domingo, 14 de enero de 2024

Carlos Rottemberg


Carlos Rottemberg
“La cultura está por encima de los costos”


Texto de Fabiana Scherer /

“Hiperinflación, corralito, Plan Bonex, Peso Moneda Nacional, australes, Peso Ley 18.188, patacones, dólar oficial, dólar negro que ahora se le llama blue”, Carlos Rottemberg hace un rápido repaso por los vaivenes de la economía argentina como si se tratase de la ya clásica prenda de Feliz domingo para la juventud. Sin repetir ni soplar, como decía Silvio Soldán, Carlos enumera lo vivido en estos 49 años como empresario teatral. “Comencé a los 17 años, cuando al país lo gobernaba la viuda de Perón, Isabel, antes de la dictadura. Pasé la dictadura, la democracia. Tiempos de listas de actores prohibidos, temporadas donde no podíamos encender la marquesina por falta de energía, la epidemia de la Gripe A y el Covid-19. Por eso cuando hablo, cuando doy mi opinión me gusta ver la película completa y no solo la foto de la coyuntura”, dice el hombre que dirige la mayor empresa de salas teatrales de la Argentina y, como bien dice el crítico especializado Alejandro Cruz, referirse a Rottemberg como “el señor de los teatros” no es una exageración. En Buenos Aires es dueño del Multiteatro Comafi, que tiene cuatro salas; el Multitabarís Comafi, con otras tantas salas; el Liceo, el teatro privado más antiguo de América Latina; y el Metropolitan Sura, junto al grupo La Plaza, con dos salas. En Mar del Plata, posee el Complejo América/Atlas, el Mar del Plata y el Complejo Bristol-Lido-Neptuno, con tres salas. “Si sumamos todo este circuito –destaca Cruz–, este verdadero referente de la actividad teatral es el guardián de 9010 butacas en 16 salas, distribuidas casi en partes iguales entre una ciudad y la otra”. Hay frases que nos definen, la de Rottemberg, sin duda, es la que él mismo pronuncia sin titubear y sin miedo “a no resistir el archivo”: “Si me gusta ser capitalista en el éxito no me quiero convertir en socialista en el fracaso”. Sentado detrás del escritorio que ocupa en uno de los pisos superiores del Multiteatro, donde vivió la mismísima Blanca Podestá, Carlos le pide a Sarita, su secretaria con la que trabaja hace 45 años, barritas de cereal light, dos vasitos con agua y los infaltables cafés para toda charla. “Sarita es la mujer que más me duró en mi vida –bromea–. Te imaginás cómo nos conocemos, cómo nos peleamos, cómo nos puteamos y cómo seguimos juntos. Ahora en la oficina hay algo de ruido, porque la ventana está abierta, pero ni cuenta te das de que estás sobre la calle Corrientes. Te digo esto porque cuando Tomás [su hijo mayor, nacido de la relación con la actriz Linda Peretz] era adolescente, se apareció con los amigos, pibes de la secundaria que querían ver todo el glamour del teatro. Les pareció aburridísimo, imaginate, yo acá trabajando, haciendo teatro que nada tiene que ver con plumas, vedettes, no sé lo que habrán pensado”. Carlos abre una de las barritas. Se está cuidando con supervisión de un nutricionista. “Estoy transitando mis 50 años de carrera, arranqué en noviembre de 1974 y en esto puedo jactarme de decir que nunca crucé la línea de lo privado y lo público”.Soy de la escuela de 'basta de empresarios ricos con empresas pobres'”
–Como empresario teatral y como hombre relacionado a la cultura, ¿qué opinión te merece el proyecto que busca derogar la Ley del Teatro que crea el Instituto Nacional del Teatro y la Ley que crea el Fondo Nacional de las Artes, además de desfinanciar organismos descentralizados como el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales, el Instituto Nacional de la Música, la Comisión Nacional de Bibliotecas Populares? –Me resulta muy cómodo responder sobre el tema justamente por no tener vinculación ni directa ni indirecta con los organismos del Estado en relación a este tipo de beneficios, puedo hablar sin ningún interés personal, pero sí con un interés que me primó siempre en relación a lo que tiene que ver con la cultura argentina en todos sus aspectos y en ese sentido me parece que, primero, hay que definir una situación, qué se quiere de la cultura, y si entendemos que este tipo de organismos, algunos antiquísimos como el Fondo Nacional de las Artes, son necesarios. Sí son necesarios. Pasemos a la segunda fase, que es ver cómo se financian porque ni siquiera en todos los casos están financiados por el Estado o por lo menos por el erario público, pero si incluso así fuese el costo beneficio de lo que significa para el Estado el fomento a la cultura me parece que está por encima de eso que algunos pueden llamar costo y otros llamamos inversión en una ciudadanía. Además, no nos olvidemos que la cultura argentina continúa siendo embajadora en el mundo justamente y sobre todo en las artes escénicas y en algunos casos por el cine. De esa imagen pública que toman de nuestro país en el exterior, a través de los distintos proyectos que se fueron canalizando en los años. Por último, hay una frase que dice que mucha gente hace teatro por amor al arte, y es cierto, y me parece que, si queremos seguir diciendo, por ejemplo, que la ciudad de Buenos Aires es la capital del mundo que tiene más espacios de teatro independiente, tiene que ver, entre otras cosas, sin dudas, junto con el talento, por ese fomento del Instituto Nacional de Teatro que ha hecho crecer y en mucho a lo largo de estas décadas esa rama del teatro. –Recién dijiste “nunca crucé la línea de lo privado y lo público”, como una forma de trabajar, de hacer teatro que se mantiene intacta con los años. –Nunca hice nada con ningún gobierno. El Estado tiene otras necesidades. Me ofrecieron comprar entradas para los jubilados a través del Pami. No le vendo al Estado, las regalé. En una oportunidad, Alejandro Dolina me dijo que necesitaba un teatro para transmitir, cuando me contó que era para Radio Nacional. Le dije que lo haga, pero que no le iba a cobrar. Quiero mantenerme independiente, yo no hago gestión mixta, no la discuto, pero yo no. Algunas coordenadas me las autoimpuse y fueron muy buenas. Ya a los 17 años decidí que nunca iba a cruzar la línea de ser privado y meterme con el Estado. Esa independencia de saber que solo trabajo el menudeo, yo vendo boletos al público, de a uno. Reconozco que en este punto puedo ser muy extremo. Ni siquiera acepté un crédito blando del Banco Nación para hacer el Multiteatro. Lo hice con una entidad privada y me endeudé en dólares. A mí, me genera tranquilidad mantener mi independencia y es una de las cosas que más satisfacción me dio en estas casi cinco décadas de hacer lo mismo. –No son muchos los que dicen orgullosos: “yo soy empresario”. –En Italia, una vez escuché en la televisión que alguien decía: “El riesgo es la justificación moral del empresario”. Nunca más me separé de esta definición. Yo no hablo con eufemismos, yo soy empresario y me honra serlo. No tengo problemas con que me presenten como empresario, porque no me voy a hacer cargo de las cagadas que hicieron otros, que bastardearon el término o el concepto que tiene mucha gente sobre lo que es ser empresario. En todas las profesiones conozco gente que le ha hecho mal a la profesión. También hay gente que le ha hecho bien y que honró esa profesión. El tema es con qué ética encarás y hacia dónde llevás la profesión. Tengo una política que me enseñó mi viejo: “no empresarios ricos con empresas pobres”. Cuando uno invierte en la empresa, crea fuentes de trabajo, la comunidad vive mejor y si todos hiciésemos lo mismo, seríamos mejor como país. Ese es un pensamiento que mi papá trajo [su apellido es Rottenberg, con N] cuando se escapó del nazismo de Polonia. Entonces, en eso soy antiguo, feliz de ser antiguo, feliz de darle valor a la palabra. Apuesto en invertir, en construir. Con la plata de los boletos, construí teatros. Es público, se sabe. Con las 22 millones de entradas que compró el espectador, con el dinero de los boletos construí teatros. A mí no me interesó y quiero ser muy claro, no es una crítica, cada uno hace lo que le pinta, tener un piso en Miami, un country, un yate en Nordelta, un departamento en Nueva York. Nunca me interesó tener una chacra en Punta del Este. Viajo, sí, y paso buen tiempo en la casaquinta que tienen mis viejos, de toda la vida, en el barrio El Trébol. Insisto, soy de la escuela de “basta de empresarios ricos con empresas pobres”. En la pared detrás de su escritorio, la fotografía de un ladrillo se luce como una obra de arte. “Vos con esto hacés teatro”, dice el texto que acompaña la imagen que lo enorgullece. Es cierto que puede sonar a frase hecha, pero decir “Carlos Rottemberg respira teatro” le calza a la perfección. Lo sabe y sonríe. “Siempre digo que creo que hasta que me muera voy a seguir con la vocación intacta, pero esto no lo digo porque sí. En todos estos años siento que no trabajé en mi vida. Viste cuando el público dice... ‘¿vamos al teatro?’. Bueno, yo hace más de 40 años que vengo al teatro. Nunca vine a la oficina, nunca vine a trabajar, siempre vengo al teatro. Ahora estamos arriba de las salas, vos entraste por la puerta del teatro. Siempre tuve en claro que para dedicarte a la profesión tenés que ser más artista que comerciante. Si bien mi rol tiene que ver con los números, si no sos teatrista no cierra. Durás poco. Acá, además, tiene que ver con otra cosa, con las relaciones humanas. A esta altura hasta aplicaría, sin ser profesional de la psicología, un poquito de saber leer la entrelínea de otro –reconoce-. Me manejo con una especie de termostato. No produzco ni trabajo con gente que intuyo que me va a dar más de 13/8 de presión. Siempre dije que hay que trabajar para no tener presión. Cuando hacemos las reuniones en el tercer piso y tenemos un proyecto y yo creo que viene torcido... –hace una pausa y aclara–. Voy hacerte una confesión. ¿Sabés que es esto? [une los dedos de las manos con el pulgar en un ir y venir, como si estuviera bombeando]. Es la sopapita de la presión, así que cuando hago esto, la cosa cambia. Para el trabajo prefiero a las mejores personas antes que a los más talentosos. Si alguien viene a verme a la oficina y me resulta medio problemático, difícil o habla mal de otro... La cosa no va. Por eso puse un cartelito en la oficina que dice: ‘No hagamos nada que ya sepamos que nos va a dar más de 13/8 de presión’. También suelo decir: ‘Aquel actor es talentosísimo, es el mejor. Vayamos a verlo... pero en el teatro de otro’ –asegura entre risas, el que a los 17, ya como joven emancipado manejaba el Fiat 600 de su madre, de color turquesa–. Le digo, prefiero que sigamos yendo a comer, que nos juntemos, charlemos, pero no trabajemos juntos porque nos vamos a llevar mal. Estoy muy tranquilo con la profesión y muy agradecido. Me gusta comparar lo que hago con otras profesiones, como la medicina, por ejemplo, que, sin ser una ciencia exacta, como las matemáticas, le permite a un médico tener una idea de lo que puede llegar a ocurrir a través de una radiografía, una ecografía o una resonancia. Yo encaro esta profesión con ese mismo espíritu. Todo eso para mí es un capital que tiene que ver con algo que no se mide en lo económico”. Seguramente fue este mismo espíritu el que hizo que presidiera la Asociación Argentina de Empresarios Teatrales y Musicales, en seis ocasiones [2005, 2007, 2009, 2011, 2013 y 2021], entidad que integra desde hace 49 años. Aunque pensaba que el quinto mandato sería el último, los socios solicitaron su regreso en 2021 para sortear la crisis de la pandemia y cuya despedida del cargo, en marzo de 2023, la hizo con una temporada récord de venta de entradas.Hace más de 20 años que firma los contratos poniendo un dedo sobre un papel en blanco. “Confío en la palabra como primer gesto de garantía”.
Son muy pocos los que mantienen su número de celular por varios años y mucho menos, los que responden los mensajes sin intermediarios y sin importar el medio, ya sea masivo o independiente, con pocos o millones de seguidores. Carlos responde y siempre está dispuesto a charlar y brindar sus opiniones con fundamentos. “Cuando hablamos de relaciones humanas, hablamos de ser muy llanos. Siempre fue así. En estos años de trabajo en mi profesión nunca logré ser ´el señor Rottemberg´ –analiza quien asegura que su primer recuerdo nace en Lomas del Mirador, lugar al que llegó siendo una familia tipo, madre, padre y hermana menor –. Fui Carlitos a los 17 y sigo siendo Carlitos a los 66, y sinceramente es algo que me enorgullece”. Ahora más que nunca lo llaman Carlos o Carlitos ya que apareció en escena el otro Rottemberg, Tomás. “Sin haberlo empujado a nada, tengo una alegría enorme que mi hijo mayor esté metido hasta el caracú en esto. Tiene un gran vuelo [vale decir que ya es un reconocido productor dentro del ámbito teatral]. Puedo contar muchas cosas de él, pero soy su padre…Te voy a dar una apostilla, esas que ustedes dicen de color. Tengo 66 años, no me falla la memoria, pero sí a veces el conocimiento de ciertas camadas nuevas de artistas, por lo que Tomás me propuso: ‘vos hablás con los artistas que tengan más de 65 y yo con el resto’. El otro día llamé a una de las actrices que trabaja acá, Mónica Villa, y antes de decirle ‘hola’ le pregunté: ‘perdóname ¿qué edad tenés?’. Cuando me dijo 69, le respondí: ‘sos mía’. Ahí le conté lo que mi hijo había decretado”. Se divierte con la anécdota y le pide a Sarita otra lágrima. “Él podría haber ido para otro lado como les pasó a mis viejos conmigo. Yo no provengo de una familia de espectáculos [su padre, Miguel, durante muchos años se dedicó al cuero y a la construcción. En 2022, estrenó una obra de su autoría en un teatro independiente]. Siempre me pregunté qué iba a pasar con Tomás cuando, después de la universidad [estudió Administración de Empresas], tuviese que elegir. Yo estaba preparado para que dijera ‘sigo’ o ‘no sigo’. Apenas terminó, tomó las riendas y no paró. Y si yo puedo estar charlando con vos, acá, así, relajado, es porque hay alguien que está trabajando acá abajo. La mayoría de las cosas las resuelve él –dice y sonríe el también papá de Nicolás y Matilda, de su matrimonio con Karina Pérez Moretto–. Si me lo permitís, voy a ser malo por un minuto, voy a hacer una crítica porque si no parece que todo fuera color de rosa, y no. Tengo un solo reparo. Yo amo a los artistas, no soy cholulo, eso es otra cosa. La base del teatro como hecho artesanal y vivo, son los artistas. En eso no hay discusión. La crítica es hacia el artista que sale a los medios hablar de vocación, se llena la boca, pero que cuando tiene la oportunidad de trabajar en teatro no quiere sostener, por ejemplo, cinco noches. Por decirlo de otra manera, seis funciones semanales de 9, 10 horas de trabajo, en un país donde por esas horas de trabajo, la mayoría de la gente no puede morfar. Me parece una locura. Sospecho de la vocación de aquellos que no tienen la necesidad de subirse al escenario como mínimo 9 horas. Yo respeto todo, pero no me cuentes de la vocación en las notas, en la tele… Lo mismo les pido a los políticos, mostrá lo que me decís”. –El clásico “basta de discursos”. –El teatro hace bien a la gente y goza de buena salud y eso supera al gobierno que esté en ese momento. Sería un mentiroso si dijera que en la dictadura no había teatro, había obras, estaba Teatro Abierto [movimiento cultural contra la última dictadura]. Me preocupa… En realidad, me gustaría que la decadencia que tenemos en un montón de cosas hubiera menos en la política, pero ¿por qué le vamos a pedir a la política algo diferente? Yo creo que hay una responsabilidad en los dirigentes, del partido que sea, creo en eso de predicar con el ejemplo. Algunos dicen: “la Argentina merece”. Yo prefiero decir: “los argentinos merecen”. Seguro, en este momento, hay alguien que está cometiendo un delito, pero a la par hay dos millones de tipos subidos a los trenes por un sueldo, trabajando. Soy muy de defender lo que pienso, lo que nos pasa desde adentro. Concretamente, a mí el que me explica por qué la Argentina está mal, desde la vereda de enfrente o desde Uruguay… Las transformaciones, las rectificaciones y las acusaciones las tenemos que hacer desde el lugar. Ante ciertas evidencias tengo posiciones tomadas. Un día, el productor Horacio Levin me dijo una frase que le decía su padre: “hay que ser honesto porque hay que serlo, pero además es un buen negocio”. Yo creo en eso. Hace más de 20 años firmo los contratos poniendo un dedo sobre un papel en blanco. Confío en la palabra como primer gesto de garantía. –¿Cómo es el ritual? –Apoyamos el dedo pulgar sobre una hoja de papel en blanco, como prueba de formal contrato entre actrices, actores, directores y productores. Es un modo de honrar la palabra, la cual se encuentra tan devaluada desde hace tiempo. Poner el dedo tiene que ver con la ética, con la palabra, con la memoria. Tomás adoptó la misma modalidad. Soy anticonflicto, creo en la calidad humana, trabajo con seres humanos, ¿cómo no voy a dialogar? En más de tres mil pulgares puestos, nunca hemos intercambiado una carta documento.“El teatro hace bien a la gente y goza de buena salud y eso supera al gobierno que esté en ese momento”
Las anécdotas de “el señor de los teatros” son de colección. No por nada, él escribió su propia historia en No hay más localidades. Cómo y por qué llegué a ser empresario del espectáculo a los dieciocho años, libro que publicó en 1998 y que merece una reedición ampliada. Luego, Hugo Paredero y Carlos Ulanovsky, dieron a conocer Vivir entre butacas, volumen en el que reúnen historias y voces para construir la historia del hombre que vio Dumbo, el film animado de Disney en el cine Los Ángeles, de espaldas a la pantalla, obsesionado con descubrir cuántas butacas estaban ocupadas. “Yo estaba viendo para adelante –aclara–. Tenía 6, 7 años, iba a primer grado. Mi mamá se puso muy nerviosa. Cuando llegué a casa mi papá me preguntó: ‘¿vos no querés ver al elefantito volar?’. Le contesté que sí, pero a mí lo que me interesaba saber no era por qué volaba, sino por qué los chicos querían ir a ver a Dumbo volar. Ahora, a los 66 sigo haciendo lo mismo, sigo buscándole la martingala del casino para entender el gusto del público”. El cine es el gran protagonista de su vida, de hecho, le dio las respuestas a las preguntas que parecían quedar suspendidas. “El doctor Kusnir, psiquiatra, fue quien prematuramente confirmó mi vocación. Mis padres estaban preocupados con esto de ‘mirar para atrás’. Kusnir les dijo que me dejaran hacer ‘pequeñas cagadas’. Lamentablemente el doctor Kusnir murió de un ACV. Lo acompañé en sus últimos días, nunca perdimos el contacto. Fue una persona muy valiosa en mi vida. Tuvimos una relación personal, no profesional –aclara-. Durante muchos años, traté de averiguar por qué me volqué al espectáculo si no venía de una familia de ese mundo. La razón me la dio un libro, Morir de cine, de José Luis Garci. Me lo trajo José Martínez Suárez [el hermano de Mirtha Legrand, a quien Rottemberg produjo durante más de dos décadas en sus clásicos almuerzos] y me dijo: ‘marqué una página que trata sobre usted, Carlitos’, y tenía razón”. Cuando yo era pequeño, aunque los cines hubieran cerrado y apagado sus luces después de la última función, pasar de madrugada por la más humilde sala de barrio me daba seguridad. Cerca de un cine no podía pasarte nada malo. “Es así. el cine siempre me dio seguridad. Yo soy del viejo cine de barrio, soy más del maní con chocolate que del pochoclo. Paradoja, a mí me interesaba ser exhibidor de cine y terminé siendo empresario y exhibidor de teatro, o sea, primos hermanos –explica–. Por suerte me di cuenta muy rápido de que el cine que yo quería, de la manera en que yo lo veía, estaba desapareciendo. Esta nueva modalidad, la actual, no era para mí”. Ya con 90 años, Juana y Miguel, los padres de Carlos que por esas cosas del destino se conocieron en un teatro, siguen bien atentos los pasos del empresario que miraba para atrás. “Recuerdo que cuando hicimos la primera función de Parra, con Pepe Soriano, en abril de 1976 [el primer contrato de Rottemberg] en el Ateneo, mi padre se quedó parado, atrás, en la platea conmigo. Al rato me comentó: ‘esto de la empresa de teatro no tiene para largo. Estuve mirando el color del pelo de la gente que está en la sala y todos tienen canas’ –la risa es contagiosa–. Cada vez que nos peleamos por algo, vuelvo a hablarle de los canosos.

http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA

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