Colecho extendido | Hasta qué edad conviene que los hijos duerman en la cama de los padres
Si bien no hay un límite exacto desde la pediatría, hay indicadores a tener en cuenta, como la comodidad y el fomento de la autonomía
Laura Reina
Mía tiene 6 años, una habitación para ella sola y una cama con un acolchado de Elsa, la princesa de Frozen, en la que duermen sus muñecos. Todas las noches ella se acomoda entre mamá y papá, formando una tríada que rara vez se mantiene, porque a pesar de que la cama es grande, alguno de los adultos amanece casi siempre en la habitación de Mía, rodeado de peluches y acusando algún dolor como consecuencia de una mala postura.
El colecho extendido en niños que ya cursan los primeros años de la escuela primaria es un tema tan habitual como tabú. Pocas familias blanquean que todavía practican este hábito, que tiene bastantes adeptos y algunos detractores cuando se trata de bebés, pero que en niños más grandes directamente deja de ser un tema. De eso casi ni se habla.
“Los seres humanos colechan, si bien la palabra está asociada a una práctica en la infancia, las personas, de la edad que sea, dormimos en comunidad. Es ancestral, tiene que ver con protegernos cuando en teoría hay más peligros –sostiene la médica pediatra Sabrina Critzmann, autora del libro sobre crianza Hoy no es siempre–. En ese momento del día decidimos compartir nuestro espacio de sueño con personas que amamos porque el ser humano encuentra la seguridad en la compañía. Y si no nos sentimos seguros es poco probable que podamos dormir bien”, asegura la especialista, que prefiere no hablar de colecho extendido ya que es una situación común que, además, no debería ser tabú.
“A las familias se les suele decir que desde muy pequeños los bebés tienen que dormir solos y ser autónomos y muchas veces sienten culpa porque sus hijos de 3, 5 o 7 años duermen en sus camas sin contemplar el hecho de que a los seres humanos nos gusta dormir juntos porque nuestro cerebro se relaja más y descansa mejor –plantea Critzmann–. Además, los niños de 6 o 7 años están aprendiendo conceptos muy complejos como la abstracción, es decir a distinguir qué es real y qué no. Por eso, a esa edad, los monstruos y los fantasmas existen hasta que se demuestre lo contrario, con lo cual es lógico que el hijo o la hija busque la compañía de un adulto en un momento como la noche”.
¿Cuándo es un problema?
Hay familias que empiezan a sentir que el colecho con niños más grandes ya empieza a ser un problema. En primer lugar, porque dormir con chicos de 5, 6 o 7 años comienza a ser incómodo desde lo físico, por la superficie mayor que ocupa un niño más grande, lo cual altera el descanso de los adultos, y porque muchas parejas buscan recuperar el espacio de intimidad por excelencia, como es la habitación y cama matrimonial.
“Naturalmente el colecho extendido irá desapareciendo. Puede pasar que llegue un hermanito, o todos empiecen a dormir incómodos y deje de ser negocio, o las parejas quieran recuperar su espacio de intimidad”, explica la sleep coach Rocío González, una consultora de sueño infantil que da herramientas para que las familias duerman mejor respetando cada estilo de crianza. Aunque el gran caudal de consultas están apuntadas más que nada a bebés, también asesora a familias con niños de hasta 9 años.
“Con los chicos más grandes se trabaja distinto que con bebés. Acá la gran herramienta es la comunicación. Hablarles mucho de la importancia de dormir bien tanto para ellos como para los adultos para estar fuertes, descansados y de mejor humor. A veces como padres hacemos hincapié en la importancia de alimentarse bien, de que no coman comida chatarra, pero no hacemos lo mismo con el sueño”, sostiene González.
Con los más grandes también es posible charlar sobre los miedos característicos de la etapa. “Con ellos sirve transmitir nuestras experiencias cuando éramos chicos, les gusta escucharlas y también les gusta que les contemos cuentos, hay algunos muy buenos que trabajan el tema de los miedos nocturnos. Y por supuesto a esta edad también siguen siendo efectivas las rutinas. Todo lo que sea constante les da seguridad, los tranquiliza”, plantea González.
Otra herramienta efectiva es acompañarlos a dormir y quedarse hasta que concilien el sueño. “Es importante que lo hagan en su cama, no sirve que se duerman en la nuestra y después pasarlos porque al primer despertar y ver que están en un ámbito distinto, van a ir a buscar a papá o mamá –advierte–. Por eso hay que trabajar en la confianza de que se duerman en su habitación sabiendo que van a tener nuestra presencia hasta que eso ocurra”. Otras alternativas es ponerles un “ruido rosa” constante como olas o lluvia, que suele funcionar como un sonido relajante.
Rosario Salas, mamá de Ema, de 7 años, cuenta que la situación empezó a hacerse insostenible cuando su marido le recriminaba lo mal que dormía por las noches. “Desde que nació Ema, siempre tuvimos claro que íbamos a hacer colecho. Mientras fue bebé, nos resultó bien. Pero después intentamos que duerma en su cama y no había caso, se pasaba siempre a la nuestra y fuimos aceptando la situación con tal de que ella durmiera bien. Hasta que empezó a ser algo incómodo y Mauro, mi marido, se pasaba a la cama de Ema a la madrugada –cuenta–. Así estuvimos casi un año hasta que él empezó a quejarse de que dormía mal, primero porque le costaba volver a conciliar el sueño y después porque el colchón es más blandito y eso le provocaba dolores lumbares. Eso nos dio la pauta de que había llegado el momento de descolechar”.
El gran aliciente, cuenta Rosario, fueron las pijamadas en la casa de las amigas de Ema. “Ella empezó a notar que era raro seguir durmiendo con nosotros mientras sus amiguitas dormían cada una en su habitación. En un momento le empezó a dar vergüenza decirlo, no quería que nadie supiera que seguía en la cama con nosotros. Y también empezaron las pijamadas y sabía que para ir a una primero tenía que aprender a dormir sola –cuenta–. Así que empezó a dormirse en su cama, al principio con nosotros al lado, con la luz prendida, y después ya nos mandaba directamente a nuestra cama. Al final, fue más fácil y menos traumático de lo que pensábamos porque creo que ya estaba preparada para dar ese paso”.
Más allá de los tiempos culturales o personales, desde la pediatría Critzmann aclara que no hay una edad “adecuada” para descolechar. “Cada familia lo va a decidir a su tiempo, pero no hay que asustarse si dos días están en su cama y otros dos en la de sus cuidadores -sostiene-. No hay límites de edad para el colecho. Lo que está bueno es fomentar actividades que le generen cierta autonomía como darle los cubiertos para que se corten la comida, o que se vistan solos por más que se pongan la ropa al revés –sugiere–. No es el colecho o la falta de colecho el que haga que un niño sea más o menos autónomo, sino más bien un conjunto de cosas. Y recordemos, también, que los seres humanos no somos autónomos: somos seres sociales que tejemos redes colectivas y necesitamos del apoyo, la presencia y la palabra de otros para vivir”.
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