sábado, 9 de diciembre de 2023

NUEVO GOBIERNO Y EDUCACIÓN CÍVICA


Liberar las voces
José Crettaz
Militantes kirchneristas festejan el fallo por la Ley de Medios
En 1983, al definir por primera vez el concepto de convergencia de las comunicaciones, el politólogo estadounidense Ithiel de Sola Pool advirtió sobre los riesgos que se avecinaban para la libertad de expresión por el avance y la confluencia de tecnologías. Al converger las telecomunicaciones –sobrerreguladas– con la TV y la radio –parcialmente reguladas– e integrar a la prensa –libre de regulaciones– se corría el riesgo de limitar la libertad de expresión por la migración excesiva de normativas que dan una enorme discrecionalidad al poder de turno. De Sola Pool explicó este fenómeno en un libro que acaba de cumplir 40 años y cuyo título, Tecnologías de la libertad, subrayaba la oportunidad liberadora de las innovaciones digitales.
En la Argentina, la legislación impidió la propiedad cruzada de la televisión y la prensa hasta la reforma del decreto-ley de radiodifusión en 1989 y mantuvo la prohibición de la convergencia de la televisión y las telecomunicaciones hasta 2016, cuando fue parcialmente permitida, dos décadas después que en Estados Unidos. Esos hitos –sumados al aporte de capitales privados en ambos momentos– impulsaron la reconstrucción de la telefonía fija, el desarrollo de las comunicaciones móviles y la producción de contenidos audiovisuales de calidad. Como caso testigo irrefutable, el boom de la TV por cable se basó, principalmente, en la falta de regulación en ese sector, que llegó recién en 2009 con la ley de medios.
Desde 2003 y durante las dos décadas populistas se verificaron en nuestro país los temores de De Sola Pool: con el argumento de “multiplicar las voces” abundaron las normas que establecieron restricciones que las mantienen bajo amenaza de severas sanciones administrativas y económicas. Fueron normas paternalistas y extemporáneas que, como algunos señalamos solitariamente en su momento, fueron a contramano de la evolución tecnológica, de la madurez de las audiencias y del mundo globalizado. Y, con buenas o malas intenciones, fueron definidas para el mundo de escasez del siglo XX, superado en este siglo por la abundancia permitida por la masificación del acceso y el uso de internet.
Las leyes de medios (2009), publicidad electoral (2009), declaración de interés público del papel de diario (2011), telecomunicaciones (2014), soberanía satelital (2015), equidad de género en medios (2021), declaración de servicio público del acceso a internet y la TV por cable (2020) y etiquetado frontal (2022), entre otras, introdujeron regulaciones generales o específicas que restringen severamente la libertad de expresión de manera directa o indirecta al impactar en la creación o el financiamiento de la oferta de comunicación privada. Además, establecieron impuestos y gravámenes, y crearon una enorme burocracia que encarece el acceso a la información y la cultura tanto en su consumo como en su producción.
Al calor de fondos públicos, como la publicidad oficial –paradójicamente no prevista en leyes–, se crearon algunos nuevos medios en los últimos años. Pero, en los casos en los que no son simples propaladoras de propaganda oficialista, se trata de voces condicionadas legal y económicamente. Se multiplicaron artificialmente voces partisanas –por convicción o conveniencia– subsidiadas con los impuestos mientras el potencial social de la comunicación se mantiene, también artificialmente, oprimido.
Pero, así como se verificaron los temores, también las esperanzas de De Sola Pool se cumplieron: las tecnologías de la libertad, el acceso a internet y las plataformas digitales, en especial las redes sociales, fueron poderosas herramientas que, a pesar de los intentos de control estatal –concretados en leyes y esbozados en proyectos de ley–, permitieron a la ciudadanía seguir ejerciendo el derecho humano a la libre expresión, la reunión y conversación pública y la difusión de ideas sin censura previa. Esa vitalidad es una muestra del potencial latente que, también en este ámbito, tiene la Argentina.
Por eso, el ambicioso programa de reformas que plantea el presidente electo debería incluir la derogación total o parcial de esas normas, al tiempo que reforzar y poner en funcionamiento las de libre competencia y defensa del consumidor, y las que organizan el espectro radioeléctrico (que, además, hay que rescatar del caos actual). Fracasado el tiempo de la “multiplicación de las voces”, es el momento de, simplemente, liberarlas.
Periodista e investigador especializado en medios y entretenimiento

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Los pueblos cultos no se enamoran
Félix V. Lonigro

Tengo claro que el título es polémico, pero su contenido es absolutamente cierto, al menos en el ámbito de la política y de las instituciones. El domingo, en el momento en el que Javier Gerardo Milei jure “desempeñar con lealtad y patriotismo el cargo de presidente de la Nación”, y “observar y hacer observar fielmente la Constitución de la Nación Argentina”, se convertirá en el cuadragésimo segundo presidente constitucional de nuestro país, y lo hará justamente cuando se cumplen 40 años desde que se recuperó la democracia en 1983.
El momento no solo es propicio para hacer un balance, sino también para albergar la esperanza de un cambio profundo a partir del cual sea posible el “despegue” de una Argentina que, en los últimos 20 años, sufrió el flagelo de un populismo destructivo que convirtió al país en una fábrica de pobres, en la meca de la corrupción estatal y en un laboratorio lavador de cerebros destinado a fanatizar irracionalmente a sus prosélitos. La pausa que hubo entre 2015 y 2019 fue infructuosa: Macri intentó un cambio que no supo o no pudo llevar a la práctica. La enfermedad populista volvió renovada, y sus efectos nocivos se vieron agravados por la paupérrima conducción de un hombre sin luces, que solo atinó a atribuir su ineptitud a un virus chino, a un gobernante ruso y a los dioses de la naturaleza que impidieron la caída de agua en el campo.
En 20 años el kirchnerismo colonizó la mente de dos generaciones de argentinos, a los que se les inculcó idolatría y fascinación por un “régimen” cuyos líderes se autopercibieron dueños de los recursos públicos, de las garantías, de los derechos humanos, de las fechas patrias y hasta del lenguaje. Convirtieron el país en un escenario sobre el cual teatralizaron, juguetearon con la banda presidencial, revolearon bastones presidenciales, bolsos con dinero, lloraron, gritaron, declamaron “amor”, y como si fuede ra poco, repartieron los fondos del Tesoro de la Nación, del Banco Central y de la caja de los jubilados, subsidiando eternamente, comprando voluntades, generando pobreza, provocando dependencia y ostentando sin pudor.
Sembraron fanatismo y cosecharon seguidores irracionales a los que perfeccionaron en el arte de aplaudir, de justificar cualquier acto de gobierno y hasta de encontrar culpables de los desafortunados resultados que obtenían. Las consecuencias son indescriptibles y la reconstrucción llevará varios años, en tanto y en cuanto el próximo mandatario adopte las medidas indispensables para remontar la cuesta de un país que está tan anómico como sediento de justicia, de educación, de seguridad y, sobre todo, de seguridad jurídica.
La recuperación de un país culturalmente colonizado, como el nuestro, debe comenzar por fomentar la educación –y en particular la educación cívica–, para que funcione como una suerte remedio que nos proteja de los relatos populistas, nos permita defendernos de los engaños, nos brinde la posibilidad de adquirir capacidad de análisis y nos facilite el desarrollo de un juicio crítico respecto del desempeño de nuestros representantes.
A 40 años de la recuperación de la democracia, podemos afirmar que está consolidada y valorada como un derecho adquirido inmodificable; pero nos falta entender, valorar y consolidar el sistema republicano (cuyas características principales son la separación de poderes y la independencia del Poder Judicial), el federalismo (sobre todo el tributario) y la educación cívica: los pueblos cívicamente instruidos son difíciles de engañar, no se obnubilan con discursos ni con líderes histriónicos, aplauden poco, critican mucho, y fundamentalmente, jamás se enamoran de sus gobernantes

Abogado constitucionalista; prof. Derecho Constitucional UBA

http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA

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