sábado, 16 de diciembre de 2023

Dora Calo ....RECUERDA AL DR. RENÉ FAVAROLO



DoraCalo

EL ANIVERSARIO DE RENÉ FAVALORO EN EL RECUERDO DE SU PRIMERA ENFERMERA
por Mariano Chaluleu
René Favaloro tenía 28 años y apenas estaba estrenando su título de médico, aunque ya se había afirmado como el doctor del pueblo, cuando conoció a una adolescente Dora Calo (89). Se vieron por primera vez en calidad de paciente-médico, en el pueblo de Jacinto Arauz, en La Pampa. Dora había llegado para hacerse revisar un brote de acné, allá por los años 50: “Lo observé y pensé que era un señor más mayor de lo que era”, recuerda quien se convertiría en enfermera y testigo de la revolución que René Favaloro realizó en ese pueblo pampeano al que llegó para una suplencia. Tal como escribió años más tarde en su libro ‘Recuerdos de un médico rural’: “Quién iba a decir que el destino transformaría tres meses en casi doce años de tanta trascendencia para el resto de mi vida”. La relevancia de su paso por Jacinto Arauz fue evidente en la fundación del primer quirófano que vieron sus ciudadanos, la Clínica Médico Quirúrgica, la excelencia médica que mejoró las condiciones salubres del lugar y su trato con los araucenses, como con Dora, la mucama que Favaloro convirtió en enfermera y este 2023, cuando se cumplen 100 años del nacimiento del histórico cardiocirujano, recuerda sus enseñanzas. –¿Cómo fue ese primer encuentro? –Mi abuela me había llevado a la Clínica Médico Quirúrgica, que fue la que instaló él junto a su hermano Juan José. Fuimos a que me viera el sarpullido. Yo lo observé y pensé que era un señor más mayor, tenía un porte muy grande y la cara era la de una persona con mucha experiencia. Fue mucho después, cuando me contrató, que me enteré de que tenía apenas 28 años...FAVALORO CONOCIÓ A DORITA CUANDO SE POSTULÓ PARA MUCAMA, ELLA LLEGÓ A ENFERMERA GRACIAS A LAS ENSEÑANZAS DEL CARDIOCIRUJANO
–Unos meses después de aquella visita terminó trabajando para él… –Sí. A los 20 años apliqué para entrar como mucama a la clínica. No hubo entrevista ni nada: me presenté y, tras una breve charla, me tomaron. –¿Qué tipo de tareas realizó al principio? –Las típicas responsabilidades de una mucama. Pero ellos ofrecían la posibilidad de crecer. Una se iba capacitando. Te evaluaban, veían cómo actuabas, y si notaban potencial te instruían para cumplir las tareas de enfermera e instrumentadora quirúrgica. Tenían miles de libros. Nos los daban para que estudiáramos y luego nos enseñaban “en vivo”. Durante las cirugías, por ejemplo, nos explicaban cómo se hacía el procedimiento y nos repetían el nombre de cada utensilio. Además evaluaban cómo reaccionábamos, porque no todos se bancan ver una cirugía en directo. –¿Cambió mucho Jacinto Arauz desde la llegada de los hermanos Favaloro? –Radicalmente. Antes de que vinieran, las condiciones salubres de la gente eran pésimas. Teníamos una epidemia de hepatitis por la calidad del agua, imaginate. Además la gente se la contagiaba entre sí. Al comienzo recibimos a muchos infectados. Favaloro les explicaba todo, pasaba un rato largo contándoles sobre los cuidados básicos de higiene que les permitirían protegerse de estas infecciones."Dorita" Calo, la primera desde la izquierda, con el equipo de enfermeras de la Clínica Médico Quirúrgica: Adela Hayer, Delfina Cesan e Hilda Weis
–¿Qué tipo de jefe era René Favaloro? –Uno muy bueno. Le gustaba enseñar. Era como un docente. Y era muy sencillo. No tenía ningún problema en usar un par de zapatos con la suela gastada. Trataba muy bien a las enfermeras, de diez. Después, cuando él se fue, yo seguí trabajando un tiempo más allí. Llegaron otros médicos. Y fue ahí que las enfermeras nos dimos cuenta de que no todos eran iguales. Los Favaloro eran impecables. –Usted, en una entrevista de hace años, dijo a un medio regional que, durante las cirugías, Favaloro ya le hablaba sobre su idea de implementar el bypass. –Sí, sí. Él lo comentaba entre los presentes, explicaba en detalle lo que quería hacer con la vena safena de la pierna. Nosotros quizás no lo escuchábamos tanto porque no entendíamos. –En la misma entrevista usted destacó que él -claro que en el buen sentido- era “muy sentimental”. –Totalmente. Ha llorado cuando se le morían pacientes. Desarrollaba un gran vínculo con ellos. Para los araucenses, él era como un protector. Cuidaba a la gente de tal forma que todos tenían la confianza de que no les iba a pasar nada. –¿Cómo eran los momentos de distensión del doctor Favaloro? –Solía distenderse en el campo de un amigo-paciente de él. Había un arroyo ahí, al que ellos iban cuando querían relajarse. Se sentaban con los dueños debajo de un caldén grandísimo. Creo que ahí se esparcieron sus cenizas [nota del autor: las cenizas del doctor René Favaloro fueron esparcidas en Jacinto Arauz en agosto del 2000. Fue su último pedido, que dejó firmado en una de las cartas que escribió antes de quitarse la vida. Fue un acto privado, del que solo participó su familia. Nadie más sabe con certeza dónde dejaron las cenizas. Pero más de un “araucense” arriesgó que fueron depositadas debajo de algún caldén].
LLORABA CUANDO SE LE MORÍA UN PACIENTE, FUE EL MEJOR JEFE”
Dora al hablar de René Favaloro

–¿Cuál fue la mayor enseñanza que le dejó a usted? –Todo lo que sé yo. Todo. –¿Hasta qué año trabajó usted en la clínica? –¡Hasta que se fueron! Como 8 años, más o menos. –¿Él le había comentado previamente que se iba? –Nooooo..., nada. Las ayudantes primero oímos rumores de que la clínica había sido vendida, pero no le creímos a nadie porque todo seguía igual. Pero cuando entregaron la clínica, sí, ahí nos convencimos de que ellos se iban. Fue repentino. Se fue en 1961, casi 12 años después de haber llegado. –¿Pudo despedirse de él? –No, lamentablemente. Un buen día, se fueron. Aunque pude verlo en la cena de despedida que le organizó la Municipalidad, unos meses después. Ese día nos sacamos una foto que todavía tengo en casa. –¿Pudieron charlar en esa oportunidad? –Sí, pero no mucho... fue muy breve. Agrega Dora: “A mí me hubiera gustado que él siguiera trabajando en el pueblo, pero qué va a ser... Él tenía su proyecto profesional. Además, para quedarse acá había que tener flor de ganas, porque esto era un desierto, había días de viento fuertísimo, una polvareda que no te dejaba ni respirar. Ahora cambió muchísimo. Al contrario, parece que ahora nunca hay viento. –¿Se mantuvieron en contacto? –Muy poco. Sí le envié una carta, al igual que otras personas de acá, el día que falleció su hermano, en 1976. Recién volví a verlo en 1989, cuando él visitó Jacinto Arauz para el aniversario 100° del pueblo. –¿Cómo lo vio en aquella ocasión? –Muy emocionado. La fiesta se había hecho en una carpa que habían montado enfrente de la Clínica Médico Quirúrgica. Pero él no quiso acercarse. Estaba muy feliz, pero también muy sensible. –¿Cómo reaccionó al enterarse de su muerte? –Recuerdo muy bien ese sábado 29 de julio. A mí me llamó mi hijo a eso de las 6 de la tarde, 4 horas después de que se matara. Me sonó el teléfono y atendí… No me voy a olvidar nunca de ese momento. La noticia me cayó mal. No lo podía creer. No podía resignarme a pensar que se había muerto… –Hoy, a la distancia, ¿qué se le viene a la mente cuando piensa en René Favaloro? –Que fue una excelente persona, además de un gran médico, un gran jefe y un ser honesto.


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