Claudio Barragán
El Escultor que arma caballos y máscaras con piezas de madera, “como si fuera un juego”
Malú Pandolfo
estilo jenga Las máscaras de las civilizaciones prehispánicas y el caballo de Troya fueron sus grandes inspiraciones cuando se volcó a la escultura. Sin estudiar técnicas, construyó una estructura básica, como si se tratara del casco de un barco
De todos los tamaños, con “fichas” de madera, tela, cuero, acero inoxidable, distintas formas y posturas, los caballos y caras creadas por Claudio Barragán llevan su sello. “Me interesa inventar procesos de trabajo, no formas, que son muy básicas. Por eso nunca quise técnicas –confiesa–. Es como un juego”
Algunos de sus caballos y también de sus caras parecen estar armados con fichas de Jenga. Sin embargo, se trata de un sofisticado sistema de cuadernas, como las del casco de un barco, cubierta con maderas finitas que, en algunos casos, están numeradas. Esto surgió porque un día vio una de sus grandes máscaras y se preguntó cuántas piezas tendría. “Como muchas de las cosas que hago son por capricho y no responden a un proyecto o a una idea seria, empecé a numerar cada una de las piezas. En esa cara llegué hasta 1017. En un caballo, más de 800”, precisa.
Antes de llegar a las esculturas, su destino parecía estar trazado. Su padre y su tío son los pintores Julio y Luis Barragán. Su madre, Nieves Adeff, escultora en terracota. Con su hermano pintaba en el taller familiar, en Villa Urquiza. De visita, los amigos del papá también pintaban, entre ellos los artistas Bruno Venier, Claro Bettinelli, Anselmo Piccoli, Miguel Dávila, José Manuel Moraña, Orlando Pierri, Nicolás Rubió y Esther Barugel. “Era una vida continua de trabajo y de distracción, pero todo tenía que ver con el arte”, recuerda.
En una ocasión, cuando tenía 15 años, en el taller varios artistas estaban dibujando una modelo. Ella miró los dibujos y le pidió a Claudio quedarse con uno. “Yo se lo regalé. Después, uno de los amigos de mi viejo me dijo: Pibe, el laburo no se regala. Yo me pregunté: ¿esto era laburo? Así comencé a verlo de otra manera. Estaba en el secundario, pero volvía a casa y pintaba todo el día”.
Hasta que viajó, años más tarde, con un amigo a Perú y Colombia: “Eso me rompió la cabeza. Me pregunté qué estaba haciendo metido en un taller, dibujando florcitas y paisajes que no conozco, y estos tipos habían inventado una mística, una religión, un imperio”. Se propuso crear una cara olmeca, “algo que tuviera esa potencia, que saliera del tema artístico y se metiera en el mitológico”. Dejó la pintura y se lanzó como escultor, haciendo esas caras grandes que tanto lo habían impactado. Tenía 30 años, una carrera asentada como pintor y varias exposiciones. “Me sentía un poco arqueólogo. Pero no un arqueólogo que descubre civilizaciones antiguas, sino uno que las inventa. Me convertí en un falso arqueólogo que hacía caras de civilizaciones inespecíficas, basadas en lo que había visto”.
Si bien el camino era claro, se encontraba con la limitación técnica que le representaba su formación como pintor y no como escultor. Optó por no aprender las técnicas tradicionales porque le interesaba, justamente, llegar a la forma como el resultado de un proceso. En su obra el tema no es central, sino la excusa para investigar su diseño. A las caras que emparenta con las civilizaciones prehispánicas les siguieron los caballos. “Me empezó a golpear un recuerdo de los cinco años, cuando vi en el cine La Guerra de Troya”. Recordó el caballo de Troya, y se transformó en el tema de su creación. “Si bien hay un estudio de la estructura ósea, son caballos de la literatura. Los últimos que hice se acercan un poco al cubismo que es donde yo dejé de pintar”, dice.
Desde entonces, lo que varía en las caras y los caballos es la forma de crearlos. “Trabajaba las máscaras como si fueran las cuadernas del casco de un barco. Tomé un modelo, le hice barras verticales con un marcador y copié cada uno de los perfiles. Hice una estructura básica, que era como el casco de un barco. Después, otras estructuras auxiliares eran los ojos, la nariz, la boca, los rasgos. Así lo hice mucho tiempo”. Ahora sus caballos son más geométricos: “Vuelve Picasso, porque lo pensé como el caballo que les haría falta a las Demoiselles d’avignon”.
En sus procesos creativos no habla de técnicas sino de oficio. A partir de un esqueleto interior, el escultor recubre la obra con tela, madera, acero inoxidable o cuero ¿Alguna forma de trabajar no resultó? Dice que, si algo no resulta, es cuando más le gusta. Los retos y desafíos, lejos de ahuyentarlo, lo entusiasman. Por eso, ahora crea sin trabajo previo. “La pieza por ahí se convierte en un campo de batalla. Es como un juego”, asegura.
“Nunca consideré el arte como la gratificación de una idea. Para mí es la averiguación de lo que saldrá de lo que estoy haciendo. Es como una pregunta. A veces pienso que tal elemento será el que prima y resulta siendo otro. Mi viejo me decía que cuando uno pinta y el cuadro no llega a ningún lado hay que mandarle lo opuesto”. Fue lo que le sucedió en la creación de un caballo rojo. La forma estaba bien, pero no le sugería nada especial. Lo resolvió recurriendo a unas líneas que llevaron el proceso para otro lado. “Fue la pintura la que salvó esa escultura, que la sacó de una cosa intermedia”, explica.
Hoy no recurre a dibujos al comenzar sus obras, sino que directamente inventa las formas, yuxtaponiéndolas, modificándolas y ensamblándolas. Aunque, en los caballos que saltan se mantiene el trabajo intenso de dibujo.
De todos los tamaños, con “fichas” de madera, tela, cuero, acero inoxidable, distintas formas y posturas, los caballos y caras creadas por Claudio Barragán llevan su sello. “Me interesa inventar procesos de trabajo, no formas, que son muy básicas. Por eso nunca quise técnicas –confiesa–. Es como un juego”
Algunos de sus caballos y también de sus caras parecen estar armados con fichas de Jenga. Sin embargo, se trata de un sofisticado sistema de cuadernas, como las del casco de un barco, cubierta con maderas finitas que, en algunos casos, están numeradas. Esto surgió porque un día vio una de sus grandes máscaras y se preguntó cuántas piezas tendría. “Como muchas de las cosas que hago son por capricho y no responden a un proyecto o a una idea seria, empecé a numerar cada una de las piezas. En esa cara llegué hasta 1017. En un caballo, más de 800”, precisa.
Antes de llegar a las esculturas, su destino parecía estar trazado. Su padre y su tío son los pintores Julio y Luis Barragán. Su madre, Nieves Adeff, escultora en terracota. Con su hermano pintaba en el taller familiar, en Villa Urquiza. De visita, los amigos del papá también pintaban, entre ellos los artistas Bruno Venier, Claro Bettinelli, Anselmo Piccoli, Miguel Dávila, José Manuel Moraña, Orlando Pierri, Nicolás Rubió y Esther Barugel. “Era una vida continua de trabajo y de distracción, pero todo tenía que ver con el arte”, recuerda.
En una ocasión, cuando tenía 15 años, en el taller varios artistas estaban dibujando una modelo. Ella miró los dibujos y le pidió a Claudio quedarse con uno. “Yo se lo regalé. Después, uno de los amigos de mi viejo me dijo: Pibe, el laburo no se regala. Yo me pregunté: ¿esto era laburo? Así comencé a verlo de otra manera. Estaba en el secundario, pero volvía a casa y pintaba todo el día”.
Hasta que viajó, años más tarde, con un amigo a Perú y Colombia: “Eso me rompió la cabeza. Me pregunté qué estaba haciendo metido en un taller, dibujando florcitas y paisajes que no conozco, y estos tipos habían inventado una mística, una religión, un imperio”. Se propuso crear una cara olmeca, “algo que tuviera esa potencia, que saliera del tema artístico y se metiera en el mitológico”. Dejó la pintura y se lanzó como escultor, haciendo esas caras grandes que tanto lo habían impactado. Tenía 30 años, una carrera asentada como pintor y varias exposiciones. “Me sentía un poco arqueólogo. Pero no un arqueólogo que descubre civilizaciones antiguas, sino uno que las inventa. Me convertí en un falso arqueólogo que hacía caras de civilizaciones inespecíficas, basadas en lo que había visto”.
Si bien el camino era claro, se encontraba con la limitación técnica que le representaba su formación como pintor y no como escultor. Optó por no aprender las técnicas tradicionales porque le interesaba, justamente, llegar a la forma como el resultado de un proceso. En su obra el tema no es central, sino la excusa para investigar su diseño. A las caras que emparenta con las civilizaciones prehispánicas les siguieron los caballos. “Me empezó a golpear un recuerdo de los cinco años, cuando vi en el cine La Guerra de Troya”. Recordó el caballo de Troya, y se transformó en el tema de su creación. “Si bien hay un estudio de la estructura ósea, son caballos de la literatura. Los últimos que hice se acercan un poco al cubismo que es donde yo dejé de pintar”, dice.
Desde entonces, lo que varía en las caras y los caballos es la forma de crearlos. “Trabajaba las máscaras como si fueran las cuadernas del casco de un barco. Tomé un modelo, le hice barras verticales con un marcador y copié cada uno de los perfiles. Hice una estructura básica, que era como el casco de un barco. Después, otras estructuras auxiliares eran los ojos, la nariz, la boca, los rasgos. Así lo hice mucho tiempo”. Ahora sus caballos son más geométricos: “Vuelve Picasso, porque lo pensé como el caballo que les haría falta a las Demoiselles d’avignon”.
En sus procesos creativos no habla de técnicas sino de oficio. A partir de un esqueleto interior, el escultor recubre la obra con tela, madera, acero inoxidable o cuero ¿Alguna forma de trabajar no resultó? Dice que, si algo no resulta, es cuando más le gusta. Los retos y desafíos, lejos de ahuyentarlo, lo entusiasman. Por eso, ahora crea sin trabajo previo. “La pieza por ahí se convierte en un campo de batalla. Es como un juego”, asegura.
“Nunca consideré el arte como la gratificación de una idea. Para mí es la averiguación de lo que saldrá de lo que estoy haciendo. Es como una pregunta. A veces pienso que tal elemento será el que prima y resulta siendo otro. Mi viejo me decía que cuando uno pinta y el cuadro no llega a ningún lado hay que mandarle lo opuesto”. Fue lo que le sucedió en la creación de un caballo rojo. La forma estaba bien, pero no le sugería nada especial. Lo resolvió recurriendo a unas líneas que llevaron el proceso para otro lado. “Fue la pintura la que salvó esa escultura, que la sacó de una cosa intermedia”, explica.
Hoy no recurre a dibujos al comenzar sus obras, sino que directamente inventa las formas, yuxtaponiéndolas, modificándolas y ensamblándolas. Aunque, en los caballos que saltan se mantiene el trabajo intenso de dibujo.
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