¿Hasta qué edad conviene que los hermanos compartan cuarto?
La llegada de la pubertad o las distintas etapas del crecimiento suelen justificar que cada uno tenga su espacio; algunas ideas en caso de no contar con los metros suficientes
Vivian Urfeig
A determinada edad, los espacios personales son fundamentales para una buena convivencia
Un placard de 1,80 metros conecta la luz y la ventilación y, a la vez, disocia áreas
Independencia, autonomía o diferencia de género y edades son los motivos más recurrentes a la hora de decidir que los chicos dejen de compartir el cuarto. ¿A qué edad se sugiere que los hermanos y hermanas tengan su propio espacio? ¿Cómo resolverlo en caso de no contar con los metros suficientes?
La llegada de la pubertad o la preadolescencia suelen marcar el momento bisagra: el más grande ya no quiere lidiar con situaciones de convivencia. Sueña con su metro cuadrado de intimidad, así sea para mirar Tiktok o chatear con sus amigos. ¿Pero qué pasa cuando el lugar es reducido y no hay un cuarto extra?
Para fomentar un vínculo sano que fortalezca la empatía y la solidaridad, pero que a la vez contemple etapas de crecimiento y géneros, los especialistas sugieren escuchar las necesidades de los hermanos. Y poner manos a la obra, con creatividad, para delimitar espacios individuales en pos de una buena convivencia.
Movimientos útiles
“En función de las dinámicas familiares hay situaciones en las que valen la pena estos movimientos. La presencia de los cambios corporales, la llegada de nuevos juegos, por ejemplo, son motivos válidos para pensar en desplazamientos”, plantea Mariela Kier Joffé, psicoanalista especializada en primera infancia. En este sentido, destaca el caso de una paciente de 11 años con temor a la oscuridad que, de común acuerdo con su hermana de 7, eligieron compartir el cuarto y generaron consensos sobre qué película ver juntas o a quién le toca apagar la luz cada noche.
La experiencia de Ema T., de 6 años, y su hermano Francisco, preadolescente de 12, se dio naturalmente, según cuenta su mamá: “El incipiente desarrollo de Fran, las ganas de dormirse más tarde y la necesidad de leer en silencio, sin escuchar las lecturas en voz alta de su hermana, fueron claves para decidir el cambio. Despejamos un cuarto más chiquito que usábamos de escritorio y le armamos su lugar. Ahora eligen compartir momentos, comidas y situaciones de juego, pero después vuelve cada uno a su cuarto”, comenta.
“Es una problemática cultural. Si la familia tiene la posibilidad de ampliar los espacios para dar privacidad a los chicos siempre es mejor. Y si no se puede, la idea es armar el mejor escenario posible teniendo en cuenta la comodidad y las preferencias de los hijos”, señala la psicoanalista Mariela Pinkus, psicóloga del equipo de Adolescencia del Hospital Alvear. “La pubertad trae aparejadas nuevas exigencias a la subjetividad, y la presencia de otro y la convivencia con el par a veces genera dificultades”, agrega Kier Joffé, coordinadora del Departamento de Niños del Centro Oro.
Desde la arquitectura y el diseño, los especialistas consultados coinciden en resolver la división de espacios en un mismo cuarto a partir de soluciones creativas que optimizan el lugar. Para la arquitecta Paola Zini, el mobiliario puede resultar un gran aliado a la hora de dividir el ambiente: “Un placard que llegue a una altura de 1,80 metros conecta la luz y la ventilación a la vez que disocia áreas personales”, señala la especialista en arquitectura familiar. Y agrega: “El concepto japonés de cortinas o paneles traslúcidos aísla el espacio, promueve la intimidad y permite el paso de la luz a ambas partes”.
En tanto, la arquitecta Silvana Grillo contempla en sus proyectos las ventajas emocionales de compartir, generar complicidades en el juego y acompañarse en las noches cuando las y los hermanos aún son chiquitos. “La cualidad principal de un cuarto compartido es que cada integrante tenga un rincón propio, que lo identifique, con sus colores y personajes favoritos”, apunta Grillo, que diseña equipamiento de guardado que a la vez divide espacios. “Cuando el espacio es muy reducido se puede apelar a los colores, o que cada uno delimite su propio sector con un dibujo o una intervención propia. Personalizar almohadones con el nombre o la inicial y sectorizar el guardado de juguetes y útiles escolares sumará autonomía y control sobre lo propio”, destaca.
Grillo sugiere dotar al cuarto de versatilidad para que se prolongue su función en el tiempo. “Para facilitar el crecimiento y que el cuarto acompañe, es mejor que los recursos más infantiles estén en los objetos que se pueden remover: lámparas, tapicería, alfombritas”, puntualiza. También sugiere que los muebles sean neutros, en madera o laqueados en blanco: “Así se pueden seguir usando por un período más prolongado, y acompañar a los hijos sin tener que remodelar el cuarto completo cada tres o cuatro años”.
Por otra parte, la arquitecta Marcela Roitman dice: “En los lugares habitados por niños nos gusta incorporar elementos con los que los chicos pueden establecer un vínculo. Esto se logra con objetos puntuales que permitan a cada integrante apropiarse del lugar, sin opacar al otro”.
“Resaltar las diferencias, trabajar los acuerdos y el respeto por el otro, establecer convenios y concesiones. Estos son los ejes a tener en cuenta mientras los hermanos comparten espacios”, concluye la psicóloga Mariela Kier Joffé.
La gestión de la convivencia, un tema clave que domina las dinámicas familiares.
Un placard de 1,80 metros conecta la luz y la ventilación y, a la vez, disocia áreas
Independencia, autonomía o diferencia de género y edades son los motivos más recurrentes a la hora de decidir que los chicos dejen de compartir el cuarto. ¿A qué edad se sugiere que los hermanos y hermanas tengan su propio espacio? ¿Cómo resolverlo en caso de no contar con los metros suficientes?
La llegada de la pubertad o la preadolescencia suelen marcar el momento bisagra: el más grande ya no quiere lidiar con situaciones de convivencia. Sueña con su metro cuadrado de intimidad, así sea para mirar Tiktok o chatear con sus amigos. ¿Pero qué pasa cuando el lugar es reducido y no hay un cuarto extra?
Para fomentar un vínculo sano que fortalezca la empatía y la solidaridad, pero que a la vez contemple etapas de crecimiento y géneros, los especialistas sugieren escuchar las necesidades de los hermanos. Y poner manos a la obra, con creatividad, para delimitar espacios individuales en pos de una buena convivencia.
Movimientos útiles
“En función de las dinámicas familiares hay situaciones en las que valen la pena estos movimientos. La presencia de los cambios corporales, la llegada de nuevos juegos, por ejemplo, son motivos válidos para pensar en desplazamientos”, plantea Mariela Kier Joffé, psicoanalista especializada en primera infancia. En este sentido, destaca el caso de una paciente de 11 años con temor a la oscuridad que, de común acuerdo con su hermana de 7, eligieron compartir el cuarto y generaron consensos sobre qué película ver juntas o a quién le toca apagar la luz cada noche.
La experiencia de Ema T., de 6 años, y su hermano Francisco, preadolescente de 12, se dio naturalmente, según cuenta su mamá: “El incipiente desarrollo de Fran, las ganas de dormirse más tarde y la necesidad de leer en silencio, sin escuchar las lecturas en voz alta de su hermana, fueron claves para decidir el cambio. Despejamos un cuarto más chiquito que usábamos de escritorio y le armamos su lugar. Ahora eligen compartir momentos, comidas y situaciones de juego, pero después vuelve cada uno a su cuarto”, comenta.
“Es una problemática cultural. Si la familia tiene la posibilidad de ampliar los espacios para dar privacidad a los chicos siempre es mejor. Y si no se puede, la idea es armar el mejor escenario posible teniendo en cuenta la comodidad y las preferencias de los hijos”, señala la psicoanalista Mariela Pinkus, psicóloga del equipo de Adolescencia del Hospital Alvear. “La pubertad trae aparejadas nuevas exigencias a la subjetividad, y la presencia de otro y la convivencia con el par a veces genera dificultades”, agrega Kier Joffé, coordinadora del Departamento de Niños del Centro Oro.
Desde la arquitectura y el diseño, los especialistas consultados coinciden en resolver la división de espacios en un mismo cuarto a partir de soluciones creativas que optimizan el lugar. Para la arquitecta Paola Zini, el mobiliario puede resultar un gran aliado a la hora de dividir el ambiente: “Un placard que llegue a una altura de 1,80 metros conecta la luz y la ventilación a la vez que disocia áreas personales”, señala la especialista en arquitectura familiar. Y agrega: “El concepto japonés de cortinas o paneles traslúcidos aísla el espacio, promueve la intimidad y permite el paso de la luz a ambas partes”.
En tanto, la arquitecta Silvana Grillo contempla en sus proyectos las ventajas emocionales de compartir, generar complicidades en el juego y acompañarse en las noches cuando las y los hermanos aún son chiquitos. “La cualidad principal de un cuarto compartido es que cada integrante tenga un rincón propio, que lo identifique, con sus colores y personajes favoritos”, apunta Grillo, que diseña equipamiento de guardado que a la vez divide espacios. “Cuando el espacio es muy reducido se puede apelar a los colores, o que cada uno delimite su propio sector con un dibujo o una intervención propia. Personalizar almohadones con el nombre o la inicial y sectorizar el guardado de juguetes y útiles escolares sumará autonomía y control sobre lo propio”, destaca.
Grillo sugiere dotar al cuarto de versatilidad para que se prolongue su función en el tiempo. “Para facilitar el crecimiento y que el cuarto acompañe, es mejor que los recursos más infantiles estén en los objetos que se pueden remover: lámparas, tapicería, alfombritas”, puntualiza. También sugiere que los muebles sean neutros, en madera o laqueados en blanco: “Así se pueden seguir usando por un período más prolongado, y acompañar a los hijos sin tener que remodelar el cuarto completo cada tres o cuatro años”.
Por otra parte, la arquitecta Marcela Roitman dice: “En los lugares habitados por niños nos gusta incorporar elementos con los que los chicos pueden establecer un vínculo. Esto se logra con objetos puntuales que permitan a cada integrante apropiarse del lugar, sin opacar al otro”.
“Resaltar las diferencias, trabajar los acuerdos y el respeto por el otro, establecer convenios y concesiones. Estos son los ejes a tener en cuenta mientras los hermanos comparten espacios”, concluye la psicóloga Mariela Kier Joffé.
La gestión de la convivencia, un tema clave que domina las dinámicas familiares.
http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA
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