Carlos Perciavalle
“Tengo una fe ciega en Milei, aparte le gustan los perros como a mí”

Texto de Pablo Sirvén
Se develó el misterio: El Paraíso tiene dirección precisa. Está en el kilómetro 8,5 de la Ruta 12, en el departamento de Maldonado, República Oriental del Uruguay. El camino, que arranca en la zona de Punta Ballena, ya es soñado, como al destino al que conduce, porque está lleno de ondulaciones, verde follaje e intermitentes avistamientos de la hermosa Laguna del Sauce. Nos dirigimos hacia la chacra de Carlos Perciavalle y dar sus coordenadas tan concretas no es ninguna infidencia ya que por aquí es vox populi, y muy pronto lo será también para los turistas que vengan, porque allí mismo, a metros de donde duerme cada noche desde hace más de medio siglo, volverá a subirse a un escenario al aire libre, como ya lo ha hecho en tantas otras temporadas, con el imponente marco del mencionado espejo de agua en el que remata su espacioso parque. Literalmente será un espectáculo que no tiene techo. La comarca esteña del “rey del café concert” –bien ganado título que recibió durante décadas– es una invitación a conectarse con lo mejor de la naturaleza. Ya adentro de ese mágico territorio hay que conducir con cuidado hasta el casco para no alterar al rebaño de ovejas que pastan por allí ni a los patos, con sus crías, que se refrescan en pequeños cursos de agua. Algo ha cambiado para bien en Perciavalle en los últimos tiempos. Cuando lo entrevisté para Hablemos de otra cosa, a fines de 2019, lo había encontrado bastante apagado y disperso. Volverlo a ver ahora tan revitalizado, de buen humor y locuaz a más no poder, con su creatividad ocurrente para entender la existencia humana (y de otros planetas) fue una enorme alegría. Carlitos dejó atrás hace un tiempo 40 años de convivencia con Miguel Bermúdez, cuyos últimos tramos se habían vuelto muy oscuros, hasta que vino en su rescate Jimmy Castilhos, su productor desde hace 23 años, y todo empezó a normalizarse felizmente, pero con una noticia inesperada: Perciavalle se comprometerá con él ante el público en la primera función de La nave de Perciavalle, el show que estará presentando este verano en su chacra, en tanto que espera que Ludovica Squirru estudie en el horóscopo chino, que ella tan bien domina, cuál sería la mejor fecha para que se casen en 2024, el año del dragón. –Gracias, Carlitos por recibirnos acá, en El Paraíso, tu paraíso. ¿Cómo estás? –Estoy como se debe estar en el paraíso: con vuelo, con alas, con imaginación, con ganas de vivir. –Te veo mucho mejor, como si hubieras rejuvenecido. La última vez que te entrevisté, poco antes de la pandemia, te encontré bastante caído... –Primero tuve la suerte de encontrar un asesor cuántico que vive acá enfrente y que me curó cuando yo casi ni podía caminar y después Jimmy se vino a vivir acá y, poco a poco, sin que nos diéramos cuenta, surgió una relación maravillosa. Él me ha contagiado la alegría que tiene por la vida, el entusiasmo. Es un ser superior en todo sentido. Yo era un viejo cachuzo y ahora me siento un pendejo insolente, atrevido, divertido. No paro de reírme a toda hora. –Tenés 82 años, ¿verdad? –Tengo 82, pero siempre digo que tengo más. ¿Viste que la gente se saca años? Yo digo más para que digan que bien que estoy. –A los 82 uno puede estar pensando en sosegarse, en escribir las memorias, en cuidar los nietos propios o ajenos. Vos te vas a casar. –Me voy a casar. No me casé nunca. –¿Virgen de matrimonio? –Totalmente. –Pero cuando salió el matrimonio igualitario recuerdo que vos estabas en contra de formalidades y papeles. ¿No fue así? –Estaba medio en contra, “¡qué pavada es esto!”, decía. –¿Y ahora? –¡Cambié de idea! Es de persona inteligente cambiar de opinión. Estábamos acá en casa con Gustavo Descalzi, un amigo al que quiero mucho y un día nos miró y dijo: “¿Y ustedes porque no se dejan de joder y se casan de una vez?”. Y yo respondí: “Tenés razón”. Nunca se me había ocurrido; me arrodillé, le puse un hilo alrededor del dedo como si fuera un anillo y le dije a Jimmy: “¿Te querés casar conmigo?”. Me dijo que sí. –Te casás por primera vez ahora, pero estuviste con Miguel Bermúdez más de 40 años... –Fueron muchos años, pero los últimos 20 fueron muy malos. Decidió romper conmigo, pero nunca se quiso ir. En los últimos tiempos ya no nos hablábamos. No quiero hablar mal porque hoy lo tengo internado en San Carlos. Ha sufrido varios ACV. El que se ha hecho cargo es Jimmy y lo va a cuidar. La familia no quiso saber nada de él nunca. A mí me sacaron plata mientras pudieron. –En el amor a tu edad, ¿qué es más importante, el sexo o la alegría, el compartir? –Todo es importante. Sin imaginarme que un día iba a pasar por esta situación les preguntaba a parejas de novios si se reían mucho. Si me decían que no... ¡ojo!, porque el sexo, la droga y el rock and roll, todo pasa. Lo que queda es la risa. La risa está permanentemente en nuestras vidas. Yo se las recomiendo también. Con la persona que más se rían es con la que tienen que estar. Atlético, risueño, hiperactivo y detallista, Jimmy Castilhos es actor, productor, representante de Carlitos y también gran responsable de volverlo a poner en la gran vidriera de los medios. Todos los sábados, por el Canal 11 de Punta del Este conduce una serie de especiales que le rinden homenaje al gran actor a través de sus anécdotas e invitados que han trabajado con él. El programa se llama Perciavalle, íntimo & eterno y sale desde distintas locaciones como Casapueblo, el Museo Ralli y la propia casa del cómico. Le preguntamos cuál es su versión de los hechos que nos viene narrando Perciavalle. “Mi versión –apunta– empieza hace 23 años, llegando a esta casa para contratar a Carlos. Siempre tuvimos una empatía tremenda y el amor por las mismas películas y obras de teatro. Me recitaba poemas divinos. Yo ya estaba fascinado con él, pasaron 23 años de trabajo, de vicisitudes, de cosas que unen a las personas, a veces te desunen un rato y después te vuelven a unir. Me había conseguido un canje para laburar en un hotel nudista y estaba en bolas todo el día. Le dije a Carlos que quería descansar de eso y me dijo: “Dale, venite para casa”. Pasaron los meses y me dijo que me quedara a vivir. Una cosa llevó a la otra y vivimos una experiencia de intimidad que nos hizo entender que queríamos estar juntos”.
“Los artistas no deben decir nunca cuál es su posición política porque no es conveniente”–¿Es cierto, Carlos, que Ludovica Squirru te va a indicar cuál es la fecha más propicia para que te cases? –Exactamente. Es el año del dragón, de grandes cambios, que va a ser maravilloso no solo para nosotros sino para el mundo y Ludovica que ha participado en esto desde el comienzo nos va a dar la fecha más positiva para nosotros. Agrega Jimmy, en su doble faz de miembro de la pareja, pero también de productor: –El compromiso es el 26 de diciembre acá en la Laguna y por la módica suma de una entrada vas a disfrutar del compromiso de los novios y luego del estreno del nuevo show que se llama La nave de Perciavalle, que va ir miércoles y jueves, acá en la Laguna del Sauce. Arranca con una retrospectiva de vestuario hecha nada menos que por Elina Costantini. Ella y Eduardo son dos de nuestros padrinos; también la princesa Laetitia D’Aremberg y Carlitos Miguel Páez, así que no se pierdan de buscar su entrada porque va a ser absoluta locura la vuelta de Perciavalle a los grandes espectáculos. –Contá, Carlitos, a grandes rasgos, de qué va tu nuevo espectáculo. –En La nave de Carlos, que va a durar 50 minutos, no solamente voy a hacer un revival con los mejores momentos de mi carrera. Antes del show habrá un desfile de modas con 14 chicas dirigidas por Elina Costantini, y con todos los trajes divinos que he usado a lo largo de mi vida, que diseñaba Guma Zorrilla y que hacía Manuel González, que hoy es el costurero de alta costura más importante de Buenos Aires, que viste a Susana Giménez y a un montón de estrellas importantes, y que era un chiquilín cuando empezó conmigo. Jimmy hace señas para decir algo importante: –Nunca paramos de laburar porque nosotros necesitamos del laburo como todos. Cada día que nos levantamos pensamos cómo los hacemos reír para que se diviertan. Carlos tiene un monólogo preparado para todo este cambio energético y político para ustedes queridos hermanos argentinos que lo van a adorar y una llamada final, que no vamos a contar, pero compren esa entrada. Primero que nada, en la Argentina vamos a desembarcar, después del verano, en Córdoba y luego, ¿cómo dice el dicho? –De Orán a Tierra del Fuego, pueblo por pueblo –apunta Perciavalle. –Ese va a ser el recorrido –completa Castilhos– a toda esa república maravillosa y al interior de nuestro país que es nuestra bendición más grande, ya que somos también felizmente uruguayos. Jimmy se va y otra vez nos quedamos a solas con el gran actor oriental. –Carlitos, ¿estás siguiendo la actualidad argentina? –En la Argentina se vienen momentos difíciles. Los artistas no deben decir nunca cuál es su posición política porque no es conveniente, pero a los 82 años creo que puedo decir que tengo una fe ciega en Milei, aparte de que le gustan los perros como a mí. Creo que va a ser una persona muy positiva. Además, adoro a Fátima Florez y hablé con ella el día de las elecciones. –Ella empezó con vos, ¿no? –Empezó conmigo. Nunca había hecho nada. Yo estaba haciendo un show en la calle Corrientes y pensaba que le hacía falta que apareciera el cuerpo de una mujer divina, una diosa como la Marilyn del almanaque, que saliera totalmente desnuda. Puse un aviso en LA NACION y se presentaron 600 chicas. No sé si tengo algo que me hace ver la luz de la gente. En el centro de la cuarta fila había una chica vestida con un trajecito beige humilde que no sobresalía de todas las demás, pero yo le vi algo. La hice subir al escenario, no la hice desnudar, pero quedó en trusa. Tenía un cuerpo que me quedé sin habla. Les dije a todas las demás: “Váyanse porque ya elegí a mi protagonista”. Era una compañera maravillosa, gloriosa. Llenábamos siempre. Después empezó a crecer y a hacer una carrera increíble. –Hablemos de uno de tus temas predilectos y contame cuáles son las últimas novedades en el tema ovnis. –Bueno, acá en el Uruguay, en Cerro Largo, que es en el límite con Brasil, ha habido avistamientos. Yo sigo teniéndolos. –¿Vos los ves desde acá? –Sí, desde acá, sobre todo las noches claras. Además, ellos a veces buscan agua dulce. Vamos a empezar a ver en este año que empieza más apariciones y quiero recordar con todo el amor del mundo a Fabio Zerpa que siempre decía que no estamos solos en el espacio y que eso se iba a notar más en 2024, así que tenemos que estar preparados. –¿No confundirás los ovnis con los aviones que llegan y se van del aeropuerto de Punta del Este que está tan cerca de acá? –No confundo nada. Cuando tenés la suerte y el destino quiere que veas una nave no se parece a nada. Es absolutamente distinto. No tenés ninguna duda. No te podés confundir ni con un avión ni con un satélite. Para mí es muy gratificante. –Los marcianos tienen mala prensa, el cine los pinta siempre como muy malos... –Lo primero que yo quisiera que entiendan, no importan lo que creen o lo que no creen, es que no tienen que tener miedo. No vienen con un espíritu destructivo. Si hubieran querido destruirnos ya podrían haberlo hecho hace mucho tiempo con un gesto. Son civilizaciones superiores, están en contacto con nosotros. Yo creo que muchos de los grandes artistas que hay en mi vida... –¿Son de otro mundo? –Spielberg, Truffaut, Polanski son de otro mundo y sus trabajos lo demuestran. No tengan miedo. En el momento en que dejen de tener miedo van a cambiar de dimensión y van a empezar a ver las cosas que dicen querer ver, pero que en el fondo tienen terror y por eso no las ven. Cerca de acá, en Aiguá, hay un cerro, que está como dividido en dos. Ahí hay avistamientos. He sacado fotos del cielo en el que no había nada y cuando las revelé se ven las naves. Hay muchos autos que llegan hasta una casa que está a 150 metros de la ruta 9, pero muchos dan la vuelta. Me explica el cuidador que está hace años ahí que esos autos no se dan vuelta porque quieren. Los extraterrestres no los dejan entrar; los hacen dar vuelta. Esto está a disposición de todo el mundo. Y hay gente que viene de muchas partes, pero ya te digo: algunos entran y otros, no.
“Acá en el Uruguay, en Cerro Largo, en el límite con Brasil, ha habido avistamientos–¿Tuviste, al decir de Spielberg, algún encuentro del “tercer tipo”? –Hace muchos años, en plena actuación mía, en Arcobaleno. El primer encuentro que tuve yo hablé con dos personas vestidas de plateado. A mí no me llamó la atención. Ustedes conocen la cantidad de plateados, dorados y lentejuelas que me pongo. Si hubiera visto un hombre vestido de traje azul capaz que me hubiera asustado. Toda la primera fila enfocó hacia donde yo hablaba y me miraron como si estuviera loco. Pensé que estaba materializando mis pensamientos. Sé que tengo una cabeza poderosa. “Volvé a la letra, Carlitos”, me dije, pero después de la función el chico de las luces me dijo: “Yo también vi lo que vos viste, pero la gente no está preparada todavía para verlo”. Entonces lo invité a casa para mostrarle unos círculos muy concéntricos que aparecían en este pasto. Yo clavaba una estaca en el medio y eran círculos demasiado perfectos para ser creados por la naturaleza. Además, salía un pasto más oscuro y crecían unos hongos muy lindos que no había en ningún otro lugar. Él me dijo que eran naves que se habían posado acá y que me lo tomara bien. Yo no me tomo nada a mal. Esta casa es como una gran nave espacial por su contacto con la naturaleza, el agua dulce y el cielo estrellado. A veces hay tormentas brutales en los alrededores y acá no. Hay un clima especial que te hace abrir tus sentidos, bajar tu nivel de conciencia, o subirlo, y entrar en otra dimensión. –Contame la historia de El Paraíso, tu casa en la que ahora estamos conversando. –Me la vendió Alfredo Behrens, primo de China Zorrilla. Entré en 1968. Me había ido muy bien en esa temporada en Buenos Aires. Yo nunca tuve billetera y tenía una bolsa con 50 mil dólares. Estaba con María Elena Walsh en la playa feliz y usaba esa bolsa, tapada con una toalla, como almohada y ahí quedaba mientras nos íbamos al agua. La posibilidad de ser robado en esa Punta del Este no se le ocurría a nadie. Después le digo si quería venir conmigo y nos vinimos para acá. La ruta era medio primitiva, de pedregullo, y en el kilómetro 8 y medio, se entraba por donde hoy es lo de García Uriburu. Yo me morí; me pareció absolutamente divino. Estaba este ranchito, sin luz, todo lo iluminaba con velas, había muchas gallinas sueltas. Podría haber tirado esta casa y haber hecho un palacio sensacional, pero preferí dejar el ranchito tal como fue construido en 1941, el año en que yo nací. Después hice otras casas allá en el fondo, el museo donde está mi ropa y otra casa para la gente del servicio. La primera que vino fue Graciela Borges, con la que estoy en contacto permanentemente. Yo he plantado muchísimas especies, más esos cipreses de Toscana y de Verona dispuestos en un diseño del papá de China. –No debe ser barato mantener todo esto. –No es barato, pero yo tuve mucha suerte porque trabajaba mucho. Mi representante, que era la tía de Antonio Gasalla, de la fortuna que ganábamos en cada lugar le pedía que me diera la mitad y que el resto lo invirtiera. De lo que me daba, que era muchísimo, lo gastaba en invitar a seis amigos a New York o lo que fuera, pero el resto estaba salvaguardado. Partes del campo, además, las vendí muy bien. Y bueno, acá estoy feliz. –De tu amistad con China Zorrilla se ha hablado mucho, pero no tanto de alguien que hace un rato mencionaste al pasar: María Elena Walsh. –Era mi amiga del alma. Vivía en Laprida y Melo. Yo iba al Conservatorio de 4 a 11, vendía almanaques, paseaba perros y ella me decía: “Yo sé lo que es no tener un lugar para dormir” porque había empezado a cantar en las calles de París. Y me cuenta: “Alquilé otro departamento para tener mis textos, discos y he puesto una cama y una mesa de luz para que cuando no tengas dónde dormir podés venir acá” y me dio la llave. Yo me levantaba temprano igual que ella, me cantaba las canciones, me morí con el “Vals del diccionario” dedicado al Pequeño Larousse ilustrado. Asistí a la creación de aquellos temas inolvidables y tuvimos una relación única. En general, cuando se refieren a mí hablan de mi maravillosa relación con China. Hay mucha gente que ha sido muy buena conmigo y me sigue acompañando. Era para un Nobel, pero nunca entendieron la poesía de María Elena. Carlos Perciavalle es una enciclopedia viviente del mundo del espectáculo porque su propia vida estuvo y sigue siendo atravesada por infinidad de anécdotas con otras grandes celebridades de la escena. Imposible que no evoque a Antonio Gasalla, con quien por muchos años integró un dúo humorístico inolvidable. Quisiera estar más conectado con él en la actualidad, pero lo impiden sus graves problemas de salud, de los que sigue al tanto a través de Marcelo Polino. “Antonio y yo –rememora– trabajábamos en donde fuera: en un casamiento, en una fiesta. Interpretábamos las escenas en verso de las obras de García Lorca, López de Vega, Romeo y Julieta, que estudiábamos en el Conservatorio. Las hacíamos sin agregar nada. Simplemente acentuábamos un poco la maravillosa marcación de María Rosa Gallo. Eso provocaba en la gente un estallido de risa. Era un humor distinto. He tenido la suerte de trabajar tantas temporadas con Antonio. –Recordame tus épocas doradas en La Fusa. –Mi mamá, que era una mujer brillante, la segunda abogada recibida acá en el Uruguay, tenía relaciones con el consulado brasileño y tuvo la suerte de conocer a Vinicius de Moraes, cuando era cónsul en Montevideo. Yo era chico, pero mamá ya sabía que me gustaba el teatro y me hice amigo de él en esas reuniones. Pasaron los años, Vinicius hizo una temporada en el Embassy y después de la función, cuando lo fui a saludar, le dije que estaba actuando en un café concert llamado La Fusa, que estaba en Santa Fe y Riobamba. Me dijo que me iba a ir a ver con Toquinho. Los dueños, Silvina Muñiz y Coco Pérez, no me creyeron, así que cuando apareció se murieron y se abalanzaron sobre él para proponerle trabajar en La Fusa de Mar del Plata donde yo hice de telonero y después venía el show estupendo de Vinicius. Cuando actuó en La Fusa de Punta del Este vivía en Casapueblo. –Acompañaste a figuras muy importantes en los momentos finales de sus vidas. Contame algunas de esas historias. –A Tato Bores no lo voy a olvidar nunca. Lo acompañé cuando se enfermó tan grave, iba a visitarlo, me acostaba en la cama al lado de él. Tato pedía cuando yo llegaba que no le dieran morfina porque nos reíamos tanto que no sufría. También me pasó con Nélida Lobato, tan joven y divina, esa mujer espectacular que terminó tan consumida. También me tiraba a su lado. Nunca quiso asumir que tenía un cáncer mortal. Decía que tenía hepatitis. “Me saco esto de encima que termina el domingo y me voy a la laguna con vos”, me dijo. Y yo estaba ese domingo aquí paseando entre los cipreses y de repente sentí que pasaba Nélida. Llamé a la casa y me dijeron que había muerto hacía diez minutos. También lo acompañé a Fernando Peña cuando estaba totalmente tomado por todos lados. “Si yo me muero te pido que te encargues de todo”, me dijo. Llegué a la clínica Fleming y él estaba con los ojos cerrados. Puse las manos sobre las suyas, abrió los ojos, me dijo: “¡Qué suerte que llegaste!” y se murió. Estuvo esperando a que yo llegara. Lo vestí divino como él quería. Enrique Pinti me dijo que, si se moría antes que yo, que lo maquillara como a Fernando. –¿Qué pensás de la muerte? –No pienso. El miedo es algo que no conocí nunca. No está hecho para mí. No sé lo que es y me alegro de no saberlo. Es una gran suerte. Pienso que la muerte es un momento lógico de la vida. Así como nacemos, un día nos vamos a morir. Que venga cuando tenga que venir. No pienso en el futuro; pienso en el hoy como cantábamos con Tato en La jaula de las locas: “Viví tu vida hoy ya que el futuro es un enigma más”.
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