domingo, 18 de febrero de 2024

DE NO CREER Y AL MARGEN


La Libertad Avanza, y, uy, la pobreza también
— por Carlos M. Reymundo Roberts
Javier, con mucha altura, le dijo a Cristina que en materia económica es una ignorante
No caben dudas de que Milei ha sido tocado por una varita, que se posó sobre su cabeza por ser el elegido o, acaso, por error de puntería. Así y todo, no está exento de atravesar vicisitudes, como cualquier mortal. Venía de ponerse la ley ómnibus de sombrero y, esta semana, al sosiego de un histórico encuentro con el Papa le siguió un encontronazo con Cristina. Maldito sea el destino. Nada menos que con Cristina, que si quiere hablar bien de Milei usa a un periodista militante, Roberto Navarro, alias “Ganó Scioli”, y si necesita sumergirlo en el fango pone su firma al pie. Pero detengámonos ahora en el Vaticano, no en El Calafate, cuya principal atracción –vaya metáfora– es un glaciar que la gente aplaude cuando lo ve caer.
Como sabemos, la suerte de la visita de un presidente a este papa se juega en un instante: el de la foto. Lo que hablen después a solas no tiene ninguna importancia. El mensaje urbi et orbi de Francisco es sonreír o poner cara de qué hago acá con este muñeco. Macri no puede olvidar que le tocó esta segunda expresión, lacónica, y tampoco que antes de la media hora de reunión Bergoglio se puso de pie y le dijo: “Mauricio, un placer”.
La varita volvió a tocar al libertario: Francisco le prodigó su mejor sonrisa, su más cálido abrazo y palabras llenas de cariño. Lo primero que hizo Javi fue disculparse por haberlo llamado Satanás, no hace 20 años sino en plena campaña. Llamar Satanás al Papa es, para decir lo menos, una tremenda osadía, aunque no mayor que haberse candidateado a presidente. “Pecados de juventud”, lo perdonó el Santo Padre mientras le acariciaba la cabeza, esa cabeza poblada de pelos, iras, extravagancias y revoluciones. Al día siguiente, la charla entre ellos fue una delicia. Lo sé por fuentes vaticanas, fuentes argentinas y una pequeña fuente de mármol en la que escondieron un micrófono. “Padre Jorge –empezó Milei–, permítame que vuelva a pedirle perdón”. Hijo mío –lo alivió el Papa–, lo tomo como de quien viene. Quiero decir: de un espíritu volcánico. “Para redimirme, estoy decidido a cambiar nuestra querida Argentina. Si este año nos visita, no la va a reconocer”. Qué interesante. Contame. “Está irreconocible: no hay un peso, caímos en recesión, crece el desempleo, ir a los supermercados es una tortura… La pesada herencia kirchnerista.” Cuánto dolor, Javier. ¿Qué están haciendo para paliar esa miseria? “Bueno, empecé por un decreto y una ley que sientan las bases de un nuevo país. Pero en el Congreso nos encontramos con la resistencia de esa manga de delincuentes, corruptos, hijos de… Perdón, perdón, volví a entrar en erupción”. Calmate y seguí. “Jorge, se necesitaba un ajuste salvaje y, sí, estamos siendo salvajísimos”. Javier, ¡tenés que pensar en los jubilados y en los pobres! “Obvio que no me olvido de ellos: están incluidos en el ajuste”.
Milei declaró después que Francisco había apoyado su plan económico. Nada más lejos de la realidad, por supuesto. Pero ya lo tiene resuelto: la próxima vez que vea al Papa, se vuelve a disculpar.
Cristina reapareció en las redes con un texto de más de 30 páginas –se escribió encima– durísimo contra Milei; lo califica de “showman” y asimila el plan económico del Gobierno al de la dictadura. Venía de elogiar al Presidente a través de Navarro, y no estoy seguro de si urdió esta jugada a dos bandas o de si fue una corrección del rumbo por el desconcierto que había provocado en sus huestes. Un documento interno de La Cámpora, que acaba de filtrarse, instruye sobre cómo ser destituyentes: llama a sumarse a cualquier revuelta que se organice, difundir la idea de que el país está en llamas, publicar videos mala onda en Tiktok… Tiendo a pensar que lo de Cris fue premeditado. Me lo confesó años atrás: ese tipo de perversiones la hacen feliz.
Lo llamativo es que aun en plan Maléfica puede resultar graciosa: en su mamotreto pide una reforma laboral, es decir, declararle la guerra a la CGT. Divertidísimo, no me digan. En los 16 años de kirchnerato, reforma laboral era equivalente a sacrificar a los trabajadores, a neoliberalismo, a Fondo Monetario… Milei replicó las críticas con altura: se subió a un banquito para decirle que en materia económica es una ignorante. Javi sabe dónde pegar: de tanto repetir cosas que le soplan, especialmente su gurú Kicillof (de paso: gracias, Kichi, por el 300% de aumento en el impuesto inmobiliario), ella se ha convencido de que conoce una bocha de economía; hasta da clases magistrales. Otra vez: lindo descubrir su veta cómica.
Ayer nos enteramos de que la luz subió 150% y de que se ajustará todos los meses; hay que apagar la luz. Igual los alimentos; hay que comer menos. Igual las prepagas; no hay que enfermarse. También las naftas; caminemos. También el transporte; hagamos dedo. Federico Sturzenegger, el asesor ómnibus de Milei, dice que “hay que empobrecer a los grupos de interés”. Estamos fritos: se proponen incluir a los grupos de Whatsapp.

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Los negacionistas
Pablo Mendelevich

Somos negacionistas. Hay que reconocerlo. No se trata solo del caradurismo atávico de Cristina Kirchner, quien ahora da clases magistrales por escrito sobre cómo gobernar, sin mencionar, sin siquiera rozar sus importantes contribuciones de dos décadas a la decadencia argentina ni mucho menos recordar que su condena a seis años de prisión e inhabilitación perpetua para ocupar cargos públicos es por administración fraudulenta del Estado.
Si bien habitualmente se entiende que el negacionismo está referido al Holocausto y puede que haya un abuso del término, la negación de determinadas realidades y hechos relevantes cuenta desde hace tiempo con un outlet. Allí se apiñan los terraplanistas, los que dicen que el Hombre nunca fue a la Luna, los antivacunas y también aquellos individuos que sostienen (uno es Javier Milei) que el calentamiento global responde a ciclos habituales del planeta o bien es un relato del “socialismo”, pero no un efecto corrosivo de la actividad humana.
Hay un negacionismo que en vez de revisar hechos, de discutirlos, de rebatirlos, los esconde, lo cual, por cierto, ahorra tediosas disputas. Negacionismo Copperfield: los sucesos que incomodan se esfuman mágicamente. Nadie dice que no sucedieron ni tampoco lo contrario. Basta con fingir el vacío, imponer relatos atronadores que se saltean tramos enteros de la historia.
¿Quién quiere acordarse, después de todo, de que del exitismo malvinero de 1982 previo a la derrota del 14 de junio participaron decenas de miles de argentinos que vivaban a Galtieri saltando no solo en Plaza de Mayo, sino en infinidad de plazas provinciales? ¿Quién tiene ganas de ponerse a reconocer que seis años antes, cuando fue el golpe de Videla, una buena porción de la sociedad celebró en sus casas la vuelta de los militares para “poner orden” de una buena vez? ¿Qué era en los tiempos de la represión ilegal la frase coloquial “algo habrán hecho” si no una indecente convalidación del método de la desaparición forzosa de personas? Y se puede seguir hacia atrás.
Así como Copperfield para tallar su grandeza no se dedicó a hacer desaparecer un conejo sino la mismísima Estatua de la Libertad, el peronismo hizo desaparecer (perdón por el verbo, no hay otro tan preciso) un gobierno entero, ¡un gobierno suyo!, el de Isabel Perón. Cristina Kirchner solía decir en sus cadenas que ella era la primera mujer presiden-ta (enfatizaba siempre las dos últimas letras) de la historia. Algo equivalente a pretender que Carlos Pellegrini, José Evaristo Uriburu, José Figueroa Alcorta, Victorino de la Plaza y Ramón Castillo nunca fueron presidentes, no existieron, porque al igual que Isabel Perón llegaron al poder como vicepresidentes. Hacerse cargo del tercer gobierno peronista habría significado asumir el fracaso de Perón como pacificador, el naufragio del Pacto Social y su siguiente estación, el Rodrigazo; la perversa incongruencia de la guerrilla peronista combatiendo con las armas al gobierno peronista y, sobre todo, la introducción del terrorismo de Estado a través de la López Rega y la Triple A.
Rey del relato, el kirchnerismo mejoró las destrezas ilusionistas del peronismo, el cual ya había soslayado con eficacia frente a las nuevas generaciones el origen del coronel Perón como hombre fuerte de la dictadura del 43, por cierto que una dictadura “buena”. Eso por no escarbar ahora en las simpatías fascistas del líder emergente.
En el Día de los Enamorados, Cristina Kirchner, quien confiesa sentirse enamorada de la Patria en lo que probablemente sea un amor no correspondido, no solo vitupera por enésima vez a Macri, nos revela el origen de la inflación, nos informa por qué fracasó Alfonsín y, por cierto, nos enseña que Milei calca a Videla. También desarrolla una nueva versión sobre los gobiernos no peronistas que caen antes de tiempo: la causa, descubre ella este verano, fue que no lograron darle a la sociedad “calidad de vida”. Bien abortados están, pues. Se ve que eso les pasó a Frondizi, Illia, Alfonsín y De la Rúa, pero no al reciente gobierno de Alberto Fernández, Sergio Massa y ella, que completó el mandato sin inconvenientes. Niega así la exvicepresidenta que hubiera habido alguna merma de la “calidad de vida” de los argentinos: su gobierno terminó puntual. Este, se ve, ya es un negacionismo más elaborado. Negacionismo inducido.
Eligió a la vez Cristina Kirchner el día del tercer aniversario del fallecimiento de Menem, “neoliberal” peronista al que ella, después de compartir la boleta electoral y apoyarlo en forma explícita en los noventa, insiste en presentar como si hubiera caído de Marte.
La palabra negacionismo resplandeció hace poco en la política local a causa de Victoria Villarruel, nieta, hija y sobrina de militares, o, mejor dicho, del negacionismo que a ella le atribuyen –entre otros– los negacionistas del gobierno de Isabel Perón, la Triple A y López Rega. Profanador de la universalidad de los derechos humanos, el kirchnerismo ha impulsado legislaciones para penar el negacionismo del terrorismo de Estado. Son prohibiciones a imagen y semejanza de las leyes europeas que persiguen la no admisión de las políticas de exterminio implementadas por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial.
Villarruel sostiene en esencia que las víctimas de las organizaciones guerrilleras no fueron tenidas en cuenta por las políticas oficiales. Según ella esto confirma que no hubo una “memoria completa”, discurso que los activistas de derechos humanos rechazan porque entrevén una reivindicación de los métodos represivos de la dictadura.
El problema es que en la Argentina la discusión política suele estar desacoplada de la institucionalidad, a su vez sinuosa y lábil, y del imperio de la Justicia. Sencillamente porque la Justicia no impera todo lo que debería. Rediscutir consensos como el del terrorismo de Estado durante la dictadura, consagrados por sentencias de la Corte Suprema, resulta inquietante. Pero a la vez es cierto que esos consensos fueron en parte desvirtuados por la partidización de los derechos humanos, reivindicación política de la guerrilla peronista incluida.
Supuestas negaciones cruzadas que hablan de una falta de sinceramiento del debate político sobre el pasado violento. Un trauma social que seguramente se retemplará el próximo 24 de marzo.

http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA

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