domingo, 24 de diciembre de 2023

DE NO CREER Y AL MARGEN


Mis regalos de Navidad a Cris, a Massita, a Milei...
por Carlos M. Reymundo Roberts
Qué pocas horas faltan para la Navidad. Los cristianos del mundo entero festejamos tan magno acontecimiento, y este año el 56% de los argentinos de cualquier credo o incluso sin credo agradeceremos también a las “fuerzas del cielo” el alumbramiento de un gobierno no peronista. Sobre todo, agradeceremos el destierro al que esas tropas han sometido a los tipejos y tipejas que manejaron el país desde diciembre de 2019. Porque es creer o reventar: solo un poder superior podía desalojarlos. Imagínense, por caso, lo que se habrán resistido, lo que habrán pataleado Massita y Malena cuando se enteraron de que no iban a vivir en Olivos, y que la única cuota de poder que retenían era como patrones de su estancia en San Andrés de Giles (La Vanguardia, 8 millones de dólares). Seguramente hubo escenas dantescas: Massita, camino del exilio, gritando “¡abracadabra!” y suplicándoles a la galera y la varita el último hechizo; Malena, con outfit de primera dama y el maquillaje corrido por las lágrimas.
Pero no sé por qué me dejo ganar por ese clima de histeriqueos cuando, en realidad, mi corazón estalla de espíritu navideño. Los que siguen esta columna están esperando otra cosa: como todos los años para estas fechas, se mueren de ganas de saber qué regalos pensé para nuestros gobernantes y líderes, y para los que lo fueron. Porque ya es una tradición que, fruto de ese espíritu, haga mi repartija, casa por casa. Vieran el cariño con que dejo paquetes y paquetitos. Cariño que no siempre es correspondido: es un clásico que Cristina me los mande de vuelta sin abrirlos. Igual, lo sigo intentando. Incluso me esmero. Este año ligó un regalazo. Pequeño adelanto: son dólares; dólares muy especiales, entre otras cosas porque le llegan en un sobre y no en bolsos.
Mi recorrida empezó por el edificio de Puerto Madero donde, se supone, vive Alberto Fernández. Su presente es un misterio: que se iba a Madrid a dar clases y a asesorar al gobierno español; que se queda y no dará clases ni asesorará a nadie; que va a viajar, pero no ahora, no hasta que le aseguren una buena custodia; que el presidente Pedro Sánchez le pide que no se demore porque no quiere tomar ninguna decisión sin antes escucharlo… En fin, vaya a saber por dónde anda este distinguido profesor y qué picardías lo entretienen. La cuestión es que para él opté por un libro de 1000 páginas y tapa dura, en la que se lee: Recuerdos de un Presidente. Alberto Ángel Fernández. Las 1000 páginas están en blanco: él tiene que llenarlas. Hace dos años contó que había empezado a escribir sus memorias, pero después abandonó. ¿Falta de tiempo? No, de memoria.
En la tranquera de La Vanguardia dejé el presente para Massita, porque no entraba ni salía nadie. También es un libro: El príncipe, de Maquiavelo. Obvio que ya lo leyó, fue su Biblia, pero evidentemente decidió ignorarlo: solo así se entiende que, con todo el poder y la caja en sus manos, cuando era candidato y ministro no haya recurrido a metodologías de inspiración maquiavélica como repartir plata a los votantes, pagarle la campaña a Milei para destronar a JXC, montar una oficina recaudadora con los derechos de importación, poner el Estado al servicio de su postulación… Sergio, trabajaste por el país y no por tu causa: deberías releer El príncipe. Está en la tranquera. ¿Malena te deja salir de la casa?
De vuelta de San Andrés de Giles me corrí a la gobernación de Buenos Aires. A Kichi le regalé una guitarra, por aquella sorpresa que nos dio en la campaña, cuando dijo que había llegado la hora de “cambiar de música”. Qué me contursi del pequeño saltarín, con ínfulas de liberarse de Cristina. El destino de la guitarra es incierto: Axel toca de oído y desafina hasta cuando habla. Puede que Cris le encuentre un lugar: ponérsela a Kichi de collar.
Como adelanté, el obsequio para la señora fue un sobre con dólares. Me lo recibió el portero del Instituto Patria, que prometió entregárselo al secretario segundo, que a su vez se lo daría al secretario primero, que lo dejaría en el despacho de ella. Es el Patria: imposible que ese sobre llegue a destino. Una lástima, porque son billetes distintos: en el anverso no está Benjamin Franklin, sino Milei, y, debajo, los cinco perros. Un primor. El único dólar que Cristina no tiene en su colección.
Por supuesto, el regalo más entrañable fue el que le hice al Presidente. En realidad, dos. El primero, una motosierra alemana, mucho más precisa que la de origen chino que usa él. Le va a encantar, porque con la que tiene ahora le apunta al sector público, pero termina perforando al privado. El segundo: enmarcada en madera violeta, la columna del sábado pasado, en la que me declaro ferviente mileísta. Los acompañé con un sentido mensaje: “Javier, excelente tu equipo, y me imagino lo que será cuando consigas completarlo. Excelente el decretazo. Excelente tu discurso. Qué bien empezaste”.
Un grande, me agradeció al toque: “Conmigo no, RR”.
A Kicillof le regalé una guitarra, cuyo destino es incierto: él toca de oído y desafina hasta cuando habla

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Todos ponen, dicen, pero nadie suelta nada
Héctor M. Guyot

En mi columna del sábado pasado decía que Javier Milei, para mantener el apoyo ciudadano, está obligado a cumplir su promesa de ir contra la casta. No parece faltarle determinación: el Gobierno ha dado pasos decididos para recuperar el control de la calle y para cambiar la matriz económica del país.
Con apenas dos semanas en el poder, el Presidente, que en muchos aspectos sigue siendo un enigma, despierta temores y esperanzas en grado parejo. También, encendidos debates. El decreto de desregulación de la economía que dictó hace unos días fue objeto de polémica en ámbitos de lo más variados. Hasta grupos de Whatsapp de amigos donde los asuntos políticos no son tema frecuente ardieron el jueves al calor de ese DNU, que busca cambiar el paradigma a través de la derogación y modificación de más de 300 normas. Todo un cimbronazo. Hoy la desregulación, así como la caída de privilegios sedimentados durante décadas, es tema de la calle. Algo inédito. Pareciera que para conservar el apoyo de la gente Milei procura, como condición necesaria, mantener su atención. Y hace bien: la necesita.
Las críticas al decreto en cuestión se centraron sobre todo en aspectos de forma: se trata de un DNU que cambia leyes que conforman el orden jurídico vigente, tarea en principio asignada al Congreso. El fondo del escrito cosechó en cambio una adhesión importante, tanto en la opinión pública como entre la dirigencia política. El rechazo a su contenido provino de una izquierda ideologizada, de la aburguesada dirigencia sindical y de un kirchnerismo que, con cínico desparpajo, clama por la república cuando en sus buenos tiempos usó el Estado como plataforma para acumular poder burlando las leyes y potenció al máximo las redes de corrupción. No es casual que el gasto público haya crecido casi un 20% entre 2003 y 2015, hasta alcanzar el pico del 42% del producto bruto. Esa sangría resultó letal para una economía que hoy produce pobreza. Se ha dicho: la revolución nac&pop gestó la cruzada libertaria.
Pero el decreto de Milei, redactado sobre la base del trabajo que Federico Sturzenegger hizo para Patricia Bullrich, apunta a algo más que a equilibrar las cuentas. Busca desmalezar la frondosa proliferación de leyes y reglamentaciones que a lo largo del tiempo fueron distorsionando las relaciones económicas, mientras el poder concedía privilegios arbitrarios a través de ellas y trazaba vías más o menos opacas para el robo del dinero público. La intención del decreto, que será complevernáculo mentado con un paquete de leyes, es sacar del letargo la capacidad productiva del país. ¿Hay acaso otra salida?
“El sistema económico argentino es hoy resultado, entre otros factores, de una larga historia de presiones sectoriales regularmente acogidas por un Estado habituado a contar con recursos extraordinarios para sufragarlas”, dice Jorge Bustamante en su libro La república corporativa. Cuando no hay plata, el príncipe apela a la suba de impuestos, el endeudamiento externo o la emisión. Como esos recursos están agotados, no queda sino afrontar la agónica realidad. Pero claro, desmontar las capas geológicas del populismo no es fácil. Hasta hace poco era una causa perdida. Los intentos de ajuste anteriores fracasaron todos. Cedieron ante la trama de intereses creados, que siempre pudo más. “Toda la sociedad argentina se encuentra parcelada en grandes o pequeños territorios del privilegio –dice Bustamante-. Dicho de otra forma: toda la sociedad se encuentra comprometida con el statu quo y todas las actividades deberían modificarse en alguna medida para que el progreso sea posible”.
Todos ponen, dicen los privilegiados cada vez que no hay de dónde rascar tras el despilfarro o asoma la híper. Tras el amague, cada cual se aferra a lo suyo y no quiere soltar nada. Y nada cambia.
¿Por qué ahora sería distinto? No hay garantías, pero podría serlo. Tal vez, porque es nuestra última oportunidad y hay una conciencia bastante acabada de eso. Caímos muy bajo y estamos muy golpeados. De allí el consenso popular inédito, aunque delicado y precario, que esta vez tiene el ajuste. Y aquí pasamos a la cuestión de las formas. Lo ideal, qué duda cabe, es que estas reformas se tramiten por ley. Que haya debate. Que se subsanen errores y omisiones. Que la transición de este cambio de identidad sea más meditada. Por salud democrática, por seguridad jurídica, Milei haría bien en buscar consensos para que estas medidas salgan por ley. Sin embargo, la irrupción un poco bestial del decreto consiguió que la sociedad se sumara al ruido e hiciera de la desregulación del Estado un tema de discusión. Todos tomaron posición. Cuando el Congreso debata, lo hará con el ojo de la opinión pública encima. La conciencia social del abismo, traducida en presión concreta contra los defensores del statu quo, es lo que Milei necesita para evitar un nuevo fracaso a la hora de desmontar la usina de privilegios y prebendas en que se convirtió el Estado argentino concebido como botín a rapiñar. Eso, y atender a los caídos en la travesía por el desierto que se dispone a encabezar
La irrupción un poco bestial del decreto de Milei consiguió que la sociedad se sumara al ruido e hiciera de la desregulación del Estado un tema de la calle

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