Del fin del shock de 2024 a la revancha de 2025
Guillermo Oliveto
Las proyecciones del FMI, del Banco Mundial, de los bancos de inversión J. P. Morgan y Morgan Stanley e incluso las del presupuesto nacional coinciden: el año que viene la economía argentina crecería cerca del 5%. En caso de cumplirse esos pronósticos, está claro que el clima en las empresas será definitivamente otro. Se pensará y actuará ya sin el apremio y la desorientación propios del shock 2024.
Habrá un mejor humor. ¿Será igual entre los ciudadanos? ¿O la correlación entre lo uno y lo otro no es tan lineal ni directa como podría suponerse?
En el ámbito de los negocios, es dable suponer un renovado aplomo en la toma de decisiones al entrar en un territorio más conocido. Será posible salir de la lógica de la emergencia e ingresar en la de la eficiencia. Ya no se tratará de reaccionar, sino de planificar. Podrá decirse con voz firme que “lo peor ya pasó”. La recesión más profunda desde 2002 habrá quedado finalmente atrás. Al comparar de manera interanual con las verticales contracciones de este año, indefectiblemente los números de la economía real serán favorables.
Las palabras crecimiento, recuperación, expansión, despegue y hasta “boom” del consumo resultarán pertinentes y legítimas. Las veremos en los titulares y en las redes por doquier a partir del verano. Habría alzas marcadas en muchos sectores. Varias de doble dígito. Se podrá planificar y operar conociendo ya cuál era el piso al que llegaría el nivel de actividad en cada industria. No es poco despejar una incógnita que generó preocupación durante muchos meses.
Habrá parámetros más razonables y predecibles sobre cuál es el nuevo “nivel base” o base line de cada mercado, productos y marcas.
Sin embargo, antes de caer en una euforia apresurada o desmedida, convendría considerar que el entorno hacia que el vamos presentará complejidades nuevas. Hoy todavía difusas, ocultas o en gestación. A medida que nos acerquemos a marzo, cuando comienza el año real, se harán mucho más evidentes y tangibles.
Siempre es bueno recordar que una cosa es estar mejor, otra estar bien y algo muy distinto esperar una “fiesta”. La prudencia es un ansiolítico útil y un valioso consejero.
La violenta “disrupción 2024” será parte del recuerdo y quedará asentada en la memoria como lo que fue: un punto de quiebre radical, un giro de 180 grados en las reglas del juego a velocidad exponencial. Un reset integral de todo el sistema económico, social, cultural, comercial y político.
Se pasó de un mercado de oferta donde ganaba el que tenía stock a uno de demanda, donde la ventaja la lleva el que mejor puede interpretar los deseos, las preferencias y las posibilidades de un consumidor que vive tensionado entre lo que quiere y lo que puede. Los compradores dejaron de “fingir demencia” para pregonar coherencia. Abandonaron la impulsión latina para incorporar una extraña mentalidad sajona.
El ecosistema mutó de manera abrupta: antes te venían a comprar, ahora hay que salir a vender. Volvieron con furia la estrategia, la inteligencia comercial, el marketing, la comunicación y la promoción.
Pasamos de un país “regalado” en dólares a los tours de compras a Chile sin escalas. La globalización, que se había transformado en una entelequia, hoy es nuevamente posible. De hoteles desbordados, a 4 y 5 estrellas que hoy están al 40% de ocupación. De las pilas de billetes de 1000 pesos con maquinitas en los comercios como las que se usan en las casas de cambio al auge de las billeteras digitales.
En síntesis: en algo más de dos meses, 2024 habrá concluido. Pero sus consecuencias, lejos de quedar en el olvido, estarán muy presentes moldeando la fisonomía del futuro próximo. Nos encaminamos a un esquema novedoso, sustancialmente más competitivo y desafiante. Nunca un shock de esta magnitud queda acotado al período histórico en el que se desarrolló. Sus consecuencias signan tiempos que los trascienden.
Paradojas y humor social
De cara a lo que viene convendría ser realista y moderado, dejando de lado la tentación por la euforia, siempre atractiva, nunca inocente, con frecuencia, peligrosa. Por múltiples motivos. Empecemos por el más básico. Suponer que todos los problemas de la Argentina se podrían arreglar en un año sería confundir deseo y esperanza con fantasía.
En segundo lugar, porque ese crecimiento implica, grosso modo, volver al punto de inicio. Recuperar en el PBI lo perdido este año sería una variación positiva importante y genuina, obviamente. Y además con una macroeconomía mucho más ordenada, es cierto.
Pero con una microeconomía que fue muy golpeada, lo que también es cierto. Y eso, como sabemos, nunca es gratis. Deja secuelas, rompe cosas que lleva tiempo arreglar. Y, en tercer lugar, que la economía crezca 4 o 5% no quiere decir necesariamente que habrá un gran “viento de cola” para todos. La macroeconomía y la microeconomía están naturalmente conectadas, pero no son lo mismo. Entre ellas hay muchas interfaces. Y varias de ellas aún presentan fricciones relevantes.
Como bien lo señala el experto en medios y comunicación Carlos Scolari en su ensayo Las leyes de la interfaz, publicado en 2018, este es un concepto polisémico, es decir que admite variados significados, múltiples interpretaciones y diferentes usos. Desde los originales, más vinculados con el campo de la biología y la química –una membrana que separa dos sustancias y permite que ciertos elementos la atraviesen–, hasta los más habituales, relacionados con el diseño, la tecnología y la experiencia usuario o UX –instrucciones e instrumentos que permiten realizar tareas utilizando dispositivos específicos–. En estos campos, Scolari cita metáforas como “el oleoducto de datos” o “la prótesis”. Es decir, flujos de información o puentes que conectan una cosa con la otra.
Sin embargo, él argumenta que, desde un punto de vista analítico, y no meramente desde el enfoque más instrumental con el que operan los diseñadores –el gran Donald Norman pregona la interfaz invisible como máximo logro del diseño–, la mejor metáfora para operar ese concepto tan resbaladizo es la interfaz como “lugar o espacio de interacción”, como “zona de frontera”, como “punto de encuentro”. Bajo su mirada, esta concepción contiene a todas las demás, porque en el fondo siempre se está hablando de una conversación, de un diálogo, de un set de instrucciones o comandos que deben ser interpretados del mismo modo por las dos partes para que el flujo de sentido se produzca y el hecho “mágico” suceda. No importa si se trata de navegar en Google, encontrar una serie en Netflix, usar Windows, comprar con el smartphone, leer un libro, armar un mueble, hacer un pedido en McDonald’s o moverte con prestancia en un aeropuerto.
Siendo así, la interfaz debe contemplar la existencia de una gramática que debe ser conocida e interpretada. Es decir, como sucede en todo lenguaje, un conjunto de reglas y principios que rigen la creación de significados que es necesario acordar y compartir.
Es en este punto donde Scolari nos advierte: “No nos cansaremos de volver a esta idea: la interfaz como punto de encuentro, pero, también, de posibles desencuentros. (…) Como cualquier otro lugar donde se dan procesos de construcción de sentido e interpretación, la interfaz nunca es neutral ni transparente. La interacción está lejos de ser una actividad natural: es un juego interpretativo (…) En la interfaz los sujetos intercambian información, pero también negocian, discuten, acuerdan o rompen relaciones (…) En este proceso siempre habrá un espacio para el malentendido o una sobreinterpretación”.
Lo que Scolari, en el fondo plantea, es que siempre debemos tener mucho cuidado con los ruidos en las interfaces porque generan desencuentros que terminan afectando la experiencia de los usuarios y provocando malestar.
Para ejemplificar de qué podrían estar hechas esas fricciones o malentendidos; veamos un caso hipotético. Supongamos que alguien hubiera vendido 100 unidades mensuales a finales de 2023, 60 unidades mensuales en el primer semestre de mes de 2024 ante el impacto de la recesión, y 80 unidades mensuales en el segundo semestre. En ese caso es tan válido decir que sus ventas crecieron 33% en el segundo semestre versus el primero, como que cayeron 30% en el total de año.
Bien: a esta altura del año, el punto ya no es ese, porque 2024 va quedando atrás y fue “pasado a pérdida”. Ahora se trata de pensar y presupuestar el año próximo. Y ahí emergen las dudas. ¿Se volverán a vender 100 unidades mensuales? ¿Y si son 90? ¿Y si mantenemos este nivel de 80, que es más realista? ¿Y si por nuevos competidores no son 80 sino 70? ¿Qué nivel de producción se requiere en uno u otro escenario? ¿Cómo nos dan los números en cada caso? ¿Qué estructura de costos hace sustentable el negocio para cada una de esas hipótesis de ingresos? ¿Qué porcentaje de aumentos salariales podemos dar? ¿Cuántos empleados necesita la empresa? ¿Qué apuesta estamos decididos a dar? ¿Cuáles son los riegos? ¿Contra qué oportunidades podemos correrlos?
Al diseño de los escenarios y los presupuestos hay que sumar que las correcciones de precios relativos no terminaron.
Todavía quedan ajustes por hacer en el valor de los servicios públicos que constituyen los gastos fijos de las familias. Lo que indefectiblemente acotará aún más el ingreso disponible para el consumo. Por otro lado, la recuperación de los ingresos reales, que efectivamente se dio desde abril de este año, pero todavía está por debajo del año anterior, se hará más cuesta arriba con empresas que fueron cediendo margen de ganancias en el arduo camino de este año recesivo.
A su vez, las inercias de la era de alta inflación van quedando atrás. Ahora todos los números serán mucho más finos. La nube inflacionaria dejará de borronear la vista, la memoria y los planes de acción. Los consumidores recordarán mucho más los precios.
El foco estratégico de las empresas vuelve a estar en el negocio y no en las maniobras salvadoras del área de finanzas. Vamos a un enfoque más normal. Se tratará de innovar, diseñar, comprar, producir, distribuir, vender y cobrar del modo más eficiente posible. Nada más ni nada menos que lo que se hace en el mundo.
Las primeras marcas, sin importar el rubro, se verán aún más desafiadas.
Así como “todos tienen su Manaos”, dados la baja de aranceles que se anunció y el actual tipo de cambio, es probable que muchos también, más temprano que tarde, “tengan su Victoria’s Secret”.
El mundo está llegando
Consumidores asertivos, ecuánimes, moderados, autocontrolados, que abordan el proceso de compra con un espíritu estoico –“todo no se puede”– signado por el mantra de la época –“no hay plata”– y bregando por encontrar su nuevo Santo Grial –“accesibilidad para la dignidad”–, estarán dispuestos a ampliar la mirada y probar. Las lealtades y las fidelidades se tornan más laxas cuando la restricción manda y la seducción recupera bríos.
Venimos de un ámbito que estuvo dominado por la escasez, la quietud y el paradójico “ahorrar consumiendo”. En los últimos años no existieron mayores incentivos para innovar. Faltaban insumos y sobraban trabas, todo era enredado y trabajoso. Pues bien: eso también ya es parte del pasado.
En la revancha de 2025, nos encontraremos entonces con un consumidor donde se combinen dos elementos que en los mercados globales ya conocen muy bien: una permanente sed de innovación que debe ser resuelta en el marco de la restricción. Zara, H&M, Shein, IKEA, Costco, Falabella y tantos otros, saben jugar muy bien ese juego de “la calidad razonable a un precio pagable”. Ese mundo, que antes quedaba demasiado lejos, ahora, se acerca a velocidad crucero.
Productos y marcas globales que venían seduciendo desde las pantallas y los posteos de los influencers, desembarcarán en los locales físicos y sus estanterías. Serán nuevamente tocables sin que sea necesario viajar al exterior. Lo que se anhelaba al navegar la web y las redes podrá concretarse cerca de casa, camino al trabajo o incluso pidiéndoselo a Mercado Libre.
Convivirán una oleada de nuevos productos importados con las innovaciones de las primeras marcas, el momentum de las segundas, el precio de las terceras y el umbral límite que trajo el largo proceso de degradación: las cuartas marcas. El lujo, lo premium, lo seguro, lo sensato, lo posible y el salto al vacío. El primer mundo y la restricción extrema. Postales de la sociedad patchwork. Todo junto y mezclado en un sistema que ya no ajusta por control sino por apertura.
En ese contexto, las preguntas que tendremos que hacernos a medida que se acerque la revancha del 2025 es cómo funcionarán dos interfaces clave: la primera, más técnica, entre “la macro y la micro”. La segunda, más subjetiva, entre “la micro y el humor social”.
Luego de la extraña paradoja que nos acompañó este año, donde primó la “recesión con ilusión”, ¿la fisonomía particular del 2025 podría conducirnos a otra extraña contradicción propia de este tiempo inédito? Con el crecimiento previsto de la macroeconomía, ¿se afirmará la esperanza en la mayoría de los ciudadanos? O, por el contrario, ¿los ruidos en las interfaces podrían llevarnos a una “recuperación con decepción”?
&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&
El Hood Robin educativo merece un debate más profundo
Enrique Szewach El autor es economista
El gasto público argentino, quizá como resabio del pasado opulento al que hace permanente mención el presidente Javier Milei o como resultado del populismo exacerbado de los gobernantes de turno, financió y financia con el sistema de impuestos, incluyendo el impuesto inflacionario, muchos bienes y servicios que en la mayoría de los países se pagan total o parcialmente a través del sistema de precios que abona la demanda.
Paradójicamente, la provisión “gratuita” de estos bienes y servicios, lejos de favorecer la distribución del ingreso y ayudar a los sectores más pobres de la población, terminó y termina generando el efecto contrario. Lo que los economistas llamamos un esquema “regresivo” en el que los que menos tienen financian a los que más tienen. Hace muchos años, ya no recuerdo en que circunstancia y con quién (los años no pasan en vano), acuñamos el término “Hood Robin” para reflejar esta acción perversa del Estado argentino. Es decir, un Estado que les saca a los pobres para darles a los ricos.
Los ejemplos recientes abundan. Desde la energía eléctrica o el gas, donde se subsidió y todavía se subsidia a los consumidores de altos ingresos con fondos provenientes de impuestos e inflación que pagan todos, incluyendo quienes no tienen acceso directo a esos servicios, pasando por el transporte, donde el caso paradigmático es Aerolíneas Argentinas, cuyo déficit se cubre también con impuestos e inflación que pagan incluso quienes nunca tendrán la chance de viajar a Miami.
La educación universitaria, aunque nos neguemos casi en forma principista a admitirlo, entra también en esta definición.
La cuestión se agrava si se tienen en cuenta el contexto actual de pobreza infantil y juvenil (más del 60% de los menores de 14 años), el alto grado de abandono escolar en la escuela secundaria (menos del 15% termina la secundaria en tiempo y el índice baja más aún en los casos de pobreza) y la permanente caída de la calidad de la educación absoluta y relativa reflejada en todas las pruebas que anualmente se realizan al respecto y en las dificultades de “empleabilidad” de los jóvenes que egresan del colegio secundario, sin conocimientos básicos.
Algunos datos ilustrativos antes de seguir, originados en el multicitado estudio de Morduchowicz y el Observatorio de Argentinos por la Educación.
La ley de educación nacional de 2006 establecía una asignación a la educación (Nación+provincias) del 6% del PBI, monto que solo se cumplió entre 2015 y 2017. Es decir, los actuales “defensores” de la educación pública no la defendieron tanto cuando tuvieron el Ejecutivo y el control del Congreso. Pero aun sin cumplir ese monto, comparado con los primeros años de este siglo, esas erogaciones en educación crecieron más del 50%, mientras la calidad empeoraba sistemáticamente. En ese lapso crecieron más los recursos a la educación universitaria que al resto del sistema, con creación continua de universidades nacionales y provinciales.
La Argentina atraviesa una grave crisis educativa con el 6% del PBI, pero se debate el veto del 0,14%.
Cuesta en este escenario aceptar que la sociedad argentina siga defendiendo un sistema en el que con impuestos al consumo e inflación las familias de esos chicos que ni siquiera terminan la secundaria financian en parte a muchos estudiantes provenientes de escuelas privadas locales o del exterior.
Pero aceptemos, en beneficio de seguir estas líneas, que esta realidad hoodrobiniana de la universidad “gratuita” está para quedarse en nuestro país.
Esto le impone a la gestión universitaria una gran responsabilidad moral, minimizar el uso de fondos y maximizar su eficiencia, medida en la cantidad y calidad de egresados, en la investigación científica y, en el siglo XXI, en ciencias duras, la cantidad de patentes que se pueden generar en asociación con el sector privado.
Y no se trata de auditorías, inútiles y ex post. Permítanme un ejemplo simple. Si mañana al rector y al Consejo de la Universidad de Buenos Aires se les ocurriera comprar 100.000 paquetes de papas fritas para regalar a los estudiantes el 21 de septiembre, consiguiera tres presupuestos, eligiera el menor precio y pagara con una transferencia bancaria originada en fondos presupuestarios, la AGN, la Sigen, o cualquiera de las auditorías internacionales daría el visto bueno a la formalidad de ese gasto (y encima, lo haría un par de años después).
De lo que se trata es de cambiar todo el sistema de educación universitaria. La Argentina debe ser el único país del mundo, al menos del mundo relevante, que tiene, simultáneamente, ingreso irrestricto y gratuidad.
Mejor dicho, en lugar de un examen de ingreso, la mayoría de las facultades proponen un examen de ingreso “en cuotas” a través de un ciclo básico, que sirve de reemplazo parcial del final de la secundaria, y funciona como un largo período de introducción y filtro.
Obviamente, este sistema es mucho más caro que el examen de ingreso, que pone el filtro al principio (hacen falta más profesores, más edificios, más no docentes, para atender a muchos alumnos que luego de un año o dos abandonan). Además, en muchos casos, si no hay límites al tiempo de estudio, o un mínimo de materias aprobadas por año, surgen estudiantes crónicos que gastan recursos
En otras palabras, gratis. De acuerdo, pero en aquellas universidades que no lo tengan, con examen de ingreso o un sistema de ingreso corto y selectivo. Exigencia de un mínimo de materias para cursar y aprobar por año, y un límite máximo de estadía como estudiante. (Por supuesto con la flexibilidad del sentido común). Hay que liberar recursos de todo tipo, para tener profesores bien pagos y redistribuir hacia la escuela secundaria y primaria. Además, una parte de los recursos deberían ser condicionados a investigación de calidad publicada e, insisto, a incentivar la asociación con el sector privado, para el desarrollo de negocios y patentes. Dicen que existe un proyecto de ley para crear cinco nuevas universidades el próximo año, se podría empezar por ahí.
Por último, y no menos importante. Estamos ante la creciente influencia de la inteligencia artificial, que convertirá en obsoletas muchas profesiones y cambiará por completo la forma en que se trabaje en los próximos años, con una alta probabilidad. ¿Vamos a seguir poniendo plata que no tenemos, alentando carreras profesionales en rumbo de extinción? ¿Vamos a seguir despilfarrando los dineros del público en una educación de mala calidad y “vieja”, mientras el resto del mundo avanza y nos deja atrás? Quienes hoy defienden su statuquo en el sistema educativo no solo están malgastando el fondo de los pobres, sino que también están conspirando contra su propio progreso.
Del otro lado, el oficialismo intenta encabezar una batalla épica de cambio de régimen. Pero, en el caso educativo en general y universitario en particular, reducir este cambio de régimen a una pelea política con parte del radicalismo, y el PJ, o a un problema exclusivo de defensa de la restricción fiscal, o a una batalla contra los “zurdos”, no solo es subestimar la magnitud del problema, es agravarlo.
Como dice un viejo proverbio chino, “no hay nada que el no hacer no haga”.
La Argentina es de los pocos países con ingreso irrestricto y gratis a la universidad
En el país, jóvenes sin secundario financian con sus impuestos a los universitarios
http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Nota: sólo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.