viernes, 18 de octubre de 2024

DAÑO AL SISTEMA Y MAESTROS Y PERSONAJE


DNU, esa malformación republicana
Félix V. Lonigro




Nos hemos acostumbrado tanto a hablar de los denominados “DNU” que probablemente sean pocos los que entiendan bien de qué se tratan, cómo funcionan y cuánto daño le hacen al sistema republicano de gobierno. Por eso ahora, que en el Congreso de la Nación se busca modificar la ley 26.122, que los reglamenta, es una buena oportunidad para que la ciudadanía entienda de qué se habla cuando se menciona reiteradamente la sigla “DNU”.
No es difícil entenderlo. Desde su sanción, en 1853, la Constitución nacional prevé la existencia de un sistema republicano, cuya principal característica es la separación o división de poderes, en la que cada órgano tiene determinadas atribuciones asignadas por la ley fundamental, y no corresponde que uno de ellos avance sobre las que le pertenecen al otro.
Sin embargo, en la reforma constitucional de 1994, de la que hace un par de meses se cumplieron treinta años, se le permitió al presidente “saltar el vallado” del sistema republicano, autorizándolo a ejercer atribuciones que la misma ley suprema le confiera al Congreso.
¿Cómo hace el presidente para ejercer esas potestades legislativas? Pues dicta estos nefastos instrumentos institucionales a los que se les ha asignado el pomposo nombre “decretos de necesidad y urgencia” (DNU). Cada vez que el primer mandatario dicta uno, no está ejerciendo sus propias atribuciones, sino que se las está hurtando al Parlamento.
Su nombre invita a reflexionar: los dicta el presidente –decretos–, para ejercer facultades legislativas cuando existen “necesidad y urgencia”. Por ese motivo se trata de instrumentos de emergencia y excepcionales, cuya aceptación debe estar limitada a supuestos extremos. Por eso, a un pueblo cívicamente ilustrado, la prolifeso? ración de esos decretos debería preocuparlo.
Por su naturaleza antirrepublicana, los DNU no deberían estar contemplados en la Constitución nacional, pero si el constituyente reformador de 1994 los incorporó, al menos hubiera previsto requisitos extremos para su dictado. Sin embargo, no fue así; por el contrario, los únicos recaudos que, según la ley fundamental, el presidente debe adoptar antes de dictar uno de estos perversos decretos son lograr que todos sus ministros los firmen (recuérdese que a los ministros los nombra y remueve el presidente); que no sean temas penales, impositivos, electorales ni de partidos políticos (recuérdese que el Congreso tiene más de sesenta potestades, y solo en estas cuatro el presidente tiene vedado dictar DNU); deben existir “circunstancias excepcionales” que impidan al presidente esperar el trámite legislativo (obviamente siempre, en la percepción presidencial, existirán esas “circunstancias” que justifiquen la utilización de estos instrumentos), y el Congreso debe aprobarlos a través de un trámite cuyo diseño, la Constitución le derivó a aquel.
Se podrá observar que los requisitos constitucionalmente exigidos para el citado de los DNU son vagos y ambiguos, lo cual, en la práctica, ha generado la proliferación de avasallamientos presidenciales por sobre las atribuciones legislativas. Pues mientras tanto, ¿y el Congre¿Acaso no está en sus manos regular su propia intervención a la hora de aprobar o rechazar esos macabros DNU? Efectivamente. Demoró doce años en hacerlo desde la reforma constitucional de 1994, y cuando lo hizo, mediante la ley 26.122, en 2006, fue muy poco guardián de sus propias facultades constitucionales.
Esa ley dispone que esos decretos rigen desde su publicación en el Boletín Oficial, no siendo necesario esperar que el Congreso los avale; que el Congreso no tiene plazo para hacerlo; que basta con que una sola cámara lo apruebe para que el DNU mantenga su vigencia, y que los legisladores, frente a un megadecreto de necesidad y urgencia, como lo fue el DNU Nº 70/23 sancionado por Milei, inmediatamente después de asumir el cargo, deben aprobar o rechazar todo el decreto en conjunto.
¿Quién puede haber sido autor de semejante ley? Adivine: presentó el proyecto siendo diputada cuando su marido era presidente de la Nación; luego fue dos veces presidenta, una vez vice, y en 2022 fue condenada, en primera instancia, por administración fraudulenta.
En otras palabras, no solo los DNU son republicanamente perversos, sino que, además, el Congreso, con su regulación, ha potenciado esa perversidad, a tal punto que en la Argentina, desde hace 30 años, a los presidentes les resulta más fácil ejercer atribuciones legislativas que al Congreso mismo.
La conclusión, por ahora, es simple: para eliminar los DNU, hay que modificar la Constitución; pero como eso es muy difícil, que al menos el Congreso despierte y modifique la ley 26.122 que los regula, defendiendo mejor sus potestades constitucionales.

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Retorno a los estudios clásicos
Maximiliano Gregorio-Cernadas
El legendario poeta, erudito y pedagogo inglés Patrick O. Dudgeon, maestro de maestros de la lengua inglesa en la Argentina, me recordaba en reveladores encuentros particulares durante los inicios de los 80 que él pertenecía a las últimas generaciones formadas en las tradicionales universidades inglesas con una sólida base de estudios grecolatinos, cuya decadencia mundial en los años 30 había coincidido, no casualmente, con el auge internacional de los sangrientos irracionalismos del siglo XX.
Acaso aquella tragedia educativa, que evoca los estragos bárbaros del Medioevo y los reúne en el simbólico acto de la destrucción de libros, sea explicable porque el vibrante humanismo que anima la cultura clásica y su Renacimiento, con su inagotable bagaje de valores centrados en el hombre, constituye la némesis de la seductora ductilidad que proponen las ideologías populistas, para las cuales cada individuo puede relajar a voluntad la íntima ley moral que define su condición humana, en supuesto aras de la masa y su razón.
Como cada nueva etapa del pensamiento humano que incorpora a las precedentes una perspectiva enriquecedora, el posmodernismo imperante ha concretado aportes extraordinarios e imprescindibles, como la exaltación de la crítica, una suerte de “arqueología del saber” o las sutilezas del discurso y la intertextualidad, entre otros.
Sin embargo, el espíritu de la tabula rasa y del desprecio de la sustancialidad clásica como un conocimiento perimido, corre el riesgo de reducir los progresos posmodernos a huecos instrumentos autorreferenciales, como un perro mordiéndose la cola, o de convertir su genuina pulsión transgresora en el revival de un irracionalismo amoral, fomentando el arquetípico drama intelectual de nuestro tiempo, que consiste en un paradojal abismo entre el retrógrado pensamiento que rige buena parte del mundo, y los arrolladores avances de las ciencias duras hasta confines jamás explorados del universo, causa de la ominosa alienación del hombre actual, desconcertado frente al irrefrenable poder de las ciencias aplicadas, capaces hoy de clonar a capricho el físico y el espíritu de un hombre extraviado en un mapa sin referencias.
Frente a tan terrible disyuntiva, es vital que los ineludibles avances de la tecnología, sublimados en la IA, sean acompañados de un progreso equivalente en las ciencias del espíritu, como las llaman bellamente los alemanes, que preserve al ser humano de ser avasallado por máquinas y déspotas.
La educación básica de nuestro tiempo sufre de la sutil paradoja de subestimar a los niños y a los jóvenes, juzgándolos incapaces de acceder a los conocimientos elevados que ofrecen los estudios clásicos, aunque aptos para ser objetos pasivos de alambicadas elaboraciones posmodernas, y enseñándoles a reemplazar la humilde curiosidad de antaño por la pedante complacencia de nuestro tiempo.
La recuperación del allure de los estudios clásicos para la currícula educativa manteniendo un saludable debate con el relativismo vigente constituiría, particularmente en un país proclive a enaltecer los argumentos de la pasión, una revolución humanista hacia la formación de jóvenes con pensamiento libre, capaces de discernir cómo tomar provecho de las infinitas virtudes de la tecnología y evitar los abundantes vicios del totalitarismo


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MIRTHA LEGRAND, DOCTORA HONORIS CAUSA EN LA UBA
La diva de la TV recibió el doctorado honoris causa por su trayectoria en la pantalla; un reconocimiento a los 97 años
Marcelo StiletanoEl momento en que Mirtha muestra el diploma a amigos y familiares
Recibió ese reconocimiento por su trayectoria artística; fue en el marco del Festival Internacional de Cine que organiza esa casa de estudios.
La Universidad de Buenos Aires preparó en el atardecer del miércoles las mejores galas académicas para honrar con su máxima distinción a una figura central de la historia del cine y de la cultura del país, que “entregó su vida entera al arte y al público”. Y Mirtha Legrand, la destinataria de ese homenaje, dejó a todos felices al agradecer el doctorado honoris causa con el que acaba de ser distinguida.
“Yo ya soy una leyenda. La leyenda continúa. Y ahora es una leyenda doctora”, dijo en el cierre de un discurso lleno de humor, en el que jugó todo el tiempo con las palabras alrededor de las conexiones (siempre mucho más simbólicas que reales) entre su trayectoria artística y la vida de una casa de altos estudios. Pero no pudo con su genio y en un momento dejó explícito su apoyo “a quienes hicieron grande a la universidad pública argentina” y recordó que en ese mismo ámbito se formaron los cinco premios Nobel que tuvo la Argentina hasta ahora. En ese momento se ganó los aplausos más fuertes de todo el encuentro, el más importante de la jornada inaugural del segundo Festival de Cine de la Universidad de Buenos Aires (FIC UBA), que se realizó en el Aula Magna de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo (FADU), ubicada en el pabellón 3 de la Ciudad Universitaria.
La mención no pasó inadvertida y adquirió mucha significación por el contexto en el que se desarrolló la velada. El Festival de Cine de la UBA inauguró sus actividades (entre las cuales hubo proyecciones dentro del pabellón de la FADU y al aire libre) mientras se desarrollaba a su alrededor una serie de acciones y protestas relacionadas con el conflicto que enfrenta al sector con el Gobierno desde hace varios días.
Legrand fue la estrella principal de la velada, pero no la única en ser distinguida por la UBA. En la misma ceremonia recibieron también el doctorado honoris causa el director y productor Héctor Olivera y la directora, guionista y actriz franco-iraní Marjane Satrapi, esta última en ausencia. Debido a cuestiones personales, la celebrada realizadora de Persépolis debió postergar el viaje que tenía ya acordado para participar de las actividades del FIC UBA y acompañar la presentación de algunas de sus obras, y en su lugar envió un video de agradecimiento.
“La única carrera para la que no hice el menor esfuerzo fue la que me dio el título que acabo de recibir”, dijo una emocionada Legrand ante un auditorio heterogéneo que llenó el Aula Magna. Allí, además de sus familiares más cercanos (su hija Marcela Tinayre, sus nietos Juana y Nacho Viale), la escuchaban Carlos Rottemberg, Cris
Morena, Claudia Villafañe, Teté Coustarot, el productor Luis Alberto Scalella, Gino Bogani, Facundo Suárez Lastra y muchas otras figuras del quehacer cinematográfico y televisivo, además de estudiantes de la FADU.
También recordó que durante su carrera ya había obtenido un título, el que interpretó a través del personaje central de una de sus películas más aplaudidas, La doctora quiere tangos (1949). “Pero ahora –agregó, siempre risueña– la doctora ya no quiere tangos, sino rap, trap y reggaetón”.
Antes de poner en sus manos el diploma, la medalla y el poncho tradicional de los Valles Calchaquíes salteños con los que se rubrica la distinción para cada nuevo destinatario del Doctorado Honoris Causa, la UBA hizo la enumeración de los méritos de la personalidad distinguida a través de un texto que se conoce como Laudatio. Allí se recordaron los primeros pasos de la estrella, cuando “Rosa María Juana Martínez Suárez todavía no era Mirtha; tenía 13 años, los bucles dorados y una gemela idéntica –María Aurelia, Goldy– con la que compartía hasta el apodo”. Se hizo allí un recorrido por su extraordinaria carrera en el cine, que pasó de la comedia brillante (a partir de aquél debut junto a Niní Marshall) al drama y al cine negro de la mano de su esposo, el director Daniel Tinayre.

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