viernes, 19 de enero de 2024

ESTRENO DE CINE


A pesar de sus limitaciones, un film sobre el promedio
AGUAS SINIESTRAS 
Guillermo CourauUipKerry Condon, al frente en una historia creativa
(estados unidos). dirección : Bryce McGuire. guion: Bryce McGuire, Rod Blackhurst. FotograFía: Charlie Sarroff. Música: Mark Korven. edición: Jeff McEvoy. elenco: Wyatt Russell, Kerry Condon, Amélie Hoeferle, Gavin Warren, Jodi Long, Ayazhan Dalabayeva. duración: 98 minutos. caliFicación: solo apta para mayores de 13 años. distribuidora: UIP.
El terror a morir ahogado es seguramente uno de los obturadores universales más palpable de los seres humanos. Basta recordar aquella macabra costumbre -afortunadamente en desuso- de empujar a una persona que no sabe nadar al agua, para que intente sobrevivir a partir de su miedo a hundirse y ahogarse. Aguas siniestras busca conectar con ese horror intrínseco y, contra todo pronóstico, lo logra en gran medida. El film abre con la protagonista de la función, una pileta de grandes dimensiones, y una nena que se acerca a ella para rescatar el juguete de su hermano, que flota en la superficie. No hay nada más que eso y, sin embargo, con recursos puramente cinematográficos el director Bryce McGuire construye una secuencia dominada por el suspenso. Y aunque luego de varios minutos de tensión, la cámara se aleja de la situación quedan en la mente del espectador dos certezas: que la historia no terminó bien, y que si el film mantiene el mismo nivel, restan 90 minutos muy disfrutables.
Pasan alrededor de veinte años, y la casa en cuestión es comprada por la familia Waller, compuesta por Ray (Wyatt Russell), un jugador de béisbol de licencia por enfermedad; su esposa Eve (Kerry Condon), y sus hijos Izzy (Amélie Hoeferle) y Elliot (Gavin Warren). Y aunque al principio todo es alegría, enseguida cada uno por su lado descubre que en la pileta en cuestión habitan espíritus que les van a hacer difícil la estancia. El agua representa una dualidad, que los Waller descubrirán de la peor manera.
En su primera mitad, el film despliega un abanico de ideas suficientemente atractivas como para que un elemento tan limitado como una piscina despierte sucesivas dosis de nerviosismo. Aunque a priori uno se podría preguntar: ¿Cuánto se puede innovar en la ecuación “piscina+suspenso” si con vaciarla alcanzaría para exorcizar el ambiente? Y sin embargo, hay elementos de sobra: incursiones nocturnas, el juego de Marco Polo donde se avanza a ciegas en el agua, objetos hundidos a recuperar; y hasta una pool party, donde la intranquilidad es directamente proporcional a la cantidad de invitados. También en este apartado destaca el elenco, mucho más creíble en sus acciones que la mayoría de las familias víctimas de viviendas embrujadas.
Pero es en su segunda mitad cuando Aguas siniestras se traiciona a sí misma, y cae en los lugares comunes de este tipo de propuestas, esos que algunos llaman “códigos del género”, y otros preferimos denominar “pereza creativa”: posesiones, explicaciones que no tienen ni pies ni cabeza, repeticiones de ideas y el consabido sacrificio de un personaje en pos del bien común. Si bien lo expuesto no desentona con lo presentado previamente (y hasta se podría decir que es esperable), desilusiona y da por tierra con buena parte de lo interesante que propone al comienzo.
A pesar de sus limitaciones, el film se eleva por arriba de la media. Lo que, partiendo de las limitaciones del material de referencia, la convierte en una opción atractiva de ver. Aunque sea una vez


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