La posvención, el camino de los familiares para superar el desconcierto y la culpa
Julia Camilletti tiene 34 años y perdió a tres parientes que se suicidaron; habla de la necesidad de contener a los que quedan
María Ayuso
“El duelo por suicidio es muy particular: se mezcla con la incertidumbre y la culpa. Con el diario del lunes, uno analiza un montón de cosas y todo te parece que es una señal: es superperturbador, porque ya no se puede hacer nada”, dice Julia Camilletti. Tiene 34 años, vive en Rosario y en agosto de 2022 su padre, Adrián, que tenía 61 años, se suicidó.
No fue la primera muerte por esta causa en su familia: otros dos parientes de Julia también se suicidaron. “Mi viejo vivió esta situación de cerca, no recibió la ayuda necesaria y repitió la historia. Con mi hermano venimos haciendo el camino de la posvención”, reflexiona la joven ante el Día Mundial para la Prevención del Suicidio, que se conmemoró ayer. La jornada busca instalar también la importancia de la posvención, es decir, de aquellas intervenciones que apuntan a trabajar tanto con quienes tuvieron un intento de suicidio como con los familiares de quienes se suicidaron; los expertos coinciden en que se encuentran en situación de especial vulnerabilidad.
En el caso de Julia, no dudó en buscar ayuda. Poco después del fallecimiento de su padre, conoció Empesares, una organización sin fines de lucro que trabaja en la prevención y posvención del suicidio, y se sumó a uno de los grupos de acompañamiento para hijas e hijos de personas que murieron por esa causa. “En mi grupo somos todas mujeres y casi todas, excepto una, perdimos a nuestros padres. Hay algo ahí del peso de la sociedad patriarcal, del machismo”, enfatiza.
Los estereotipos y roles de género, los mandatos hegemónicos de lo considerado “masculino” y todas esas construcciones sociales que colocan a los hombres en un lugar de privilegio también ponen en riesgo su salud física y emocional, dificultando el pedido de ayuda.
Julia creció en Arroyo Seco, 32 kilómetros al sur de Rosario. Sus padres se divorciaron hace varios años y tiene un hermano menor. Trabaja como terapeuta holística y le quedan pocas materias para recibirse de psicóloga en la Universidad Nacional de Rosario.
Su padre trabajaba desde hacía 40 años en la biblioteca popular Bernardino Rivadavia de Arroyo Seco, y también en la del Museo Municipal de Bellas Artes Juan B. Castagnino de Rosario. “Hace unos meses, en la biblioteca del pueblo, nombraron una sala con su nombre. Lo homenajearon y ese día se hizo un recorrido de su vida, pero no se nombró en ningún momento el suicidio. Es algo que no se dice, porque hay una mezcla de no querer lastimar a los familiares con un halo de silencio que no termina de ayudar mucho. Por eso estoy dando esta nota”, reflexiona Julia.
A Adrián, “después de la pandemia le costó mucho volver a disfrutar de espacios laborales o sociales, pero más allá de eso no había nada que nosotros hayamos podido ver en ese momento. Siempre le sugerí acompañamiento terapéutico por los antecedentes familiares de suicidio, pero él estaba bastante negado, no quería saber nada”, recuerda Julia, quien describe a su padre como una persona muy sensible. “Uno lo veía activo y no parecía estar cursando un cuadro de depresión. Estaba muy comprometido en los proyectos de las dos instituciones, no tenía el cuadro de una persona que no se levanta de la cama, que no tiene propósito”.
El duelo por suicidio, explica Julia, tiene varias particularidades. “Te cierra mucho, no te dan ganas de compartirlo en cualquier espacio. En el grupo de pares sabés que te van a escuchar y te vas a sentir comprendido, a diferencia de otros espacios donde las personas no pueden alojar esa angustia”, dice.
Ella, tras recibir la noticia del suicidio de su padre, la primera reacción que tuvo fue de “disociación. Estaba en shock. No podía llorar. En ese momento tenés que resolver muchas cosas a nivel práctico y sentía que no le podía dar lugar al dolor: me puse muy resolutiva y fría. El duelo empezó después, te diría que en enero de este año, cuando comencé a sentir realmente el dolor y un nivel de trauma”.
Cuenta que con su papá, no tenían “una relación fácil”. “Si bien nos queríamos mucho, a él le costaba tener manifestaciones de afecto. Ahora entiendo que era por su cuadro emocional. Lo que más nos unía y es algo que me ayudó mucho en el duelo, fue el arte: gracias a él, crecí rodeada de libros y empecé a escribir uno. El mensaje que me gustaría dar es la importancia de poder expresarse y hablar, tanto para la persona que está en riesgo, como para los familiares que perdieron un ser querido por suicidio”, sostiene. “A todas ellas les diría que se puede elaborar ese dolor: hay que sanar este trauma en comunidad, porque nadie se salva solo”.
“Pensé que no iba a salir”
Julia llegó a su grupo de pares a través de ese mismo hilo invisible que la unió siempre con su padre: la literatura. En un posteo en redes sociales donde el escritor Juan Sklar hablaba sobre el suicidio de Marilyn Monroe, estaba etiquetada la cuenta de Empesares. “Al poco tiempo me contactó Marisa, la psicóloga y coordinadora del grupo, que es una persona hermosa. Todos los profesionales donan sus horas. Al principio, me costó comprometerme, me daba mucha resistencia, pero siempre pude participar y Marisa tuvo mucha flexibilidad conmigo. Yo tenía también mi espacio terapéutico personal desde antes. Creo que entre las dos cosas pude armar una buena base de acompañamiento”.
El arte también jugó un rol fundamental en el duelo de Julia: “En el peor momento, lo que más me ayudó fue el arte. No podía dormir y ahí empecé a escribir. Me parece hermoso poner la experiencia al servicio de otras personas, porque se hace una gran cadena de ayuda”. Su libro ya tiene título: Atravesar el silencio. Y en su Instagram, Julia comparte también algunas de sus reflexiones.
“Cuando pueda publicarlo, siento que va a ser una forma de reivindicar la vida de mi viejo, que fue hermosa, y también de hablar de su muerte, que no fue hermosa, pero fue lo que ocurrió. Siento que puede ayudar a los supervivientes: cuando uno trabaja en la posvención hace prevención, porque hay muchos casos de personas cercanas a alguien que se suicidó que repiten el patrón”, advierte Julia.
Tras la muerte de Adrián, los síntomas de la pérdida se hicieron evidentes en la joven: insomnio, ataques de pánico, problemas físicos y dolores que nunca antes había tenido. “Cuando estaba en ese estado de no dormir, que es totalmente desestabilizante para la salud mental, pensaba que no iba a salir nunca. Con mucha terapia, hoy estoy parada desde otro lugar”, describe.
Tras un suicidio, Julia considera que las “redes de cuidado se tienen que profundizar más que nunca” en esa familia. Y subraya que hay muchos mitos que es importante deconstruir: “En los momentos de inestabilidad se te cruza la sensación de que puede a llegar a ser contagioso. Entender que eso no es así es algo que venimos trabajando mucho en el grupo. Puede haber, a nivel de la salud mental, una cierta tendencia de patrones de resolución de problemas que uno ve como válidos, pero no es algo contagioso. Lo mismo pasa con hablar del tema: no es que hablando se va a incitar a alguien al suicidio. Al contrario, se puede prevenir”.
Cada martes, Julia participa del grupo de Empesares, que funciona en un espacio virtual. El fin de semana pasado, con sus compañeras se encontraron presencialmente por primera vez: “Fuimos generando una red de mucha confianza. Si bien nos unió el suicidio de nuestros familiares, tratamos de conectar con la vida y otras temáticas que nos llevan a lugares más luminosos”, dice.
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