Sonido de libertad
La trata de niños es valientemente descripta en una reciente película estrenada en la Argentina, donde hay más de 10.000 menores de 17 años desaparecidos
Dispuesta a competir con millonarias superproducciones, se estrenó en la Argentina Sonido de libertad. Esta película de bajo presupuesto presenta con realismo y sin truculencia la historia real de un exagente del gobierno estadounidense que se involucró en el mundo de la trata infantil con el objetivo de crear conciencia sobre un delito aberrante que no para de crecer a nivel global.
El ciudadano medio desconoce el problema; piensa que son cosas que ocurren en lugares remotos como Tailandia, sin darse cuenta de que el problema puede estar en la esquina de su casa. Pocos sabemos que es el segundo negocio ilícito más redituable, después del narcotráfico, al que amenaza con desplazar en el ranking, dado que un niño puede venderse muchas más veces en el día que una droga. La mitad de las víctimas de trata lo son por explotación sexual, seguidas por víctimas sometidas a trabajos forzados, según el Informe Mundial sobre la Trata de Personas publicado por la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (Unodc). Las estadísticas mundiales reportan que más de 40 millones de personas son víctimas de trata, con un doloroso 35% que corresponde a menores de edad. Ya en 2008 Unicef denunciaba que en Latinoamérica y el Caribe 228 niños eran explotados cada hora y que más de dos millones de niños, niñas y adolescentes eran explotados sexualmente cada año.
Con su valiente trabajo y enorme compromiso, el exagente Tim Ballard sigue rescatando a miles de niños. Pero lamentablemente hablamos de un crimen que involucra a millones. Erradicar este flagelo demanda un movimiento de concientización mundial que acerque soluciones y una película como Sonido de libertad puede ser el instrumento.
La dura realidad subterránea que presenta el film demanda compromiso y arrojo, pues involucra a peligrosos enemigos de mucho peso dispuestos a amedrentar y amenazar. Muchos asimilaron un sitio que muestra la película con la isla de Jeffrey Epstein, el magnate y pederasta condenado por conducir una red de tráfico de menores. Si un país poderoso como Estados Unidos es el consumidor número uno de sexo con niños en el mundo y no logra reducir este problema, la razón es que no sería este una prioridad.
Una cadena de hechos fortuitos condujo a que finalmente la humilde producción cinematográfica que grandes cadenas rechazaron encontrara una distribuidora. Se eligió para su estreno en Estados Unidos el 4 de julio, día de la independencia, al entenderse que debe devolvérseles la libertad a niños que la han perdido. Ese mismo día encabezó las taquillas, ganándoles a millonarias superproducciones como Indiana Jones y alcanzando los cuatro millones de espectadores en los primeros nueve días.
No hay números certeros sobre cantidad de personas desaparecidas en la Argentina. Hay 21.894 denuncias vigentes de personas extraviadas, buscadas en todo el país; más del 50% corresponden a menores de hasta 17 años. Hay casos que no se resolvieron en mucho tiempo, como los de la pequeña Sofía Herrera, que tenía 3 años cuando desapareció, hace 15. El segmento que suma más denuncias es el que va de los 12 a los 17 años, y totaliza 18.592 denuncias que en un 67% corresponden a mujeres. Desde Missing Children Argentina coinciden en que el grueso de las denuncias de desapariciones que reciben corresponde a adolescentes y señalan una preocupante tendencia dada por la baja en la edad: “Cuando hace unos años era frecuente que tuvieran 15 o 16 años, hoy lo es en adolescentes de 12 o 13”, afirman.
Instalar conversaciones acerca de las redes internacionales de pederastia es imprescindible, mal que les pese o incomode a muchos. La adicción a la pornografía infantil, el turismo sexual infantil o el grooming son solo algunas de las graves cuestiones asociadas. Hay que establecer mecanismos de trabajo y cooperación para identificar, prevenir y combatir estos deleznables crímenes transnacionales. Siempre será mejor advertir sobre estos peligros a padres que puedan imaginar que nada de esto podría ocurrirles a sus niños.
Miles de víctimas inocentes y vulnerables ya no pueden ser escuchadas. Cada uno de nosotros puede sumar una mirada atenta ante este delito y contribuir a difundir un mensaje en su contra. Nuestros hijos están en peligro y hay mucho por hacer.
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Política y cuestiones de género
Días pasados, desde nuestras páginas, un artículo daba cuenta de algunas particularidades del perfil de adolescentes varones votantes de Javier Milei. Analistas políticos le dan a este segmento un protagonismo bastante por encima del que asignan a sus pares mujeres. Los adolescentes de 16 y 17 años de ambos sexos representan el 3,3% del padrón.
A partir de encuestas, desde la consultora Opinaia se sugiere que existe un discurso de resistencia al feminismo en el segmento de varones jóvenes que vota al candidato libertario. Milei anunció que, si llega al poder, eliminará el Ministerio de la Mujer, al tiempo que se declaró contrario al aborto, a la educación sexual en escuelas, al lenguaje inclusivo y a las políticas de género.
Un exacerbado fenómeno de empoderamiento femenino por fuera de márgenes de razonabilidad que también se da en las aulas siembra desconcierto e incomodidad en algunos varones. Que alguien salga a reivindicar una postura diferente que rescata la identidad masculina indudablemente cosecha adeptos. Son demasiadas las cuestiones que se han salido de caja con nulo beneficio para la mayoría de una sociedad abrumada por autopercepciones y extremos. Estructuras como el cuestionado Ministerio de la Mujer terminan guareciendo posiciones extremistas, más abocadas a nimias sandeces que a contribuir en algo a la reivindicación o auténtica defensa femenina y solventadas con dinero de todos.
Quienes con sus erradas políticas solo han sumado millones de excluidos insisten en forzar desde el discurso lo que muchas veces lejos están de promover en la praxis. No por nada prefieren limitar su mirada a cuestiones de género y diversidades que involucran a un universo por demás reducido.
Desde ese sesgado intento de instalar ampulosamente conceptos pseudosuperadores que connotan pluralidad, nuestra sociedad ve modificadas sus más tradicionales costumbres. Sirva de ejemplo que ya no celebramos más el Día del Niño sino el Día de la Niñez, a partir de la modificación introducida por la Secretaría Nacional de la Niñez, Adolescencia y Familia en 2020 para imponer un enfoque con perspectiva de género. Sin embargo, la niñez es una etapa de la vida, mientras que un niño es una persona que demanda protección y cuidados.
“No es cierto que 6 de cada 10 niños en la Argentina tengan hambre. Nosotros vemos otra cosa”, afirmó la portavoz presidencial, Gabriela Cerruti, en conferencia de prensa. Ven otra cosa porque miran para otro lado y porque prefieren insistir en su prédica respecto de cuánto el lenguaje refuerza estereotipos y desigualdades, olvidando que los usos de una sociedad no se imponen y que la intolerancia, la intransigencia y la exclusión pueden largamente exceder a las palabras.
En ese enfermizo afán por reivindicar diversidades discursivamente, desde el vocabulario se nos han impuesto plurales como infancias y un sinfín de palabras adaptadas con variantes como e, x o @ dirigidas a superar cuestiones sexistas que hoy se han vuelto anatema. El debate en torno del uso del lenguaje inclusivo se da al calor de una nutrida agenda de género y se asocia a una dimensión ideológica con niveles de aceptación que algunas encuestas señalan como más altos entre votantes del Frente de Izquierda y del kirchnerismo, y con niveles de rechazo mayores entre partidarios de JxC y afines a Milei. También en este terreno, los comicios de este año podrían traer vientos de cambio.
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