lunes, 19 de febrero de 2024

OPINIÓN Y MIRADAS


La tentación binaria del discurso de Milei
Exaltar la grandeza de una pasada Argentina “próspera” sin comprender su inequidad revela una mirada sesgada 
 Eduardo A. Ratti
De 1860 a 1916, en la Argentina “próspera”, las elecciones fueron una ficción
Durante los cien años “colectivistas”, además de crisis, hubo progresos
El anarcocapitalismo de Milei plantea dudas. Su reduccionismo sobre los últimos 100 años de historia y su deseado retorno a la Argentina “próspera” de fines del siglo XIX y comienzos del XX, reivindica el liberalismo económico y descree del liberalismo político. La interpretación presidencial prescinde de matices. En los cien años de supuesto “colectivismo”, el país inició, con la Ley Sáenz Peña (voto secreto y obligatorio), la difícil transición del elitismo oligárquico hacia la democracia representativa.
Según Alberdi, la democracia debía ser construida progresivamente merced a una educación popular inexistente en su tiempo (escasa población, predominantemente dispersa, gregaria y analfabeta). Hasta la primera elección presidencial con el voto secreto y obligatorio en 1916, no regía en el país la democracia representativa de nuestra Constitución.
La educación pública –logro de Sarmiento y Roca– y las corrientes migratorias atraídas por el boom económico crearon, con la alfabetización, las condiciones objetivas de ese primer ejercicio democrático. Las condiciones subjetivas: la determinación de Roque Sáenz Peña de poner fin a las elecciones amañadas, la causa radical, la lucha de dirigentes socialistas como Juan B. Justo y Alfredo Palacios, y el hartazgo popular con las elites.
En la Argentina “próspera” de 1860 a 1916, las elecciones fueron una ficción. Las elites competían entre ellas, elaboraban padrones que registraban solo a los “propios”, el voto era cantado y los escrutinios, una farsa.
Hacia 1880 la condición agroexportadora del país y su relación con el Reino Unido, generaron, para pocos, una situación floreciente. El informe de Bialet Masse de 1904, dirigido al ministro Joaquín V. González, describía las penurias de los trabajadores. De allí la legítima pretensión de democracia representativa y de “justicia social”. Decía Werner Goldschmidt que la política es un “orden de repartos” asociado a la noción de justicia y a las relaciones de poder.
Aristóteles distinguía tres clases de justicia: la legal, debida por los individuos al Estado; la conmutativa, relativa a los negocios particulares; y la distributiva, que relaciona al Estado con los individuos. Esta fue denominada “justicia social” al emerger la cuestión social, exponiendo los padecimientos debidos al capitalismo ascendente e ilimitado de fines del siglo XIX, bajo versiones socialistas, cristianas o liberales.
El capitalismo originario impulsó la modernización y el progreso, pero también la pauperización de muchos. Con la noción de justicia social emerge un Estado que limita los excesos del capital permitiendo forjar, en muchos países, sociedades más justas, dignas y libres, sin abjurar de la economía de mercado. En el orden de repartos de esa Argentina idílica de Milei, las elites eran las ganadoras, indiferentes a las conclusiones de Bialet Masse.
La grandeza de Mitre, Sarmiento y Roca, pacificando e integrando el territorio y liderando avances institucionales, convivió con ese sistema electoral ficto. Las virtudes de Roca no impiden mirar críticamente el régimen que instauró en el que se bloqueaba la democracia. Exaltar la grandeza de un tiempo sin comprender su inequidad constituye una mirada sesgada. Muchos argentinos de bien fueron maltratados por el Estado oligárquico.
Un país desarrollado necesita de una economía capitalista dinámica e integrada al mundo. También de democracia representativa, pluralismo, buenas instituciones y calidad de vida. Durante los cien años “colectivistas”, además de crisis y conflictos, hubo progresos. En 1947 se legalizó el voto femenino; las aspiraciones laborales de los socialistas se concretaron en la primera presidencia de Perón y fueron confirmadas, luego, por la reforma constitucional de 1957; también a Perón se debe la gratuidad de la educación superior y su influencia en la movilidad social. Y hubo que esperar hasta la presidencia de Alfonsín para desterrar de la política argentina el fraude, las proscripciones, el golpismo, la violencia revolucionaria, y alcanzar la reivindicación de los derechos humanos.
Pese a la inestabilidad política y económica, se fue trazando un camino zigzagueante hacia el desarrollo que mostraba, a fines de los años 60, bajos índices de pobreza y desempleo, movilidad social y una equitativa distribución de ingresos. De ese incipiente desarrollo nos alejamos, primero, por la violencia de los años 70 –que perduró hasta avanzados los 80– y, luego, por la corrupción y las tendencias hegemónicas a partir de los 90. Lamentablemente, la corrupción no fue erradicada en este primer ciclo de democracia representativa.
Del discurso de Milei cabe destacar su realismo para exponer la gravedad de la situación económica y social, y la necesidad imperiosa de estabilizar la economía. Si el presidente logra hacerlo e impulsa la inversión y el empleo, su gestión podrá quedar en la historia. Pero ese logro no validará su visión decimonónica de un Estado ajeno a la justicia social.
Estamos ante la posibilidad de encauzar la economía y de mejorar la vida de los argentinos, pero existen riesgos. El principal: fracasar por errores políticos. Pero, también, el de iniciar, si se logra la estabilización, un nuevo ciclo binario en el que queden abolidos los matices, la tolerancia y el debate. La intolerancia conduce a la demonización de los adversarios y a una nueva hegemonía.
Es cierto que existen instituciones que se han degradado. Sindicatos, obras sociales, empresas estatales, universidades, y muchos organismos públicos puestos al servicio de nuevas oligarquías, pseudopopulares. Pero no se trata de arrasar con todas, sino de corregir sus rumbos. No es la motosierra el mejor símbolo de rectificación.
Es posible que, a veces, el mensaje político eficaz deba recurrir a la exageración, pero la democracia no se consolida con visiones mesiánicas. Poner la economía en marcha es tan importante como superar la corrupción y crear un clima político que permita el debate y superar la confrontación.

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Un matrimonio que podría terminar mal
A Milei y el PRO no los une el amor, sino el espanto ante el kirchnerismo Por Daniel Santa Cruz
Daniel Santa Cruz


“No nos une el amor, sino el espanto”, decía Jorge Luis Borges en su poema “Buenos Aires”. La frase célebre podría servir para definir el ya previsible acuerdo entre La Libertad Avanza y el sector mayoritario del PRO, liderado por el expresidente Mauricio Macri. El espanto es el posible retorno del kirchnerismo al poder y, en eso, saben que hoy cuentan con el apoyo mayoritario de una sociedad cansada de ese modelo populista y prebendario que fracasó.
Pero es sabido que a una parte del PRO no le gustan sus formas, sus ataques virulentos al Congreso con agravios injustificados y generalistas. Del mismo modo que lo hacía Cristina Kirchner contra el Poder Judicial, el presidente Javier Milei se quiere aferrar al dogma “anticasta” que le sirvió para llegar al poder, a pesar de que comparte gran parte de este con la exvicepresidente, disparando verbosidad al bulto. Hoy circula la idea en su entorno de inaugurar el período legislativo hablando en la calle de espaldas al Parlamento, como hizo el día de su asunción. Si ocurre, estaríamos frente a un hecho de desprecio institucional sin precedentes en la democracia moderna que marcaría un punto de no retorno en la convivencia política.
Así como Milei hace la vista gorda para revisar su gabinete, minado de casta política, en el PRO eligen ante su comportamiento ecléctico mirar hacia otro lado. “Son los modos del presidente que nosotros no compartimos, pero estamos de acuerdo en la propuesta de cambio que eligió la sociedad”, repiten los dirigentes amarillos sin admitir que es muy notorio que jamás hubiesen dejado pasar gratuitamente a Cristina Kirchner o al mismo Alberto Fernández tratar de “delincuentes” y “traidores” a gobernadores y legisladores con la misma legitimidad de origen que tiene el Presidente, como tampoco hubieran permitido el trato autoritario contra el periodismo crítico a quienes los libertarios, sin pruebas y sin personalizar, tratan de “ensobrados”. Así, al igual que el kirchnerismo, lo que busca el presidente Milei es abusar de su credibilidad para poner a la sociedad en contra de quienes osan criticar o señalar sus errores y permanentes contradicciones, sean políticos, periodistas o referentes sociales. La selectividad se lee claramente en la disyuntiva amigoenemigo. No hay lugar para analizar la opinión contraria en la conversación pública que ofrece el oficialismo. La intención es imponer y apagar el debate. No se trata de debatir logros que redunden en beneficios colectivos sino de contraponer ideas buenas o malas en manos de personas “de bien o de mal”. Nunca, durante la presidencia de Mauricio Macri y en el ciclo de Cambiemos, se promovieron esas divisiones conceptuales.
Hoy el gobierno celebra conseguir un superávit financiero del 0,2%, muestra orgulloso un número azul al lado del histórico rojo. Se consiguió ajustando la economía por inflación, que en enero volvió a superar el 20%, y porque se suspendieron las transferencias a las provincias, entre ellas los fondos educativos que ponen en riesgo el inicio del ciclo lectivo. Se anuló además la obra pública y se ajustó salvajemente sobre el sector previsional, el transporte y las universidades. En los balances familiares, el rojo está más fuerte que nunca, mientras que aquella “casta” que iba a pagar el ajuste sigue gozando de buena salud. Esto debería ser un llamado de atención para los libertarios y para sus posibles futuros socios del PRO. La gente está comenzando a notar que o los confundieron con la casta o les mintieron, porque el ajuste lo están pagando los sectores medios y bajos.
La que se sintió desafiada fue Cristina Kirchner, que esta semana publicó un duro e insostenible documento de 33 carillas contra el gobierno. Acusó a Milei de “showman” y fue aún más dura con su ministro de Economía. También dijo que era un gobierno que sumaba “fracasados”, un tiro por elevación dirigido, sin nombrarlo, a su excandidato y amigo Daniel Scioli.
La “jefa” pensaba hasta hace poco, cuando la CGT convocó al paro general, que era prematuro salir con los tapones de punta, que había que esperar a que la gente notara la delgadez de su bolsillo y los reclamos comenzaran de abajo hacia arriba, no de la mano de los dirigentes. Esta posibilidad de sumar al PRO al gobierno, y la incomodidad que sienten sus ex socios de Juntos (UCR y Coalición Cívica), que quieren ayudar pero no coinciden en muchas cosas con el Presidente, que además los detesta, le dejó la puerta abierta a Cristina Kirchner para evitar la invisibilidad e intentar mostrarse como líder de la oposición, pero sobre todo del peronismo, que no sabe si juntar fuerzas o negociar fondos para cada una de las provincias que gobierna, atomizando a toda la fuerza política de un partido que, cuando pierde el poder, entra en pánico rápidamente.
En La Libertad Avanza creen que un acuerdo con el PRO les puede garantizar un caudal superior al 50% en las elecciones del año que viene y nutrir así al Congreso de representantes fieles. En el PRO no todos aceptan reducir el acuerdo a una alianza parlamentaria, sobre todo luego de la experiencia vivida en el tratamiento de la Ley Ómnibus: “Salvo dos o tres, el resto de los diputados de Milei se la pasaban sacando selfies y subiéndolas a las redes en lugar de trabajar para que el proyecto se apruebe”, decían enojados legisladores del PRO.
Aún falta amor en esa relación, más todavía coincidencias. Unirse solo para evitar el regreso del enemigo en común puede ser un buen fin, pero para gobernar este momento tan complicado resulta al menos insuficiente y, como suele pasar en la vida, puede afectar el futuro de un trato basado en acuerdos, pero fundamentalmente en esa conveniencia

http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA

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