Edgardo Giménez
“La publicidad me enseñó que todo era posible”

Texto de Alicia de Arteaga // Fotos: Fernando Gutiérrez
Son las cinco de la tarde de un día destemplado. Edgardo Giménez toma un té con limón y miel, recuperando fuerzas después de la recorrida por No habrá ninguno igual, la muestra del Malba que lo ha convertido en una rockstar. Son 80 obras. Son 60 años de producción de un artista refractario a los rótulos, autodidacta, pintor, diseñador, creador de sueños, publicista, arquitecto. Todo eso y mucho más. Edgardo Giménez, a los 81, es un hombre feliz, así de simple y de directo. Si alguien lo dudaba (yo jamás) esta fenomenal y exitosa antología ha llegado al Malba para confirmarlo. Ya era una rockstar, pero ha doblado su propia performance con una puesta excepcional, montada con calidad, sin escatimar recursos ni esfuerzos. Se diría que es un hombre de suerte, en el lugar justo en el momento justo. Fue publicista en los 60, cuando la publicidad estaba en la punta de la ola, era status puro y había buen dinero. Pasó por las mejores agencias, de Ricardo de Luca a Yuste. Eran días de la industria nacional prometedora, cuando Káiser (IKA) organizaba la Bienal de Córdoba, la Estanciera circulaba por las calles, los jeans de llamaban Topeka y el bienestar parecía eterno. Tiempo de afiches en la vía pública, como la mejor plataforma para vender a la naciente sociedad de consumo. Ahí estaba Giménez, un chico pop de pantalones bell botton, patillas, camisa entallada y colores pastel. Una Argentina lejana y añorada, que trajo en cantidades industriales la muestra Del Cielo a casa, también en Malba. Fue el prólogo de esta giménezmanía. El hombre que ríe vuelve a estar en el lugar justo en el momento indicado. Pertenece a la generación azul, creadores que a los 80 siguen en plena producción, activos y asombrando al mundo, de Mick Jagger a Marta Minujín, Yuyo Noé, Leopoldo Maler, Julio Le Parc, Gerard Richter, Cecilia Vicuña, Marie Orensanz… y tantos, el arte parece ser un buen activador de la vida. Edgardo llegó al Di Tella con veinte años en pleno vértigo creador, que fascinó al propio Romero Brest, fundador, director y alma, junto con Guido Di Tella, del instituto que sigue siendo el paraíso perdido. Una idea brillante de Guido, hijo del dueño, hermano de Torcuato, ministro de Cultura de Kirchner. Guido, canciller de Menem, fue un gran coleccionista, generoso mecenas, un innovador que le encargó su casa a Clorindo Testa, el arquitecto disruptivo. Esto no es una foto, es una película, y en todas las escenas está el hombre de la risa que vende sus Monas como pan caliente; gana centimetraje mediático y recibe al público con Divine, escultura hiperrealista de la drag queen, mítica, triunfante y amenazadora. Edgardo Giménez ha creado su propio mundo, su fiesta personal. Un mundo feliz o mejor todavía, el mundo de un hombre feliz. Como en La isla, de Aldous Huxley, el rey del pop argentino nos recuerda una y otra vez: “Atención muchachos, aquí y ahora, que la vida es esta... y se nos pasa”. Su mejor muestra en el peor momento. Un poco de alegría entre tanta pálida, allí está con su sonrisa generosa, que no le niega a nadie. Una y otra vez posa para la selfie con el suéter mostaza y la bufanda roja… Se acerca una chica tucumana estudiante de Bellas Artes, quiere la selfie con su ídolo, un recuerdo para la mesa de luz. Una señora llora de emoción al verlo, dos brasileños se internan en el cuarto de los espejos, reproducción del departamento de Romero Brest en la calle Parera, en silencio como en un templo. Edgardo Giménez nació en Santo Tomé, provincia de Santa Fe, en 1942. Vivió en una casa de pueblo, con patio, perros, gatos, patos y gallinero, rodeado de abuelos y tías. Su padre lo abandonó cuando tenía año y medio. “No lo recuerdo ni lo extraño, ¿Cómo se puede extrañar lo que no se conoció?”, dice con voz cantarina. Las tías, como a Vargas Llosa, lo acompañaron y alentaron cuando era un chico que pintaba por placer, dibujaba bien. Tenía el don. Durante la larga conversación, salpicada de risas, cuentos y algún cotilleo picante, revisó su vida, su obra, los tiempos de la publicidad, del Di Tella, Romero Brest, los afiches del San Martín… –Se diría que las cosas salieron bien porque cumplió con su mayor deseo: gustar. Que el público se enamorara de su obra. –A mi tía le gustaron los dibujos, que mi madre ignoraba. A los 7 me invitó a Buenos Aires y quedé deslumbrado. El primer trabajo que hice, a los 8, fue una vidriera para una ferretería de Caballito que estaba en la esquina. Tenía que promocionar un insecticida, agarré una rama la envolví en papel crepe verde y engarcé unas rosas, que las hormigas chiquitas, atadas con alambre, muy malas, depredaban. Se comían las rosas. La gente se paraba a mirar la vidriera y el ferretero estaba chocho. –Todo esto estaba en tu imaginario, sin maestros, sin academia, eras un chico creativo y autodidacta. –Siempre lo fui. Aprendí solo. No quería estudiar, me aburría en la escuela, quería ir al cine. En mi pueblo, los miércoles por 80 centavos veías tres películas, dos de Hollywood y una nacional, ese mundo me fascinaba. –Tu propio Cinema Paradiso, sueño del pibe que sueña con el cine. –Me acuerdo de una película, Angustia de un querer, con Jennifer Jones y William Holden. Un corresponsal en la guerra de Corea se enamora de una médica euroasiática y luchan a brazo partido contra los prejuicios de ambas familias. Cómo me gustaba. Ella era una mujer divina, estaba en el podio, como Mae West, que escribía sus propios argumentos y decía: “Perdí la reputación y nunca la extrañé”.
“Aprendí que las ideas podían convertirse en objetos, se podía crear una ilusión y venderla”–Tu obra es hollywoodense en la cuerda del pop argentino, entre la parodia y el humor; sólo falta que aparezca tu cara en el león de la Metro. –(se ríe) Sí, el cine me regaló sueños, fantasías, ideas. Tarzán y Disney, de allí salieron las monas, herederas de la Mona Chita. –Las monas en todas sus variantes fueron sensación en el último arteBA, la galerista María Calcaterra te relanzó al estrellato. Esas monas son tu marca como los Ballon Dog de Jeff Koons, que también fue publicista antes de conquistar el mercado de arte contemporáneo. –Sí, de las monas hay producción con lista de espera. El mundo de la publicidad me enseñó mucho. Aprendí ahí, en la sala de arte de la agencia, que todo era posible, las ideas podían convertirse en objetos, se podía crear una ilusión y venderla. A los 14 años, creo que no los había cumplido, entré de cadete en una agencia de publicidad. Un día, la hermana del jefe vio mis dibujos, yo miraba mucho las láminas de Hokusai, y dijo: “Este chico tiene que ir a la sala de arte”. Y empezó una carrera que no paró más. Trabajé con los mejores: Ricardo de Luca, Yuste, Barnum, Martínez Vadé. Artistas como Macció y Distéfano militaban en las filas de la publicidad argentina, que tenía fama mundial. Distéfano era insuperable, un diseñador gráfico excepcional, se veía en la forma de distribuir el espacio, de plantar la imagen y elegir las tipografías, de lejos te dabas cuenta que era una obra de él. En la agencia a veces se asustaban con mis propuestas, pero tenían éxito, se vendía mucho lo que yo promocionaba. Uno de mis afiches vendió 560.000 ejemplares, la gente se los sacaba de las manos. Si me hubieran pagado un peso por cada uno… El primero que hice fue para Antonio Seguí. Me acuerdo que una vez fui a una clase que daba en una sala de la calle Cangallo, lo vi con sus alumnos, compartiendo y enseñando. Esa escena me dio vuelta la cabeza, descubrir a un artista que enseñaba. Su mujer de entonces era la cordobesa Graciela Martínez, hermana de Víctor, que fue vice de Alfonsín. Pionera de la danza contemporánea. Era genial. Se metía en una malla strech y hacía formas; se estiraba y forzaba el tejido. Algo nunca visto. Creo que ahí comencé a entender lo que quería hacer: objetos. –Y también pintabas retratos. –Hice varios, entre otros el de Teresa Testa, la mujer de Clorindo. Pinté hasta el 64 y después me dediqué a lo que he amado siempre, la construcción de objetos, formas, colores, en los que se cruzan imágenes del cine, animales, panteras, gatos, fantasías, Lewis Carroll, Alice in Wonderland, y los posters de Meca en la vía pública, un fenómeno de difusión al servicio del consumo que te permitía llegar a todo el mundo. No había tele ni internet ni redes, todo pasaba en la vía pública, plataforma democrática y universal. El mejor ejemplo es el póster que hicimos con Dalila Puzzovio y Charlie Squirru para Paraguay y Viamonte: “Por qué somos tan geniales”. Sigue vigente hasta el día de hoy, una forma de provocación. –Eras genial, la gente te quería, eras un chico lindo, atractivo, posabas desnudo… y gustabas. –Nunca le presté atención a mi cuerpo, quería que gustaran las cosas que hacía. Expuse en Bellas Artes, en el Recoleta, me hicieron un homenaje en el Moderno este año, y esta muestra surgió porque no pudimos concretarla en el Decorativo. No había fondos. –Hablame del Di Tella. –El Di Tella fue lo máximo, no hubo ni habrá nada igual. No se hablaba de libertad, sino que se ejercía, se vivía con libertad. Romero Brest no te daba un discurso, vivía acorde con su pensamiento. Estaba también Samuel Paz, que se asombraba y se espantaba con las ideas de Romero, pero era un buen contrapeso, un hombre elegante, cultísimo. Samuel era más contenido. –Romero Brest se fue disgustado del Bellas Artes, donde fue director. –Sí, no quiso colgar la obra de Quirós, que, decía, no era para el museo. Así nació el Di Tella. Lo genial de Romero era su apertura mental, hasta Pierre Restany quedó fascinado con lo que hacíamos. De mi obra dijo que era “un casamiento entre la fantasía y el rigor”. Y estaba Guido, que era de una generosidad increíble, me acuerdo que cuando Clorindo le hizo la casa se olvidó de poner un enchufe en el dormitorio de ellos y tenía un cable que atravesaba toda la casa. –¿Y cómo fue la relación con Romero? Dicen que él estaba enamorado de vos. –No creo, nunca me di cuenta al menos, pero le gustaba mucho lo que hacía. Yo tenía veintipico y me dio las llaves del departamento de Parera para que se lo decorara y él se fue a Europa por tres meses con Martita, su mujer. Ignacio Pirovano, que vivía en la esquina, y Amancio Williams, nada menos, le dijeron que mis cosas eran buenísimas. Tiré paredes, puse espejos en la entrada. Cuando volvió, dijo: “Yo vivía en una casa, ahora vivo en una obra de arte”. La que se dio cuenta de la influencia en esa relación, fijate que curioso, fue Inés Katzenstein, que ahora está en el MoMA. Me dijo una vez: “¿Te diste cuenta de que Romero Brest, desde que te conoció, se vistió distinto?”.
“Soy un hombre discreto, lo público es el hecho artístico”–¿Viviste de tu arte? –Yo nunca hice nada que no me gustara, ¿sabés la cantidad de gente que trabaja en cosas que no le gustan? Había un tipo, Sigwart Blum, alemán, un fotógrafo muy genial, que era crítico del Argentinisches Tageblatt (el diario de los Alemann) al que le gustaban mis afiches. Cuando me conoció se impresionó que fuera tan joven, porque estaban hechos con mucha solvencia. Los mandó a Alemania y me publicaron una nota de seis páginas en la mejor revista de diseño; a partir de ahí, miraron mis cosas con otros ojos. –Los afiches del San Martín fueron consagratorios de tu carrera gráfica. ¿Cuáles fueron los must? –Primero. trabajar con Kive Staiff fue lo máximo, el mejor director que tuvo el San Martín. Mi mejor afiche pudo haber sido el El burgués gentilhombre, que fue censurado por el propio Kive. Mandé a comprar una cabeza de chancho en el mercado y un spray dorado, tenían una bandeja de plata y un collar de perlas; ese sería el afiche. Cuando el director lo vio, quedó pasmado, me dijo: “Esto es el colmo”. Y tiró la cabeza del chancho a la basura. Otra vez estuvo bueno y me confesó que en el despacho de Melina Mercury, ministra de Cultura de Grecia, estaba colgado mi afiche Cuarto de Mujer. –¿Alguna vez te arrepentiste de algo? –No, para nada, la única vez que dudé fue cuando Ama Amoedo me encargó la residencia de artistas en Punta del Este. Hice Casa Neptuna a larga distancia. Dictaba el proyecto por teléfono, estábamos en pandemia y no subía a un avión ni loco. Y salió muy bien. –¿Y cómo fue que Ama te encargó la casa? –Yo tengo historia con Amalita. Una vez quería hacer un libro y necesitaba un sponsor, le cuento y me dice: “¿Y yo puedo ser sponsor?”. Sí, por supuesto le dije. “Bueno, anotame con 28.000 dólares”. –¿Tu vida amorosa? –Muy buena, nunca busqué nada, se dio todo de manera natural. Soy un hombre discreto, lo público es el hecho artístico. Tengo una pareja estable desde hace 17 años y estoy muy feliz. –Tu vida es una película. –Todas las vidas lo son. No te das cuenta cuando lo estás viviendo. En este momento hay cientos de museos que han adquirido mi obra gráfica, gracias a ISLAA, de Ariel Aisicks; él compró mi archivo. Es el colmo de alguien bien. Los planetas se alinearon, la Fundación IDA, consagrada al diseño en Argentina, también se interesó en mi obra que ya está en el MoMA y en el MET. Me gustaba gustar y que mis cosas tengan un destinatario. Mirá a dónde han llegado. –Te sobran razones para reír…
http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA
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