Roald Dahl, chocolates mágicos y atractivas canciones
Paula Vázquez Prieto
WONKA
(ESTADOS UNIDOS-REINO UNIDO/2023). DIRECCIÓN: Paul King. GUION: Paul King, Simon Farnaby, Roald Dahl. FOTOGRAFÍA: Chung-hoon Chung. EDICIÓN: Mark Everson. MÚSICA: Joby Talbot. ELENCO: Timothée Chalamet, Olivia Colman, Hugh Grant, Sally Hawkins, Paterson Joseph, Keegan Michael Key, Rowan Atkinson, Jim Carter, Calh Lane. CALIFICACIÓN: apta para todo público. DISTRIBUIDORA: Warner Bros. DURACIÓN: 116 minutos.
El universo del británico Roald Dahl, autor de célebres libros infantiles como Charlie y la fábrica de chocolate (1964) o Matilda (1988), tuvo dos aproximaciones posibles en el cine. La primera fue la que él mismo consagró en su adaptación de la historia de Willy Wonka, Willy Wonka y la fábrica de chocolate (1971), aquella que exploró las tensiones económicas de la Europa de entreguerras desde una perspectiva infantil, una especie de Charles Dickens preñado de una imaginación frondosa y cáustica, y la segunda, la popularizada por Tim Burton, adherida a una estética plástica y superficial, que se concentró más en los protagonistas excéntricos y en ese mundo de fantasía nacido de su soledad e incomprensión.
Esta nueva Wonka se arraiga en la primera versión y por ello nutre a la fábula del ambiguo Willy de una efectiva amalgama entre las sombras de la desilusión y la vitalidad del artista. Después de todo, los chocolates de Wonka no buscan otra cosa que evocar fantasma de una madre perdida.
La película dirigida por Paul King (responsable de las dos excelentes entregas de Paddington) comienza con su héroe en alta mar, arribando a una ciudad portuaria para conocer las Galerías Gourmet, donde se fabrica el mejor chocolate del mundo. O eso es lo que le contó su madre, antes de enfermar y dejarlo solo con su fábrica en miniatura y sus sueños de grandeza. Lo que le espera no es más que engaño y maltrato, hasta terminar en el sótano de una lavandería explotado junto a un grupo de ingenuos desafortunados. El pasado de Wonka se inspira no solo en la imaginería de Dahl presente en Charlie y la fábrica de chocolate, sino también en el retrato de época que se desprende de toda su literatura. Aún bajo las vestiduras de la fantasía y la imaginación que deslumbró a niños de sucesivas generaciones.
Pero lo notable de Wonka es el trabajo con el musical –con canciones originales escritas por Neil Hannon y algún clásico reversionado–, al que nunca concibe como accesorio sino como esencia de su película. Frente a un mundo oscuro y despiadado, Wonka responde con chocolates voladores y mágicas canciones, enfrentando no solo a la tríada de codiciosos villanos sino también a un policía avaro y glotón y a un par de regentes de una miserable pensión. Los números musicales se conciben menos desde la coreografía que desde la evolución dramática a través de la canción, sin desarticular los espacios ni romper las posibilidades visuales de ese mundo de maravillas culinarias. Antes que como gran innovador, King se revela como un astuto exégeta del género, asumida como enclave dramático de su historia y nunca como un plástico decorado.
Todos los actores salen airosos del desafío: Timothée Chalamet por demás rebosante de sonrisas; Olivia Colman, de malvados dientes; Jim Carter, de cejas y bonhomía, y el genial Hugh Grant convertido en Oompa Loompa. Canciones, colores y chocolate, qué mejor homenaje para el mundo encantado de Dahl a 60 años de su creación.
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