¡Perón, Evita, la patria mileísta!

Carlos M. Reymundo Roberts
El presidente Javier Milei lanzó anteayer su candidatura a la reelección con el acto en Berisso encabezado por el gobernador Axel Kicillof.
Así como suena: no estoy desvariando, tampoco se trata de un algoritmo desprogramado que tira disparates. Javi siguió por TV en Olivos el amontonamiento peroncho y el discursete de Kichi, y avisó al personal de cocina que esa noche no iba a comer: estaba plenamente satisfecho. Todos trabajando para él. Detrás del gobernador, Magario, Espinoza, Pablo Moyano, Larroque, Ferraresi, Yaski, Baradel… No sé si mostrar a Baradel sigue siendo una opción. Insaurralde mandó saludos –irónicos, se supone– desde “algún lugar del mar Egeo”. Decenas de bondis, por supuesto, porque para un peronista no hay nada mejor que un puntero peronista facilitándole el traslado a un acto peronista. Gobernando, bueno, ya los conocemos, pero estas movidas las organizan bien. Tan bien que Santi Caputo puso una franquicia en Parque Lezama, buenísima. Kichi arriba del escenario finge peronismo y el Presi finge locura, pero el Presi es mucho mejor intérprete.
Al gobernador le pidieron que no se concentrara en el mensaje, sino en evitar furcios; “haiga” y “pudió”, entre otros, son puñales que siguen lastimando. En las redacciones se rompieron la cabeza para encontrarle un título a su perorata: no rompió lanzas con Cristina, no anunció su candidatura, no cambió la música, no lo mandó a Máximo a jugar con la Play… Súper genuino: nada. Por esas horas, Cris, encantadora con su outfit bandera argentina, visitaba la Universidad de Avellaneda; aunque desprovista del rumor de multitud, perfecta locación: un ámbito académico para conmemorar el 17 de octubre de 1945, cuna de la preferencia de alpargatas sobre libros. La Cámpora festejó el Día de la Lealtad en la Federación Argentina de Box, y los seguidores de Guille Moreno, boxeándose en la plaza Perón. Entrevistado ahí mismo, declaró: “¡Un escándalo! ¡Imperdonable! Empezaron a pegarse sin esperarme”.
La pulseada entre Cris y Kichi para ver quién tiene la voz de mando en el principal espacio opositor (o quién tiene la lapicera para hacer las listas del año que viene, diría Pagni) no deja de ser simpática. Ninguno de los dos soportaría una cámara Gesell sobre su fe peroncha; “pejotista” era el peor insulto de Cris a Néstor, y a Kichi de joven –cuando leía a Marx y a Lenin– le gustaba hablar de “la enfermedad infantil del peronismo”. ¿Son dos infiltrados que se proponen aniquilarlo? No me dejen afuera. Ella sin ninguna duda está pensando en que no se le puede insubordinar este chiquito salido de sus manos, que hasta hace un rato le pedía upa; y él, cuando se reunieron el martes, escupió el chupete para que quedara claro que está más crecido. La perspectiva vendría a ser esta: si se dividen salen los dos perdiendo, y cuando se juntaron perdió el país. Como acaba de decir Milei, dejaron una deuda, por la expropiación de YPF, los intereses con el Club de París y la manipulación de datos del Indec, de 41.000 millones de dólares; es una cuenta de Javi: puede estar errando por 10.000 o 20.000 millones, pero igual es una bocha de guita. “No tengan miedo: esto lo hemos pensado muy bien”, dijo Kichi, siendo ministro de Economía, al anunciar una de esas genialidades. Pienso, luego endeudo.
El gobernador riojano, Ricardo Quintela, Richi, candidato pichi de Kichi para disputarle a Cris la jefatura del PJ, hace su aporte de frescura. La provincia lleva más de un mes sin clases por un paro docente, se largaron a imprimir cuasimoneda y la justicia norteamericana lo está intimando por defaultear un bono en dólares que emitió hace siete años. Con esos pergaminos se le planta a la gran jefa: “Correte., Cristina. Yo soy la cara de la renovación del PJ”. A la cabeza de un gobierno cruzado por denuncias de coimas y malversación de fondos, Richi dijo esta semana en una entrevista radial: “Kicillof es uno de los pocos que no está manchado por la corrupción”. Que se termine bajando, después de pasar por caja, no le quita arrojo a su emprendimiento. La casta puede tener mil defectos, pero sigue produciendo Quintelas.
Un taquillero tour peronista de Vicky Villarruel la llevó a visitar en Madrid a Isabelita y en el Vaticano al Papa. Anóntele por favor en su haber la hora entera que le dedicó Francisco, un Francisco risueño y dicharachero, nada que ver con aquel que recibió de mala gana a Macri y al ratito lo despachó. Y anoten, además, que donde había un busto de Néstor, en el Senado, ahora hay uno de Isabelita, por iniciativa de Vicky; chica inquieta, la vice: pregunta qué va a hacer Milei para hacer lo contrario. Aunque la viuda de Perón, hoy una gran señora, fue un desastre como presidenta, si sirvió para empujarlo a Néstor ya me robó el corazón. Canten conmigo: ¡Perón, Isabel, la patria de Villarruel!
Mejor, no cantemos nada. A ver si vuelven.
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La huella prefijada de los algoritmos
— por Héctor M. Guyot
Proliferan los libros y los artículos sobre la inteligencia artificial. Los hay optimistas y los hay críticos. Que se haya convertido en un tema de debate no es raro. Hoy no hay asunto más relevante que el nuevo mundo que, sin pausa y en silencio, están configurando los algoritmos. De lo privado a lo público, lo afectan todo. Los críticos alertan sobre una posible deshumanización, una simbiosis entre lo real y lo artificial, entre hombre y robot. Se trazan futuros distópicos. Yo creo que la revolución digital ya cambió radicalmente nuestro ecosistema. Nada es igual. Tanto aceleró la vida que ya ni tiempo tenemos para identificar y evaluar esos cambios, ocupados como estamos, aun los más reticentes, en no perder un tren que viaja a toda velocidad y siempre adelante, fuera de nuestro alcance.
La gran discusión sobre el futuro me excede. Pero con el presente tengo bastante. Los efectos de la lógica digital derramados sobre la esfera de lo real se perciben en el deterioro de las democracias, por ejemplo. Y puedo dar testimonio de los cambios que la revolución digital y su lógica producen en mí y en mi relación con el entorno, ya sea un paisaje, un libro o mis semejantes.
Tomemos los libros, una constante en mi vida. ¿Podría leer hoy un libro maravilloso y exigente como El Danubio, de Claudio Magris, tal como lo leí en los años 90? Leer exige concentración y foco, y mis neuronas, irremediablemente conectadas a la frenética mente colectiva de la web, son más proclives a la dispersión. Leer también supone cierta capacidad de ensimismamiento, ejercicio casi imposible con un celular cerca. Me faltaría además el tiempo físico para encarar un libro así. Porque la virtualidad, al contrario de lo que prometía, multiplicó las demandas laborales y la exigencia de productividad, incluso para los que trabajamos con el pico y la pala de la palabra. Un efecto negativo dentro de la bienvenida democratización que produjo internet es que la virtualidad pide cantidad, no calidad.
Veo al ChatGPT como un Google potenciado. Claro, ofrece lo que se le pide envuelto en el envase del lenguaje dialogal, entonces tendemos a humanizar los algoritmos. Buen truco, darle a “la máquina” uno de los atributos esenciales del ser humano. Lo que sigue es atribuirle una inteligencia. Y hasta creatividad. Sin embargo, lo que hacen los algoritmos ante cada consulta es activar hipervínculos de acuerdo con jerarquías automatizadas y darle al resultado de esas conexiones una forma dialogal. No dejan de ser datos reunidos de acuerdo con un criterio estadístico.
Ese camino prefijado de los algoritmos me preocupa. Como los chats inteligentes tienen respuesta para todo, y todo lo facilitan, el boom de su uso está garantizado. Yo mismo aprovecho los algoritmos en Spotify, por ejemplo. Siguiendo la ruta de las “sugerencias” hechas a partir de lo que suelo escuchar, he dado con discos, músicos y compositores que me gustan mucho, verdaderos descubrimientos. Cada uno de ellos lleva al siguiente y me sucede que no me detengo lo suficiente en ninguno, pero eso es culpa mía. En mi defensa, diría que ningún chico al que dejan suelto y solo en un maxikiosco se resiste a atiborrarse de golosinas hasta el empacho.
Lo que pierdo, lo que extraño, es la experiencia de la búsqueda, anulada en estos casos por el hecho de encontrar sin antes haber buscado. Me explico con un ejemplo: me gustaba, de joven, recorrer las librerías de la calle Corrientes sin ánimo de hallar ningún título en particular, sino dispuesto a que esa deriva me condujera hacia esos saldos olvidados que quizá estuvieran destinados al lector que entonces era. Podía volver a casa con uno, dos o tres libros. Lo importante es que la cosecha era el resultado de haber estado abierto al encuentro imprevisto, movido solo por mi propia intuición. Era mi viaje. Y tal vez disfrutara más la búsqueda que los mismos libros. Esta es la cuestión: al darnos todo servido, al obtener lo que queremos con solo un clic, al privilegiar la eficiencia, la virtualidad nos priva de la experiencia, que es mucho más que el medio para obtener un fin. El escritor suizo Max Frisch, autor de Homo Faber, definió a la tecnología como “el truco que consiste en organizar el mundo de modo que no tengamos que experimentarlo”.
Caminante no hay camino, decía Machado y cantaba Serrat. El día que esto deje de ser así, estaremos en problemas. Abrir camino es andar por lo intransitado. Y tengo para mí, al menos hasta que alguien me demuestre lo contrario, que los chats inteligentes devuelven al usuario a la huella ya trazada, dado que solo regurgitan lo que hay, y eso es confinar la interpretación de lo real dentro de los límites de lo ya dicho y escrito. La posibilidad de futuro supone la posibilidad de algo nuevo, inédito, inesperado, creativo. Eso surge de la experiencia directa del mundo. En la medida en que la virtualidad avance sobre la experiencia, en términos de Frisch, me temo que el futuro corre peligro.
Leer exige concentración, y hoy mis neuronas, irremediablemente conectadas a la frenética mente colectiva de la web, son más proclives a la dispersión
— por Héctor M. Guyot
Proliferan los libros y los artículos sobre la inteligencia artificial. Los hay optimistas y los hay críticos. Que se haya convertido en un tema de debate no es raro. Hoy no hay asunto más relevante que el nuevo mundo que, sin pausa y en silencio, están configurando los algoritmos. De lo privado a lo público, lo afectan todo. Los críticos alertan sobre una posible deshumanización, una simbiosis entre lo real y lo artificial, entre hombre y robot. Se trazan futuros distópicos. Yo creo que la revolución digital ya cambió radicalmente nuestro ecosistema. Nada es igual. Tanto aceleró la vida que ya ni tiempo tenemos para identificar y evaluar esos cambios, ocupados como estamos, aun los más reticentes, en no perder un tren que viaja a toda velocidad y siempre adelante, fuera de nuestro alcance.
La gran discusión sobre el futuro me excede. Pero con el presente tengo bastante. Los efectos de la lógica digital derramados sobre la esfera de lo real se perciben en el deterioro de las democracias, por ejemplo. Y puedo dar testimonio de los cambios que la revolución digital y su lógica producen en mí y en mi relación con el entorno, ya sea un paisaje, un libro o mis semejantes.
Tomemos los libros, una constante en mi vida. ¿Podría leer hoy un libro maravilloso y exigente como El Danubio, de Claudio Magris, tal como lo leí en los años 90? Leer exige concentración y foco, y mis neuronas, irremediablemente conectadas a la frenética mente colectiva de la web, son más proclives a la dispersión. Leer también supone cierta capacidad de ensimismamiento, ejercicio casi imposible con un celular cerca. Me faltaría además el tiempo físico para encarar un libro así. Porque la virtualidad, al contrario de lo que prometía, multiplicó las demandas laborales y la exigencia de productividad, incluso para los que trabajamos con el pico y la pala de la palabra. Un efecto negativo dentro de la bienvenida democratización que produjo internet es que la virtualidad pide cantidad, no calidad.
Veo al ChatGPT como un Google potenciado. Claro, ofrece lo que se le pide envuelto en el envase del lenguaje dialogal, entonces tendemos a humanizar los algoritmos. Buen truco, darle a “la máquina” uno de los atributos esenciales del ser humano. Lo que sigue es atribuirle una inteligencia. Y hasta creatividad. Sin embargo, lo que hacen los algoritmos ante cada consulta es activar hipervínculos de acuerdo con jerarquías automatizadas y darle al resultado de esas conexiones una forma dialogal. No dejan de ser datos reunidos de acuerdo con un criterio estadístico.
Ese camino prefijado de los algoritmos me preocupa. Como los chats inteligentes tienen respuesta para todo, y todo lo facilitan, el boom de su uso está garantizado. Yo mismo aprovecho los algoritmos en Spotify, por ejemplo. Siguiendo la ruta de las “sugerencias” hechas a partir de lo que suelo escuchar, he dado con discos, músicos y compositores que me gustan mucho, verdaderos descubrimientos. Cada uno de ellos lleva al siguiente y me sucede que no me detengo lo suficiente en ninguno, pero eso es culpa mía. En mi defensa, diría que ningún chico al que dejan suelto y solo en un maxikiosco se resiste a atiborrarse de golosinas hasta el empacho.
Lo que pierdo, lo que extraño, es la experiencia de la búsqueda, anulada en estos casos por el hecho de encontrar sin antes haber buscado. Me explico con un ejemplo: me gustaba, de joven, recorrer las librerías de la calle Corrientes sin ánimo de hallar ningún título en particular, sino dispuesto a que esa deriva me condujera hacia esos saldos olvidados que quizá estuvieran destinados al lector que entonces era. Podía volver a casa con uno, dos o tres libros. Lo importante es que la cosecha era el resultado de haber estado abierto al encuentro imprevisto, movido solo por mi propia intuición. Era mi viaje. Y tal vez disfrutara más la búsqueda que los mismos libros. Esta es la cuestión: al darnos todo servido, al obtener lo que queremos con solo un clic, al privilegiar la eficiencia, la virtualidad nos priva de la experiencia, que es mucho más que el medio para obtener un fin. El escritor suizo Max Frisch, autor de Homo Faber, definió a la tecnología como “el truco que consiste en organizar el mundo de modo que no tengamos que experimentarlo”.
Caminante no hay camino, decía Machado y cantaba Serrat. El día que esto deje de ser así, estaremos en problemas. Abrir camino es andar por lo intransitado. Y tengo para mí, al menos hasta que alguien me demuestre lo contrario, que los chats inteligentes devuelven al usuario a la huella ya trazada, dado que solo regurgitan lo que hay, y eso es confinar la interpretación de lo real dentro de los límites de lo ya dicho y escrito. La posibilidad de futuro supone la posibilidad de algo nuevo, inédito, inesperado, creativo. Eso surge de la experiencia directa del mundo. En la medida en que la virtualidad avance sobre la experiencia, en términos de Frisch, me temo que el futuro corre peligro.
Leer exige concentración, y hoy mis neuronas, irremediablemente conectadas a la frenética mente colectiva de la web, son más proclives a la dispersión
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