miércoles, 9 de agosto de 2023

LA VIDA DE DELFINA PIGNATIELLO


“Estaba En un pozo, sentí la soledad y odié mi nombre”
A dos Años de los jjoo, Delfina Pignatiello, “la promesa Argentina” de la natación, habla sobre las presiones y cuenta por qué debió Abandonar el deporte para preservar su salud mental
— texto de Fabiana Scherer y fotos de Manuel Cascallar —
La compu, una silla gamer, de la época cuando hacía streaming, cuadros, flores, fotos, marcadores a montón, hojas, cuadernos, el termo y el mate. Pila de libros en los que aparecen los nombres de Rainer Maria Rilke, Ariana Harwicz, Tolstoi, Spinetta, Dolores Reyes, Henri Cartier Bresson, Julia Cameron, Harry Potter. Adornos de todo tipo, uno con la cara de la princesa Diana, un camello. La cámara de fotos. Rollos ya revelados. Una mesita. Un sillón. Ropa en el tender en el balcón. Plantas. En un rincón, cerca de la ventana del living, están las medallas que ganó. Tenía 8 meses cuando Delfina Pignatiello aprendió a nadar. Fue su mamá la que la llevó a la pileta. En la tapa de Diarios de Delfín, el libro que acaba de publicar de manera independiente, Delfina nada, como aquél bebe en el disco de Nirvana. “Delfi sigue aprendiendo a nadar. Año y ½”, dice la primera página del libro que reproduce el texto escrito a mano detrás de la foto. Se sienta en la silla gamer, cruza las piernas, los pies descalzos, toma el termo y el mate. Lo ceba. La espalda bien derecha, el pelo recogido y la mirada que detecta la mía perdida en aquél rincón. “Ahí están”, dice de los premios que marcaron su recorrido, ese que comenzó a los 12 años en el mundo competitivo y que la llevó a ser parte de la Selección Argentina de Natación entre los años 2014 y 2021, donde se consagró triple campeona panamericana y recordista sudamericana. A los 17 años ganó el Olimpia de oro como reconocimiento a la mejor deportista argentina [la misma edad en la que lo recibió Gabriela Sabatini en 1987]. El Comité Olímpico Argentino la eligió, en 2019, como la Atleta Femenina del año. En 2021 viajó a Tokio a su primer Juego Olímpico. En junio del 2022, a los 22, anunció su retiro.
–-¿Qué te pasa cuando las mirás?
–Ellas son todo lo que aprendí, todo lo que pasé para llegar a tenerlas. Las miro desde otra perspectiva. Me dan mucho orgullo porque siento que son el resultado del esfuerzo, del camino. Recuerdo que en una charla de pre competencia, Georgina Bardach [la nadadora cordobesa que obtuvo el bronce en los Juegos de Atenas de 2004] nos contó que no sabía dónde tenía su medalla olímpica. Yo no lo podía creer, pensé, era más pequeña, que estaba loca de remate. Cómo no iba a saber dónde tenía su medalla olímpica. Ella hablaba de la importancia de los procesos. Para ella el proceso olímpico lo había sido todo, mucho más que la medalla. En su momento no la entendí. Dije, todo genial, muy lindo, pero bueno, la medalla es la medalla y todos queremos la medalla. Cuando dejé la competencia, recién ahí lo entendí todo. Georgi lo sabía. A veces ese dorado, el de la medalla te ciega tanto y te pone en ese lugar en el que pareciera que si no la conseguís, no hay nada, sos un fracaso. La importancia es el proceso, es trillado, esa búsqueda interminable por querer ser el mejor, por querer ser mejor.
–Hablás de competencia y autoexigencia
–Cada día me preparaba para competir contra el otro, pero competía mucho más contra mí misma. Soy muy autoexigente con un montón de cosas, pero la competencia era contra mí, la más difícil de todas porque siempre quería estar arriba, bien arriba, subir y subir, romper el techo, un techo cada vez más alto…hoy me sentaría a hablar con Georgina, tres horas, más, porque ahora la entiendo, porque ya me llegó esa información, ya la procesé. Están ahí (se da vuelta, las mira). Si ganás una medalla está todo bien y todo el mundo te felicita, aparecen todos los amigos del campeón, el reconocimiento. Pero si no ganás…no se acercan, no te habla nadie. Sólo ven los errores. Y está bueno saber de los errores, para aprender, para mejorar. Esta bueno fracasar para aprender. Se marca mucho esto de la medalla y la no medalla. El bien y el mal. En las buenas estuvieron conmigo… y también me pasó que yo viví un juego olímpico [en Tokio 2020, la nadadora no superó las fases clasificatorias de 800 y 1500 metros] y jamás nadie me habló, no me habló nadie de la federación, ni mi entrenador, no me habló nadie. Sólo mi familia. Pensé que la gente que me rodeaba era por interés. Hubo un momento que todo fue muy oscuro, estaba perdiendo mi esencia. Estaba en un pozo y sentí la soledad. Me sentí muy sola, salvo por mi familia que me acompañó. Entonces fue muy duro y creo que fue lo que más me marcó. Ahí fue cuando me dije: “Delfi querés probar otra cosa, ¡probalo mamita!, porque si estuviste en una mala y nadie te acompaño, si estuviste con un ataque depresivo, con sentimientos muy bajón, en que no le veías sentido a la vida, que no la querias seguir y nadie te acompañó. Te dejaron sola. Comprate la cámara”, así me hablé a mí misma. “Si así te tratan, mejor anda a otro lado”. En ese momento me autocuide. Veníamos de la cuarentena, donde me sentí muy desamparada. Cinco meses sin entrenar y veía como todas las otras competidoras que se estaban preparando para Tokio volvían a nadar. Veía mi sueño cada vez más lejos. Fue muy duro, lo fue para todos. Tuve que volver a poner en forma un cuerpo después de cinco meses, que se tendría que haber preparado cuatro años seguidos para un juego olímpico…fue bastante duro ver esa realidad. Ese tiempo, el de la pandemia me desgastó mucho, fue muy desgastante. Cambió todo. Pensé mucho. Me cuestioné mucho y eso me llevó a lugares que no conocía, cosas que dolían, que seguía tapando, cosas que me pasaron cuando era más chica, presiones… “pará, tenía 16 años cuando pasó esto”. Cosas que no entendía y que entiendo ahora. Empecé un proceso interno, a preguntarme quién soy, más allá de lo que los otros decían quién era. Cambió todo. El concepto del éxito cambió, hablo del éxito real.
–¿Cuál es el éxito real?
–El éxito no es triunfar en un laburo, ni ganar una carrera. El éxito es otra cosa. El éxito es ir los domingos a abrazar a mis viejos. El éxito es despertarme todos los días y tener ganas de vivir. Terminar el día y tener ganas de que llegue otro día. Los domingos, a las 7 de la tarde yo tenía angustia. Lo lunes me levantaba con angustia, así fue mi último año como profesional [2021]. Me costó un año darme cuenta, ver lo que me pasaba. Tuve que cerrar el ciclo olímpico para recién ver y darme cuenta de que lo que me pasaba. No estaba disfrutando lo que hacía.lloraba.sentía angustía. Lloraba cada vez que preparaba el bolso de entrenamiento.
“Un día odié la natación, y odié mi nombre. Me avergonzaba ser ejemplo, que me entrevistaran, que me llamaran “promesa”, que me analizaran, que se me quedaran mirando. Al día de hoy, si alguien nombra todos mis logros, no consigo sentir alegría plena por el reconocimiento, siempre viene el trago mezclado con rechazo y asco hacia mí misma por regocijarme con un premio superficial y material, el cual soy consciente que en el fondo no me dio más que vacío, mientras perdía de a poco el brillo de mi alma”, confiesa en Diarios de Delfín, el libro que escribió para sanar.
–Las páginas de tu libro están atravesadas por textos muy personales, fotografías, fábulas, poesías que narran el costo que hay detrás de un deportista de élite, el proceso que te llevó a dejar la competencia de alto rendimiento, los difíciles y oscuros momentos que atravesaste. Hacés foco en la salud mental.
–El deporte de alto rendimiento demanda una exigencia muy grande, una presión enorme…demanda un montón de cosas. Está esta idea de qué hago deporte y voy a estar sano toda la vida, porque el deporte es salud. Claro que sí, desde lo físico, pero la salud mental también es importante para evitar una bola, esa bola de nieve que lo arrasa todo, una acumulación de duelos. Una bola que explota y rompe todo. Si una mesa no tiene bien las patas, se derrumba, se cae. En Tokio vi lo que sufrían otros colegas por las presiones. Me sentía sola, también otros se sentían solos. Escuchar a Simone Biles [gimnasta artística estadounidense] fue tan importante, romper con ese tabú, el de la salud mental en el deporte. Se empezó a alzar la voz, a romper esa idea de que somos superhéroes sin fallas. Por alguna razón, y lo digo en el libro, al atleta de alto rendimiento se lo suele considerar como un salvador, un ejemplo de admiración. Ser humano es un problemón. No se trata de hablar de salud mental sólo cuando estás mal. En realidad, se trata de pensar cómo puede estar mejor el deportista, pero no para sacarse el chuchi previo a la competencia, sino para acompañarlo, para sostenerlo en los diferentes momentos. Las sobreexigencias llevaron a atletas a lugares de sufrimiento, un sufrimiento silencioso. El retiro, el abandono. Hay muchos deportistas que se retiran a los 30 y no conocen otra cosa y tienen que seguir laburando para vivir, cómo lo preparas para ese cambio. Otros se lesionan y quedan fuera de la vida que soñó. Cómo acompañas a los juveniles que pasan a mayores y cambia todo el paradigma. Cómo acompañas al juvenil que quiere vivir solo y no le alcanza la beca y está más preocupado en qué hacer para vivir que por entrenar. La salud mental tiene que ser vista como una herramienta, no como una debilidad. Cómo acompañas para enfrentar los duelos, las frustraciones, la distancia, la soledad... Creo que habría que avanzar hacia eso, a un coaching, a un acompañamiento, a una contención a los atletas. Es importante que sean comprendidos como personas y no sólo visto como peones, como fichas de un juego.
La imagen de Delfina emocionada, con la palabra abuela escrita en la palma de su mano izquierda, tras ganar dos medallas plateadas en el podio de los Juegos Olímpicos de la Juventud, en Buenos Aires 2018, recorrió el mundo. Su abuela, Amalia, a quien le dedicó el libro, había fallecido días antes. Amalia era su amiga, su confidente, su persona favorita. Fue una de las primeras que confió en su destreza de nadadora. “En ese momento hice un pacto conmigo misma: no lloraría hasta el final de las carreras, de competir. Y para mí fue durísimo, un duelo suspendido por representar a mi país –recuerda–.vi un marcador en la mesa y escribí abuela. Lloré de tristeza, de alegría, de orgullo, de alivio”.
–Hasta los Juegos Olímpicos eras un “modelo” a seguir, una “superheroína”.
–Una promesa (aclara), una niña prodigio, una joven promesa, la esperanza argentina… Como “modelos” no podemos mostrar flaquezas, no podemos mostrar qué nos pasa. Porque el superhéroe todo lo puede. El deportista es un ser humano, no un superhéroe, es un ser humano que va a tener errores, que se va a confundir. En ese entonces, sentía orgullo que me llamaran “modelo”, que en los diarios apareciera mi nombre de esa manera. Esas expectativas que colocan sobre uno, yo misma me las puse. Hay que correrse de esos idealismos. Cuando sos una “promesa”, están atentos a cada error y esos “errores” son criticados. Quedas atrapada en la boca de los lobos, en una situación en la que querés salir corriendo, porque a la persona admirada no se le permite cometer un error. Los deportistas de elite son profesionales que hacen su trabajo, se esfuerzan, entrenan, controlan las horas de sueño, de descanso, de alimentación…
–En Diarios de Delfín, en el capítulo “Cuerpo de atleta”, narrás tu relación con la comida, con las exigencias por la alta competitividad y a lo que eso te llevó.
–Tenía un trastorno alimenticio y busqué ayuda. Me saltaba las comidas, por la noche robaba comida en la cocina, conocía a la perfección las calorías de las barritas, de las frutas, de las galletitas, de las bebidas, de todo. Desde pequeña tuve que cuidarme con la comida, Cuando iba a un cumpleaños, sabía que todo lo que había ahí estaba prohibido.
“A los 17 un entrenador me dijo, sin un gramo de delicadeza: ´Yo les miro el culo y las piernas para ver si están gordas´. Cuando otro nos ordenó solo a las mujeres subirnos a la bici en la madrugada antes del turno de entrenamiento matutino porque ´los hombres no tenían problema con la dieta´ Aprendí a cuidarme con la comida cuando a los 19 comenzó a cambiar mi cuerpo de joven a adulta como la metamorfosis de una mariposa. Una mariposa que ahora tenía caderas y celulitis. Presentaba un problema ante la mirada de los entrenadores: había que frenar el tiempo y seguir con el cuerpo de niña. Aunque para mí eso significara dejar de comer, revisarme en la balanza cada dos días, mirarme de reojo en todas las vidrieras que cruzara, taparme con la toalla hasta meterme al agua para que no me vieran tanto o estar al borde de hacerme vomitar después de comer unos cuadrados de chocolate ´de más´”.
En una charla con Tedxriodelaplata, Delfina hizo referencia a las presiones que vivió por parte de los haters, antes, durante y después de los Juegos Olímpicos de Tokio 2020. “Después de 9.000 horas de entrenamiento, más de 3.000 zambullidas, cientos de carreras, varias medallas de oro, toco la pared en Tokio 2020 y me doy cuenta de que no hice el tiempo que quería ni terminé en la posición que soñaba y en lo único que pensé en ese momento en qué me iban a decir en las redes sociales ¿Cómo podía ser que lo que más me importara iba a ser la mirada de un montón de personas que no conocía?”, cuenta al inicio del encuentro. Desde las redes sociales la atacaron sin impunidad. Le llegaron a decir “fracasada de mierda”, y ella lo creyó. “Sólo veía los mensajes negativos, estaban los otros, con palabras de aliento, de cariño, pero yo me quedé con los que me hicieron mal.”
–“Ese ataque fue suficiente para marcarme un punto de inflexión a los 21 años”, contás en un pasaje del libro.
–Pude ver lo que no quería a mi alrededor. Me decían que me quedara con todo lo bueno, que a todos los bardeaban, hasta a Messi. Fue un momento muy oscuro, un duelo que me hizo preguntar qué era lo que realmente quería. ¿Para lo único que servía era para entrenar y ganar una medalla? Si no lo lograba ¿el resto no servía? Un día estás ahí arriba, sos Dios, y si al otro día, las cosas no salen como esperabas, sos un fracaso.
–“Esto es para los fracasados del éxito que no cumplieron con el esquema, que desperdiciaron todo su talento en lo único que sabían hacer bien y lo tiraron por la borda”, dice el texto de la contratapa.
–En algún momento todos nos sentimos fracasados, enfrentamos el fracaso, nos dijeron a lo que podíamos llegar y a lo que no. Yo estuve muy cerrada en mi burbuja, tuve que dejar de ser niña, dejar de jugar, tuve que actuar como adulta. Ya no me divertía, me veía sin amigos, sola. El arte me salvó.
“El 3 de agosto de 2021, unos días después de competir en los Juegos Olímpicos, escribí una carta de despedida que nadie llegó a leer y creo que nunca lo harán –narra en el episodio Artesana–.algo dentro de mí me mantuvo en pie y ahora la carta es una cicatriz de aprendizaje para mí”.
–Tu decisión, la de alejarte de la natación profesional, fue analizada y también “juzgada”.
–Yo ya tenía todo el calendario listo, incluso hasta 2028. Pero dije, voy a probar, si no va, vuelvo, tengo 21 años, no pasa nada. A lo sumo me tendré que entrenar con mucha intensidad. Me decían que lo mejor que sabía hacer era nadar, me preguntaban qué iba a hacer si toda mi vida era esa.
Hablaban, daban cátedra sobre si lo que había hecho era correcto. En septiembre me compré la cámara (de fotos) y arranqué un camino que hasta el día de hoy sigo recorriendo. No paro de aprender, de explorar. Un camino que me identifica. Descubrí que me gusta, que hay un afuera, porque cuando estás metido en una sola cosa, estás encerrado en un mundo, como pasa en la alegoría de la caverna. En estos dos años de descubrimiento, de hacer terapia, de escribir el libro, me di cuenta de que todo lo que estoy haciendo ahora en algún momento de mi vida, lo hice en menor medida. De chiquita amaba pintar, escribir. En mis primeros años de primaria sufrí mucho bullying y una maestra me dio un anotador para que escribiera todo lo pensaba, lo que surgiera. Cuando iba de viaje, familiar o con el equipo la que agarraba el celular para sacar las fotos era yo. Estaba latente, estaba en mí. La verdad es que podría haber seguido con la natación. Tenía lugar para entrenar, tenía equipo, sponsors, estaba completísima, pero no. ¿Adónde puedo ir para sentirme plena? Uno está en constante búsqueda y sentí que dónde estaba ya no tenía lugar, ni para perderme ni para reencontrarme, así que salí a buscar a otro lado, en el arte. Entiendo que también fue un choqué con la nueva década, la de los 20, la que llevó a cuestionarme. Soy una persona que toma decisiones, las que tomé en el deporte fueron contundente, todo lo que tuve que dejar de lado para dedicarme a la natación. Pero al momento de tomar esta decisión, la de dejar, había muchas miradas, muchos dedos señalando, mucha gente esperando de mí. Mi propio ego esperando cosas de mí.
–Te ves en un futuro trabajando con un equipo que busque cuidar al deportista
–Es algo que me gustaría, pero en lo que todavía no me pude meter, no porque no me hayan dado la oportunidad, sino porque todavía hay cosas que necesito sanar de mí. Todo esto de la sanación, tal vez suene egoísta, pero no lo es, yo siento que primero hay que estar bien con uno para estar bien con los demás, porque sino seguís repartiendo tus inseguridades, tus problemas al mundo. Primero me quiero cuidar a mí. Es como en el avión, cuando te dicen que te coloques la máscara vos y después al menor, al que vas a ayudar. Es así, si no te pones el respirador no vas a poder ayudar a los que están al lado. Siento que aporté mi granito de arena con el libro. Que lo escribí primero para mí y la acción de compartirlo al mundo fue el segundo objetivo, por sí a alguien le sirve, si le resuena lo que yo digo, lo que cuento, mis experiencias. Quería compartirlo. Cuando lo empecé a escribir, no sabía que esos relatos iban a ser parte del libro. Tomé el hábito de escribir todos los días, lo que sea y eso me ayudó muchísimo. Fue mi herramienta para trabajar un montón de cosas. Cada persona tiene su herramienta para trabajar sus inquietudes, sus miedos, yo la encontré en la escritura, en la fotografía.
–Decidiste publicar el libro de manera independiente, ¿por qué?
–Quería que fuera lo más transparente y sincero. Editarlo como yo quería, escribir sin trabas, elegir las fotos [la mayoría de las imágenes, analógicas y digitales son de Delfina, las firma como Alma Fílmica, su nombre artístico]. Trabajé junto a Erika Wrede (edición y corrección) y Marga Guglielmini (diseñadora y artista) quienes me acompañaron en el proceso. Deseé mucho querer estar bien. Pude poner en palabras lo que me atormentaba
–¿Qué lugar ocupa hoy el agua, la natación en tu vida?
–Creativo, me dejo llevar, dejo que fluya mi cabeza, aparecen ideas. Salgo del agua y las escribo. En el agua siento que mi cerebro se convierte en un mar creativo. La natación, la fotografía y le escritura conviven, se unen. No me alejé del agua. Sigo nadando, tres veces por semana, me reencontré de otra manera. Me ayuda muchísimo, si tengo un mal día voy a descargar, si tengo que pensar voy a nadar. Tengo otra relación, alejada a la de la competencia. La escritura, la fotografía me abrieron otras puertas, me están dando un montón de oportunidades, un montón de vivencias, tengo la posibilidad de experimentar. El agua es mi casa, hoy nado, pienso, escucho música. Me pasa algo tan único con la música, es terapia, también motivación. En el agua encuentro placer, disfrute. Escribo para sanar, para extirpar, como digo en el libro. Y la fotografía fue un canal para empezar a sanar. Encontré otra forma de mirar, con nuevas perspectivas. No me arrepiento de ninguna decisión. Me hubiera gustado que me cuidaran más, que no me dejaran sola. Hubo un montón de cosas que no viví y que ahora las quiero vivir. 

http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA

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