martes, 13 de febrero de 2024

UNA SANTA Y OPINIÓN


La mujer que, a fines del 1700, recorrió el país a pie y sorprendió a Occidente
Alicia Fraschina, perita historiadora de la causa de canonización de Mama Antula, resume la increíble vida de la primera santa argentina, que fue excepcional para su época Una santa emprendedora que hubiera deseado mucho más
María Nöllmann ...Carlos NewlandLos fieles, ayer, en la Basílica de Nuestra Señora de la Piedad, que cobija los restos de la santa
“La dama americana”, “la apóstol”, “la profeta”, “la posible santa” son algunas de las expresiones que los religiosos e importantes profesores universitarios jesuitas de Europa utilizaban para referirse a la beata argentina María Antonia de Paz y Figueroa, hacia fines del 1700.
“Para ese entonces, ellos ya tenían plena conciencia de que se encontraban frente a una mujer excepcional, un fenómeno. No se puede creer que en ese momento, mientras Europa estaba siendo destrozada, estas personas esperaban con ansias las cartas que enviaba María Antonia desde la Argentina, siendo una mujer, además una mujer laica, y miembro de la Compañía de Jesús, que había sido disuelta por el papa”, plantea la doctora en historia Alicia Fraschina, perita historiadora de la causa de canonización de la primera santa argentina y presentadora y recopiladora del recientemente publicado Epístolas y otras huellas de Mama Antula (Ágape, 2024).
La beata nacida en Santiago del Estero en 1730 es dueña de una vida que Fraschina define extraordinaria. No solo por las circunstancias que debió enfrentar, sino también por la manera en que lo hizo.
Nacida en el seno de la reconocida familia Paz y Figueroa, dejó la casa paterna a los 15 años para ingresar al beaterio de su ciudad natal. Eligió un camino de vida poco común para la época, en que la mayoría de las mujeres optaban entre el hogar y el monasterio. “En la sociedad colonial, las mujeres de los sectores medios y altos tenían tres opciones: el matrimonio, que era la más común; la soltería, o dedicarle su vida a Dios. Dentro de esta última opción, lo más común era entrar a un monasterio, pero las monjas en aquella época eran todas de clausura. Había un puñado de mujeres que, como María Antonia, elegían ser beatas, lo que hoy se conoce por laicas consagradas”, explica la historiadora.
Su vida consistía en orar y prestar servicio doméstico en la casa de ejercicios espirituales de los jesuitas en Santiago, donde los ciudadanos ingresaban para realizar retiros. “Su trabajo era hacer que la casa fuera un lugar agradable, que la comida fuera sabrosa. Veía en ese servicio una obra de misericordia”, destaca Fraschina, que viajó a Roma para la canonización de Mama Antula y dar una conferencia en la Pontificia Universidad Gregoriana.
La vida de Mama Antula cambió de manera radical en abril de 1767, cuando la Compañía de Jesús fue expulsada del Río de la Plata. Fueron desterrados un total de 462 sacerdotes, novicios y coadjutores jesuitas, entre ellos quienes habían regentado la casa de ejercicios espirituales donde hasta entonces trabajaba la beata. “Ella tenía 38 años, que en esa época era la edad de las abuelas. Y, de todas formas, al ver que su elección de vida se había acabado, decidió salir, ponerse en movimiento, en búsqueda permanente. Algunos autores dicen que en ese momento se despertó su segunda vocación: mantener viva la espiritualidad jesuítica”, explica.
Y recuerda: “El obispo de Córdoba de Tucumán, al que pertenecía Santiago del Estero, era totalmente antijesuita. Había sido nombrado para que colaborara con la corona en la expulsión de la Compañía de Jesús. Entonces, ella no podía abiertamente empezar a organizar los ejercicios espirituales. ¿Qué hace? Yo creo que es muy probable que se haya movido de una manera similar a la de los cristianos en la época de las catacumbas: en secreto, en lugares donde ella conocía a la gente”.
Mama Antula se movió durante el resto de su vida con un grupo de beatas a las que Fraschina y el resto de los investigadores que estudiaron el tema no lograron identificar del todo, ya que en las cartas y documentaciones de la época solo aparecen mencionadas con sus nombres de pila. Se sabe que en un principio fueron cuatro o cinco y que años después llegaron a ser más de 16.
Cuatro años después, asumió un nuevo obispo y le concedió una licencia para coordinar los ejercicios en la diócesis, que en ese entonces abarcaba lo que hoy es el noroeste del país. El pequeño grupo de beatas comenzó a viajar a pie por las diferentes provincias de la diócesis –La Rioja, Salta, Catamarca, Tucumán, Córdoba–, instalándose durante meses o incluso años en las distintas poblaciones y coordinando con los sacerdotes locales los ejercicios espirituales.
“Desaforada de audaz”
“Es desaforada de audaz. ¿Cómo se le ocurrió andar caminando por el camino real del virreinato cuando hasta a los hombres les daba miedo andar por ahí? Ella lo hace y reabre las casas de ejercicios y reúne gente”, exclama Fraschina. Lo que más le sorprende sobre la beata es su capacidad de congregar personas y evangelizar. “Distintos sacerdotes habían intentado volver a hacer los ejercicios, pero no habían tenido éxito, la gente no respondía. Cuando llega María Antonia, todo el mundo da limosna, ofrece la casa, ayuda. Y los ejercicios son un éxito: reúne 200, 300, hasta 500 personas”, sigue.
La beata argentina no tardó en llamar la atención de la comunidad católica europea. Las comunicaciones con el Viejo Continente comenzaron a través del padre Gaspar Juárez, un jesuita de origen santiagueño que se encontraba recluido, primero en los estados pontificios y luego en Roma, con quien María Antonia mantuvo un diálogo epistolar durante décadas.
“Ella le escribe a Juárez en español y él traduce sus cartas al italiano para compartírselas a los jesuitas expulsados de toda Europa que están viviendo en Italia. Los franceses traducen las cartas y las mandan a Francia. Los ingleses, al inglés y las mandan a Inglaterra. Es excepcional que los jesuitas, las monjas y la gente católica de Europa estén esperando sus cartas”, cuenta la historiadora, que es parte de un equipo de investigación sobre religiosas organizado por la Universidad de Durham, Inglaterra. Una de sus colegas encontró una carta en la que dos ingleses hablaban sobre Mama Antula, apodándola the american lady (“la dama americana”).
Pese a su fama en parte del mundo occidental, su llegada a Buenos Aires, en 1779, fue accidentada. Según ella misma narra en una de sus cartas, al entrar a la ciudad las beatas fueron apedreadas por un grupo de niños. También fueron tildadas de brujas y locas por algunas personas. Pero lo más difícil de afrontar fue, sin dudas, el rechazo del virrey Vértiz, que se negó a otorgarles la licencia para coordinar los ejercicios espirituales en Buenos Aires.
Luego de viajar a Montevideo y Colonia, donde los ejercicios congregaron a cientos de personas, la autoridad la envió a llamar y le ofreció un terreno en las afueras de la ciudad, donde años más tarde Mama Antula fundó la Santa Casa de Ejercicios Espirituales. En ese edificio, funciona hoy un museo donde se exponen algunas de sus pertene
La beata santiagueña murió en 1799, pocos años después de que esta casa de ejercicios comenzara a funcionar y 15 años antes de que los jesuitas lograran volver al territorio americano. “En su testamento hace un pedido bien claro: no quiere entierro solemne, quiere entierro de pobre, con misa de cruz baja. Quiere que la entierren en el campo santo de Nuestra Señora de la Piedad, que en ese entonces no era una basílica, sino una iglesia chiquita. La entierran ahí. Pero a los cuatro meses los vecinos de Buenos Aires organizan una misa solemne y el prior a cargo, en su sermón, claramente da a entender que ella va a ser santa. Dice: ‘Santa Rosa de Lima en América y María Antonia de San José en la América del Sur’”, detalla Fraschina.


&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&



La santiagueña María Antonia Paz y Figueroa, mejor conocida como Mama Antula, nació y desarrolló sus actividades en el territorio del Virreinato del Río de la Plata durante la segunda mitad del siglo XVIII. Fue una gran emprendedora y fundraiser. Su vida estuvo motorizada por un objetivo central: lograr revivir la práctica de los retiros (o ejercicios) espirituales que habían sido discontinuados desde 1767 por la expulsión de los jesuitas. Los ejercicios buscaban que durante un buen lapso un hombre o una mujer se dedicaran plenamente a la oración, meditación y práctica religiosa. Para ello, abandonaban su hogar y sus tareas habituales siendo alojados (y alimentados) en una casa o espacio especial atendido por beatas o voluntarias.
Mama Antula se había iniciado en 1745 como una de las mujeres laicas que auxiliaron a los jesuitas, cuya vida se vio alterada por su expulsión. Consideraba que ello había implicado una enorme pérdida de desarrollo espiritual para los habitantes locales. Por eso, se propuso volver a organizar estos retiros en todo el territorio. Para eso, se esforzó tanto en generar un equipo de colaboradoras como en el contacto con sacerdotes que ofrecieran las charlas y atendieran la práctica sacramental.
La necesidad de obtener abundantes fondos para sus actividades se basaba en que la beata no quería que los retiros solo estuvieran disponibles para los adinerados que podían pagarlos, sino también para los pobres de centros urbanos y zonas rurales. Bajo ese concepto, los ejercicios eran ofrecidos en forma gratuita y para todas las clases sociales. Mama Antula dedicó mucho tiempo a hacer giras al interior del virreinato para la obtención de recursos. De personas adineradas obtuvo fondos, terrenos y alimentos. También asediaba a prelados para que le brindaran dinero para sus emprendimientos.
Las actividades de Mama Antula comenzaron en Santiago del Estero, y pronto se extendieron a Jujuy, Salta, Tucumán, La Rioja, Catamarca y Córdoba. A Buenos Aires llegó para ofrecer los ejercicios en 1779; encontró fuerte resistencia del obispo y del virrey. Luego de un año de trámites, finalmente logró la autorización para operar. Al tiempo ideó la construcción de una gran Casa de Ejercicios en Buenos Aires para alojar hasta 200 personas, edificación que solo se concluiría después de su muerte, en 1799.
A la muerte de Mama Antula, probablemente unas 130.000 personas habían realizado los ejercicios, una cantidad enorme si tomamos en cuenta el total de la población del virreinato. Ella hubiera deseado mucho más, como lo expresó en sus cartas: que su organización se extendiera por todo el mundo.

El autor es decano de la Facultad de Ciencias Económicas de la UCA


http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA





No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Nota: sólo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.