¿Puede un liberal en serio desear que un diario quiebre?
Pablo Sirvén
El presidente Javier Milei no ha renunciado a seguir siendo el panelista áspero con que saltó a la vidriera pública. Ni piensa hacerlo. Solo se calma, si su interlocutor suscribe ciento por ciento lo que dice. Ya los mínimos matices le producen ansiedad y las diferencias importantes directamente lo sulfuran.
El sentido común, y el protocolo constitucional, le aconsejarían un mayor aplomo, no meterse en polémicas gratuitas y expresarse con mayor equilibrio y frialdad. Pero si hiciera eso, Milei dejaría de ser Milei y sentiría que un abismo se abre bajo sus pies. Con ínfimo respaldo legislativo y carente de gobernadores de su fuerza, al líder de La Libertad Avanza solo le queda exhibirse fuerte en sus modos y formas, tal como lo hace en sus redes sociales con extraordinario éxito.
Esa personalidad volcánica, donde no hay espacio para las dudas ni para las reglas de cortesía más elementales con quienes piensan distinto es lo que lo vuelve admirado ante su núcleo duro de seguidores, y temido por muchos otros que prefieren poner distancia y guardar silencio para rehuir de sus ladridos y dentelladas.
Cumple así, aunque de manera precaria, con algo que aprecia mucho el argento promedio: ser gobernado por quien haga un grosero alarde de ejercer el mando con rigor, avance a los empujones y se lleve puesto a quien se interponga a su paso.
El justicialismo sabe mucho de eso: látigo en mano, desde sus fundadores, Juan y Eva Perón, a Néstor y Cristina Kirchner, pasando por Carlos Menem, cuando estuvieron en lo más alto del poder, se volvieron temibles, caprichosos y audaces equilibristas en las cornisas de la democracia, al borde de peligrosas autocracias.
No es el escudo peronista suficiente para volverse un déspota que tenga en un puño a la sociedad. Hace falta un temperamento muy particular que, por cierto, no tuvieron Héctor Cámpora, Isabel Perón, Eduardo Duhalde ni Alberto Fernández.
Pero si hay algo que le sobra a Javier Milei es temperamento.
No cuenta como aquellos con respaldos ideológicos y corporativos, pero le alcanza con su voluntad de arremeter contra todo lo que se le opone. Cuenta, además, con una innata capacidad histriónica que conecta con audiencias desprevenidas de cualquier condición social.
Aquellos que cuentan con un plus de racionalidad intelectual como para no ser cooptados fácilmente por un personaje de características tan peculiares aún intentan decodificar la singularidad de un fenómeno por demás novedoso y disruptivo.
Más allá de sus excentricidades, Javier Milei pasará a la historia si logra domar la inflación en un tiempo prudencial. Y si eso, al tiempo, llegara a derramar en un mejor desenvolvimiento de la economía y en un mayor bienestar para el muy sufrido bolsillo argentino, los libros le reservarán un lugar destacado.
Hay bravuconadas e irritabilidades del Presidente a las que el paso del tiempo, por la mera reiteración de esas actitudes, nos va acostumbrando, mal que nos pese. Quiere diferenciarse del kirchnerismo, pero cuando empieza a nombrar medios y periodistas con nombre y apellido, como a Joaquín Morales Solá, o los alude de manera inequívoca y peyorativa, como a Jorge Fernández Díaz, se parece bastante al matrimonio presidencial de Santa Cruz.
Pero hay derrapes y derrapes. Desearle la quiebra a una empresa periodística simplemente porque no le satisface su línea editorial resulta mucho más grave. Es lo que sucedió durante la larga entrevista que le hizo Alejandro Fantino este lunes cuando arriesgó que el periódico Perfil va camino al cierre, ahora que además la pauta oficial permanece suspendida.
El dueño, Jorge Fontevecchia, respondió que, si no pudo quebrarlo la dictadura militar, ni los treinta juicios en tiempos de Carlos Menem, ni el asesinato de José Luis Cabezas ni el retiro de la publicidad oficial por parte de Néstor Kirchner, “tampoco va a poder usted”.
La enemistad de Milei con Fontevecchia no es de larga data. De hecho, la primera gran entrevista de tres horas que le hizo, el actual presidente la volcó en uno de sus libros sin pedir la correspondiente autorización al autor. Y durante la campaña, el año pasado, estuvo más de una vez en Perfil, inclusive en su escuela de periodismo. En una de esas visitas, permaneció más de seis horas en las instalaciones de esa editorial en Barracas para grabar un largo e interesante cruce con Juan Grabois, que moderó el propio Fontevecchia.
La reacción
Milei podría intentar refutar con argumentos válidos determinadas posiciones de Fontevecchia o de cualquiera, siempre y cuando enriquezca el debate y lo haga con altura. Pero lo suyo es la confrontación y la respuesta incendiaria porque sabe que eso alimenta la caldera de las redes sociales, el ámbito virtual en el que el Presidente se siente mucho más cómodo que en el mundo real.
Milei reconoce que le dedica muchas horas, en coincidencia con sus comidas, y que a la noche, después de la cena, sigue de largo. Su audiencia cautiva se aburre, no entiende y se desinteresa si florece un diálogo civilizado.
Milei lo tiene bien en claro y actúa en consecuencia. Sabe, además, que esa pelea permanente permea también en los medios de comunicación tradicionales, que, sea a favor o en contra, lo vuelven a mostrar como el guapo de la cuadra, con el que es mejor no meterse. Y lleva la atención hacia esas liviandades, dispersando la atención en los temas cruciales que realmente importan.
Resulta del todo contradictorio que un liberal extremo (se autopercibe libertario y anarcocapitalista) pueda alegrarse por la desaparición de una empresa privada que es fuente de trabajo de cientos de trabajadores y que se sostiene a sí misma sin depender de los recursos del Estado. Son los lectores y los anunciantes los que mantienen vivo a un diario.
Consultado por la nacion, Fontevecchia es más optimista respecto de lo que puede depararle la agresiva ofensiva presidencial: “Cuando Milei dice que Perfil quebró se refiere al cierre del diario de 1998 –explica– y creo que, así como Néstor Kirchner atacando a Perfil desde 2003 nos terminó fortaleciendo y permitiendo relanzar el diario en 2005 sobrevisibilizándonos, Milei ahora volverá a fortalecernos. Salvando las enormes distancias, es lo que sucedió con The New York Times y las suscripciones al comienzo de la presidencia de Trump y nosotros con aquel fideicomiso en contra de la discriminación con la publicidad oficial que condujo Nelson Castro, con el apoyo de todo el periodismo profesional en 2006”.
¿Qué puede haber molestado tanto al primer mandatario? ¿Que Perfil llamara a no votarlo? En los Estados Unidos es costumbre que los grandes medios blanqueen antes de los comicios a qué candidato apoyan.
¿Acaso le habrá fastidiado que Fontevecchia escribiera un controvertido editorial en el que sugería que, en algún momento, Milei dará un paso al costado o será desplazado de su cargo y sugería para reemplazarlo el nombre del diputado Miguel Ángel Pichetto?
Desde el propio gabinete de ministros, uno de sus más relevantes miembros desliza una teoría más insólita: una reciente tapa de la revista Noticias sobre los perros de Milei, el Presidente la tomó como una “declaración de guerra”.
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Alertan sobre un clima de fuerte hostilidad contra el periodismo
Las descalificaciones del Presidente favorecen la intimidación y las expresiones violentas, como el acoso por vía digital
La Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas (ADEPA) advirtió que las “descalificaciones presidenciales injuriantes” a medios de comunicación y periodistas pueden generar un “clima de hostilidad e intimidación de la labor periodística”. En una fuerte declaración, sostuvo que “un debate libre y vibrante no necesita la descalificación”, como se expresa en el título del pronunciamiento.
Ya en su pronunciamiento de marzo, al presentar el informe semestral sobre libertad de prensa en el país, la entidad, que reúne a más de 180 medios de todo el país, consideró que “todo funcionario tiene derecho a disentir, desmentir, replicar y criticar una información u opinión publicadas. Incluso el funcionario puede sentirse agraviado y tiene derecho a defenderse. Pero debe hacerlo honrando su responsabilidad institucional”.
“Reemplazar esa actitud, aun firme y vehemente, por la argumentación descalificante, el ataque ad hominem, la injuria o la generalización estigmatizante de la profesión genera un clima de hostilidad e intimidación de la labor periodística en sí”, prosiguió la entidad, que preside Martín Etchevers. Y advirtió que ello “puede provocar efectos nocivos como la autocensura y el acoso digital, que incluso podría traducirse en violencia de otro tipo”.
Ante la reiteración de descalificaciones del Presidente en las últimas semanas –e incluso ayer–, la entidad defensora de la libertad de expresión sostuvo que “la hora demanda discusiones elevadas, firmes y aún vehementes, no argumentar descalificando e insultando”.
El lunes último, en una entrevista con el conductor Alejandro Fantino, en radio Neura, Milei lanzó descalificaciones personales contra profesionales de distintos medios, en general sin dar sus nombres, pero sí con alusiones bastante explícitas. Dos días antes había seguido el mismo camino con una alusión despectiva al columnista de Joaquín Morales Solá.
Milei también apuntó contra Jorge Fontevecchia, a quien identificó como “Tinturelli” y pronosticó en tono festivo que su diario está camino al cierre. “¡Qué bueno! Ya quebró una vez y lo salvó un empresario, después lo salvó la política y ahora, como no tiene pauta, va a la quiebra”, dijo el líder de La Libertad Avanza.
El director de Perfil le respondió en su programa Modo Fontevecchia, por Net TV, y le advirtió que “no podrá” empujar al diario a la quiebra. “Mire, Presidente, no pudo quebrarnos la dictadura militar; no pudo quebrarnos Menem en el momento de los 30 juicios, el asesinato de José Luis Cabezas; no pudo quebrarnos poniendo cero de publicidad oficial Néstor Kirchner; tampoco va a poder usted”, afirmó el editor periodístico.
Además, el mandatario emprendió su ofensiva contra el periodista Jorge Fernández Díaz, columnista de la nacion, al procurar refutar artículos en los que se refirió al gurú libertario Murray Rothbard, autor de Populismo de derecha.
Tampoco la mencionó por su nombre, pero el Presidente descalificó a la periodista Romina Manguel. Lo hizo ante una consulta sobre la frase del diputado Alberto “Bertie” Benegas Lynch acerca de la obligatoriedad de la educación, que despertó polémica durante el fin de semana. Había sido en una conversación en FM Milenium.
“No tenés que ir a dar notas a esos tipos, porque no les interesa qué pensás”, aconsejó el Presidente al diputado de su espacio. En sus redes, la periodista escribió “Situación incómoda”, en referencia al conductor Fantino, con quien compartió hace un tiempo programas de TV.
“Gigantes tecnológicos”
En el mismo comunicado, ADEPA sostuvo que “no es una buena noticia para las democracias el desafío económico que vive la industria periodística en todo el mundo, a raíz, entre otras cosas, de los abusos de los gigantes tecnológicos en el mercado publicitario y de distribución de contenidos”.
“Por eso, el mundo capitalista y desarrollado está preocupado por la sustentabilidad del periodismo para la salud del debate democrático, como acaba de señalar la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE)”, dijo ADEPA en su pronunciamiento.
“No es nada feliz –explicó– que se celebren los problemas de la industria o de una empresa periodística en un momento en el que la democracia necesita como nunca del periodismo para mostrar los hechos relevantes, auditar el ejercicio del poder y favorecer una discusión informada de la ciudadanía, que trascienda los eslóganes, la viralización y las cámaras de eco”.
En igual sentido, la entidad afirmó: “Como decía nuestro reciente informe, no se trata de una función autoasignada, sino del lugar que nuestros constituyentes de 1853/60, como los de toda democracia desarrollada, le asignaron. No se tuteló con esto un privilegio, sino el derecho de la ciudadanía a recibir la información que le permite conocer cómo se administran sus intereses”
Declaración de aDepa
“La argumentación descalificante, la injuria o la generalización estigmatizante generan un clima de hostilidad e intimidación de la labor periodística”
“Esto puede provocar efectos nocivos, como la autocensura y el acoso digital, que incluso podría traducirse en violencia de otro tipo”
http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA
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