martes, 19 de septiembre de 2023

50 AÑOS DE ALEMANIA EN LA OU Y EL PENSAMIENTO DE MANCUR OLSON


Por un futuro mejor y más just
Annalena Baerbock Ministra de Asuntos Exteriores de Alemania

Hace 50 años, el 18 de septiembre de 1973, a orillas del río Este en Nueva York, dos Estados alemanes se adhirieron a las Naciones Unidas. La adhesión se llevó a cabo mediante una breve resolución de la Asamblea General; sin embargo, de ninguna manera se trató de una mera rutina diplomática.
Casi tres décadas después del fin de la Segunda Guerra Mundial iniciada por Alemania y el genocidio perpetrado contra los judíos europeos, que habían infligido un sufrimiento indescriptible a millones de personas, este día marcó un retorno del “Estado enemigo vencido” a la comunidad internacional. Hasta el día de hoy seguimos estando agradecidos por dicho retorno, y para nosotros este hecho constituye un compromiso.
La adhesión de Alemania ocurrió 28 años tras la fundación de las Naciones Unidas y es testimonio de nuestro reconocimiento de la culpa alemana, de nuestro compromiso para con los principios de la Carta de las Naciones Unidas, con un mundo que apuesta por la fuerza del derecho y no por la arbitrariedad de los más fuertes. Y el 18 de septiembre de 1973 representa un concepto profundamente enraizado de la diplomacia alemana.
La política exterior alemana nunca debe limitarse a velar por sus propios intereses. Desde hace 75 años nuestra Ley Fundamental le ha encomendado “servir a la paz del mundo [...] [en] una Europa unida”. Esta encomienda y nuestra pertenencia desde hace 50 años a las Naciones Unidas son hoy más importantes que nunca, en un tiempo en el que se están viendo socavados los principios fundamentales de las Naciones Unidas. Por ello, junto con más de 140 países, hemos abogado en la Asamblea General en favor de la gente de Ucrania y los principios de la Carta. Y es que, según la Carta, todo país tiene el derecho de vivir en paz sin tener que temer ser atacado por un vecino más fuerte.
Es evidente que hoy vivimos en una realidad geopolítica distinta que en tiempos de la Guerra Fría. El enfrentamiento de los bloques del Este y el Oeste afortunadamente es parte del pasado. En su lugar ahora se está formando una nueva realidad multipolar en la cual tenemos que organizar la cooperación. Cada vez hay más países con distintas posiciones que demandan participar en la configuración del orden internacional. Y es lo justo. Ya era tiempo de que sus voces fueran tomadas más en cuenta.
Por tanto, queremos fortalecer nuestras asociaciones con todos los países del mundo que apuesten por un orden internacional basado en las normas y en el derecho.
Dicho orden no es una “ideología occidental”, tal como lo sostienen algunos. Todo lo contrario. Este orden tiene su fundamento en la Carta de las Naciones Unidas y, con ello, en la convicción universal de que todos los Estados y todas las personas tienen los mismos derechos, sin importar cuán poderosos sean, y que nunca más un Estado vuelva a invadir a algún vecino. Para nosotros, los alemanes y alemanas, estos principios son también un aprendizaje de la Segunda Guerra Mundial y de las atrocidades que cometió la Alemania nacionalsocialista contra sus vecinos.
Por esta razón los alemanes y alemanas tenemos una responsabilidad especial de fortalecer la Carta de las Naciones Unidas. También por eso hemos presentado nuestra candidatura al Consejo de Seguridad para 2027-2028.
Aquellos que cuestionan hoy este orden deben aún la respuesta a la pregunta de cuáles son los principios sobre los que debería construirse un orden mejor y más justo. Nosotros queremos construir sobre lo que fue creado en 1945 y que se ha seguido desarrollando desde entonces. Sabemos que este orden es imperfecto y que debemos adaptarlo a nuestro mundo nuevo.
Esto significa que por fin configuremos nuestras instituciones financieras internacionales, los órganos sanitarios, pero también el Consejo de Seguridad de la ONU, de tal forma que nuestros socios en África, América Latina y Asia tengan ahí una voz adecuada.
Esto incluye que coloquemos los Objetivos de Desarrollo Sostenible en el centro de las Naciones Unidas. Y también una mayor ambición respecto de la contención de la crisis climática, que es la mayor amenaza de nuestro tiempo. Con una hoja de ruta clara hacia el abandono de las energías fósiles. Y con la solidaridad para con los Estados más vulnerables, que sufren de manera particular las consecuencias de la crisis climática. Sin embargo, las asociaciones francas incluyen asimismo que reflexionemos de forma autocrítica sobre nuestro propio modo de actuar. Por ello Alemania también inició la devolución de arte colonial robado. Esto no sanará todas las heridas del pasado, pero es un paso importante en el contexto del abordaje de nuestra oscura historia colonial.
Con nuestra adhesión hace 50 años, los alemanes y alemanas hicimos la promesa de asumir responsabilidad por las Naciones Unidas. Hoy no únicamente reconocemos esta promesa, sino que, junto con nuestros socios, queremos renovarla en un mundo que ha cambiado.
Con valor y con confianza. Por unas Naciones Unidas fuertes. Por un futuro mejor y más justo para todos y para todas.

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Acción colectiva y liderazgo político
Alejandro Poli Gonzalvo
Las elecciones presidenciales abren la posibilidad de encontrar un camino firme para dejar atrás nuestra decadencia como proyecto de vida colectiva. Para que esa posibilidad se transforme en una nueva trayectoria histórica, es necesario comprender que nuestras crisis recurrentes se deben a una causa estructural: la incapacidad para la acción colectiva que caracteriza a la sociedad argentina.
Mancur Olson (1932-1998) explicó en su libro La lógica de la acción colectiva (1965) por qué ciertos pueblos a menudo son incapaces de actuar en beneficio de sus propios intereses colectivos. En los grupos pequeños, las personas están dispuestas a aportar para un bien colectivo porque perciben en forma directa la compensación que reciben. A medida que el tamaño de los grupos sociales aumenta, se pierde progresivamente la percepción de los beneficios recibidos y, en consecuencia, la acción colectiva voluntaria no alcanza para tomar decisiones que beneficien al conjunto de la sociedad. Según esta lógica de la acción colectiva, ningún individuo estará incentivado de por sí a invertir en proteger un bien público como el medio ambiente. Adicionalmente, Olson sostiene que existen grupos de presión que obtienen ventajas sociales y económicas cuyos costos se distribuyen entre toda la población y, debido a esto, no generan una fuerte resistencia. Ortega denominaba “particularismo” a esta falencia de las sociedades. Por fortuna, la democracia es el sistema de gobierno que logra conciliar los intereses de los grupos de presión con el bien común de la sociedad. La lógica de la acción colectiva bajo sistemas democráticos es una lógica del poder compartido entre los distintos sectores.
Esa lógica virtuosa no se materializa en sociedades con nuestra tipología: los ciudadanos no confían en sus gobernantes, y tampoco confían entre sí, de modo que las relaciones sociales se desarrollan en un clima de falta de solidaridad. Con palabras de Francis Fukuyama: “En todas las sociedades que alcanzan el éxito, sus comunidades están unidas por la confianza”. Si esta tesis es cierta, nuestra decadencia tiene su raíz más profunda en el bajo nivel de confianza que los argentinos manifiestan en su acción colectiva, de la cual la clase política es apenas el emergente más visible. Por eso, no basta con echarle la culpa a la clase política con el latiguillo demagógico de la casta. La crítica a la casta resulta tan estéril para construir una mejor sociedad como los cacerolazos y los discursos incendiarios. No se puede conducir un país sin política pese a que, como sostenía Ortega, también se desarrolle en la oscuridad de los sótanos.
¿Cómo se puede entonces reemplazar la falta de confianza connatural a la sociedad argentina? Teniendo resultados positivos en el próximo período presidencial. Los argentinos hemos vivido demasiados fracasos por promesas electorales mesiánicas que no se cumplieron. No estamos dispuestos a ser conejillos de Indias en experimentos que no cuentan con las condiciones mínimas de gobernabilidad y que, por lo mismo, están condenados a fracasar y producirían una colosal decepción en los ciudadanos. Un nuevo fracaso podría llevar la falta de confianza de los ciudadanos en la política a la propia democracia. Así de grave es la situación actual.
Para lograr resultados positivos se requiere de un claro liderazgo, de un plan integral de gobierno, ambicioso pero posible, y, muy especialmente, de una estructura de poder político territorial y parlamentario que asegure la gobernabilidad. Las tres condiciones son necesarias para llevar adelante el cambio y las reformas estructurales que reclama la sociedad. Solo así se recuperarán la confianza y el progreso

http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA

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