A FONDO
EL PASEO DEL HORROR
LA INSÓLITA CONVIVENCIA DE TRES PUMAS ENJAULADOS EN EL CENTRO DE UNA PLAZA BONAERENSE
Texto de Jesús Allende // Fotos y videos Santiago Filipuzzi
Texto de Jesús Allende // Fotos y videos Santiago Filipuzzi
COLÓN (Provincia de Buenos Aires).–El habitáculo parece un invernadero de alambre tejido y tiene un peñón artificial dentro, propio de las pajareras exóticas, que desentona con el letrero en la reja. “Tortuga terrestre pintada de cafre”, dice. La cartelería oxidada no es el único elemento corrido del eje. La jaula está en una plaza en el centro de la ciudad de Colón, provincia de Buenos Aires, entre la Escuela Nº 3 y la cancha de fútbol de la liga local. En su interior habitan tres pumas. Los felinos son hermanos. No quedan resabios de los cachorros que fueron cuando la actual plazoleta municipal se erigió en los escombros de un zoológico desmantelado hace diez años por denuncias de maltrato y condiciones de inhabitabilidad. La mayoría de los 250 animales que alguna vez se expusieron allí encontró destino en santuarios en el exterior, reservas naturales o en la libertad de la silvestría. Ellos quedaron rezagados en el terrario de los reptiles. A metros de la jaula, separados por el cerco que corre por la calle 44, los vecinos transitan indiferentes, incluso los niños. Naturalizaron su presencia como una parte más de la ornamentación urbana. Una pareja pasea a su perro que ladra por instinto a los felinos. Los hermanos intentan descansar, no hay partido programado para el día por lo que no habrá pirotecnia ni bombas de estruendo. Se refugian del sol que se escurre entre las ramas de los eucaliptos y el mejor reparo de sombra es un claustro de piedra con barrotes levadizos, aunque no caben todos allí a la vez.
El macho encuentra en el peñón una franja de sombra que enflaquece al mediodía. A su lado hay una pileta de baja pendiente con agua estancada. De las hembras, la más robusta se hidrata en un bebedero que está en una esquina y después de lamerse las almohadillas se desploma junto a un montículo de estiércol. Tiene la oreja rebanada por una antigua reyerta con uno de sus hermanos, una herida que estando fresca fue el sitio ideal para que las moscas pusieran huevos. La otra, sisea y camina con movimiento frenético y repetitivo, ida y vuelta a lo largo de la reja. Su andar le enfatiza las costillas. Una protuberancia del color de un pomelo cuelga de su ano hinchado. Los músculos de su rostro se fruncen y la mancha bajo el ojo izquierdo, que asemeja un lunar, desaparece cuando abre las fauces. Sus colmillos ferales destellan antes de lanzar un veloz zarpazo contra el alambre que queda latiendo con un tintineo. Los pumas de la plaza de Colón son los sobrevivientes de una manada original de nueve. El zoológico funcionó en el centro de la ciudad por 62 años y fue clausurado mediante ordenanza municipal el 8 de enero de 2014. La resolución ordenó su traslado a un espacio apto, pero en una década no se materializó. La burocracia y los vaivenes políticos hicieron caer el año pasado un acuerdo para reubicarlos en el único santuario animal habilitado en todo el país y el recambio del intendente retrotrajo la situación a su punto de inicio. Suspendidos en un limbo de ladrillo y alambre, envejecen en cautiverio a la espera que el reclamo de vecinos autoconvocados y ambientalistas abra una ventana con las nuevas autoridades que les permita pasar sus últimos años de vida en mejores condiciones.
“El último traslado de animales que se hizo fue en 2021, unos jabalíes que llevaron a un santuario, y quedaron los tres pumas. Cuando empezamos los reclamos eran nueve en una sola jaula. Los más adultos murieron y estos, que eran cachorros, estaban en un lugar extremadamente chico. Los dejaron al final acá, la última jaula que quedó disponible después del cierre. No sabemos su edad. Están grandes y por lo menos tienen trece o catorce años", dice Melisa Burzio, de 38, referente del grupo de vecinos autoconvocados de Colón que logró cerrar el zoo. Cuando se acerca a la jaula, la puma de la oreja cortada sale a su encuentro y le olfatea la mano. La reconoce. El hocico húmedo del animal hace contacto con el dorso de su palma, y Burzio no teme que le arranque los dedos. Si bien el habitáculo está cerrado al público, para cualquier transeúnte que ingrese a la plaza Mitre poder estar frente a frente a los pumas es muy sencillo. Cuando la puerta de entrada no está abierta Burzio ingresa por cualquiera de los alambres caídos del perimetral que hay sobre la 25, la calle perpendicular a donde se ubica la escuela. Lo mismo hace cualquier vecino que los quiera ver. No hay controles ni carteles que adviertan de una prohibición de ingreso. A su espalda está el paredón de la cancha donde se disputa la liga de Colón en la que juegan los cinco equipos locales: El Club Atlético 9 de Julio, El Fortín, Sportivo Barracas, Porteño FC y Racing Club. Tiene capacidad para 4000 hinchas. Históricamente una de las entradas era vía el zoológico, a través de un portón de madera junto a la leonera y la jaula de osos, hoy reducidas a escombros e invadidas por la maleza. El estadio es más antiguo que el exzoológico y cuando este se instaló, el alambre fue reemplazado por el extenso paredón que todavía permanece, aunque con diversas aberturas que permiten el acceso de un lado hacia el otro.
“La cancha tiene mucha actividad. Se empezó a controlar un poco más la pirotecnia, pero se escuchan siempre las bombas de estruendo en los partidos y los bombos de la hinchada. Para los vecinos de Colón siempre fue lo más normal del mundo que hubiera un zoo al lado del campo de fútbol. Los animales enloquecían por el ruido. Antes, los que no querían pagar entrada, se colaban por la jaula de los leones, que atacaban a los que se metían. El zoo siempre fue de acceso libre y gratuito, un espacio para las familias que se volvió un paseo del horror”, relata Burzio. El “paseo del horror” Los vecinos sostienen que lo que detonó el cierre definitivo fue el caso de una leona, que “adelgazó como un galgo” y fue trasladada a otro zoológico donde murió por falta de atención. La protesta alcanzó varios medios nacionales que levantaron la noticia y la multiplicidad de denuncias derivó en la clausura. El predio contaba con un ejemplar de Aguará Gauzú, el lobo de crin en peligro de extinción, que los vecinos denuncian que “en 2011 desapareció” y nunca llegó al santuario donde tenía que ser alojado. En el fondo de la plaza Mitre todavía están las bases de cemento de la pista y escenario donde se hacía el “bailantazo”, una fiesta que se celebraba los fines de semana al lado de las jaulas. Emiliano Morales, de 42 años, vecino de Colón, asistía en 1990 a la escuela que está frente al exzoo. “Al mediodía, cuando terminaban las clases, un mono se había hecho la costumbre de salir de su jaula y cruzar la calle a visitar a los alumnos, hasta que un día se asustó con un ruido, se subió a un poste de luz y murió electrocutado por la tensión delante de todos los chicos. También recuerdo de un león que murió de un paro cardíaco una vez que ingresó gente a matar maras y pecaríes”, cuenta Morales a LA NACIÓN. Quién más recuerda el origen del zoo es Carlos Chierri, vecino de 71 años que militó activamente la clausura. “Lo obsequió en 1952 Juan Domingo Perón a la ciudad de Colón, pero a la de Entre Ríos. Iba originalmente a El Palmar, pero por un error burocrático durante su presidencia terminó en el centro urbano de Colón, Buenos Aires. Todo una gran confusión del gobierno. Poner animales exóticos junto a una cancha fue un delirio”, dice Chierri a LA NACIÓN. El vecino está impulsando que se concrete un proyecto para convertir la plaza en un jardín botánico.





Durante los años en los que funcionó, el zoológico de Colón albergó diversas especies exóticasY agrega: “Los leones y los tigres estaban famélicos. Los pumas estaban en las jaulas contiguas a los animales que son sus presas en la naturaleza. Recuerdo a la gorila que la gente, de camino a un partido, le daba cigarrillos para que fume. Murió y cuando le hicieron la necropsia encontraron 16 úlceras en el aparato gastrointestinal, cada una del tamaño de una moneda”. La ordenanza municipal 3316 terminó por clausurar en enero de 2014 el predio y ordenó el traslado de felinos y úrsido (osos) y otras especies a una reserva natural o espacios que mejoren sus condiciones de vida. También prohibió el ingreso de nuevos ejemplares exóticos o autóctonos mientras trasladaban a los animales cautivos a un nuevo destino. Situación actual de los pumas Esteban Laborde es médico veterinario y fue el encargado de auditar el cierre del zoo hace diez años y monitorear el traslado de las especies. Ahora retomó su cargo en la municipalidad con la nueva intendencia que asumió después de las elecciones recientes. El especialista participó de una inspección que se hizo el 15 de diciembre junto a Giordano Waldemar, el nuevo intendente, funcionarios de la Dirección de Flora y Fauna provincial, vecinos y ambientalistas. De acuerdo a los funcionarios municipales, el objetivo de la visita fue realizar un informe del estado de la situación de los pumas. La intervención se limitó a observarlos desde afuera de la jaula. “Uno de los ejemplares tiene una inflamación en la base del recto. Probablemente sea un tumor que se le tiene que extirpar”, dice Laborde, que realizó un diagnóstico externo. “Los otros en condiciones generales están bastante bien, con buen pelaje. Son adultos, ancianos casi, un macho y dos hembras. Lo único que se les puede asegurar ahora es la comida y el agua. El control que se le hizo en los últimos años es de desparasitación periódica, porque tienen contacto con los gatos de la calle. No creemos que tengan vacunas del último período y todavía no se les hizo un control exhaustivo, en el que se los tiene que anestesiar para realizarles estudios”. Las autoridades desconocen si el macho fue castrado, aunque “asumen que lo está” porque en cautiverio nunca se reprodujo. En la reunión, los funcionarios se comprometieron a realizar un nuevo plan de alimentación. Laborde señala que su dieta actual es a base de pollo. “Se les da aproximadamente 1,8 kilos de presas de pollo, carcasas, y menudos a cada uno por día”. Sobre el estado anímico de los pumas sostiene: “Anímicamente tienen el estrés de convivir en un lugar que, si bien está cerrado al público, está muy cerca de la calle y de la cancha. El recinto no es el apropiado para ellos, se trató de ambientar el lugar, de plantar pasto y hacerlo lo más agradable posible hasta conseguir su traslado a un hábitat definitivo”. La gestión del intendente saliente, Ricardo Casi, un histórico dirigente peronista que ejerció la intendencia de Colón por 20 años, inició el año pasado tratativas con el santuario Tekove Mymba para trasladarlos. El acuerdo no prosperó y el nuevo intendente Waldemar, de La Cámpora, deberá decidir si retoma las negociaciones o le da otro destino a los pumas. El santuario Tekove Mymba es un predio de 1200 hectáreas en Colonia San Anselmo, Entre Ríos. Se constituyó en 2019 y es actualmente el único habilitado por la secretaría de Ambiente de la Nación para recibir especies que pasaron gran parte de su vida en cautiverio. Alberga más de 500 animales y funciona también como depositario judicial a donde van los ejemplares decomisados por la justicia federal en los casos de tráfico ilegal de fauna. En el santuario, los animales no están en exhibición y se prohíbe su reproducción para no perpetuar las condiciones de cautiverio en su descendencia. “Nos contactó el municipio de Colón el año pasado para pedirnos trasladar a los pumas”, dice a LA NACIÓN Juan Manuel Paccot, biólogo y presidente del santuario Tekove Mymba. “Abusaron de nuestra confianza y la negociación se dilató hasta el punto en que la relación se quebró. Accedimos a recibir a los pumas y darles el espacio que necesitan con la única condición que el municipio colabore con el costo de la construcción del recinto, el perímetro necesario para rodear el hábitat. Propusimos disponer una hectárea por felino. Ya tenemos pumas y ligreses, y ese es el terreno que necesitan. Nos fueron cambiando las condiciones del convenio, nos pedían que el recinto fuera más chico porque los animales ya estaban acostumbrados al cautiverio y les explicamos que los santuarios no se manejan así”. Para Paccot las alternativas de los pumas se limitan a tres opciones: ir al santuario de Entre Ríos, quedarse en Colón o terminar en otro zoológico. “Quedamos en el medio entre el municipio y las ONGs, se frenó todo por el manoseo político y los pumas quedaron ahí. Dimos de baja la negociación hasta que cambiara la gestión municipal”, agregó.
El costo del recinto En la última inspección de los pumas estuvieron también presentes los referentes de la fundación Planeta Vivo, una asociación civil que se especializa en el rescate de animales. La ONG ofreció pagar el traslado y la logística para moverlos de Colón a un santuario, pero también insistió con que el municipio se haga cargo de la construcción del recinto en su lugar de destino. “El costo estimativo del recinto es de entre 10 y 15 millones de pesos”, explica Fernando Pieroni, ambientalista y fundador de Planeta Vivo. “Es un cerco de metal flexible importado que produce una empresa china. El perimetral es de seis metros de altura, y un metro de profundidad para que el puma no cave la tierra. Se instala alrededor de las tres hectáreas con un división de postes, y a la vez un cerco eléctrico de cinco hiladas a 1 centímetro del cerco perimetral”, agrega. Pieroni señala que una semana antes de efectuarse el traslado los pumas se tienen que familiarizar con el cerco eléctrico. “Una vez que lo tocan, por instinto no lo vuelven a tocar nunca más. Entonces cuando llegan al santuario y se los libera, no pasan más allá del cerco. Funciona también con energía solar por si hay un corte de luz”, sostiene. Desde la intendencia no confirmaron si accederán a pagar el costo del recinto y están evaluando el estado de los pumas. “Tenemos esta situación heredada de la gestión anterior. Hace cuatro días que asumimos la administración municipal. Trajimos profesionales veterinarios que están observando a los pumas, convocamos a los vecinos y llamamos al ministerio de Desarrollo Agrario -del que depende la Dirección de Flora y Fauna- para encontrar una solución. Las autoridades provinciales están también con recambio por eso estamos en un período de transición para ver el destino que tienen los pumas. Nos comprometemos a tener un trato digno con todos los animales”, dice Waldemar
Aun en el escenario que la nueva intendencia alcance un acuerdo con el santuario, los pumas tienen por delante un laberinto burocrático de voluntades que se deben alinear para salir de la plaza de Colón. Requieren además de la autorización de Flora y Fauna de Buenos Aires para que los animales salgan de la provincia hacia otra, que Flora y Fauna de Entre Ríos apruebe que los animales ingresen a su jurisdicción y que la secretaría de Ambiente de la Nación permita a nivel nacional el traslado entre jurisdicciones de un animal nativo silvestre. Consultada Gabriela Gorriti, directora de Flora y Fauna de Buenos Aires sostuvo: “Los veterinarios de la dirección estuvieron el 15 de diciembre evaluando, haciendo un análisis integral de los pumas en cuestión sanitaria y de bienestar animal y del recinto donde están ahora. La Provincia está dispuesta a acompañar su traslado a un santuario”.
Los pumas de la plaza de Colón están improntados, es decir que su cautiverio los incapacitó para la vida silvestre. En el encierro superaron su expectativa de vida, que en la naturaleza promedia los doce años, mientras que cautivos pueden alcanzar hasta los quince o veinte. El macho y la hembra de oreja cortada se desenvuelven como gatos domésticos, su lado salvaje fue doblegado y lo más común para ellos es el contacto con la gente. La hembra más pequeña y flaca se resiste. Mantiene un espíritu depredador. Nació en cautiverio, pero su instinto la vuelve reacia a los humanos, que en su estado natural evitaría, sigilosa y oculta en la vegetación. La escasa que hay en la jaula, simulando un pastizal pampeano, le es suficiente para esfumarse como un espectro a la luz del día. El dorado ocre de su pelaje reaparece en un rincón, salta por encima del claustro de piedra y se baja otra vez a recorrer la reja reluciendo las fauces y siseando a las personas para que la dejen en paz.
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