De outsider excéntrico a disputar el poder: historia de un salto vertiginoso
Javier Milei irrumpió en la escena pública como una figura televisiva; una vida marcada por contrastes
Maia Jastreblansky
De economista excéntrico que insulta en televisión a posible presidente de la Nación. De outsider que se forjó como un fenómeno de las redes sociales a líder de un experimento político de liberales, libertarios, conservadores, antifeministas, nacionalistas e influencers. De adolescente poco aceptado y el “loco” del colegio a cantar como un rockstar frente a un estadio colmado de jóvenes que lo idolatran.
Javier Milei saltó a la política hace tres años y, a los 53 años recién cumplidos ha ingresado a un ballottage que podría llevarlo hasta la Casa Rosada. Pase lo que pase en la segunda vuelta, puede jactarse de haber detonado la polarización entre el kirchnerismo y el macrismo que surcó a la Argentina durante más de una década. No rompió ese eje por la avenida del medio –como intentaron otros antes y fracasaron–, sino que corrió todos los márgenes de la discusión hacia la extrema derecha. Generó debate en torno a temas como la dolarización, la libre portación de armas, la visión sobre los setenta, la educación pública y la existencia misma del Banco Central. Y lo hizo gracias a sus latiguillos contra todo el sistema.
“Yo soy el rey de un mundo perdido. Soy el rey y te destrozaré. Toda la casta es de mi apetito”, entonó a capela en el Movistar Arena días antes de someterse a la prueba de fuego en las urnas.
Un esquema de poder
El líder libertario administra el poder dentro de su espacio con un formato radial, donde todos sus referentes buscan constantemente su aprobación. También sabe dosificar sus apariciones: puede estar largas horas estudiando solo en una habitación de hotel o pasar días enteros en su casa de Benavídez, aún en los momentos más álgidos de la campaña. Si se presta atención, Milei transitó el año electoral repitiendo el mismo libreto en cada acto, cada conferencia, cada ocasión en la que estuvo frente a un micrófono. El discurso siempre apunta a la historia de la “decadencia argentina” y denuesta el “modelo nefasto de la casta” que dice que “donde hay una necesidad nace un derecho”.
Pero antes de entronizarse como el jefe político de los libertarios, Milei se hizo famoso en televisión. Y antes de copar la pantalla con su pelo batido y su verborragia incendiaria, ultraliberal y anarcocapitalista –un cóctel que fue un imán para el rating– fue un economista ignoto, con problemas familiares, aferrado a su perro, un mastín inglés por el que daba su vida.
Pero la vida pública de Milei empezó a mediados de 2016 de la mano de Alejandro Fantino en el programa Animales sueltos. Allí comenzó a denostar al Estado y a hablar de “la corporación política parasitaria, inútil y chorra”. En 2017 y 2018 sus invitaciones a los estudios de televisión se multiplicaron y para fines de ese año se ubicó como el economista con más segundos al aire, según la agencia Ejes. El fenómeno era tal que lo llevó a estrenar una obra de teatro, El consultorio de Milei. Pero su relación con los medios también fue conflictiva: denunció al menos a cinco periodistas por daños y perjuicios y otras dos periodistas lo demandaron tras ser agredidas verbalmente por él.
Corporación América, de Eduardo Eurnekian, fue la estación previa de Milei antes de la fama y el capítulo más relevante de su currículum. El líder libertario contó en uno de sus libros que ingresó al holding de Eurnekian de la mano de Leonardo Madcur (actual jefe de asesores de Sergio Massa) cuando la empresa estaba buscando a un valuador de empresas para sacar a la Bolsa a Aeropuertos Argentina 2000. A Madcur lo conoció, a su vez, a través de Guillermo Nielsen. Con el tiempo, Milei logró tener llegada al número uno de la compañía: Eurnekian le solicitaba análisis de coyuntura y lo sumaba a algunas reuniones sociales.
Antes de sentarse a las mesas del establishment, Milei pasó por distintos trabajos. Se desempeñó como economista del estudio de Miguel Ángel Broda, de la AFJP Máxima y del banco HSBC. Y tuvo puntos de contacto con la política: en 2013, de la mano de Francos, fue economista jefe de la Fundación Acordar, un think tank que colaboró en el proyecto presidencial de Daniel Scioli, y en 1994 tuvo una experiencia corta como asesor parlamentario del exmilitar (condenado por crímenes de lesa humanidad) Antonio Bussi.
En su juventud, sin embargo, Milei estuvo frente a una decisión de esas que bifurcan caminos. El libertario, que en el colegio Cardenal Copello de Villa Devoto siempre se había destacado como un arquero aguerrido, arrancó en novena división del club de San Martín y llegó a las divisiones inferiores de Chacarita. Según contó una vez, en un momento tuvo que optar entre la academia y el fútbol.
Su padre, su perro, su hermana
Esa determinación, como otras, la tomó a los ojos de un padre severo y frío que lo hostigaba física y psicológicamente. “De chico había maltrato físico, y estamos hablando de una persona de 1,90, no eran palizas normales –le contó el economista a Luis Novaresio–. Cuando estudiaba siempre fue despectivo para mi carrera, me decía que era una basura, que me iba a morir de hambre, que iba a ser un inútil”.
En su libro El loco, Juan Luis González contó que el padre de Milei, un colectivero devenido empresario del rubro, le solventó la carrera de Economía en la Universidad de Belgrano, pero que el último año dejó de pagar. “Vos entrás porque dice que te va a respaldar y cuando estás en el medio del proceso, te lo quita”, contó Milei. Cuando su hijo cumplió treinta años, en el 2000, su “progenitor”, como él le decía, le regaló un departamento en el Abasto en el que vivió por veinte años, hasta la pandemia.
Milei vivió varios años con Conan, su “hijo de cuatro patas”. Pasaron juntos varias Navidades brindando solos, según el libro El loco. El mastín inglés murió en 2017 y ese fue un duro golpe emocional para el libertario. Atravesó el duelo de una forma peculiar: mandó a clonar a su can a Estados Unidos y así recibió a cinco cachorros, a los que bautizó con los nombres de sus economistas liberales preferidos.
Milei contó que pasó más de ocho años sin hablar con sus padres. Su sostén emocional en esa etapa fue su hermana, Karina, quien finalmente propició la reunificación de la familia en la pandemia. Milei llama a su hermana “el Jefe” porque es la mandamás de su armado electoral. Ella monopolizó casi todas las decisiones de la campaña, manejó y cuidó la agenda del candidato y centralizó la recaudación de fondos.
Toda la retórica del líder libertario está cargada de un discurso religioso y de referencias bíblicas. Los jóvenes libertarios hablan de “las fuerzas del cielo” porque Milei cita el primer libro de los Macabeos, capítulo 3, versículo 19, que dice que “la victoria en la guerra no depende de la cantidad de soldados, sino de las fuerzas que vienen del cielo”.
El ascenso meteórico de Milei en la vida política, en tanto, se dio en paralelo a un intenso proceso espiritual personal. El libertario se acercó al rabino Shimon Axel Wahnish a principios de 2021 y desde entonces afirma que evalúa convertirse al judaísmo.
La Libertad Avanza
Milei –que antes decía que “ni loco” se metía en política– comenzó a caminar esa arena de la mano de José Luis Espert, otro economista liberal mediático con el que siempre se había sacado chispas, producto de una natural guerra de egos. La sociedad política duró poco y ni siquiera llegaron juntos a las elecciones de 2021.
En esos comicios, Milei fue la sorpresa de la elección, porque salió tercero, pero con más del 17% de los voto, y se convirtió en diputado junto a Victoria Villarruel, la dama del hierro del espacio.
El Partido Libertario había nacido en 2018 de la mano de jóvenes desencantados con Macri que pretendían un giro más radical al liberalismo. No soñaban con un crecimiento tan vertiginoso, en el que abundaron denuncias y sospechas de ventas de candidaturas.
Las PASO lo catapultaron a un lugar inesperado. Lo que vino después fue una ruidosa alianza con Barrionuevo y una campaña tumultuosa que lo trajo hasta acá. Ahora empieza la carrera final.
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La debilidad del PJ detrás del triunfo
De economista excéntrico que insulta en televisión a posible presidente de la Nación. De outsider que se forjó como un fenómeno de las redes sociales a líder de un experimento político de liberales, libertarios, conservadores, antifeministas, nacionalistas e influencers. De adolescente poco aceptado y el “loco” del colegio a cantar como un rockstar frente a un estadio colmado de jóvenes que lo idolatran.
Javier Milei saltó a la política hace tres años y, a los 53 años recién cumplidos ha ingresado a un ballottage que podría llevarlo hasta la Casa Rosada. Pase lo que pase en la segunda vuelta, puede jactarse de haber detonado la polarización entre el kirchnerismo y el macrismo que surcó a la Argentina durante más de una década. No rompió ese eje por la avenida del medio –como intentaron otros antes y fracasaron–, sino que corrió todos los márgenes de la discusión hacia la extrema derecha. Generó debate en torno a temas como la dolarización, la libre portación de armas, la visión sobre los setenta, la educación pública y la existencia misma del Banco Central. Y lo hizo gracias a sus latiguillos contra todo el sistema.
“Yo soy el rey de un mundo perdido. Soy el rey y te destrozaré. Toda la casta es de mi apetito”, entonó a capela en el Movistar Arena días antes de someterse a la prueba de fuego en las urnas.
Un esquema de poder
El líder libertario administra el poder dentro de su espacio con un formato radial, donde todos sus referentes buscan constantemente su aprobación. También sabe dosificar sus apariciones: puede estar largas horas estudiando solo en una habitación de hotel o pasar días enteros en su casa de Benavídez, aún en los momentos más álgidos de la campaña. Si se presta atención, Milei transitó el año electoral repitiendo el mismo libreto en cada acto, cada conferencia, cada ocasión en la que estuvo frente a un micrófono. El discurso siempre apunta a la historia de la “decadencia argentina” y denuesta el “modelo nefasto de la casta” que dice que “donde hay una necesidad nace un derecho”.
Pero antes de entronizarse como el jefe político de los libertarios, Milei se hizo famoso en televisión. Y antes de copar la pantalla con su pelo batido y su verborragia incendiaria, ultraliberal y anarcocapitalista –un cóctel que fue un imán para el rating– fue un economista ignoto, con problemas familiares, aferrado a su perro, un mastín inglés por el que daba su vida.
Pero la vida pública de Milei empezó a mediados de 2016 de la mano de Alejandro Fantino en el programa Animales sueltos. Allí comenzó a denostar al Estado y a hablar de “la corporación política parasitaria, inútil y chorra”. En 2017 y 2018 sus invitaciones a los estudios de televisión se multiplicaron y para fines de ese año se ubicó como el economista con más segundos al aire, según la agencia Ejes. El fenómeno era tal que lo llevó a estrenar una obra de teatro, El consultorio de Milei. Pero su relación con los medios también fue conflictiva: denunció al menos a cinco periodistas por daños y perjuicios y otras dos periodistas lo demandaron tras ser agredidas verbalmente por él.
Corporación América, de Eduardo Eurnekian, fue la estación previa de Milei antes de la fama y el capítulo más relevante de su currículum. El líder libertario contó en uno de sus libros que ingresó al holding de Eurnekian de la mano de Leonardo Madcur (actual jefe de asesores de Sergio Massa) cuando la empresa estaba buscando a un valuador de empresas para sacar a la Bolsa a Aeropuertos Argentina 2000. A Madcur lo conoció, a su vez, a través de Guillermo Nielsen. Con el tiempo, Milei logró tener llegada al número uno de la compañía: Eurnekian le solicitaba análisis de coyuntura y lo sumaba a algunas reuniones sociales.
Antes de sentarse a las mesas del establishment, Milei pasó por distintos trabajos. Se desempeñó como economista del estudio de Miguel Ángel Broda, de la AFJP Máxima y del banco HSBC. Y tuvo puntos de contacto con la política: en 2013, de la mano de Francos, fue economista jefe de la Fundación Acordar, un think tank que colaboró en el proyecto presidencial de Daniel Scioli, y en 1994 tuvo una experiencia corta como asesor parlamentario del exmilitar (condenado por crímenes de lesa humanidad) Antonio Bussi.
En su juventud, sin embargo, Milei estuvo frente a una decisión de esas que bifurcan caminos. El libertario, que en el colegio Cardenal Copello de Villa Devoto siempre se había destacado como un arquero aguerrido, arrancó en novena división del club de San Martín y llegó a las divisiones inferiores de Chacarita. Según contó una vez, en un momento tuvo que optar entre la academia y el fútbol.
Su padre, su perro, su hermana
Esa determinación, como otras, la tomó a los ojos de un padre severo y frío que lo hostigaba física y psicológicamente. “De chico había maltrato físico, y estamos hablando de una persona de 1,90, no eran palizas normales –le contó el economista a Luis Novaresio–. Cuando estudiaba siempre fue despectivo para mi carrera, me decía que era una basura, que me iba a morir de hambre, que iba a ser un inútil”.
En su libro El loco, Juan Luis González contó que el padre de Milei, un colectivero devenido empresario del rubro, le solventó la carrera de Economía en la Universidad de Belgrano, pero que el último año dejó de pagar. “Vos entrás porque dice que te va a respaldar y cuando estás en el medio del proceso, te lo quita”, contó Milei. Cuando su hijo cumplió treinta años, en el 2000, su “progenitor”, como él le decía, le regaló un departamento en el Abasto en el que vivió por veinte años, hasta la pandemia.
Milei vivió varios años con Conan, su “hijo de cuatro patas”. Pasaron juntos varias Navidades brindando solos, según el libro El loco. El mastín inglés murió en 2017 y ese fue un duro golpe emocional para el libertario. Atravesó el duelo de una forma peculiar: mandó a clonar a su can a Estados Unidos y así recibió a cinco cachorros, a los que bautizó con los nombres de sus economistas liberales preferidos.
Milei contó que pasó más de ocho años sin hablar con sus padres. Su sostén emocional en esa etapa fue su hermana, Karina, quien finalmente propició la reunificación de la familia en la pandemia. Milei llama a su hermana “el Jefe” porque es la mandamás de su armado electoral. Ella monopolizó casi todas las decisiones de la campaña, manejó y cuidó la agenda del candidato y centralizó la recaudación de fondos.
Toda la retórica del líder libertario está cargada de un discurso religioso y de referencias bíblicas. Los jóvenes libertarios hablan de “las fuerzas del cielo” porque Milei cita el primer libro de los Macabeos, capítulo 3, versículo 19, que dice que “la victoria en la guerra no depende de la cantidad de soldados, sino de las fuerzas que vienen del cielo”.
El ascenso meteórico de Milei en la vida política, en tanto, se dio en paralelo a un intenso proceso espiritual personal. El libertario se acercó al rabino Shimon Axel Wahnish a principios de 2021 y desde entonces afirma que evalúa convertirse al judaísmo.
La Libertad Avanza
Milei –que antes decía que “ni loco” se metía en política– comenzó a caminar esa arena de la mano de José Luis Espert, otro economista liberal mediático con el que siempre se había sacado chispas, producto de una natural guerra de egos. La sociedad política duró poco y ni siquiera llegaron juntos a las elecciones de 2021.
En esos comicios, Milei fue la sorpresa de la elección, porque salió tercero, pero con más del 17% de los voto, y se convirtió en diputado junto a Victoria Villarruel, la dama del hierro del espacio.
El Partido Libertario había nacido en 2018 de la mano de jóvenes desencantados con Macri que pretendían un giro más radical al liberalismo. No soñaban con un crecimiento tan vertiginoso, en el que abundaron denuncias y sospechas de ventas de candidaturas.
Las PASO lo catapultaron a un lugar inesperado. Lo que vino después fue una ruidosa alianza con Barrionuevo y una campaña tumultuosa que lo trajo hasta acá. Ahora empieza la carrera final.
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La debilidad del PJ detrás del triunfo
Carlos Pagni
Sergio Massa tuvo un doble triunfo en las elecciones generales de ayer. Salió primero, contra casi todos los pronósticos. Y, lo más importante, corroboró su hipótesis maestra: la irrupción de Javier Milei tenía como destino principal dividir el frente opositor. Es decir, cumplir el rol que él mismo, Massa, desempeñó entre 2013 y 2017 frente al kirchnerismo y que fue determinante de la llegada de Mauricio Macri al poder. Olvidar esta configuración electoral haría perder de vista un mensaje importante de las urnas: el peronismo tuvo una muy mala performance.
Unificado detrás de un solo candidato, anoche no alcanzaba al 37% de los votos, que es lo que había obtenido Daniel Scioli en 2015, cuando encabezó solo a la fracción oficialista. Es verdad que el ministro de Economía sumó más de 3 millones de votos a los que su coalición cosechó en las primarias de agosto. Fue quien más se benefició con el incremento de participación, que fue del 70 al 78%. Milei agregó 700.000. Juntos por el Cambio, con Patricia Bullrich, perdió 200.000. Pero Milei y Bullrich sumaron muchos más votos que los que había obtenido Macri en la primera vuelta de 2019. Entre la candidatura de Alberto Fernández en 2019 y la de Massa, ayer, el peronismo perdió más de 3,5 millones de votos. El resultado de Massa es más meritorio, entonces, cuando se lo compara con la penuria de Unión por la Patria.
Detectar esta fragilidad permite pensar mejor lo que vendrá. En medio de un mar de incertidumbre, ayer quedó establecida una certeza: el núcleo de la plataforma social sobre la que se asentará el próximo gobierno, cualquiera sea el ganador del segundo turno, será bastante reducido. Massa consiguió menos del 37% de los votos. Milei sacó 30. Esta información es decisiva para calibrar la capacidad de la administración que se instale en la Casa Rosada el 10 de diciembre para gestionarla endiablada agenda de la economía. Entre otras cosas porque de la matemática de ayer deriva que el actual oficialismo estará a 22 bancas del quorum en Diputados. Una indigencia que se agiganta en el caso de Milei: le faltan 91 legisladores para lograr aprobar una ley. Este es el instrumental político inicial para abordar una agenda económica endemoniada.
El candidato de La Libertad Avanza está frente a un desafío relevante: ¿será capaz de reunificar el universo electoral no peronista? Es decir: ¿conseguirá neutralizar las mil tácticas a las que recurrirá Massa para atraer, aunque más no sea, a una franja de los simpatizantes de Juntos por el Cambio? Cuando se resuelva este interrogante se sabrá qué es lo que está sucediendo en la política argentina. Se podrá determinar si hay un reemplazo en la representación de los sectores medios, en general, ajenos al PJ. En otras palabras, si el candidato de La Libertad Avanza va a sintetizar a sus simpatizantes con los de Patricia Bullrich. O si, en cambio, Massa está en condiciones de avanzar sobre el centro, limitando el reinado de Milei a un sector de derecha más o menos reaccionario. Estas alternativas cobijan un misterio principal de la etapa inaugurada ayer: cual será el destino de Juntos por el Cambio.
Massa consiguió anoche neutralizar la cruz de un oficialismo catastrófico, en el que conviven una inflación proyectada del 200%, la consiguiente corrida cambiaria y una pobreza del 40%, que se vuelve más escandalosa cuando se la contrasta con las manualidades de Chocolate o las travesías mediterráneas del Bandido. Frente a estas circunstancias objetivas calamitosas, el ministro realizó la campaña más profesional. Contó con la colaboración de Cristina Kirchner y su capacidad, cercana a la magia, de desaparecer cuando el contexto se lo exige. También Alberto Fernández se invisibilizó, admitiendo que su administración no tiene nada que ver con el responsable del Palacio de Hacienda. Sin embargo, el mayor auxilio para Massa llegó desde la oposición, que no logró exponer ante la ciudadanía una obviedad: que el candidato del oficialismo era el candidato del oficialismo.
El triunfador de ayer fue mucho más eficaz. Consiguió sembrar el miedo a un cambio depredador. También en esto lo ayudaron sus rivales. Una curiosidad insólita: una en cuesta realizada la semana pasada porPabl oS emán,NicolásWesc hin geryUl is es Ferro descubrió que en el universo de simpatizantes de Milei hay un 11,6% de votantes que, cuando se pregunta a qué candidato temen más, contestan “a Milei”.
Sin embargo, el aporte de los opositores no se debió quizá tanto al terror que pudieron sembrar entre los votantes, sino a los fantasmas que comenzaron a aterrorizar a la dirigencia. Es muy posible que Milei, amenazando a la casta con una moto sierra, yBullrich,p ro metiendo al kirchnerismo una cárcel de alta seguridad, hayan sacado del letargo a una dirigencia peronista que, si no habilitó a su candidato a avanzar sobre el electorado ajeno, sí le permitió fidelizar al propio. Porque el milagro de Massa fue modesto: recuperar algo del voto oficialista, escondido en la gran masa de abstención de las primarias, sin llegar a las marcas de otras elecciones. Una física que se repite en las escalas inferiores. Para citar el caso más sonoro: Federico Otermín, el candidato a intendente de Lomas de Zamora, capturó ayer el 50% los votos. Diez puntos porcentuales menos que los que había conquistado su padrino Martín Insaurralde en 2019. Es cierto que el apoyo de la oposición frente al nefasto trance de Chocolate y el Bandido ha sido generosísimo. Fue más que un silencio piadoso: en el cierre de campaña de Juntos por el Cambio el candidato a gobernador Néstor Grindetti llegó a caracterizar a Martín Insaurralde como un “chivo expiatorio del kirchnerismo”.
El sospechoso compromiso de Grindetti con Insaurralde es solo una caricatura del muy defectuoso proselitismo de Bullrich y su fuerza. Las razones son diversas. Se puede mencionar el colapso que produjo en la candidata el haber perdido en las primarias frente a Milei, en una derrota que además de cuantitativa fue conceptual. Bullrich nunca más encontró su eje porque no puedo identificar a su verdadero rival. Levantó, además, una bandera que, aislada, sonó muy anacrónica: la de terminar con el kirchnerismo.
Replegada sobre ese terreno, dejó libre el centro. Intentó tomarlo Massa. Tal vez por eso ella no retuvo todo el voto de Horacio Rodríguez Larreta. Bullrich no igualó el caudal que recogió su fuerza en las primarias. A la hora de evaluar esta aritmética hay que rescatar un dato interesante: Juan Schiaretti casi duplica las adhesiones que había conseguido en agosto. Pasó de 900.000 a 1.800.000 votos. Ese éxito, sobre todo en Córdoba, se produjo a expensas de Bullrich.
Es posible que estas razones sean, de todos modos, anecdóticas. El gran problema de Juntos por el Cambio fue que no pudo encontrar un discurso que superar ala frustraciónde muchísimo se lectores frente a la malhadada salida de Macri del poder. No consiguió realizar en los últimos cuatro años una verdadera renovación. El empeño crítico más audaz, el de Horacio Rodríguez Larreta, quedó reducido a reparos metodológicos o a desafíos personales. No logró abrir una disputa conceptual. Es, tal vez, una consecuencia derivada del talento con que Macri siguió ocupando el centro de la escena,de mostrando que es el político más dotado de su agrupación para la manipulación del poder.
Frustración
En las próximas semanas se sabrá si, además de la derrota, Juntos por el Cambio padecerá la fractura. Es un destino que está muy condicionado por el predominio de uno u otro eje discursivo en la carrera hacia el ballottage. Massa seguirá convocando a un gobierno de unidad, en un intento de seducir a dirigentes radicales y de Pro. Personas que ya tienen con él vínculos antiguos, más o menos visibles, alimentados casi siempre por prebendas económicas. Esa transversalidad se alimenta, además, con la subordinación a importantes empresarios que cultivan amistades en las dos coaliciones enfrentadas en los últimos tres lustros. Para formularlo en otros términos: la campaña ingresa en una etapa en la que se podrá advertir que la polarización fue, para muchos protagonistas, un simulacro. Lo más importante pasa por otro plano. Massa envolverá su jugada hacia Juntos por el Cambio con un argumento general: hay que agruparse para defender la democracia del avance de un Milei que será presentado cada vez más como un personaje fascistoide. Habrá que olvidar cuanto antes que a ese personaje él lo alimentó de mil maneras. El fraseo de esa visión fue anoche “la grieta se murió y empieza otra etapa el 10 de diciembre”. Lo mismo prometía Alberto Fernández hace cuatro años.
La estrategia oficialista se nutre en la experiencia d eL u la da Silva frente a Jair Bolsonaro. La campaña del PT se sostuvo en la confrontación entre democracia o fascismo. Massa cuenta con dos equipos de brasileños,destacados en Buenos Aires por el propio Lula, que lo asesoran para desplegar este diseño. El principal interlocutor está en San Pablo y es el exjefe de marketing político del presidente de Brasil, Edinho Silva. Pero el más gravitante en el comando de Unión por la Patria es Otavio Antunes, que además de aconsejar a Lula, trabajó en Bolivia para Evo Morales, y en Colombia para Gustavo Petro, quien ayer saludó el resultado diciendo que la esperanza había vencido a la barbarie.
La prédica de Massa puede tener efectos en Juntos por el Cambio. No porque vaya a conseguir adhesiones a su candidatura. Pero sí motivar censuras contra Milei. Contra el mismo Milei de quien Macri sostiene que “expresa nuestras ideas”. El lugar donde primero se manifestará este entredicho interno es la ciudad de Buenos Aires. Jorge Macri quedó al borde de ganar en primera vuelta, pero perdió 162.000 votos respecto de los que sacó Juntos por el Cambio en agosto. Quiere decir que parte de los votantes de Martín Lousteau prefirieron otra opción. El exradical Leandro Santoro, por ejemplo, sumó 158.000 votos desde las primarias. ¿Massa intervendrá ante Santoro para que reconozca el triunfo de Macri? Sería una forma de desmovilizar al aparato de Pro que sostendría, en noviembre, la campaña de Milei.
La fisura en Juntos por el Cambio está expuesta. Sólo falta que el propio Milei la profundice, enajenándose el poco afecto que le destinan los simpatizantes radicales. Una de las demostraciones más claras de la falta de profesionalismo del candidato de La Libertad Avanza ha sido su obcecado menosprecio a la UCR, que es uno de los partidos a los que deberá seducir en su lucha contra Massa.
Este inconveniente de Milei conspira contra la que ahora será su estrategia principal: restablecer las coordenadas pero nismo/n opero nismo,dra matizadas comok ir ch ner is mo-antik ir ch nerismo.A noche prometió barajar y dar de nuevo para terminar con el oficialismo. Bullrich le correspondió diciendo que trabajará en la misma dirección. No es el único reto que espera a Milei. También tendrá que conjurar una campaña sutil, subliminal, que lanzará Unión por la Patria para generar más dudas que las que ya existen sobre su estabilidad emocional.
Massa deberá demostrar también su habilidad para insistir en una tesis que ya estuvo ensayando: la intranquilidad que sacude a la economía no debería ser atribuida a su pésima gestión, sino a la prédica de Milei. Hace 15 días, cuando el candidato de ultraderecha había recomendado no renovar plazos fijos en pesos, consiguió que una parte de la opinión pública adoptara ese diagnóstico. Fue increíble que, otra vez, Bullrich lo apoyara sumándose a la imputación contra Milei. Ahora ese reproche tal vez quede opacado por el verdadero problema: la propuesta de una dolarización, esgrimida por alguien que podría ganar el ballottage, es de por sí desestabilizante, porque acelera el repudio al peso.
No hace falta consignar que se trata de un vector determinante para el próximo tramo del proceso. El consenso de los profesionales anticipa mayores turbulencias. El partido del dólar, en términos electorales, se juega desde hoy. ¿Alcanzará a Massa recurrir a las “cuevas” amigas? Un acertijo para los agencieros de la red Karuna Group, rama cambiaria del Frente Renovador.
En el paisaje que quedó planteado ayer hay que registrar un fenómeno con gran potencial para el futuro. En la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof agregó 1.338.632 votos a los que había sacado en las primarias, alcanzando el 44,89% de los votos. Quedó empatado con Massa en el distrito más importante del país. Allí La Cámpora, liderada por Máximo Kirchner, ganó 12 comunas. Quiere decir que el oficialismo mantuvo su fortaleza en su principal base territorial.
Kicillof no tiene reelección. Por eso 2027 es una fecha significativa para él. Un detalle que Massa ha registrado. En Buenos Aires está el poder de Cristina Kirchner. Seguirá siendo el árbitro. Es ella la que decidirá si la confrontación que ha dominado la vida nacional en los últimos 20 años ha quedado cancelada. Su homogénea minoría puede ser crucial en un mapa político que, se confirmó anoche, debe luchar contra una peligrosa fragmentación.
Sergio Massa tuvo un doble triunfo en las elecciones generales de ayer. Salió primero, contra casi todos los pronósticos. Y, lo más importante, corroboró su hipótesis maestra: la irrupción de Javier Milei tenía como destino principal dividir el frente opositor. Es decir, cumplir el rol que él mismo, Massa, desempeñó entre 2013 y 2017 frente al kirchnerismo y que fue determinante de la llegada de Mauricio Macri al poder. Olvidar esta configuración electoral haría perder de vista un mensaje importante de las urnas: el peronismo tuvo una muy mala performance.
Unificado detrás de un solo candidato, anoche no alcanzaba al 37% de los votos, que es lo que había obtenido Daniel Scioli en 2015, cuando encabezó solo a la fracción oficialista. Es verdad que el ministro de Economía sumó más de 3 millones de votos a los que su coalición cosechó en las primarias de agosto. Fue quien más se benefició con el incremento de participación, que fue del 70 al 78%. Milei agregó 700.000. Juntos por el Cambio, con Patricia Bullrich, perdió 200.000. Pero Milei y Bullrich sumaron muchos más votos que los que había obtenido Macri en la primera vuelta de 2019. Entre la candidatura de Alberto Fernández en 2019 y la de Massa, ayer, el peronismo perdió más de 3,5 millones de votos. El resultado de Massa es más meritorio, entonces, cuando se lo compara con la penuria de Unión por la Patria.
Detectar esta fragilidad permite pensar mejor lo que vendrá. En medio de un mar de incertidumbre, ayer quedó establecida una certeza: el núcleo de la plataforma social sobre la que se asentará el próximo gobierno, cualquiera sea el ganador del segundo turno, será bastante reducido. Massa consiguió menos del 37% de los votos. Milei sacó 30. Esta información es decisiva para calibrar la capacidad de la administración que se instale en la Casa Rosada el 10 de diciembre para gestionarla endiablada agenda de la economía. Entre otras cosas porque de la matemática de ayer deriva que el actual oficialismo estará a 22 bancas del quorum en Diputados. Una indigencia que se agiganta en el caso de Milei: le faltan 91 legisladores para lograr aprobar una ley. Este es el instrumental político inicial para abordar una agenda económica endemoniada.
El candidato de La Libertad Avanza está frente a un desafío relevante: ¿será capaz de reunificar el universo electoral no peronista? Es decir: ¿conseguirá neutralizar las mil tácticas a las que recurrirá Massa para atraer, aunque más no sea, a una franja de los simpatizantes de Juntos por el Cambio? Cuando se resuelva este interrogante se sabrá qué es lo que está sucediendo en la política argentina. Se podrá determinar si hay un reemplazo en la representación de los sectores medios, en general, ajenos al PJ. En otras palabras, si el candidato de La Libertad Avanza va a sintetizar a sus simpatizantes con los de Patricia Bullrich. O si, en cambio, Massa está en condiciones de avanzar sobre el centro, limitando el reinado de Milei a un sector de derecha más o menos reaccionario. Estas alternativas cobijan un misterio principal de la etapa inaugurada ayer: cual será el destino de Juntos por el Cambio.
Massa consiguió anoche neutralizar la cruz de un oficialismo catastrófico, en el que conviven una inflación proyectada del 200%, la consiguiente corrida cambiaria y una pobreza del 40%, que se vuelve más escandalosa cuando se la contrasta con las manualidades de Chocolate o las travesías mediterráneas del Bandido. Frente a estas circunstancias objetivas calamitosas, el ministro realizó la campaña más profesional. Contó con la colaboración de Cristina Kirchner y su capacidad, cercana a la magia, de desaparecer cuando el contexto se lo exige. También Alberto Fernández se invisibilizó, admitiendo que su administración no tiene nada que ver con el responsable del Palacio de Hacienda. Sin embargo, el mayor auxilio para Massa llegó desde la oposición, que no logró exponer ante la ciudadanía una obviedad: que el candidato del oficialismo era el candidato del oficialismo.
El triunfador de ayer fue mucho más eficaz. Consiguió sembrar el miedo a un cambio depredador. También en esto lo ayudaron sus rivales. Una curiosidad insólita: una en cuesta realizada la semana pasada porPabl oS emán,NicolásWesc hin geryUl is es Ferro descubrió que en el universo de simpatizantes de Milei hay un 11,6% de votantes que, cuando se pregunta a qué candidato temen más, contestan “a Milei”.
Sin embargo, el aporte de los opositores no se debió quizá tanto al terror que pudieron sembrar entre los votantes, sino a los fantasmas que comenzaron a aterrorizar a la dirigencia. Es muy posible que Milei, amenazando a la casta con una moto sierra, yBullrich,p ro metiendo al kirchnerismo una cárcel de alta seguridad, hayan sacado del letargo a una dirigencia peronista que, si no habilitó a su candidato a avanzar sobre el electorado ajeno, sí le permitió fidelizar al propio. Porque el milagro de Massa fue modesto: recuperar algo del voto oficialista, escondido en la gran masa de abstención de las primarias, sin llegar a las marcas de otras elecciones. Una física que se repite en las escalas inferiores. Para citar el caso más sonoro: Federico Otermín, el candidato a intendente de Lomas de Zamora, capturó ayer el 50% los votos. Diez puntos porcentuales menos que los que había conquistado su padrino Martín Insaurralde en 2019. Es cierto que el apoyo de la oposición frente al nefasto trance de Chocolate y el Bandido ha sido generosísimo. Fue más que un silencio piadoso: en el cierre de campaña de Juntos por el Cambio el candidato a gobernador Néstor Grindetti llegó a caracterizar a Martín Insaurralde como un “chivo expiatorio del kirchnerismo”.
El sospechoso compromiso de Grindetti con Insaurralde es solo una caricatura del muy defectuoso proselitismo de Bullrich y su fuerza. Las razones son diversas. Se puede mencionar el colapso que produjo en la candidata el haber perdido en las primarias frente a Milei, en una derrota que además de cuantitativa fue conceptual. Bullrich nunca más encontró su eje porque no puedo identificar a su verdadero rival. Levantó, además, una bandera que, aislada, sonó muy anacrónica: la de terminar con el kirchnerismo.
Replegada sobre ese terreno, dejó libre el centro. Intentó tomarlo Massa. Tal vez por eso ella no retuvo todo el voto de Horacio Rodríguez Larreta. Bullrich no igualó el caudal que recogió su fuerza en las primarias. A la hora de evaluar esta aritmética hay que rescatar un dato interesante: Juan Schiaretti casi duplica las adhesiones que había conseguido en agosto. Pasó de 900.000 a 1.800.000 votos. Ese éxito, sobre todo en Córdoba, se produjo a expensas de Bullrich.
Es posible que estas razones sean, de todos modos, anecdóticas. El gran problema de Juntos por el Cambio fue que no pudo encontrar un discurso que superar ala frustraciónde muchísimo se lectores frente a la malhadada salida de Macri del poder. No consiguió realizar en los últimos cuatro años una verdadera renovación. El empeño crítico más audaz, el de Horacio Rodríguez Larreta, quedó reducido a reparos metodológicos o a desafíos personales. No logró abrir una disputa conceptual. Es, tal vez, una consecuencia derivada del talento con que Macri siguió ocupando el centro de la escena,de mostrando que es el político más dotado de su agrupación para la manipulación del poder.
Frustración
En las próximas semanas se sabrá si, además de la derrota, Juntos por el Cambio padecerá la fractura. Es un destino que está muy condicionado por el predominio de uno u otro eje discursivo en la carrera hacia el ballottage. Massa seguirá convocando a un gobierno de unidad, en un intento de seducir a dirigentes radicales y de Pro. Personas que ya tienen con él vínculos antiguos, más o menos visibles, alimentados casi siempre por prebendas económicas. Esa transversalidad se alimenta, además, con la subordinación a importantes empresarios que cultivan amistades en las dos coaliciones enfrentadas en los últimos tres lustros. Para formularlo en otros términos: la campaña ingresa en una etapa en la que se podrá advertir que la polarización fue, para muchos protagonistas, un simulacro. Lo más importante pasa por otro plano. Massa envolverá su jugada hacia Juntos por el Cambio con un argumento general: hay que agruparse para defender la democracia del avance de un Milei que será presentado cada vez más como un personaje fascistoide. Habrá que olvidar cuanto antes que a ese personaje él lo alimentó de mil maneras. El fraseo de esa visión fue anoche “la grieta se murió y empieza otra etapa el 10 de diciembre”. Lo mismo prometía Alberto Fernández hace cuatro años.
La estrategia oficialista se nutre en la experiencia d eL u la da Silva frente a Jair Bolsonaro. La campaña del PT se sostuvo en la confrontación entre democracia o fascismo. Massa cuenta con dos equipos de brasileños,destacados en Buenos Aires por el propio Lula, que lo asesoran para desplegar este diseño. El principal interlocutor está en San Pablo y es el exjefe de marketing político del presidente de Brasil, Edinho Silva. Pero el más gravitante en el comando de Unión por la Patria es Otavio Antunes, que además de aconsejar a Lula, trabajó en Bolivia para Evo Morales, y en Colombia para Gustavo Petro, quien ayer saludó el resultado diciendo que la esperanza había vencido a la barbarie.
La prédica de Massa puede tener efectos en Juntos por el Cambio. No porque vaya a conseguir adhesiones a su candidatura. Pero sí motivar censuras contra Milei. Contra el mismo Milei de quien Macri sostiene que “expresa nuestras ideas”. El lugar donde primero se manifestará este entredicho interno es la ciudad de Buenos Aires. Jorge Macri quedó al borde de ganar en primera vuelta, pero perdió 162.000 votos respecto de los que sacó Juntos por el Cambio en agosto. Quiere decir que parte de los votantes de Martín Lousteau prefirieron otra opción. El exradical Leandro Santoro, por ejemplo, sumó 158.000 votos desde las primarias. ¿Massa intervendrá ante Santoro para que reconozca el triunfo de Macri? Sería una forma de desmovilizar al aparato de Pro que sostendría, en noviembre, la campaña de Milei.
La fisura en Juntos por el Cambio está expuesta. Sólo falta que el propio Milei la profundice, enajenándose el poco afecto que le destinan los simpatizantes radicales. Una de las demostraciones más claras de la falta de profesionalismo del candidato de La Libertad Avanza ha sido su obcecado menosprecio a la UCR, que es uno de los partidos a los que deberá seducir en su lucha contra Massa.
Este inconveniente de Milei conspira contra la que ahora será su estrategia principal: restablecer las coordenadas pero nismo/n opero nismo,dra matizadas comok ir ch ner is mo-antik ir ch nerismo.A noche prometió barajar y dar de nuevo para terminar con el oficialismo. Bullrich le correspondió diciendo que trabajará en la misma dirección. No es el único reto que espera a Milei. También tendrá que conjurar una campaña sutil, subliminal, que lanzará Unión por la Patria para generar más dudas que las que ya existen sobre su estabilidad emocional.
Massa deberá demostrar también su habilidad para insistir en una tesis que ya estuvo ensayando: la intranquilidad que sacude a la economía no debería ser atribuida a su pésima gestión, sino a la prédica de Milei. Hace 15 días, cuando el candidato de ultraderecha había recomendado no renovar plazos fijos en pesos, consiguió que una parte de la opinión pública adoptara ese diagnóstico. Fue increíble que, otra vez, Bullrich lo apoyara sumándose a la imputación contra Milei. Ahora ese reproche tal vez quede opacado por el verdadero problema: la propuesta de una dolarización, esgrimida por alguien que podría ganar el ballottage, es de por sí desestabilizante, porque acelera el repudio al peso.
No hace falta consignar que se trata de un vector determinante para el próximo tramo del proceso. El consenso de los profesionales anticipa mayores turbulencias. El partido del dólar, en términos electorales, se juega desde hoy. ¿Alcanzará a Massa recurrir a las “cuevas” amigas? Un acertijo para los agencieros de la red Karuna Group, rama cambiaria del Frente Renovador.
En el paisaje que quedó planteado ayer hay que registrar un fenómeno con gran potencial para el futuro. En la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof agregó 1.338.632 votos a los que había sacado en las primarias, alcanzando el 44,89% de los votos. Quedó empatado con Massa en el distrito más importante del país. Allí La Cámpora, liderada por Máximo Kirchner, ganó 12 comunas. Quiere decir que el oficialismo mantuvo su fortaleza en su principal base territorial.
Kicillof no tiene reelección. Por eso 2027 es una fecha significativa para él. Un detalle que Massa ha registrado. En Buenos Aires está el poder de Cristina Kirchner. Seguirá siendo el árbitro. Es ella la que decidirá si la confrontación que ha dominado la vida nacional en los últimos 20 años ha quedado cancelada. Su homogénea minoría puede ser crucial en un mapa político que, se confirmó anoche, debe luchar contra una peligrosa fragmentación.
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