvo que ocurra un milagro, ya puede ser calificado de fracaso. Primero, la compañía tuvo que reducir a la mitad su producción por falta de demanda. A unos 3500 dólares la unidad, por mucho músculo de márketing que le hayan puesto, los Vision Pro estuvieron lejos de venderse como pan caliente. Quizá más doloroso para los que admiramos esta clase de prodigios técnicos, ya están apareciendo estos cascos futuristas usados y con fuertes rebajas. Solo pasaron tres meses desde su lanzamiento.
Lo de realidad mixta es una forma más o menos elegante de decir que con un casco de esta clase la realidad real y las realidades generadas por la computadora de algún modo se mezclan, coexisten, se enriquecen mutuamente y un millón de cosas en el medio. Se suponía (y en cierta forma el principal problema es) que el Vision Pro iba a ser el ápice de la realidad mixta, el modelo a seguir, el iPhone de una nueva generación de dispositivos que Apple decidió llamar “computación espacial”. Pero algo salió mal, y lo increíble es que Apple no solo volvió a cometer un viejo error, uno que se remonta a los tiempos de LISA y Steve Jobs, sino que pasó por alto un detalle elemental, sobre el que volveré en un minuto.
Lisa Brennan Jobs junto a su padre, Steve Jobs; la primera computadora personal con interfaz gráfica comercialmente disponible llevaba su nombre, pero resultó demasiado cara para la mayoría de los bolsillos

En cuanto al impacto informativo, lo máximo que consiguió fueron cinco minutos de fama, cuando algún medio especializado tituló que habían vuelto los “glassholes”, un juego de palabras bastante evidente que viene usándose para esta clase de aparatos desde que Google lanzó sus gafas Glass, en 2013; las tuvo que discontinuar, dada la falta de interés del público, en 2015. El mismo año en que Apple arrancó con su proyecto Vision Pro. Apple, que siempre se llevó muy mal con la prensa, no anticipó que si algún cliente tenía la peregrina idea de salir a manejar con los Apple Pro puestos iba a ser un titular más jugoso que los cascos en sí. Cosa que, efectivamente, ocurrió, incluso cuando el manual del usuario de los Vision Pro aclara de forma explícita que no están diseñados para usarse mientras uno maneja. O camina, cosa que también pasó.
El punto de inflexión
Cuando uno mira las fechas, la cosa se pone interesante. Al año siguiente de que Apple iniciara el proyecto de los Vision Pro, tras comprar una compañía alemana llamada Metaio (que era un spin off de Volkswagen), nació OpenAI. ¿Qué tiene que ver? Ese período entre 2015 y 2016 marca un punto de inflexión. Todos los grandes estaban buscando el nuevo Santo Grial de la tecnología. El próximo iPhone, el nuevo Facebook, el Google del siglo XXI. El problema es que en tecnología no sabés lo que estás buscando hasta que lo encontrás. Más que un Santo Grial se iban a encontrar, y de la peor forma posible, con un cisne negro. En ese período, un grupo de compañías apostó por la realidad virtual (y la aumentada y la mixta; no hace falta entrar en los detalles aquí); el otro camino fue el que tomó OpenAI y al que muy pronto se sumó, en parte porque Google estaba avanzando mucho en ese terreno, Microsoft.
Sam Altman, este año, en Davos
En 2016 OpenAI era un proyecto raro al que los popes de la inteligencia artificial miraron de soslayo. Lo que pretendía era tan desmesurado que fueron el hazmerreír de la industria; el mismo Sam Altman, uno de los fundadores de OpenAI y su CEO, contó en varios reportajes la violenta descalificación que sufrieron en los primeros años. Pero contra todo anticipo, Microsoft invirtió 10.000 millones de dólares en la compañía; la misma cantidad de dinero que puso Mark Zuckerberg, el fundador de Facebook (todavía se llamaba Facebook, atentos), en la realidad virtual. ¿Cuándo ocurrió todo esto? En 2019, el mismo año en que Facebook lanzaba su mundo virtual, llamado Facebook Horizon; fue también el año en que Elon Musk quiso quedarse con OpenAI y fue expulsado (no era la primera vez que su estilo gerencial lo dejaba fuera del timón) por el resto de los inversores.
Mark Zuckerberg invirtió dinero más allá de toda lógica en el Metaverso

En 2021, Facebook cambió de nombre y pasó a llamarse Meta. En ese momento publiqué un artículo en el que advertía que ese camino podía ser un callejón sin salida. Casi dos años después, el 30 de noviembre de 2022, OpenAI lanzó ChatGPT y todos los sueños del Metaverso se fueron a pique. Finalmente, Zuckerberg recapacitó, bajó de revoluciones con el Metaverso y dijo que ahora la meta (perdón, fue sin querer) era la IA. Apple, por su parte, ya no podía dar marcha atrás con los Vision Pro, porque son (insisto) un prodigio técnico que requirió inversiones astronómicas.
Disrupción y oportunidad
Desde mi punto de vista, para cuando el cisne negro (dije cisne, no monje) de OpenAI apareció en la siempre cambiante orilla de la revolución digital, la compañía cofundada por Steve Jobs y Steve Wozniak en 1976 ya sabía que lo de los Vision Pro era una forma de arrogancia blasfema. Y por la misma exacta razón que el Metaverso había sido un acto de desmesura por parte de, ahora sí, Meta: no había nada fundamental que solo pudieras hacer con los Vision Pro.

Cuando uno mira la historia de la tecnología, de cualquier tecnología (desde el arco y la flecha hasta ChatGPT), las reglas de la disrupción son tan claras como implacables. Una invención se impone cuando te permite hacer algo que hasta entonces no podías hacer o te permite hacerlo más rápido a un costo mucho menor, y solo será disruptivo si eso que te permite hacer es algo vital (planillas de cálculo con las PC; correo electrónico con Internet) o se vuelve vital (redes sociales, con el iPhone). Ni el Metaverso ni el Vision Pro ofrecían algo así. Podía ser divertido probarlos un rato, pero al final volvías a la computadora o al teléfono. Al menos, por ahora. Toda disrupción es hija de su tiempo.
El mismo error de nuevo
El que un dispositivo sea magnífico, como es el caso de los Vision Pro y de los cascos de Meta, no significa que la gente lo vaya a comprar. Mucho menos a 3500 dólares la unidad. Pero el precio, que fue lo que en general causó más asombro, no es el problema. Si los Vision Pro nos hubieran proporcionado la posibilidad de hacer algo extraordinario que hasta ahora resultaba impagable o de alguna forma inaccesible, lo habríamos comprado. En cuotas, pero lo íbamos a comprar. Fui testigo de esto. La primera PC de IBM, en agosto de 1981, costaba el equivalente a 5377 dólares de hoy. Y se las sacaban de las manos. El problema de la Vision Pro era, primero que nada, que le faltaba una killer application.
La IBM/PC vendió un millón de unidades en sus primeros cuatros años, y costaba, a valores de hoy, más de 5000 dólares; el precio no es el problema de los Vision Pro
Lo mismo ocurrió con el Metaverso. Es un poco extraño que un sujeto tan sagaz como Zuckerberg se haya empecinado tanto en algo que era básicamente una cáscara vacía. Inmersiva, tal vez. Pero vacía. No produjo los resultados esperados porque carecía de una killer app.
Tampoco ahora los produce el ambicioso casco de Apple. Y no solo no hay una killer app, sino que, de nuevo, es muy llamativo que no hayan tomado en consideración algo tan elemental como que pasarse varias horas con unas gafas de 600 gramos en la cara iba a resultar extenuante. Ahí la frase “computación espacial” se derrumba, porque hoy miles de millones de personas pasamos todo el día frente a una computadora convencional. O la llevamos en el bolsillo. Pero colgada de la cara, no. Ni siquiera tiene demasiado sentido para ver una película, si ponemos en la balanza la experiencia y el confort. Personalmente, me quedo con una buena pantalla y sonido envolvente.
La realidad mixta puede ser una herramienta magnífica en educación y en muchos ámbitos laborales, pero todavía no reemplaza a una simple notebook
Creo que a largo plazo la integración de nuestra experiencia del mundo real con el virtual son inevitables. Mucha ciencia ficción ha planteado esto y seguimos experimentando cómo conectar las computadoras con la mente humana. La investigación sobre la interfaz cerebro-computadoras empezó en la década del ‘70, y todavía hay mucho por recorrer. De momento, mi impresión sigue siendo que los cascos de realidad virtual y mixta son una herramienta extraordinaria en la educación y en varios ámbitos laborales. Para todo lo demás, al parecer, ni siquiera los early adopters se sintieron demasiado tentados. Y ahora se están sacando los Vision Pro de encima, posiblemente con una fuerte resaca del día después.

http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/INDECQUETRABAJA

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