domingo, 3 de diciembre de 2023

DE NO CREER Y AL MARGEN


Entrevisté a Milei: fue revelador, lindo, un lujazo
— por Carlos M. Reymundo Roberts

Tuve el honor de entrevistar al presidente electo, don Javier Gerardo Milei. Un honor y, además, una oportunidad: el querido Manuel Adorni lo entrevistó la semana pasada y terminó siendo su vocero. Vaya a saber si a mí me ofrece ser embajador en Venezuela, o director del Banco Nación, o defensor del Pueblo: de joven supe ser un zaguero con marca y proyección. Javier, amigazo, tenés que llenar 5000 casilleros y apenas irás por nueve o diez: ¡tirame un hueso!
El casting del libertario es todo un tema. Vuelan las designaciones, pero enseguida vuelan los designados. Me adelanté a felicitar a Pato Bullrich cuando aceptó ir a Seguridad, y después tuve que retractarme, y anteayer volví a felicitarla, y no sé qué pasará mañana. Estamos ante un proceso de selección del personal trabado, moroso, algo caótico. Evidentemente Javier no confiaba en ganar las elecciones: ¡ni siquiera tenía ministro de Economía! Tanto se estiró eso que temí que se lo ofreciera a Massita. En la entrevista le pregunté por las dificultades para completar el gabinete, y la respuesta fue una delicia: dice que no hay apuro, que tiene cuatro años por delante.
Basta de introito. Con ustedes, la voz, la personalidad, las agallas de Javier Gerardo, presidente electo de 45 millones de argentinos. –Señor, con respeto, ¿puedo tutearlo? Es decir, ¿puedo tutearte? Nos conocemos hace años, hemos coincidido en 20 sets de televisión, te voté… El tuteo facilitará el diálogo. Mirá la diferencia entre “señor, en sus primeros pasos lo noto dubitativo”, y “che, flor de bolonqui tu nuevo laburo, ¿no?”. Pero acepto lo que vos prefieras. Lo que usted prefiera. –Podés tutearme, obvio. Pero antes recordame tu nombre. –Jajaja. Increíble que mantengas ese humor. La gente compró la imagen del león salvaje, pero yo nunca dudé de que era teatro. Te conozco, sos dicharachero, querendón, muy pilas. Dejame empezar con un comentario: te noto dubitativo. –Bueno, o sea, esta es la parte más complicada. Yo jugué al fútbol en Chacarita. Fui arquero. Armar un equipo nunca es fácil. Vas a poner al 9, un goleador, y se te lesiona. O sea, ni siquiera va al banco.
–Es cierto. De paso, quién va al banco. Al Central, digo. Puesto clave, Javier, y seguimos en veremos. –Iba a ser Emilio Ocampo y se bajó. Le ofrecí a Reidel y también se bajó. No es un lugar tan importante, si voy a cerrarlo. Más que un economista debería buscar un cerrajero. –Jajaja, qué chispa, por Dios. Perdón, insisto en que sorprenden los problemas para formar el gabinete. Ahora entiendo por qué bajás a 8 el número de ministerios: si mantuvieses los 21 que hay hoy, terminarías el Día del Arquero. ¡Tu día! Jajaja. –No me pareció gracioso. ¿Cuál es el apuro? Tengo un mandato de cuatro años. Soy el primer presidente liberal libertario y quizá sea el primero que asuma con un gabinete a medio vestir. Pasa que aparecen tironeos, internas, reclamos… A veces me pregunto qué hago yo en medio de este nido de… de políticos. –Hablemos de tu viaje a Estados Unidos. Te tiro un centro: ¿volviste con buenas noticias?
–Lo habrás escuchado: volví convencido de que vamos directo a la estanflación. Eso significa estancamiento con inflación. O sea, recesión con aumentos de precios. Un infierno. –Te soy sincero, me pareció cualquiera que bajaras del avión diciendo eso. Un presidente que vuelve de su primer viaje a Washington le pone un poco más de onda. Tipo: “Nos fue muy bien en la Casa Blanca, en el Departamento de Estado, en el Fondo Monetario, en el aeropuerto…”. –Un presidente de la casta, sí. Mienten, engañan, inventan. Yo no: les digo a los argentinos lo mismo que a los gringos. Vamos a parirla. Mal. –Cristina habló de catástrofe social. –¡¡¡La catástrofe es ella!!! –Coincido, pero no te pongas así. ¿Qué tal tu visita a la tumba del rabino, en Nueva York? Fundamental que busques inspiración divina. –Fue maravillosa. O sea, una caricia al alma, en este mundo de desalmados. Repito mi mantra: la fuerza nos viene del cielo.
–Fuerza y dólares, Javier, ojalá. Yo soy muy místico también, no sé si tanto como vos, y confío en que caerá ayuda, caerán lluvias, y con la cosecha caerán dólares. Fijate Alberto y Massita: una sequía espantosa. –Por algo será… ¿Querés una primicia? Se vienen buenos tiempos para el país. Al principio serán malos, después pésimos, una noche larga y oscura, y finalmente veremos el amanecer, un resplandor.
–Wow, bien. Espero aguantar hasta el resplandor. La dolarización, ¿vendrá de noche, de día? ¿Vendrá? –Lo he dicho veinte veces: esa es una reforma de tercera generación. –Ah, cierto: para la segunda mitad del mandato.
–No: tercera generación. O sea, ni vos ni tus hijos: tus nietos. –Tengo mil preguntas, pero estás apurado. ¿Qué función tendrá Karina? ¿Y Conan? ¿Es cierto que estás distanciado de Vicky Villarruel? ¿Toto Caputo es una elección tuya o te lo encajó Macri? Esta chica que va a ser ministra de Capital Humano, ¿no está un poco tiernita para manejar un área tan sensible, que abarca Educación, Salud…? Me gustaría saber también qué vas a hacer con… –...Pará, pará, pará. Se acabó tu tiempo, tengo que trabajar. Me faltan cinco entrevistas.
–OK, pero antes de irme quiero decirte que te veo muy bien, muy enfocado, tomando buenas decisiones. Vas a ser un gran presidente.
–¡Karina, que pase el próximo!

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Las dramáticas vueltas del país-calesita
por Héctor M. Guyot
La historia de país describe el movimiento de una calesita. Estamos siempre en el mismo lugar, repitiendo las mismas cosas, ante un paisaje que parece estar cambiando cuando en verdad es, vuelta a vuelta, el eterno retorno de lo mismo. De tanto girar sobre el mismo eje, la calesita cava un hoyo y en él se va hundiendo, mientras los que vamos arriba apostamos todo a la ilusión de una sortija que nunca llegamos a atrapar.
Esto ya lo viví. Esa es la impresión que me produce la política en estos días. Todos los episodios del pasado a los que el presente remite terminaron mal, y entonces me digo que no tenemos remedio. Por ejemplo, ya se escuchan declaraciones de guerra al gobierno aún no estrenado de Javier Milei. Llegan desde el kirchnerismo y desde sectores aledaños como el sindicalismo, los movimientos piqueteros y la izquierda extrema. A juzgar por estas arengas, el nuevo gobierno no tendrá siquiera un primer día de tregua. Cuando encare el intento de reconstruir, ladrillo a ladrillo, la casa común demolida durante los últimos cuatro años, deberá desarticular, al mismo tiempo, el plan de sabotaje de quienes provocaron el derrumbe. Los mismos que en el poder persiguieron una hegemonía populista invocando a un pueblo que era abandonado a su suerte, desconocen ahora el voto de una ciudadanía que, por amplia mayoría, les dijo que no, y llaman al combate contra el gobierno nacido de esa decisión popular. Es una práctica común en el peronismo. Alérgicos a la alternancia, condición esencial de la democracia, la socavan a través del asedio lento pero sistemático del gobierno que ha tenido la impertinencia de sacarlos del poder. La consigna es la “resistencia”, una palabra poco inocente que hace unos días Loris Zanatta analizó magistralmente en las páginas de este diario.
Pero miremos la escena desde una distancia más corta. ¿Vemos lo mismo de siempre? Sí y no. Preventivamente, uno de los tantos salvadores de la patria ya había dicho que, de ser necesario, duplicaría la “resistencia”. De las 14 toneladas de piedra arrojadas contra el Congreso en 2017, vamos entonces a 28. Ese parece ser hoy el tono. Las cosas se repiten, sí, pero no del mismo modo: a medida que la calesita se va hundiendo en el fango, todo tiende a radicalizarse. La reminiscencia de 2015 resulta inevitable. Sin embargo, en este escenario extremo y en ese sentido inédito, todo puede pasar. La razón por la que deberíamos estar preocupados es la misma que permite tener alguna esperanza.
En 2015, cuando el triunfo de Mauricio Macri aplazó por un período el cuarto gobierno kirchnerista, las cosas estaban mal. Hoy están mucho peor. La inflación aplastó los sueldos y las jubilaciones, la pobreza alcanzó casi a la mitad del país, la salud pública y otros servicios básicos se resquebrajan, la gente sale a la calle con miedo mientras el delito y el narcotráfico hacen su agosto, los jóvenes emigran y un sentimiento de derrota domina a la sociedad. Hay una sensación de haber tocado fondo.
La tríada cuyo pacto cimentó en 2019 la aventura de este gobierno se va del poder tal como vino, ensimismada en sus intereses mezquinos y mostrando una indiferencia absoluta hacia el daño provocado y el estado en que deja el país. Parece tenerlos sin cuidado, también, el padecimiento de una sociedad agotada. Fernández, el hombre sin atributos, fue el escudo tras el cual Cristina Kirchner y Sergio Massa jugaron sus fichas. Massa apostó todo –lo propio, lo ajeno y lo de todos– a la chance de llegar a lo más alto, y perdió. Para intentarlo, no midió costos y acompañó a Cristina en su lucha por la impunidad. Ella también perdió, pero no se entera: sigue adelante con su plan destructivo y forzó, con la ayuda de Massa, el dictamen contra la Corte Suprema. Ya dejará el poder y los fueros, en medio de un descrédito que por extensión mancha a un peronismo que, tras haberla acompañado en todos sus desvaríos autoritarios, perdió el balotaje de noviembre por más de 11 puntos.
Milei es resultado extremo de este gobierno extremo que no solo deja un páramo, sino también la agudización de la atávica polarización que envenena la vida política argentina. El triunfo del libertario hizo estallar el sistema de partidos y abrió un enorme interrogante. ¿Cómo sigue esto? No hay orientación segura. Tampoco señalización. Cada paso abre un camino allí donde no lo había. Patricia Bullrich, siguiendo sus intuiciones, parece ser quien mejor ha comprendido esto. No se llega al cambio siguiendo los senderos trillados que conducen al destino de siempre.
Este gran interrogante, este barajar y dar de nuevo, lo abrió la ciudadanía con su voto. ¿Habremos aprendido algo de nuestras desilusiones? ¿O seguiremos, ilusos, manoteando en el vacío la sortija inexistente con la que nos han traído hasta aquí? Si hay algún cambio posible, reside en una sociedad que abre los ojos ante un engaño que lleva demasiado tiempo y que, ahora, ha hecho demasiado daño. Según parece, esta vez la ciudadanía, acaso cansada de dar vueltas en círculo y habiendo tocado fondo, también decidió recorrer un camino nuevo y sin traza. Veremos
En este escenario extremo, y en ese sentido inédito, todo puede pasar. La razón por la que deberíamos estar preocupados es la misma que permite tener alguna esperanza

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