sábado, 21 de octubre de 2023

EL ESCENARIO 1 Y 2


Dos individualidades y ¿un equipo?
Claudio Jacquelin
Patricia Bullrich, Javier Milei, Sergio Massa
La foto final de la campaña electoral tiene una nitidez singular. Los tres candidatos que más votos sacaron en las PASO consolidaron el dominio de la agenda así como reforzaron dos tipos de ofertas bien diferenciadas y una propuesta de cambio y ninguna continuidad. Aun del candidato oficialista. Por necesidad, por conveniencia o por imposibilidad de hacer algo diferente.
Javier Milei, Sergio Massa y Patricia Bullrich llegan, en ese orden, al final con infinitas presunciones, pero sin ninguna certeza sobre la eficacia de esa campaña y la suerte que correrán dentro de apenas 48 horas. Como todos los argentinos.
En busca de retener votantes y en lo posible de sumar adhesiones Milei y Massa consolidaron el carácter personalista de sus ofertas. Las propuestas son ellos mismos. Aunque por distintas razones y objetivos.
El libertario no tiene nada más para mostrar que le pueda sumar. El peronista necesita ocultar lo que lo acompaña y lo consagró para que no le reste. Las narrativas de propaganda fueron elocuentes en esa orientación. El león rugiente, por un lado. “Tenemos con quién”, por el otro.
Del otro lado, a medida que avanzó la campaña, Patricia Bullrich se vio compelida a moderar su condición de disfónica solista, a la que le costaba retener y sumar audiencias, para construir una idea de coralidad.
En esos juegos de roles, Milei no es solo un individualista por definición y convicción. La heterogénea y estrafalaria suma de personajes y candidatos que lo acompaña le suele dar más complicaciones que soluciones, para solaparse con las propuestas, afirmaciones y proyectos con destino de escándalo y dudosa viabilidad que el propio candidato ha expresado en la campaña. Por no contabilizar dislates anteriores.
Parecía que casi nada podría faltar para ponerles techo a las adhesiones después de que él mismo se manifestó en los debates como un negacionista en materia de violaciones de los derechos humanos durante la última dictadura militar, sobre el cambio climático o sobre los derechos de las mujeres y de otras orientaciones sexuales. O que se anunciara su sociedad con el eternizado líder gastronómico Luis Barrionuevo para agrietar su prédica anticastas.
Sin embargo, en la última semana de campaña, su candidata a diputada y vestuarista personal Lilia Lemoine salió a anunciar un proyecto de ley para que los varones pudieran desconocer a un hijo no deseado, que se vino a sumar a una anterior propuesta de Milei para crear un mercado de adopciones. Y no fue todo.
Como si eso no bastara, apareció en el escenario del cierre de campaña el prócer personal de Milei, el economista Alberto Benegas Lynch (h.), para impulsar el cese de relaciones con el Vaticano “mientras en la cabeza [de ese Estado] prime el espíritu totalitario”. Música para los oídos de los fanáticos enfervorizados, que le respondieron al grito de “libertad, libertad”. Jamás Massa imaginó que el papa Bergoglio, con el que tiene una enorme cuenta pendiente, podría terminar cerca suyo o de su candidatura. Milei lo hizo.
Por eso, el libertario y su entorno más político volvieron a reforzar el carácter personalísimo de su oferta para distanciarse hasta de su prócer. Individualismo e individualidades libertarias. Benegas Lynch, Lemoine, Ramiro Marra no son Milei. Y a veces tampoco Milei es Milei, cuando se ve obligado a retroceder y aclarar.
Con su larga experiencia política, el anunciado como eventual ministro del Interior del libertario, Guillermo Francos, expresó con rapidez que fue “un exceso personal [de Benegas Lynch]. Esa no es la postura de Javier”. Como buen arquero, Milei sabe lo que duelen los goles en contra. Su equipo político, mucho más.
El temor al impacto electoral de esta sucesión de dislates era ayer indisimulable en el equipo de campaña mileísta, aunque también les sirvió a sus integrantes para poder justificar en la noche del domingo una eventual frustración del optimismo que expresaban. “Hasta hace un par de días estaba convencido de que Javier se encontraba al filo de ganar en primera vuelta. Ahora habrá que ver cómo impactan todas estas cosas”, afirmó una de las personas en las que Milei ha delegado buena parte del armado político-electoral.
El proyecto es el candidato
En el caso de Massa, toda su narrativa apunta a reforzar la disociación entre el candidato y el gobierno del que es ministro de Economía. Como el vizconde demediado, de Italo Calvino. Solo se apropia de las “buenas” de su gestión, sin contabilizar sus costos. Y no se detiene ni se hace cargo de las muchas malas. Como la inflación que durante su administración bate récords de 30 años, el estremecedor índice de pobreza que supera el 40% o el barrilete del dólar que cada semana sube más y solo la cuerda represiva y algunas manos amigas sostienen por un rato para que no llegue a la estratósfera.
Lo curioso del éxito (hasta acá) de esa representación disociativa es que se trata de un candidato que tenía roto el vínculo de confianza con el electorado y que, según le aconsejó su gurú Antoni Gutiérrez-Rubí, solo podía reconstruirlo con la gestión. Sin embargo, cuando peores son los resultados de su gestión mejor está (según las encuestas) su situación política. En el entorno massista hablan de “los milagros de Sergio”. El profeta Milei y el resto de sus rivales ofician de muy buenos ayudantes para hacer verosímil lo increíble.
Su oda a la lealtad en el acto de cierre con Axel Kicillof, el 17 de octubre, contrastó, sin conflictos, con un elogio mayúsculo de la traición. El último spot no puede ser más cruel con el aún presidente Alberto Fernández. Ni la oposición lo hizo.
“Desde el 10 de diciembre el presidente soy yo. Entonces, voy a decidir la política exterior, la política económica y la de seguridad”, dice Massa en la pieza publicitaria, y remata: “Los cambios los voy a hacer yo”. Todo después de haber dicho: “Me hice cargo de un país que hablaba de un gobierno de salida”. No hace falta decir de quién se distancia. A Fernández lo invisibiliza. Cristina Kirchner lo ayuda con su ausencia en la campaña. Y el hijo Máximo se conforma con integrar el elenco de reparto (en todo sentido).
Esta vez el candidato no es el proyecto, como le tocó interpretar a Daniel Scioli en 2015, por imperio de “la jefa”. En 2023 “el proyecto es el candidato”. Desde ahí sueña con llegar al ballottage y empezar a seducir con un gobierno de “consenso” y procura evitar que alguien piense en un quinto kirchnerismo. Licencias que permiten los ocasos. La última tabla en medio del naufragio.
La ambición, la creatividad, la energía y, sobre todo, la osadía de Massa encuentran en ese sistema de creencias impermeable a las evidencias que es el peronismo (como lo definió Juan Carlos Torre) el soporte decisivo para darle un piso de adhesiones y una competitividad que a muchos les cuesta comprender y explicar. Una diferencia estructural con sus adversarios.
En contraste, Bullrich se vio obligada a la construcción de una oferta colectiva. El golpe de las PASO, en las que se ilusionaba con un triunfo de JxC, la puso en el incómodo lugar intermedio del que ella siempre renegó. Milei, con su triunfo, se apropió del vector del cambio radical que la exministra pretendía encarnar y le corrió el eje. Tropiezos posteriores propios y un deslucido desempeño en el primer debate profundizaron la modificación de la propuesta
La temprana designación de Carlos Melconian como eventual ministro de Economía y, sobre todo, como vocero en la materia en la que ella más déficit mostraba fue la primera señal.
El anuncio de que Horacio Rodríguez Larreta sería su jefe de Gabinete si ella llegara a la presidencia fue el cierre. En el medio, hubo notables esfuerzos por transformar en críticas los elogios de Macri a Milei y sumarlo a la campaña. Al mismo tiempo, un redoble de esfuerzos por contener a los radicales que preferían a Larreta. Más allá de su soporte natural, que es la UCR bonaerense, liderada por Maximiliano Abad.
El cierre del acto ayer en Lomas de Zamora, territorio del millonario navegante Martín Insaurralde, no solo fue una escenificación para subrayar la corrupción del kirchnerismo, cuyo fin es el leitmotiv de su campaña. También fue la ocasión para imprimir la foto del coro de dirigentes, gobernantes y exfuncionarios que la acompaña, la contiene y apuesta a que la potencie para llegar al ballottage. Si no es un equipo que, al menos, lo parezca. Más cuando no hay una individualidad que pueda ganar sola el partido de su vida.
Pese a los esfuerzos y los intentos de mejorar lo que proyectan, los tres candidatos llegan a las vísperas de la elección sumidos en la ausencia de certezas.
Dos grandes incógnitas
La participación, que se espera que crezca desde el piso récord del 69% registrado en las PASO, y el voto oculto que los encuestadores y equipos de campaña no logran detectar representan las grandes incógnitas que solo se develarán avanzada la noche del domingo.
Un reconocido sociólogo hizo durante el fin de semana pasado un sondeo en estaciones de tren del AMBA con fines académicos y constató que el voto que no se quiere revelar ronda el 15%. Después de mucho indagar, su equipo logró llegar al fondo de algunas preferencias y comprobó que una buena parte de inicialmente herméticos o que sugerían la posibilidad de votar a otro candidato finalmente reconocían que lo harían por el libertario. El relativo valor estadístico del trabajo no impide darle el carácter de indicio.
Una recorrida por los comandos de campaña solo arroja pequeñas diferencias en las previsiones. Milei sigue al frente, pero ni en su equipo (salvo los extremadamente optimistas) lo ven consagrado presidente en primera vuelta.
Los pronósticos del massismo y del equipo de Bullrich solo tienen entre ellos leves matices diferentes. Los allegados al perokirchnerista afirman que está segundo cómodo, aunque no lejos de Milei, lo que le aseguraría el pase a la segunda vuelta.
Los cambiemitas asumen parcialmente ese ordenamiento, aunque sostienen que la distancia que separa a Bullrich de Massa está dentro del margen de error y que se acortó fuertemente en los últimos días, en los que advirtieron una recuperación después del impacto de las PASO. Motivo suficiente para esperanzarse con entrar en el ballottage.
Si el domingo no hay una sorpresa mayúscula y todo se definiera esa noche, solo habrá empezado una nueva y definitiva etapa. Mucho más compleja y, todo hace prever, mucho más áspera en muchas dimensiones. Ya hay indicios (y amenazas). Se aconseja permanecer con los cinturones abrochados. Hasta el 19 de noviembre y más allá.

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La moneda está en el aire
Ni el más avezado y confiable de los consultores sobre procesos electorales se atreve a decir mucho sobre el desenlace de la votación del domingo
José Claudio Escribano

Las elecciones aparecen envueltas por la bruma....Alfredo Sábat
En Cabo da Rocha, en el punto más occidental de la costa atlántica europea según los portugueses y no según los gallegos del Finisterre, una niebla eterna impide divisar algo tras un centenar de metros. Por cientos de años, por milenios, los peregrinantes porfiaban por escudriñar qué podría haber más allá a pesar del crónico fenómeno atmosférico que aún hoy ciega la visión. A veces, alguien suelta allí una humorada: “Fíjese, cómo podían saber desde aquí los viejos europeos de que existía América, si el espesor de la bruma filtraba hasta la señal de la CNN”. Estamos como aquellos europeos, con la decisión de llegar a puerto el domingo a cualquier costa, en el sentido más vasto de la palabra, pero desprovistos de instrumentos de navegación. Nada debe extrañar entonces que ignoremos a qué playa, salvando acantilados, iremos a parar. En definitiva: con qué consecuencias para todos.
Ni el más avezado y confiable de los consultores sobre procesos electorales –voto en ese sentido por Alejandro Catterberg– se atreve a decir mucho más que, a horas de los comicios, la moneda está en el aire. Y que la apuesta más lógica, en todo caso, es que habrá ballottage.
Como profesional honesto que es, Catterberg admite que en esta oportunidad ha trabajado “a pulmón”. Es la manera de decir que no ha realizado una de esas encuestas por encargo a las que se vuelcan todos los recursos financieros necesarios. Son las que permiten confiar en una tarea cumplida con el más riguroso y científico de los protocolos. Sabemos que aun así los márgenes de error pueden hundir reputaciones consolidadas, por lo que ha mostrado una constante indoblegable como algunas malezas en el campo. Viene desairando a lo largo del siglo XXI a sociólogos, psicólogos, estadígrafos y matemáticos de acreditado prestigio, tanto en Europa como en América.
Las nuevas tecnologías de la comunicación y la consiguiente influencia, enorme en todo sentido, de las redes sociales obran sobre electorados desorientados, desconcertados o furiosos por el fracaso de políticas nacionales en un mundo que vacila entre globalizarse más todavía, o bien retornar a los valores y las antiguas disciplinas del Estado-nación. Son víctimas de la ineficiencia y la corrupción burocráticas, ahora en permanente vitrina.
Futbolistas, corredores de autos, cantores populares, modelos y vedettes han prosperado en la política entendida como espectáculo, primero por la radio y las imágenes de la televisión en la última parte del siglo XX, y después, potenciadas por las plataformas digitales, que movilizan a cientos y miles de millones de usuarios.
Juana Larrauri, “Juanita”, senadora nacional por Entre Ríos en el primer ciclo de gobiernos peronistas, fue en su tiempo precursora, al interrumpir una vida dedicada al tango, de tendencias que cerraron el ciclo de la política como coto estricto de abogados, médicos, hacendados, comerciantes, sindicalistas. Rodolfo Ghioldi, el gran ideólogo del Partido Comunista me confesó que llevaba en su espalda, como un trofeo molesto, la bala que le habían disparado en la campaña presidencial de 1951, en Paraná, matones al servicio de la Larrauri, casada con el director de orquesta Francisco Rotundo. Pasemos por alto a Eva Perón, actriz, que apareció como un rayo en el firmamento político en enero de 1944, a raíz del terremoto que destruyó San Juan, pero que disponía de un fuego excepcional propio para encarnar papeles estelares en aquel otro terreno.
Si la moneda está en el aire, y nada, por lo tanto, se puede anticipar con alguna certeza sobre lo que contengan las urnas el domingo, no queda sino exprimir las últimas gotas de ese limón de fonda, tan apretado a esta altura, de las elecciones primarias abiertas (PASO) del 13 de agosto. No podemos recurrir en esto a los algoritmos: tienen respuesta para todo, pero se les queman los papeles cuando los apremian a que anticipen un resultado electoral.
Las redes han alterado los clásicos entramados de sociabilización en la juventud. Por esa vía se aúnan comportamientos que cruzan verticalmente las sociedades, y juntan a pobres con ricos y chicos de la clase media. Se observa esto en el examen del voto obtenido en las PASO por Javier Milei. Parecería no lejos de lo que ocurrió el 13 de agosto si se afirma que alrededor de seis de cada diez chicos y jóvenes de entre 16 y 35 años votó por Milei. Eso significa hablar de alrededor del 30/32 por ciento de los inscriptos en los padrones electorales del territorio nacional, haciendo la salvedad de que el voto no es obligatorio para los menores de 16 a 18 años. Estos últimos representan el 2,95 por ciento del padrón electoral; estaban en condiciones de votar por primera vez en sus vidas 1.045.034 adolescentes.
Ninguno de los candidatos superó el 13 de agosto el 30 por ciento de los votos. El escrutinio definitivo corrigió a la baja el balance provisional: La Libertad Avanza obtuvo el 29,86 por ciento; Juntos por el Cambio, el 28 por ciento, y Unión por la Patria, el 27,28 por ciento. Vale decir que sobre los 24 millones de empadronados que fueron a las urnas, la diferencia entre el primero y el tercero fue de poco más de 600.000 votos, y entre el primero y la segunda en orden de llegada, de alrededor de 450.000 votos.
Con antecedente tan reñido, no es que un punto valga oro; un decimal puede volcar la situación pasado mañana de un lugar a otro del espectro político. La participación en las PASO fue del 69,6 por ciento. Se la señaló como baja, tal vez porque fue menor que en experiencias anteriores: 78,6 por ciento, en 2011; 74,9, en 2015, y 76,4, en 2019. Pero la participación en los comicios nacionales del 13 de agosto fue manifiestamente mayor en comparaciones de alcance mundial e, incluso, que en algunas de las elecciones provinciales de este año: Santa Fe, 60 por ciento; Chaco, 62,9; Mendoza, 66,3.
La Justicia Electoral no ha hecho un estudio etario de la franja de votantes que se abstuvo en las PASO. Esa franja es de más de 9 millones de inscriptos. La experiencia demuestra que el más disciplinado de los votantes es de raíz peronista: lo es por convicción, o por historia, o porque lo movilizan, como desde ningún otro sector ponderable de la política, a hacerse presente, sí o sí, en los lugares de votación: la burocracia, los sindicatos y otras organizaciones menos formales aportan los medios. El peronismo perdió 1.241.295 votos en 2023 en relación con 2021 (bajó del 33,74 por ciento al 28,28 por ciento), pero los que quedan van a las urnas con más disciplina que otros.
Los ciudadanos mayores de setenta años, libres de la obligación de votar, han demostrado en las sucesivas PASO ser más reticentes a ejercer los derechos cívicos que en las siguientes ruedas electorales. Representan un número ponderable entre los empadronados totales: son millones de hombres y mujeres. Que están caracterizados por integrar el sector más ajeno por temperamento a la personalidad y propuestas del candidato de La Libertad Avanza. Además, provienen de la clase media la mayoría de los 9 millones de inscriptos que, después de haberse abstenido en las PASO, están en condiciones de votar el domingo. Un número relevante entre ellos lo hará, tal como enseñan situaciones equivalentes del pasado.
¿Será ese uno de los núcleos que fortalezcan las posibilidades de Patricia Bullrich de entrar en el ballottage? No parece descabellado pensarlo así. Tampoco, que los triunfos provinciales de Juntos por el Cambio después de las PASO debieran modificar en su favor, en alguna proporción, los resultados locales por más segmentados que hayan aparecido hasta aquí respecto de la compulsa nacional.
Javier Milei, Sergio Massa y Patricia Bullrich
Bullrich ha sido la más castigada de los tres competidores centrales en los comentarios periodísticos sobre posibilidades de entrar en el ballottage, y no han faltado razones que fortalecieran esa especulación. Un cuarto en discordia, Juan Schiaretti, gobernador de Córdoba, tal vez mejore su performance anterior –conquistó el 3,83 por ciento de los sufragios– a raíz de la calidad de su intervención en los dos debates por TV.
Bullrich fue, por frustración de las expectativas dominantes, la que más sufrió el triunfo de Milei en las PASO, por mínima que haya sido la primacía de este. Acaso la personalidad de la candidata, por lo general tan aguerrida y austera como tozuda, contribuyó a acentuar el decaimiento inmediato en una coalición electoral desmañada desde los orígenes más de lo conveniente. Una coalición inepta en el fortalecimiento de sus lazos internos, al punto de que no ha logrado en los últimos años una jefatura formal compartida entre sus diputados nacionales.
Pero ha habido en las dos últimas semanas, desde el segundo debate claramente, cierta tonicidad en la candidatura de Bullrich que constituiría una omisión grave pasar por alto. A su ponderada actuación en aquella confrontación televisiva sumó el acierto del anuncio de Horacio Rodríguez Larreta como candidato a jefe de Gabinete si llega como ganadora el 10 de diciembre y la insinuación de que Gerardo Morales sería su ministro del Interior. Necesitaba cohesionar a su lado a un radicalismo que afianza dominios territoriales en el interior, pero carece como pocas veces de un liderazgo consensuado en el orden nacional.
Así las cosas, se llega a la primera vuelta de este domingo 22 con la novedad de que al extendido y vigoroso sentimiento de hartazgo con “la casta política” –a la cual Milei entró a tambor batiente del brazo de Barrionuevo– se oponga otro sentimiento de importante entidad: el del miedo. El miedo no ya a ser devorado por el vacío de lo desconocido, sino a permanecer inmóvil sin aprovechar precauciones que mitiguen a tiempo el riesgo conjetural, que podría ser más gravoso que el riesgo conocido.
Desde el siglo XVIII, y por influencia de pensadores como Adam Smith, cuya obra los libertarios y liberales deberían conocer como la Biblia, en el campo económico y, por extensión al campo político, se han estudiado los efectos del llamado Rational Choice, o de las elecciones racionales. En su elaboración por siglos ha logrado la densidad de una doctrina.
En extrema concisión, la elección racional es la que somete a prueba de fuego, antes de adoptar un pronunciamiento, la relación entre los costos y los beneficios que devengarán de lo que se haga. Pongámoslo en términos cruciales para esta semana. ¿Ha sido suficiente el espanto experimentado por “la casta” política la noche del 13 de agosto como para que algunos, entre los muchos que infirieron el castigo, sientan que la tarea está cumplida?
¿Preferirán, en esta segunda instancia, ahorrarse peligros sobre los que han podido reflexionar a través de la voz y los actos de los nuevos, y hasta no hace tanto tiempo desconocidos revolucionarios de derecha? ¿Estaremos mejor con Trump, con Bolsonaro, o peor que con esas versiones relativamente módicas, con la convulsión de lo que ha prenunciado lo visto y oído en el Movistar Arena? Todas las preguntas son posibles en la política argentina porque muchas de las palabras, muchos de los gestos están fuera de las previsiones de los manuales políticos, y de la sabiduría de lo que ha sido sometido a prueba en la historia contemporánea argentina. ¿Qué hará la Iglesia, con su inmensa presencia en la vastedad del país, después de que el Papa, a días de estos comicios, haya hablado de los aventureros y payasos, sí, payasos, que emergen como inesperados salvadores de una sociedad? ¿No ha llegado, en fin, el momento de tomar más en serio el cambio profundo que el país urge en políticas y comportamientos individuales y colectivos, pero con un aterrizaje que garantice vidas, bienes y esperanzas de todo orden en juego?
Se ha dicho sin excepciones que aquello era un mensaje elíptico de Bergoglio por la posibilidad de que un hombre como Milei llegue al poder. ¿Puede, acaso, pensarse que tamaña caracterización se haga sin producir ningún efecto ulterior en la sociedad, y a riesgo de colocar en difícil trance el valor determinante de la palabra eclesial en duras cuestiones temporales? ¿Cómo dejar pasar por alto eso de Alberto Benegas Lynch (h.) en el cierre de campaña de que deberíamos romper con el Vaticano, como eso otro de que deberíamos romper con Brasil y China, de acuerdo con lo expresado tiempo atrás por Milei?
En el cuadro de una sociedad que llega a la siguiente prueba electoral entre pesadas, pesadísimas brumas, sorprende la relativa austeridad con la que se llevó adelante la campaña electoral. Entre lo poco que cabe reconocer al expresidente Néstor Kirchner, bajo cuyo apañamiento se cobijó el más amplio y sistematizado régimen de corrupción pública de los tiempos modernos (vamos, Insaurralde, todavía), figura la prohibición de publicidad paga por los medios audiovisuales clásicos, radio y televisión. Hay un subsidio directo del Estado que empareja y limita por igual las presentaciones propagandísticas de los partidos y sus candidatos, y limita costos de otra manera altísimos por fuerza de la inevitable competencia.
Esa ha sido la buena noticia de la campaña, fortalecida por la utilización amplísima de las plataformas digitales, tan porosas para la propagación de contenidos noticiosos falsos, e incuestionablemente democráticas por los alcances de su utilización por quienes dispongan de solo un mero celular o computadora.
Fiel a su osadía irredimible, y en el peor de los escenarios posibles para un candidato que es ministro de Economía y jefe virtual de gobierno en ausencia colosal del presidente y de la vicepresidenta de la Nación, Massa ha protagonizado la mala noticia. Es como si no le hubiera sobrado con la inflación que se acerca al 200 por ciento y la brecha del 170 por ciento entre el dólar oficial y el dólar real. Ha cometido la más flagrante, la más seria de todas las violaciones al sistema electoral que impedía desde hace semanas anuncios y decisiones como el de los subsidios para pasajes, o comunicar el pago de 94.000 pesos a personas sin ingresos, en versión novedosa del ingreso familiar de emergencia que se había ampliado durante la cuarentena.
Por mucho menos llevaron a la Justicia en 2019 al entonces ministro de Producción y Trabajo, Dante Sica, en causa de la que fue sobreseído a mediados de año. Massa ha violado, además, el artículo 15 de la ley de responsabilidad fiscal, que impide al Poder Ejecutivo donar o vender activos fijos del Estado en los dos últimos trimestres de cumplimiento de su mandato, y quedaría comprometido por la subasta anunciada para el espectro radioeléctrico de última generación, 5G, de cobertura de servicios móviles, que se hará el martes próximo. Un negocio de más de 1000 millones de dólares.
En un país con tanto predicamento deportivo es explicable que la sociedad haya tomado nota de que el oficialismo ha vuelto a jugar con la cancha inclinada de forma antirreglamentaria en su favor. Si esto le sirviera para algo, lo sabremos en horas más.
Por ahora, la bruma es tan espesa como la de Cabo da Rocha, y cuando se abra nadie se sorprenda por lo que encuentre.

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