Andrés Borenstein_ “Hoy es aventurado dar por hecho las reformas estructurales”
Es licenciado en Economía por la UBA y tiene una maestría en Finanzas por la UTDT; es economista asociado en Econviews y docente universitario en la UBA y la UTDT; fue economista jefe en BTG Pactual y economista para Sudamérica en la embajada británica;
Esteban Lafuente |
“El dato fue relativamente bueno, dado lo que se esperaba”, afirma Andrés Borenstein, economista jefe de la consultora Econviews, al analizar el índice de 20,6% de inflación que informó para enero el Indec y la fuerte inercia tras el 25,5% de diciembre. De todas maneras, elige la cautela al analizar lo que vendría en el corto plazo. “No se puede festejar la desaceleración, porque es comparar con un número ridículo como fue el del mes de la devaluación. Necesitamos ver varios meses de desaceleración, que yo creo que van a ocurrir. Pero bueno, una cosa es creer que van a ocurrir y otra cosa es festejar”, explica el economista, quien elogia el plan de reducción del déficit del Gobierno y advierte por la necesidad de “reformas microeconómicas” que apuntalen la productividad y permitan una baja sostenida de la inflación.
–¿Hacia dónde va ese sendero de desaceleración de los precios?
–Vemos un 15% para febrero y un 11% o 12% para marzo. Veo una desaceleración robusta, pero después tiene que aparecer la estabilización propiamente dicha, y eso no lo sabemos. Se habla de dolarización, y hay otras alternativas. Uno de los desafíos que creo que va a enfrentar el equipo económico en el corto plazo es el tema cambiario. Si se sale del crawling peg de 2% a algo más acelerado, si se lo banca un tiempo más y se hace un salto, o si después el único salto que se hace es el salto de la unificación, se puede unificar antes de lo previsto, que es algo que creo que le vendría bien a la economía y algo que está pidiendo el FMI. La brecha es una distorsión, y como toda distorsión conviene eliminarla. No es gratis, porque al unificar perderías la recaudación del impuesto PAIS y uno de los objetivos es reducir o eliminar el déficit. Todo tiene pros y contras, pero para consolidar esa desaceleración de la inflación hay pensar algo con lo cambiario.
–¿Y cómo evalúa el esquema cambiario hasta acá?
–La apreciación es muy acelerada. Pese a que el Gobierno correctamente fue recuperando reservas, la Argentina necesita recuperar más, y para sumar reservas vas a necesitar un tipo de cambio competitivo. El tipo de cambio de unificación es un tipo de cambio que tiene que ser competitivo, y llevado al extremo, el tipo de cambio de dolarización, si es que ocurriera, tiene que ser competitivo. Porque no vamos a ir a la inflación de Estados Unidos inmediatamente. Tampoco pasó en la convertibilidad. Vas a tener inflación en dólares, y, si arrancás con un tipo de cambio muy justo, la inflación te lleva a un tipo de cambio apreciado y eso es un problema. En la convertibilidad funcionó porque se hicieron muchas reformas estructurales que este gobierno también quiere hacer.
Tiene una agenda correcta de desregular y simplificar la economía. Lo que pasa es que eso no ocurrió. Uno tiene la esperanza de que ocurra en los próximos meses o años. Pero, por ejemplo, la reforma laboral está frenada en la Justicia. Entonces, dar por hecho las reformas estructurales hoy es aventurado. Celebramos que el Gobierno las tenga en agenda. Cuando uno piensa el cambio de régimen macro hacia un sendero de inflación mucho más baja, es casi imprescindible que haya un cambio de régimen microeconómico. El camino es el correcto, pero hay desafíos de magnitud, económicos y políticos, para llevarla a cabo.
–¿En qué medida es optimista?
–Es una pregunta más para un politólogo, pero como observador de la política, es difícil. Porque por un lado hay diferencias ideológicas con parte de la sociedad y, por el otro, están los grupos de interés que se benefician del status quo y como en casi cualquier democracia del mundo, van a vender cara su derrota. Y además es un gobierno nuevo, lo cual genera incertidumbre de qué pueden hacer. Todo eso hace que yo me declare cautelosamente optimista, pero no puedo decir “Quedate tranquilo”.
–El Gobierno ratificó la meta de déficit aun sin la ley ómnibus. ¿Puede llegar?
–Creo que se puede cumplir, pero es un objetivo bravo. No tener el capítulo fiscal que estaba en esa ley implica perder algunas fuentes de ingresos. La fórmula para resolver lo fiscal va a tener que pasar por una combinación de más licuación, lo cual es recesivo, o por un aumento de precios vía reducción de subsidios, lo cual es inflacionario. Y se empieza con la frazada corta. Después, el Gobierno tendrá que determinar cuál es la prioridad, si llegar al superávit de 2 puntos del PBI, o si se conforma con un buen número fiscal, de equilibrio primario, sin licuar tanto el gasto público o sin reducir tanto los subsidios. Van a ser discusiones del equipo económico y político. Esto es lo lindo de la economía. No hay ningún camino que no tenga costos. Lo que no hay es alternativas fáciles. No hay magia. Subir la tarifa del transporte y que a la gente y la opinión pública no le importe, o que el Indec no tome nota de que sube el colectivo, el subte y la luz. Eso no va a ocurrir. El Gobierno tiene margen para ir ajustando más o menos conforme vaya viendo la economía.
–¿Y cómo es ese escenario?
–Creo que el mercado, si ve un déficit muy reducido, aun cuando no se cumpla el objetivo del Gobierno, va a celebrar. Con Massa terminamos con un déficit primario de casi 3 puntos del PBI. Si pasás de -2,7% a +0,5%, esa mejora de más de tres puntos es muy significativa, sobre todo en recesión. Porque ajustar en un año en el que la economía va a caer entre 2% y 3% es un mérito descomunal. Y el mercado va a saludar eso, porque tiene la visión de que la economía va a tocar piso en algún momento en el segundo trimestre y de que va a tener cierto crecimiento en la segunda mitad del año –no hay que decir segundo semestre porque es mufa (risas)–. Es probable que 2025 sea un buen año.
–¿Cuál es su análisis sobre la situación de las jubilaciones?
–Hay que pensar dos cosas. Una es la fórmula, porque cuando baje la inflación va a ser fiscalmente muy cara, y hoy, con inflación creciente, es muy onerosa para los jubilados. Entonces, hay que cambiarla. Pero eso es de corto plazo. Y hay que hacer una reforma jubilatoria profunda. La Argentina tiene 200 regímenes previsionales, y casi todos son mejores que el general. Cada uno por alguna razón, que en algún momento fue válida, o tiene menos años de contribuciones, o los haberes son más altos. En algunos casos por razones atendibles, las personas se jubilan antes. Muchos tienen alguna justificación, pero con los cambios en la salud y la medicina, muchos casos terminan siendo privilegios. No se pueden tocar derechos adquiridos, pero sí pensar de ahora en más. Hay millones de cosas para discutir, desde la edad de jubilación de hombres y mujeres en adelante. Hoy, si tenés 30 años de aportes te jubilás, y si tenés 29 años y seis meses, dependés de que exista una moratoria. Y no tiene mucho sentido, porque son dos personas técnicamente iguales, pero uno trabajó seis meses menos y es clase B. Se podría pensar en regímenes que reconozcan los aportes, y el que trabajó 32 años tiene que cobrar más que el que trabajó 18. Hay que darle más equidad al régimen y premiar al que trabajó más. Hay que hacer una discusión profunda, que puede estar un año en el Congreso.
–Los ingresos cayeron fuerte en términos reales. ¿Cuál es su visión sobre ese tema?
–Estamos transitando lo peor de la recesión, justamente por la inflación, que da 50% en dos meses, y los ingresos formales o informales no estuvieron a la altura. La mayoría de la gente perdió poder de compra. Eso se nota en la calle. Los empresarios de todo tamaño dicen que están vendiendo menos. Mi impresión es que al menos los trabajadores formales van a empezar a recuperar, y eso podría arrastrar de a poquito a los informales. Los salarios van a empezar a recuperar. No quiere decir que en marzo o en abril recuperen todo lo perdido en diciembre y enero, pero va a cambiar el ciclo. No quiere decir que se va a vender un montón, pero sí que se dejará de caer, y a lo mejor en mayo, con una mejor cosecha, llega cierta reactivación. Después, se dependerá de si se pudieron implementar las reformas micro y de si se estabilizó la inflación, de si se pudo avanzar en un cambio de régimen. Eso permitirá que sea una recuperación en V robusta o más tenue.
–¿Y eso cómo se ve en la calle?
–Con una economía estabilizada vas a ver más movimiento en la calle. Es cierto que los sectores del campo o de energía son muy capital incentivo. Pero con una economía estable, mejora. Lo vimos con el [plan] Austral y en la convertibilidad. La gente hoy pierde mucho con la inflación, deja mucho en la calle por el impuesto inflacionario. Y en la medida en que la inflación empieza a bajar, se empieza a recuperar capacidad de consumo. Si se estabiliza y se unifica el tipo de cambio, se le da por un lado una señal a esos grandes proyectos de inversión que están en la gateras y, por el otro, se le da una señal a las familias. La inflación es un impuesto y eliminarla es bajar un impuesto. Y es un impuesto muy regresivo. Si se le sacas impuesto inflacionario al rico, se queda una semana más de viaje. Si se le saca ese impuesto al pobre, va más frecuentemente al supermercado. Y eso dinamiza la economía. Para eso hacen falta reformas macro para estabilizar y reformas micro para generar shocks de productividad. Pero no hay que sobrevender: son cosas que deben ocurrir, pero su efecto se ve en dos, tres o cuatro años.
–Escribió un libro sobre comunicación y economía. ¿Cuál es su análisis sobre lo que hace el Gobierno en ese sentido?
–Es un poco errático. Javier Milei empezó muy bien cuando dijo se viene una estanflación, porque lo primero que hay que hacer es bajar las expectativas. Mauricio Macri se equivocó con lo del mejor equipo de los 50 años, que probablemente era cierto: si mirabas ese capital humano, el Estado nunca había tenido ese nivel. Pero dejó las expectativas muy arriba y la gente tenía la visión de que en tres meses iban a solucionar todo. Dejó la vara muy alta ante problemas relativamente complejos, más allá de errores, mala suerte y herencia. En eso, Milei fue mucho más astuto y dijo que 18 meses son de estanflación, entonces nadie puede decir que no sabía que iba a haber recesión en febrero, porque ajustar precios relativos es bravo. Eso no quiere decir que se la banquen. La segunda que hizo bien es que en la derrota de la ley ómnibus, dejó muy expuestas algunas cosas. Hoy estamos todos hablando de los fondos fiduciarios. Eso hizo que la derrota no fuera completa. Los economistas odiamos estos impuestos con asignación específica. Si necesitás plata para algo, discutamos en el presupuesto si la Nación financia X, J o W. Después, pensando en lo del ‘showman’, un poco es necesario. Milei, en ese sentido, emula bastante a Menem. Además de tirar títulos, es un tipo que rompe la metáfora del teatro. Los sociólogos dicen que en la política y el teatro hay que actuar. Y los dos rompen con eso. Y digo lo de Menem, más allá del juicio de valor como persona o político, porque creo que la dupla Menemcavallo fue la que mejor comunicó. Y si él mira eso, mira bien. Es un activo la capacidad de comunicar de Milei, lo que no quiere decir que mañana no se equivoque. Un jugador bueno a veces juega mal, pero prefiero tenerlo. Obviamente, si la economía no te ayuda, aunque comuniques bien, sos boleta.
“El dato fue relativamente bueno, dado lo que se esperaba”, afirma Andrés Borenstein, economista jefe de la consultora Econviews, al analizar el índice de 20,6% de inflación que informó para enero el Indec y la fuerte inercia tras el 25,5% de diciembre. De todas maneras, elige la cautela al analizar lo que vendría en el corto plazo. “No se puede festejar la desaceleración, porque es comparar con un número ridículo como fue el del mes de la devaluación. Necesitamos ver varios meses de desaceleración, que yo creo que van a ocurrir. Pero bueno, una cosa es creer que van a ocurrir y otra cosa es festejar”, explica el economista, quien elogia el plan de reducción del déficit del Gobierno y advierte por la necesidad de “reformas microeconómicas” que apuntalen la productividad y permitan una baja sostenida de la inflación.
–¿Hacia dónde va ese sendero de desaceleración de los precios?
–Vemos un 15% para febrero y un 11% o 12% para marzo. Veo una desaceleración robusta, pero después tiene que aparecer la estabilización propiamente dicha, y eso no lo sabemos. Se habla de dolarización, y hay otras alternativas. Uno de los desafíos que creo que va a enfrentar el equipo económico en el corto plazo es el tema cambiario. Si se sale del crawling peg de 2% a algo más acelerado, si se lo banca un tiempo más y se hace un salto, o si después el único salto que se hace es el salto de la unificación, se puede unificar antes de lo previsto, que es algo que creo que le vendría bien a la economía y algo que está pidiendo el FMI. La brecha es una distorsión, y como toda distorsión conviene eliminarla. No es gratis, porque al unificar perderías la recaudación del impuesto PAIS y uno de los objetivos es reducir o eliminar el déficit. Todo tiene pros y contras, pero para consolidar esa desaceleración de la inflación hay pensar algo con lo cambiario.
–¿Y cómo evalúa el esquema cambiario hasta acá?
–La apreciación es muy acelerada. Pese a que el Gobierno correctamente fue recuperando reservas, la Argentina necesita recuperar más, y para sumar reservas vas a necesitar un tipo de cambio competitivo. El tipo de cambio de unificación es un tipo de cambio que tiene que ser competitivo, y llevado al extremo, el tipo de cambio de dolarización, si es que ocurriera, tiene que ser competitivo. Porque no vamos a ir a la inflación de Estados Unidos inmediatamente. Tampoco pasó en la convertibilidad. Vas a tener inflación en dólares, y, si arrancás con un tipo de cambio muy justo, la inflación te lleva a un tipo de cambio apreciado y eso es un problema. En la convertibilidad funcionó porque se hicieron muchas reformas estructurales que este gobierno también quiere hacer.
Tiene una agenda correcta de desregular y simplificar la economía. Lo que pasa es que eso no ocurrió. Uno tiene la esperanza de que ocurra en los próximos meses o años. Pero, por ejemplo, la reforma laboral está frenada en la Justicia. Entonces, dar por hecho las reformas estructurales hoy es aventurado. Celebramos que el Gobierno las tenga en agenda. Cuando uno piensa el cambio de régimen macro hacia un sendero de inflación mucho más baja, es casi imprescindible que haya un cambio de régimen microeconómico. El camino es el correcto, pero hay desafíos de magnitud, económicos y políticos, para llevarla a cabo.
–¿En qué medida es optimista?
–Es una pregunta más para un politólogo, pero como observador de la política, es difícil. Porque por un lado hay diferencias ideológicas con parte de la sociedad y, por el otro, están los grupos de interés que se benefician del status quo y como en casi cualquier democracia del mundo, van a vender cara su derrota. Y además es un gobierno nuevo, lo cual genera incertidumbre de qué pueden hacer. Todo eso hace que yo me declare cautelosamente optimista, pero no puedo decir “Quedate tranquilo”.
–El Gobierno ratificó la meta de déficit aun sin la ley ómnibus. ¿Puede llegar?
–Creo que se puede cumplir, pero es un objetivo bravo. No tener el capítulo fiscal que estaba en esa ley implica perder algunas fuentes de ingresos. La fórmula para resolver lo fiscal va a tener que pasar por una combinación de más licuación, lo cual es recesivo, o por un aumento de precios vía reducción de subsidios, lo cual es inflacionario. Y se empieza con la frazada corta. Después, el Gobierno tendrá que determinar cuál es la prioridad, si llegar al superávit de 2 puntos del PBI, o si se conforma con un buen número fiscal, de equilibrio primario, sin licuar tanto el gasto público o sin reducir tanto los subsidios. Van a ser discusiones del equipo económico y político. Esto es lo lindo de la economía. No hay ningún camino que no tenga costos. Lo que no hay es alternativas fáciles. No hay magia. Subir la tarifa del transporte y que a la gente y la opinión pública no le importe, o que el Indec no tome nota de que sube el colectivo, el subte y la luz. Eso no va a ocurrir. El Gobierno tiene margen para ir ajustando más o menos conforme vaya viendo la economía.
–¿Y cómo es ese escenario?
–Creo que el mercado, si ve un déficit muy reducido, aun cuando no se cumpla el objetivo del Gobierno, va a celebrar. Con Massa terminamos con un déficit primario de casi 3 puntos del PBI. Si pasás de -2,7% a +0,5%, esa mejora de más de tres puntos es muy significativa, sobre todo en recesión. Porque ajustar en un año en el que la economía va a caer entre 2% y 3% es un mérito descomunal. Y el mercado va a saludar eso, porque tiene la visión de que la economía va a tocar piso en algún momento en el segundo trimestre y de que va a tener cierto crecimiento en la segunda mitad del año –no hay que decir segundo semestre porque es mufa (risas)–. Es probable que 2025 sea un buen año.
–¿Cuál es su análisis sobre la situación de las jubilaciones?
–Hay que pensar dos cosas. Una es la fórmula, porque cuando baje la inflación va a ser fiscalmente muy cara, y hoy, con inflación creciente, es muy onerosa para los jubilados. Entonces, hay que cambiarla. Pero eso es de corto plazo. Y hay que hacer una reforma jubilatoria profunda. La Argentina tiene 200 regímenes previsionales, y casi todos son mejores que el general. Cada uno por alguna razón, que en algún momento fue válida, o tiene menos años de contribuciones, o los haberes son más altos. En algunos casos por razones atendibles, las personas se jubilan antes. Muchos tienen alguna justificación, pero con los cambios en la salud y la medicina, muchos casos terminan siendo privilegios. No se pueden tocar derechos adquiridos, pero sí pensar de ahora en más. Hay millones de cosas para discutir, desde la edad de jubilación de hombres y mujeres en adelante. Hoy, si tenés 30 años de aportes te jubilás, y si tenés 29 años y seis meses, dependés de que exista una moratoria. Y no tiene mucho sentido, porque son dos personas técnicamente iguales, pero uno trabajó seis meses menos y es clase B. Se podría pensar en regímenes que reconozcan los aportes, y el que trabajó 32 años tiene que cobrar más que el que trabajó 18. Hay que darle más equidad al régimen y premiar al que trabajó más. Hay que hacer una discusión profunda, que puede estar un año en el Congreso.
–Los ingresos cayeron fuerte en términos reales. ¿Cuál es su visión sobre ese tema?
–Estamos transitando lo peor de la recesión, justamente por la inflación, que da 50% en dos meses, y los ingresos formales o informales no estuvieron a la altura. La mayoría de la gente perdió poder de compra. Eso se nota en la calle. Los empresarios de todo tamaño dicen que están vendiendo menos. Mi impresión es que al menos los trabajadores formales van a empezar a recuperar, y eso podría arrastrar de a poquito a los informales. Los salarios van a empezar a recuperar. No quiere decir que en marzo o en abril recuperen todo lo perdido en diciembre y enero, pero va a cambiar el ciclo. No quiere decir que se va a vender un montón, pero sí que se dejará de caer, y a lo mejor en mayo, con una mejor cosecha, llega cierta reactivación. Después, se dependerá de si se pudieron implementar las reformas micro y de si se estabilizó la inflación, de si se pudo avanzar en un cambio de régimen. Eso permitirá que sea una recuperación en V robusta o más tenue.
–¿Y eso cómo se ve en la calle?
–Con una economía estabilizada vas a ver más movimiento en la calle. Es cierto que los sectores del campo o de energía son muy capital incentivo. Pero con una economía estable, mejora. Lo vimos con el [plan] Austral y en la convertibilidad. La gente hoy pierde mucho con la inflación, deja mucho en la calle por el impuesto inflacionario. Y en la medida en que la inflación empieza a bajar, se empieza a recuperar capacidad de consumo. Si se estabiliza y se unifica el tipo de cambio, se le da por un lado una señal a esos grandes proyectos de inversión que están en la gateras y, por el otro, se le da una señal a las familias. La inflación es un impuesto y eliminarla es bajar un impuesto. Y es un impuesto muy regresivo. Si se le sacas impuesto inflacionario al rico, se queda una semana más de viaje. Si se le saca ese impuesto al pobre, va más frecuentemente al supermercado. Y eso dinamiza la economía. Para eso hacen falta reformas macro para estabilizar y reformas micro para generar shocks de productividad. Pero no hay que sobrevender: son cosas que deben ocurrir, pero su efecto se ve en dos, tres o cuatro años.
–Escribió un libro sobre comunicación y economía. ¿Cuál es su análisis sobre lo que hace el Gobierno en ese sentido?
–Es un poco errático. Javier Milei empezó muy bien cuando dijo se viene una estanflación, porque lo primero que hay que hacer es bajar las expectativas. Mauricio Macri se equivocó con lo del mejor equipo de los 50 años, que probablemente era cierto: si mirabas ese capital humano, el Estado nunca había tenido ese nivel. Pero dejó las expectativas muy arriba y la gente tenía la visión de que en tres meses iban a solucionar todo. Dejó la vara muy alta ante problemas relativamente complejos, más allá de errores, mala suerte y herencia. En eso, Milei fue mucho más astuto y dijo que 18 meses son de estanflación, entonces nadie puede decir que no sabía que iba a haber recesión en febrero, porque ajustar precios relativos es bravo. Eso no quiere decir que se la banquen. La segunda que hizo bien es que en la derrota de la ley ómnibus, dejó muy expuestas algunas cosas. Hoy estamos todos hablando de los fondos fiduciarios. Eso hizo que la derrota no fuera completa. Los economistas odiamos estos impuestos con asignación específica. Si necesitás plata para algo, discutamos en el presupuesto si la Nación financia X, J o W. Después, pensando en lo del ‘showman’, un poco es necesario. Milei, en ese sentido, emula bastante a Menem. Además de tirar títulos, es un tipo que rompe la metáfora del teatro. Los sociólogos dicen que en la política y el teatro hay que actuar. Y los dos rompen con eso. Y digo lo de Menem, más allá del juicio de valor como persona o político, porque creo que la dupla Menemcavallo fue la que mejor comunicó. Y si él mira eso, mira bien. Es un activo la capacidad de comunicar de Milei, lo que no quiere decir que mañana no se equivoque. Un jugador bueno a veces juega mal, pero prefiero tenerlo. Obviamente, si la economía no te ayuda, aunque comuniques bien, sos boleta.
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Inflación e ingresos Las jubilaciones de la Anses perdieron hasta el 44,3% de su poder de compra en solo un año
El índice de precios registró en enero una variación interanual de 254,2%, mientras que los montos cobrados aumentaron entre 97,3% y 167,3%: persisten las distorsiones generadas por políticas del gobierno anterior
Silvia Stang
En enero de este año, los jubilados y pensionados del sistema general de la Anses pudieron comprar con sus ingresos entre un 24,5% y un 44,3% menos de lo que podían adquirir con lo percibido en el primer mes de 2023. El dato muestra cómo se profundiza la caída del valor real de los haberes previsionales, que es dispar, porque el trato otorgado por el gobierno de Alberto Fernández frente a los efectos de la alta inflación no fue igual para todos.
En el período de 12 meses terminado en enero, quienes tienen el haber mínimo y, por tanto, perciben refuerzos desde hace más de un año perdieron 24,5% si se considera el valor real de lo cobrado. Los haberes de quienes siempre quedaron excluidos de los bonos compensatorios sufrieron, en tanto, una caída de 40,5%. Y para quienes un año atrás percibían un refuerzo y dejaron de cobrarlo en septiembre último, el deterioro trepa a 44,3%.
En 2023, medido el año de punta a punta, la pérdida para los bolsillos fue de entre 14,2% y 37,4%. Con una inflación que fue de 211,4%, el índice de movilidad de la ley 27.705, vigente desde 2021, determinó un incremento acumulado de 110,9%.
Según informó el Indec, la inflación del primer mes de este año fue de 20,6%, lo que significó una caída de los haberes en términos de su poder de compra de 17% en tan solo un mes. Esto es así porque, si lo que valía $100 luego vale $120,6, y si el ingreso de la persona era y sigue siendo de $100, entonces podrá comprar el 83% de lo que podía adquirir con anterioridad.
El aumento interanual promedio de los precios trepó a 254,2%, también según el organismo oficial. Mientras tanto, los jubilados que nunca recibieron bonos –sino que solo vieron incrementado su ingreso según el índice de movilidad– son un 110,9% más altas que las de un año atrás. En tal caso, que es, por ejemplo, el de quien tiene un haber mensual de $250.000 y también el de quien recibe la jubilación máxima, hoy de $711.346, la pérdida de valor es de 40,5%. Expresado de otra manera: si en enero de 2023 con el monto percibido se podía comprar el 100% de un determinado conjunto de bienes y servicios, en el comienzo de este año solo se pudo adquirir algo menos del 60%.
Montos sin cambios
Los importes percibidos en enero y febrero son los mismos que los de diciembre, cuando se otorgó el último aumento según la fórmula de movilidad (con la salvedad, claro, de que a fines de 2023 se recibió el aguinaldo). Pese a la elevada inflación, que en diciembre trepó a 25,5% y que en dos meses (el último de 2023 y el primero de 2024) acumuló un 51,3%, no se decidió ningún aumento de emergencia ni se estableció ningún refuerzo.
Para los jubilados del ingreso mínimo se repite en ambos meses el bono de $55.000 abonado en diciembre, y se les paga un plus de un importe más bajo solo a quienes tienen un haber bruto de hasta $160.713 (el adicional equivale a lo necesario para llegar a esta última cifra).
También se mantuvo sin modificaciones el suplemento pagado en algunos casos, en estos meses de hasta $22.207, para que el haber bruto (sin contar el bono) no esté por debajo de $127.920. Este último número es el equivalente al 82% del salario mínimo, vital y móvil (que no varió desde diciembre). Existe una garantía legal, vigente desde 2018, por la cual el haber bruto no puede ser menor a ese valor de referencia. Es una garantía válida solo para quienes se jubilaron sin moratoria, es decir, habiendo completado al menos 30 años de aportes. En el caso de quienes perciben el haber mínimo, el grupo que cumple esa condición es muy minoritario. Tal como informó días atrás la nacion, del total de las altas de jubilaciones dadas por la Anses en 2023, ocho de cada 10 tuvieron moratoria, en tanto que dos tercios de las prestaciones que están en curso de pago también requirieron de esos planes (lo cual es una muestra de los persistentes problemas de informalidad y precariedad del mercado laboral).
La fuerte licuación de las prestaciones en el actual contexto explica en muy buena medida que se haya llegado al equilibrio financiero de las cuentas públicas, algo que fue anunciado días atrás por el ministro de Economía, Luis Caputo. Según un informe de la Oficina de Presupuesto del Congreso (OPC), en enero el Gobierno hizo un ajuste muy fuerte del gasto en jubilaciones y pensiones: medida en términos reales (es decir, corregido por inflación), la erogación fue un 32,5% más baja que la de igual mes de 2023.
En tanto, según estimaciones de economistas, la fórmula de movilidad previsional creada por el gobierno anterior (que es compleja y no es transparente) arroja un resultado de entre 26,5% y 29,5% para la recomposición de ingresos de marzo, un nivel que se ubica muy lejos de la inflación estimada para el presente trimestre, que rondaría el 60%.
Pérdidas dispares
Incluso considerando los bonos, quienes cobran el haber mínimo tuvieron en el período de los últimos 12 meses una pérdida de 24,5% del poder adquisitivo. En enero de 2023 el ingreso era de $50.124 y se sumaba un refuerzo de $10.000; ahora el ingreso es de $105.713 y se agrega un plus de $55.000. En mano, esto último implica un ingreso de $157.541.
A eso se suma el dato de que el costo de la canasta básica, es decir, el de los bienes más imprescindibles, aumentó interanualmente un 264,9%, según el Indec. Contra ese índice, las jubilaciones perdieron aún más que cuando se las mide contra la inflación promedio; concretamente, en tal comparación cayeron en un año, dependiendo del nivel del ingreso, entre 26,7% y 46%.
¿Cuáles son los casos en los que la pérdida de poder adquisitivo es más pronunciada? Quienes tienen ahora un haber bruto de alrededor de $200.000 cobraban un año atrás un bono, pero dejaron de percibirlo en septiembre pasado, por decisión del gobierno anterior. Alguien con un haber de $100.000 en enero de 2023, tuvo ese mes un adicional de $7000, que luego bajó a $5000 y más tarde dejó de abonarse. Hoy ese jubilado tiene un ingreso, antes del descuento al PAMI, de $210.900 (neto, de $201.417), que sirve para comprar un 44,3% menos que lo que podía adquirirse con lo percibido un año atrás.
La política de bonos, establecida en septiembre de 2022 por el gobierno de Alberto Fernández y Cristina Kirchner ante la insuficiencia de la fórmula de movilidad provocó crecientes distorsiones en el sistema y un achatamiento de la pirámide de ingresos, en el contexto de pérdidas del poder de compra para todos. La modalidad de actualizaciones trimestrales rige desde 2021 y fue propuesta por la gestión anterior, que mantuvo suspendida la ley previa en 2020 para concretar un ajuste a la baja sobre las jubilaciones.
El desequilibrio en el sistema provocado por esa estrategia de refuerzos se profundizó en la gestión de Sergio Massa como ministro de Economía, porque –como ya se explicó– se redujo el número de beneficiarios, y porque creció el peso que sobre el ingreso total tiene el bono que, al no estar incorporado al haber, podría ser quitado en cualquier momento. Para la jubilación mínima, los $55.000 son hoy algo más del 34% del ingreso total, de $160.713. A principios de 2023, el refuerzo de $10.000 representaba el 16,6% de lo cobrado, de $60.124.
Esa suba de la incidencia del bono llevó a ampliar las distorsiones y la posibilidad de que, con un haber bruto más alto que el mínimo se perciba en mano prácticamente lo mismo, o incluso menos (dependiendo de los adicionales cobrados en cada mes). Ese efecto se da porque sobre el bono no se aplica ningún descuento, mientras que del haber propiamente dicho se resta el 3% para el PAMI si se trata del haber mínimo, o un porcentaje mayor y creciente si el ingreso es más alto.
Así, por ejemplo, con un haber bruto de $170.000 –monto bajo, pero mayor en más de un 60% al básico– se cobra casi lo mismo que con el mínimo, de $105.713.
En los últimos años, las políticas diferenciales según el nivel de ingresos llevaron a que las caídas de poder adquisitivo también fueran distintas. Entre enero de 2020 y diciembre de 2023 los haberes perdieron entre 32,4% y 44,6% de su valor, medidos en términos reales. En ese cuatrienio, la inflación trepó al 1146%.
La licuación de las prestaciones previsionales explica en buena medida que en enero se haya llegado al equilibrio financiero en las cuentas públicas
En enero de este año, los jubilados y pensionados del sistema general de la Anses pudieron comprar con sus ingresos entre un 24,5% y un 44,3% menos de lo que podían adquirir con lo percibido en el primer mes de 2023. El dato muestra cómo se profundiza la caída del valor real de los haberes previsionales, que es dispar, porque el trato otorgado por el gobierno de Alberto Fernández frente a los efectos de la alta inflación no fue igual para todos.
En el período de 12 meses terminado en enero, quienes tienen el haber mínimo y, por tanto, perciben refuerzos desde hace más de un año perdieron 24,5% si se considera el valor real de lo cobrado. Los haberes de quienes siempre quedaron excluidos de los bonos compensatorios sufrieron, en tanto, una caída de 40,5%. Y para quienes un año atrás percibían un refuerzo y dejaron de cobrarlo en septiembre último, el deterioro trepa a 44,3%.
En 2023, medido el año de punta a punta, la pérdida para los bolsillos fue de entre 14,2% y 37,4%. Con una inflación que fue de 211,4%, el índice de movilidad de la ley 27.705, vigente desde 2021, determinó un incremento acumulado de 110,9%.
Según informó el Indec, la inflación del primer mes de este año fue de 20,6%, lo que significó una caída de los haberes en términos de su poder de compra de 17% en tan solo un mes. Esto es así porque, si lo que valía $100 luego vale $120,6, y si el ingreso de la persona era y sigue siendo de $100, entonces podrá comprar el 83% de lo que podía adquirir con anterioridad.
El aumento interanual promedio de los precios trepó a 254,2%, también según el organismo oficial. Mientras tanto, los jubilados que nunca recibieron bonos –sino que solo vieron incrementado su ingreso según el índice de movilidad– son un 110,9% más altas que las de un año atrás. En tal caso, que es, por ejemplo, el de quien tiene un haber mensual de $250.000 y también el de quien recibe la jubilación máxima, hoy de $711.346, la pérdida de valor es de 40,5%. Expresado de otra manera: si en enero de 2023 con el monto percibido se podía comprar el 100% de un determinado conjunto de bienes y servicios, en el comienzo de este año solo se pudo adquirir algo menos del 60%.
Montos sin cambios
Los importes percibidos en enero y febrero son los mismos que los de diciembre, cuando se otorgó el último aumento según la fórmula de movilidad (con la salvedad, claro, de que a fines de 2023 se recibió el aguinaldo). Pese a la elevada inflación, que en diciembre trepó a 25,5% y que en dos meses (el último de 2023 y el primero de 2024) acumuló un 51,3%, no se decidió ningún aumento de emergencia ni se estableció ningún refuerzo.
Para los jubilados del ingreso mínimo se repite en ambos meses el bono de $55.000 abonado en diciembre, y se les paga un plus de un importe más bajo solo a quienes tienen un haber bruto de hasta $160.713 (el adicional equivale a lo necesario para llegar a esta última cifra).
También se mantuvo sin modificaciones el suplemento pagado en algunos casos, en estos meses de hasta $22.207, para que el haber bruto (sin contar el bono) no esté por debajo de $127.920. Este último número es el equivalente al 82% del salario mínimo, vital y móvil (que no varió desde diciembre). Existe una garantía legal, vigente desde 2018, por la cual el haber bruto no puede ser menor a ese valor de referencia. Es una garantía válida solo para quienes se jubilaron sin moratoria, es decir, habiendo completado al menos 30 años de aportes. En el caso de quienes perciben el haber mínimo, el grupo que cumple esa condición es muy minoritario. Tal como informó días atrás la nacion, del total de las altas de jubilaciones dadas por la Anses en 2023, ocho de cada 10 tuvieron moratoria, en tanto que dos tercios de las prestaciones que están en curso de pago también requirieron de esos planes (lo cual es una muestra de los persistentes problemas de informalidad y precariedad del mercado laboral).
La fuerte licuación de las prestaciones en el actual contexto explica en muy buena medida que se haya llegado al equilibrio financiero de las cuentas públicas, algo que fue anunciado días atrás por el ministro de Economía, Luis Caputo. Según un informe de la Oficina de Presupuesto del Congreso (OPC), en enero el Gobierno hizo un ajuste muy fuerte del gasto en jubilaciones y pensiones: medida en términos reales (es decir, corregido por inflación), la erogación fue un 32,5% más baja que la de igual mes de 2023.
En tanto, según estimaciones de economistas, la fórmula de movilidad previsional creada por el gobierno anterior (que es compleja y no es transparente) arroja un resultado de entre 26,5% y 29,5% para la recomposición de ingresos de marzo, un nivel que se ubica muy lejos de la inflación estimada para el presente trimestre, que rondaría el 60%.
Pérdidas dispares
Incluso considerando los bonos, quienes cobran el haber mínimo tuvieron en el período de los últimos 12 meses una pérdida de 24,5% del poder adquisitivo. En enero de 2023 el ingreso era de $50.124 y se sumaba un refuerzo de $10.000; ahora el ingreso es de $105.713 y se agrega un plus de $55.000. En mano, esto último implica un ingreso de $157.541.
A eso se suma el dato de que el costo de la canasta básica, es decir, el de los bienes más imprescindibles, aumentó interanualmente un 264,9%, según el Indec. Contra ese índice, las jubilaciones perdieron aún más que cuando se las mide contra la inflación promedio; concretamente, en tal comparación cayeron en un año, dependiendo del nivel del ingreso, entre 26,7% y 46%.
¿Cuáles son los casos en los que la pérdida de poder adquisitivo es más pronunciada? Quienes tienen ahora un haber bruto de alrededor de $200.000 cobraban un año atrás un bono, pero dejaron de percibirlo en septiembre pasado, por decisión del gobierno anterior. Alguien con un haber de $100.000 en enero de 2023, tuvo ese mes un adicional de $7000, que luego bajó a $5000 y más tarde dejó de abonarse. Hoy ese jubilado tiene un ingreso, antes del descuento al PAMI, de $210.900 (neto, de $201.417), que sirve para comprar un 44,3% menos que lo que podía adquirirse con lo percibido un año atrás.
La política de bonos, establecida en septiembre de 2022 por el gobierno de Alberto Fernández y Cristina Kirchner ante la insuficiencia de la fórmula de movilidad provocó crecientes distorsiones en el sistema y un achatamiento de la pirámide de ingresos, en el contexto de pérdidas del poder de compra para todos. La modalidad de actualizaciones trimestrales rige desde 2021 y fue propuesta por la gestión anterior, que mantuvo suspendida la ley previa en 2020 para concretar un ajuste a la baja sobre las jubilaciones.
El desequilibrio en el sistema provocado por esa estrategia de refuerzos se profundizó en la gestión de Sergio Massa como ministro de Economía, porque –como ya se explicó– se redujo el número de beneficiarios, y porque creció el peso que sobre el ingreso total tiene el bono que, al no estar incorporado al haber, podría ser quitado en cualquier momento. Para la jubilación mínima, los $55.000 son hoy algo más del 34% del ingreso total, de $160.713. A principios de 2023, el refuerzo de $10.000 representaba el 16,6% de lo cobrado, de $60.124.
Esa suba de la incidencia del bono llevó a ampliar las distorsiones y la posibilidad de que, con un haber bruto más alto que el mínimo se perciba en mano prácticamente lo mismo, o incluso menos (dependiendo de los adicionales cobrados en cada mes). Ese efecto se da porque sobre el bono no se aplica ningún descuento, mientras que del haber propiamente dicho se resta el 3% para el PAMI si se trata del haber mínimo, o un porcentaje mayor y creciente si el ingreso es más alto.
Así, por ejemplo, con un haber bruto de $170.000 –monto bajo, pero mayor en más de un 60% al básico– se cobra casi lo mismo que con el mínimo, de $105.713.
En los últimos años, las políticas diferenciales según el nivel de ingresos llevaron a que las caídas de poder adquisitivo también fueran distintas. Entre enero de 2020 y diciembre de 2023 los haberes perdieron entre 32,4% y 44,6% de su valor, medidos en términos reales. En ese cuatrienio, la inflación trepó al 1146%.
La licuación de las prestaciones previsionales explica en buena medida que en enero se haya llegado al equilibrio financiero en las cuentas públicas
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