domingo, 5 de mayo de 2024

EL ESCENARIO Y OPINIÓN


Milei y la Corte. El rencor como combustible de la política argentina
El papel del juez Lorenzetti en la postulación de Lijo al máximo tribuna
Damián NabotRicardo Lorenzetti, juez de la Corte Suprema
El resentimiento se convirtió en un motor de la política argentina. Aparece, por un lado, como un sufrimiento social, como un dolor surgido de la injusticia y la frustración. Por otro, como un sentimiento individual de políticos que pergeñan jugadas empujados por su propia emocionalidad, por el sentimiento de que algo que les pertenecía les fue arrebatado.
El aprovechamiento del dolor social como herramienta electoral atravesó las últimas campañas electorales. Apeló al sentimiento de revancha, al desquite contra quienes un sector de la población identifica como los responsables de su desengaño.
Pero la emocionalidad también explica movimientos políticos individuales. El debate sobre el futuro de la Corte Suprema es el mejor ejemplo.
El Gobierno puso en discusión dos nuevos candidatos para integrar el tribunal, el juez Ariel Lijo y el constitucionalista Manuel García-mansilla. El ministro de la Corte Suprema Ricardo Lorenzetti ejerce sin tapujos el padrinazgo del primero. Ideó la jugada de la postulación individualmente, como el fruto de un resarcimiento personal, sin nada parecido a un debate de méritos, de antecedentes o a una discusión colectiva sobre el perfil necesario de la futura Corte Suprema de Justicia.
El sentimiento comenzó a gestarse el 23 de septiembre de 2021. Aquel día se conformó una nueva mayoría en la Corte Suprema, que por primera vez dejaba a Lorenzetti en la minoría. Ya había perdido la presidencia del máximo tribunal durante el gobierno de Mauricio Macri. Ahora, el tribunal podía fallar sin contar con su voto. Tiempo después, la nueva mayoría desplazaría a su principal colaborador, el entonces administrador general de la Corte, Héctor Marchi, la persona que manejaba los recursos del tribunal. Cuando Lorenzetti perdió la presidencia se había buscado sacar a Marchi, que enfrentaba denuncias de Elisa Carrió. Pero no alcanzaron los votos. Tras el cambio de mayoría, se volvió a votar. Esa vez, únicamente Lorenzetti lo respaldó. Marchi debió irse.
El juez había quedado en soledad en un tribunal que, durante más de una década, había manejado con argucia y sin competencia.
Cuando sacaron a su colaborador, Lorenzetti descargó su malestar en un escrito. En su computadora, el juez redactó una oración sugerente: “El enojo lleva a la irresponsabilidad institucional con grave perjuicio para el Poder Judicial”.
La frase puede leerse ahora como una amenaza profética.
El resentimiento se exacerbó meses después con otra escena que incubó más despecho. Ocurrió durante la campaña electoral. El presidente de la Corte Suprema, Horacio Rosatti, hizo declaraciones públicas en contra de la dolarización que proponía el candidato Javier Milei, incluso antes de la definición electoral del balotaje.
Luego, tras el triunfo de Massa en las elecciones generales, el presidente de la Corte anheló un gobierno “de unidad nacional”, parafraseando un slogan de la campaña del postulante oficialista. Y después, luego de que Milei elogiara a la exprimer ministro británica Margaret Thatcher, Rosatti dijo que “no se puede decir cualquier cosa de Malvinas”. El coqueteo entre Rosatti y Massa en plena campaña electoral puso en guardia a Milei y profundizó las emociones en Lorenzetti, quien hasta entonces trataba a Massa como un amigo.
No solo había perdido poder en la Corte Suprema. Ahora, su adversario y su aliado se cortejaban públicamente.
Los sentimientos dieron paso a la acción. Los conocedores del círculo cortesano aseguran que Lorenzetti le pidió al empresario Eduardo Eurnekian que le presentara a Milei, quien había sido su empleado en Aeropuertos. El encuentro entre el juez y el futuro presidente abrió la hendija por donde comenzaron a permear las sugerencias.
Así llegaban las murmuraciones al oído, las recomendaciones que proponían tomar prevenciones frente a la mayoría de la Corte Suprema, los augurios de fallos en contra del decreto de desregulación de Milei. Los comentarios encontraron terreno fértil en las elucubraciones de la mente presidencial. Cuando el fruto estuvo maduro, llegó la propuesta: le conseguiría los votos necesarios en el peronismo para que Ariel Lijo se convierta en juez de la Corte y así, junto al candidato García-mansilla, la Justicia abriría sus puertas a las reformas libertarias.
Aunque nunca habían fallado en contra de su gobierno, Milei dijo en abril pasado que “al menos tres jueces” de la Corte Suprema tenían una “posición bastante poco amigable” con el decreto de necesidad y urgencia que avanzó con la desregulación de la economía. Solo se salvaba Lorenzetti de la mirada presidencial. Las murmuraciones al oído habían echado raíces. “Los hombres discuten, la naturaleza actúa”, decía Voltaire.
La votación de las leyes económicas en la Cámara de Diputados, el primer logro parlamentario de Milei, hace verosímil que la postulación de Lijo pueda aprobarse en el Senado en un acuerdo con el peronismo, a pesar de los cuestionamientos que pesan sobre el magistrado.
Al pensar un futuro para México tras el gobierno de José López Portillo, el ensayista Enrique Krauze escribió que “lo malo es que los agravios no desaparecen por ensalmo; pertenecen al reino natural de las pasiones, no al de la razón”. Krauze bregaba por la necesidad de convertir el estado “agravio” que sentía la frustrada sociedad mexicana en una oportunidad de “progreso sano, armónico y destinado a aliviar los problemas ancestrales del país”, antes que en brutal revanchismo.
El problema es que sin liderazgos ni ideales, sin partidos ni principios, la política se atomiza en un sinfín de cuentapropistas, y el destino de un país queda sometido a conveniencias individuales. Y una revancha personal puede transformar a un poder de la República


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Lacalle Pou y Milei, dos miradas distintas sobre el juego democrático
Ambos mandatarios ganaron en segunda vuelta; a diferencia del presidente argentino, el uruguayo acordó y armó una coalición
Tomás Linn
No pasó inadvertido el discurso pronunciado el miércoles de la semana pasada por el presidente uruguayo Luis Lacalle Pou en una cena organizada por la Fundación Libertad en Buenos Aires. Llamó la atención, tanto por los conceptos manejados como por su contraste con el cierre presentado por su par argentino, Javier Milei.
Lacalle Pou agradeció las medidas tomadas por el gobierno argentino para facilitar el dragado a 14 metros en el canal de acceso al puerto y expresó su deseo de que entre ambos países se destrabe la compleja situación del Mercosur.
Más allá de estas coincidencias, los discursos fueron muy distintos. Uno era propio de un presidente; el otro era el de un enardecido militante, a veces devenido en profesor.
Lacalle fue aplaudido con entusiasmo por un público mayormente argentino. Su discurso estaba bien organizado, abordó conceptualmente asuntos de fondo y se desarrolló con lenguaje llano.
Milei, por su parte, se propuso dar una larga clase de economía para explicar las medidas implementadas por su gobierno. Fue confuso, con disgresiones varias y tomadas de pelo a un economista que días antes había planteado reparos a sus políticas.
Lacalle explicó lo que llamó la “fórmula uruguaya”, que, aclaró, no necesariamente era extrapolable a otros países. Fórmula con la cual el está “satisfecho pero no conforme”. Definió además la importancia de las instituciones en una democracia, por ser garantía del funcionamiento del país y de la libertad de cada uno de los que lo habitan.
No habló de economía, pero al explicar la importancia de lo institucional, dejó entender por qué es bueno ser socio de Uruguay a la hora de pensar en proyectos de inversión. Fue a la esencia de las cosas, y señaló que lo sustancial está en los “anclajes” que trascienden a los gobiernos de turno.
Defendió la idea de un “Estado fuerte, aunque no grande”, apoyado en instituciones, para lo cual es necesario “una clara separación de poderes”. Haciendo la salvedad de que quizás eso no sería popular ante la audiencia a la que se dirigía, resaltó el rol de los partidos políticos. Sin ellos, dijo, una democracia corre riesgos.
Enfatizó que quienes son socialmente vulnerables no disfrutan de la misma libertad y por lo tanto es necesario que alguien les “haga piecito” para pasar al otro lado del muro. En ese sentido, el Estado juega un rol para que “el individuo pueda gozar del ejercicio de la libertad”. Aludió al respeto que debe haber entre quienes piensan distinto, recurriendo a una frase que si bien reconoció que no era suya, se convirtió en su lema: “Ser firmes con las ideas y suave con las personas”.
La realidad argentina no es igual a la uruguaya. La herencia que el kirchnerismo le dejó a Milei es dramática y todos los días se descubren elementos nuevos, a cual peor, de cosas hechas durante su largo y nocivo reinado. Por lo tanto la comparación entre un discurso y otro exige prudencia.
El problema es que el daño hecho por el kirchnerismo fue enorme en lo económico y también en lo institucional. Despreció la separación de poderes a la que Lacalle le da importancia y muchas veces se puso en el filo de un autoritarismo que busca perpetuarse en el poder.
Milei intenta resolver el primer asunto, el económico. Es probable que algunas cosas empiecen a mejorar en los próximos meses, aunque todavía es temprano para hacer apuestas. Sin embargo, lo que a Milei no le interesa es el tema institucional; la democracia no es importante para él, con lo cual instala, desde su versión libertaria (opuesta a la demagogia estatista del peronismo), una suerte de populismo diferente, pero populismo al fin.
Tanto Milei como Lacalle llegaron a la presidencia en segunda vuelta. En ambos casos hubo gente que los votó simplemente porque eran mejores a la otra opción. Cuando Milei se jacta de haber obtenido el 55% de los votos, olvida que para un 25% de ese electorado, él no fue la primera preferencia. Por eso tiene escasa representación en el Congreso y hasta aquí le ha costado pasar sus leyes.
Lacalle siempre supo que para ganar en la segunda vuelta necesitaba el apoyo de votantes que en la primera se habían inclinado por otros candidatos. En su discurso en la Fundación Libertad, de forma deliberada, explicó cómo en Uruguay se armó una coalición que exige negociar y ceder, y que eso se refleja en la tarea parlamentaria. Es que Lacalle cree en el Parlamento y en los partidos políticos. Aun así, discrepa profundamente con quienes se le oponen y lo expresa de modo frontal, pero no los desprecia. En otras palabras, cree en la política bien entendida y en trabajar con socios diferentes.
Esto es exactamente en lo que no cree Milei. Hay sólidas razones para que los argentinos estén hartos de sus políticos, esos a los que Milei llama “la casta”. Quizás el presidente apueste a arreglarlo todo sin ayuda. Al igual que Trump, suele decir que solo él sabe cómo hacerlo. Si así quiere actuar, deberá desconocer instituciones y pasar por alto reglas de la convivencia democrática. Ahí es cuando entra en peligro la libertad.
En su discurso, Lacalle apuntó al respeto de esa libertad, incluso en sus aspectos de sensibilidad social. Y fue bueno que lo hiciera.

Periodista y escritor; columnista del diario El País de Montevideo; profesor de periodismo en la Universidad Católica del Uruguay
Los discursos que ambos dieron en la Fundación Libertad marcan sus diferencias
Difieren en su visión del Estado y en el rol de las instituciones

http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/INDECQUETRABAJA

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