Carina Marullo y César Viscardi compraron el lugar en 2011; decidieron cambiar de vida y abrir Las Cinco Esquinas
Leandro Vesco
Las Cinco Esquinas, la familia Viscardi cambió la ciudad por el campo
La historia de este parador es maravillosa, y viajeros de todo el país frenan para conocerla. En 2011 un matrimonio que viajaba por la ruta 5 a la altura de Nueve de Julio, en la provincia de Buenos Aires, se detuvo en un comedor al costado del camino que era atendido por una pareja de ancianos que les ofreció pasta casera... y una proposición: “Les vendemos el restaurante”.
Al regresar a San Isidro, donde vivían, tomaron la decisión. “Queríamos cambiar de vida, les dijimos que sí, teniendo la mitad del dinero”, confiesa César Viscardi.
“Largamos todo y nos vinimos a vivir al campo, no dejamos ninguna huella en la ciudad”, dice Carina Marullo. Con sus dos hijos decidieron hacer posible un sueño que parecía imposible: restaurar un restaurante que fue una vieja pulpería de 1900 rodeada de una cortina centenaria de eucaliptos. “Se conocía por las pastas de Clara, que las amasaba y se volvieron famosas –dice Marullo–. Era un lugar con mucha historia, decidimos recuperarla”.
Lo hicieron con herramientas nobles y sencillas: trabajo familiar y un horno de barro que cocina platos con aromas de campo. Les sobra leña y amor por las recetas que dejan huellas en la emoción.
El comedor tiene una larga historia. De 1900 a 1940 fue posta, una pulpería en medio del camino. Rodeada por un mar de pasto y tierra, el anonimato de la soledad rural contribuyó para que de 1940 a 1980 fuera una whiskería. Eran otros tiempos y otra ruta. Hasta 1992, fue tapera. De aquel año a 2011, La Casa de Clara, y a partir de 2012, usando la toponimia que la gente del campo había determinado para el lugar, Restaurante Cinco Esquinas, el lugar elegido por Carina y César para renacer.
“No sabíamos por dónde empezar”, reconoce Marullo. En 2012 abrieron. Dormían en el piso, la madre de César les prestó un auto.
Comenzaron con dos mesas. Todo era prueba y error. “El lugar nos terminó cambiando a nosotros”, confiesa César.
El terreno tiene una hectárea y media. Lo transformaron en un pequeño paraíso, donde conviven animales, una añosa arboleda y la huerta. Los primeros tiempos la gente venía a buscar las pastas de Clara. El legado incluía seguir con aquella receta. “Nunca había amasado pastas”, aclara Carina. Aprendió y también son festejadas.
“El menú es sencillo: todo lo hacemos nosotros”, sugiere Viscardi. Aves de granja, su huerta les provee de verduras frescas. Los huevos, de gallinas que caminan en libertad y forma parte de una de las atracciones, muchas veces hay niños de ciudad que es la primera vez que ven animales de este tipo. Las carnes, fiambres y quesos, todos locales. “Apoyamos mucho la agroecología”, dice Marullo.
Los platos expresan el cambio interno que hicieron. Hacen sus fertilizantes. “Producimos alimentos sanos”, confiesa Viscardi.
Transformaciones
Las debilidades las transformaron en fortalezas. Están alejados de todo. No sirven bebidas gaseosas, hacen limonada, jugos y agua fresca natural, la razón es simple: no generar residuos, los desechos orgánicos van a la compostera y los pocos inorgánicos los llevan a Nueve de Julio a una planta recicladora. No tienen conexión de gas; los árboles les proveen de leña. Un horno de barro es una caja de pandora gastronómica que sostiene gran parte de esta historia de reconquista. Amasan pan, las tapas de empanadas, las carnes y postres.
“El paté casero es muy pedido”, dice Marullo. Lo hacen la noche anterior; siempre es fresco. Lo sirven con pan recién horneado. Una preparación del menú se destaca: los bifes a la criolla hechos al disco. Son nacidos de una profunda interpretación del gusto local. “Llegan a la mesa en el disco”, agrega César.
Aquellas pastas de Clara, su peso en el corazón de los clientes, se trasladaron a esta receta. “Sorprende y emociona”, sugiere Carina. El salón, con inmensos y encantadores ventanales deja pasar la claridad del sol que entibia las mesas. “La noche es mágica”, dice Marullo.
La ruta 5 no descansa, es un meridiano que cruza toda Buenos Aires hasta Santa Rosa, La Pampa, cada media hora una rotonda abre las puertas de algún pueblo, es divertida y muy cerealera. Cuando el sol se recuesta, del corazón del campo florece una brisa fresca y generosa, las luciérnagas son estrellas que bajan a tierra. Las luces del restaurante son las únicas que se ven a un costado del camino. Guirnaldas con luces de colores decoran el melancólico restaurante, que es también la casa de esta familia.
En pocos años, lograron convertirse en un comedor de culto entre los que eligen la tranquilidad. Trabajan los fines de semana y feriados. El salón está intervenido con una decoración vintage que mezcla elementos rurales y reciclados.
“Son aromas que te enlazan con buenos recuerdos, sabores de siempre”, señala sobre el menú el chef de la vecina Los Toldos Andrés Lazaeta. Conocedor de los gustos de los pequeños pueblos y explorador de su región, dice: “Las Cinco Esquinas reivindica la cocina de los pueblos, nuestras carnes, todo lo que tenemos cerca, lo que el campo produce va a la mesa”.
La propuesta es válida para el viajero y los locales, que pueden tener una opción sensitiva de calidad con una gran historia detrás. “Estos paradores son necesarios, forman un turismo gastronómico rutero muy valorado por el viajero”, afirma el cocinero toldense.
“Lo que primero les decimos es que acá no hay apuros”, cuenta Marullo. Mensajeros de una verdad, la familia es protagonista de una historia inspiradora. “La mayoría para con el tiempo justo para picar algo y enseguida se relajan. Ahí es cuando logramos ser más que una parada, sino parte de un viaje”, confiesa Marullo.
La historia de este parador es maravillosa, y viajeros de todo el país frenan para conocerla. En 2011 un matrimonio que viajaba por la ruta 5 a la altura de Nueve de Julio, en la provincia de Buenos Aires, se detuvo en un comedor al costado del camino que era atendido por una pareja de ancianos que les ofreció pasta casera... y una proposición: “Les vendemos el restaurante”.
Al regresar a San Isidro, donde vivían, tomaron la decisión. “Queríamos cambiar de vida, les dijimos que sí, teniendo la mitad del dinero”, confiesa César Viscardi.
“Largamos todo y nos vinimos a vivir al campo, no dejamos ninguna huella en la ciudad”, dice Carina Marullo. Con sus dos hijos decidieron hacer posible un sueño que parecía imposible: restaurar un restaurante que fue una vieja pulpería de 1900 rodeada de una cortina centenaria de eucaliptos. “Se conocía por las pastas de Clara, que las amasaba y se volvieron famosas –dice Marullo–. Era un lugar con mucha historia, decidimos recuperarla”.
Lo hicieron con herramientas nobles y sencillas: trabajo familiar y un horno de barro que cocina platos con aromas de campo. Les sobra leña y amor por las recetas que dejan huellas en la emoción.
El comedor tiene una larga historia. De 1900 a 1940 fue posta, una pulpería en medio del camino. Rodeada por un mar de pasto y tierra, el anonimato de la soledad rural contribuyó para que de 1940 a 1980 fuera una whiskería. Eran otros tiempos y otra ruta. Hasta 1992, fue tapera. De aquel año a 2011, La Casa de Clara, y a partir de 2012, usando la toponimia que la gente del campo había determinado para el lugar, Restaurante Cinco Esquinas, el lugar elegido por Carina y César para renacer.
“No sabíamos por dónde empezar”, reconoce Marullo. En 2012 abrieron. Dormían en el piso, la madre de César les prestó un auto.
Comenzaron con dos mesas. Todo era prueba y error. “El lugar nos terminó cambiando a nosotros”, confiesa César.
El terreno tiene una hectárea y media. Lo transformaron en un pequeño paraíso, donde conviven animales, una añosa arboleda y la huerta. Los primeros tiempos la gente venía a buscar las pastas de Clara. El legado incluía seguir con aquella receta. “Nunca había amasado pastas”, aclara Carina. Aprendió y también son festejadas.
“El menú es sencillo: todo lo hacemos nosotros”, sugiere Viscardi. Aves de granja, su huerta les provee de verduras frescas. Los huevos, de gallinas que caminan en libertad y forma parte de una de las atracciones, muchas veces hay niños de ciudad que es la primera vez que ven animales de este tipo. Las carnes, fiambres y quesos, todos locales. “Apoyamos mucho la agroecología”, dice Marullo.
Los platos expresan el cambio interno que hicieron. Hacen sus fertilizantes. “Producimos alimentos sanos”, confiesa Viscardi.
Transformaciones
Las debilidades las transformaron en fortalezas. Están alejados de todo. No sirven bebidas gaseosas, hacen limonada, jugos y agua fresca natural, la razón es simple: no generar residuos, los desechos orgánicos van a la compostera y los pocos inorgánicos los llevan a Nueve de Julio a una planta recicladora. No tienen conexión de gas; los árboles les proveen de leña. Un horno de barro es una caja de pandora gastronómica que sostiene gran parte de esta historia de reconquista. Amasan pan, las tapas de empanadas, las carnes y postres.
“El paté casero es muy pedido”, dice Marullo. Lo hacen la noche anterior; siempre es fresco. Lo sirven con pan recién horneado. Una preparación del menú se destaca: los bifes a la criolla hechos al disco. Son nacidos de una profunda interpretación del gusto local. “Llegan a la mesa en el disco”, agrega César.
Aquellas pastas de Clara, su peso en el corazón de los clientes, se trasladaron a esta receta. “Sorprende y emociona”, sugiere Carina. El salón, con inmensos y encantadores ventanales deja pasar la claridad del sol que entibia las mesas. “La noche es mágica”, dice Marullo.
La ruta 5 no descansa, es un meridiano que cruza toda Buenos Aires hasta Santa Rosa, La Pampa, cada media hora una rotonda abre las puertas de algún pueblo, es divertida y muy cerealera. Cuando el sol se recuesta, del corazón del campo florece una brisa fresca y generosa, las luciérnagas son estrellas que bajan a tierra. Las luces del restaurante son las únicas que se ven a un costado del camino. Guirnaldas con luces de colores decoran el melancólico restaurante, que es también la casa de esta familia.
En pocos años, lograron convertirse en un comedor de culto entre los que eligen la tranquilidad. Trabajan los fines de semana y feriados. El salón está intervenido con una decoración vintage que mezcla elementos rurales y reciclados.
“Son aromas que te enlazan con buenos recuerdos, sabores de siempre”, señala sobre el menú el chef de la vecina Los Toldos Andrés Lazaeta. Conocedor de los gustos de los pequeños pueblos y explorador de su región, dice: “Las Cinco Esquinas reivindica la cocina de los pueblos, nuestras carnes, todo lo que tenemos cerca, lo que el campo produce va a la mesa”.
La propuesta es válida para el viajero y los locales, que pueden tener una opción sensitiva de calidad con una gran historia detrás. “Estos paradores son necesarios, forman un turismo gastronómico rutero muy valorado por el viajero”, afirma el cocinero toldense.
“Lo que primero les decimos es que acá no hay apuros”, cuenta Marullo. Mensajeros de una verdad, la familia es protagonista de una historia inspiradora. “La mayoría para con el tiempo justo para picar algo y enseguida se relajan. Ahí es cuando logramos ser más que una parada, sino parte de un viaje”, confiesa Marullo.
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