martes, 19 de septiembre de 2023

EL PULSO DEL CONSUMO


Entre lo imprevisible y lo inesperado
Guillermo Oliveto

Pocas veces hubo tanto consenso en la sociedad: “Esto así no va más”. Detrás de esa frase se esconde una enorme frustración que deviene en la impotencia cotidiana de una ciudadanía que oscila entre la tristeza, la apatía y el hartazgo.
Si hacía falta algún dato que lo confirmara, ese fue el de la inflación en alimentos de agosto: 15,6%.
Siendo conscientes de la instancia final de un modelo que parece agotado reclaman un cambio y, en consecuencia, saben y afirman que “el ajuste es inevitable”.
Los jóvenes, que en 1991 no habían nacido y por ende nunca vivieron una situación similar, se autodefinen como “la generación que no va a tener nada”. Ni casa, ni auto, y ahora, ni mundo. Algo letal para quienes nacieron y se criaron en la era de la hipertrofia del deseo, propia de la globalización, internet y las redes sociales. No se puede desear lo que no se conoce, pero cuando gracias a la transparencia de la hiperconectividad todos ven todo, todos quieren todo. La decepción se vuelve crónica a medida que a cada uno de esos deseos se enfrenta al detestable game over en el videojuego de la vida real.
Ahora se sumó a la lejanía de la tríada de los grandes proyectos el alquiler. Ya, para muchos sub-30, no queda ni eso. Cito textualmente uno de los tantos casos que nos encontramos en nuestras investigaciones con focus groups para medir el humor social. Una joven de 27 años de clase media nos dijo: “Vivía en un 2 ambientes, después me tuve que mudar a un monoambiente. Ahora no me alcanza y estoy yendo a una pensión. ¿Qué hago con mi perro y con mi gato?”.
Del mismo modo, cuesta recordar una instancia donde haya existido de manera pública y explícita tanto acuerdo en los factores reales de poder –políticos, dirigentes, empresarios– y los analistas de múltiples disciplinas –desde la economía hasta la energía– sobre la oportunidad histórica que, una vez más, tiene el país en el horizonte cercano. En un reciente evento que realizó la consultora Ecolatina para sus clientes, sus economistas presentaron un escenario base para 2024 con una caída de la economía del 2,7% y una inflación del 161% anual, y un escenario pesimista donde la contracción del PBI llega a 4% y la inflación, a 219%. En ambos casos contemplan una inevitable nueva devaluación para achicar la brecha entre el dólar oficial y el paralelo y una corrección progresiva de los precios relativos, lo que implicaría quita de subsidios y suba de las tarifas de los servicios públicos.
En simultáneo, el ingeniero Daniel Dreizzen, de la consultora Aleph, especializada en energía, con quien trabajan en conjunto, cerró la jornada y proyectó que, en un escenario intermedio y contemplando solo el desarrollo potencial de las energías fósiles –es decir, sin contar las posibilidades adicionales de las renovables–, el país podría pasar de tener una balanza comercial negativa en energía de 5000 millones de dólares, como fue la de 2022, a una positiva de 24.000 millones de dólares en 2030.
En el escenario optimista, ese valor llega a los 31.500 millones de dólares. A eso hay que sumarle, naturalmente, lo ya conocido del agro, el turismo y la producción fabril con calidad de exportación, como la automotriz, junto a los desarrollos incipientes y bien realistas del litio, la minería en general o la industria del conocimiento.
El interrogante clave que se abre entonces frente a nuestros ojos y que signará con sus múltiples implicancias la dinámica de los próximos meses es claro, nítido, contundente: ¿cómo se articula lo uno con lo otro? ¿De qué material estará hecho ese puente imaginario, y tan concreto a la vez, que podría unir esté presente oscuro y lánguido con un futuro cercano ciertamente más luminoso? ¿Qué tan sólido será? ¿Cuáles serán sus puntos de fragilidad? ¿Hasta dónde podría resistir?
Hasta dónde llega el desafío
Puesto en términos más prácticos, trasladables a instancias cronológicas y por ende a distintos escenarios, presupuestos y planes de acción: ¿qué es lo que tendremos que atravesar si pretendemos alcanzar esa instancia que brilla como la luz de un faro en la brumosa, opaca y agobiante realidad actual? ¿Cómo será ese tránsito? ¿Cuánto tiempo durará? ¿Cómo sería su secuencia? En definitiva: ¿hasta dónde la gente estará dispuesta a postergar algunos de sus tantos deseos, necesidades y urgencias del presente a cambio de un mayor bienestar en el futuro?
Pensar la Argentina que viene implica, de manera también inevitable, pensar esta pregunta.
Abordando ese complejo ejercicio, se me ocurre empezar por una sentencia que crucé días pasados en X. Tenía la impronta propia de esa red social donde deben primar el impacto y la sagacidad para captar la atención, pero entiendo que es un buen disparador, justamente para pensar. Decía: “El argentino prefiere estar mejor que ser mejor”. En apenas ocho palabras condensa toda la tensión que tenemos por delante. El atajo versus el camino; el hoy versus el mañana; el consumo versus el ahorro.
Lo que reflejan nuestras investigaciones cualitativas es que esta vez, la sociedad tiene plena consciencia de la dificultad que tendrá arreglar las cosas. Y de que llevará tiempo.
Pero siempre es válido recordar que una cosa es prever y otra muy diferente, experimentar. A pesar de las enormes dificultades que tiene la economía argentina, la extraordinaria capacidad de supervivencia, adaptación y resiliencia de los ciudadanos hace que aún “la nave, navegue”. Es desde esa perspectiva de una falsa zona de confort, propia de una vara que, a la fuerza y con resignación, ha bajado hasta límites inimaginables, que hoy se verbaliza el posible mañana.
Basta ejemplificarlo con un dato reciente: durante el mes de agosto, a pesar de la devaluación y la violenta suba de precios, las ventas en las grandes cadenas de supermercados crecieron 14% comparadas en unidades con el mismo mes del año pasado, según los datos de Scentia. Es obvio, todos corrieron a cubrirse. Tan obvio como que, de una manera o la otra, tuvieron el dinero o el crédito suficientes para hacerlo.
Al observar en un plano más amplio la dinámica del consumo en 2022 cuando la inflación fue del 95% en el año (shoppings, hoteles y restaurantes, +40% de crecimiento) como la del primer semestre de 2023, cuando la suba de precios llegó a ser algo más del 115% interanual (cines, +42%; teatros, +94%), podemos llegar a una conclusión contraintuitiva, pero validada en la praxis pura y dura: los argentinos se llevan mucho mejor con la inflación que con la recesión.
Se enojan, se hastían, se deprimen y pierden el entusiasmo vital, pero sacan a relucir todo un set de artilugios que, a esta altura, podríamos decir, son parte de una herencia genética inflacionaria. Nada de todo esto los hace felices ni mucho menos, porque “se consume lo que se puede, no lo que se quiere”. Sin embargo, por ahora, a los tumbos, y atada con mil alfileres, al borde del descalabro total en cualquier momento, “la vida sigue”.
Resistencia y dignidad
Este es un colectivo social donde las ambiciones, las demandas y los anhelos de una vida de clase media siguen estando grabadas a fuego, y que se aferra a la resistencia como un modo de sostener la identidad y la dignidad. Es contemplando sus características y sus conductas que debe considerarse lo delicado del tránsito que nos espera. Si a eso le sumamos la fragilidad extrema de la base de la pirámide (30% de los hogares, 40% de la población), podemos convenir en que subestimar la complejidad por venir podría ser muy peligroso.
En 1787, un navío de la Marina Real Británica zarpó de Inglaterra con destino a Tahití. Debían cruzar del océano Atlántico al Pacífico para llegar a esta isla del Pacífico Sur. La misión indicaba cruzar por el Cabo de Hornos. El capitán William Bligh estaba ansioso por llegar antes del final del verano del hemisferio sur.
Pero la falta de viento hizo que el viaje se fuera retrasando. Sabía que a medida que se acercara el invierno, el clima se volvería más hostil. Intentaron cruzar por la que aún hoy es considerada una de las vías navegables más desafiantes del mundo durante dos semanas.
Ingresaron a la zona del 2 de abril, pero una serie de tempestades, con lluvia, hielo, granizo y grandes olas, impidieron el tránsito fructífero haciendo que el 17 de abril el máximo líder de la nave, con la tripulación exhausta, reconociera que “el mar los había vencido”. Tuvo que retroceder y cruzar por el Cabo de Buena Esperanza, situado al sur de África. Es decir, cambió la ruta por completo para llegar a su destino en un recorrido inverso.
Una vez que arribaron, la vida era tanto mejor en tierra firme que en el mar que los tripulantes no se querían ir. Se dieron una serie de sucesos y conflictos entre el capitán y sus dirigidos que terminaron provocando un motín al mando del ayudante de maestre, Christian Fletcher.
Ocurrió el 28 de abril de 1789. La historia fue llevada al cine en tres ocasiones. La primera, protagonizada por Clark Gable; la segunda, por Marlon Brando, y la tercera, por Anthony Hopkins y Mel Gibson. Esta última versión se estrenó en 1984 y se tituló The Bounty.
Dada la situación que tenemos por delante, nuestro Tahití parece estar a la vista. Pero resulta inevitable tener que pasar antes por el Cabo de Hornos. La maestría del capitán, sea quien fuere (hay quienes hoy, tal vez apresuradamente, le ponen nombre y apellido como si ese hecho también fuera inevitable) y la tolerancia de la tripulación resultarán fundamentales para el éxito o no de la misión. De esto podría estar hecho el futuro próximo.
Aunque antes de ser concluyentes, en el marco de las múltiples incertidumbres que nos acechan, convendría recordar esa sentencia que asignan al gran estadista brasileño Fernando Henrique Cardoso: “Cuando esperamos lo inevitable, aparece lo inesperado”.
Tendremos entonces que tener la templanza, la sensatez y la flexibilidad para enfrentar lo inevitable, sin por ello dejar de estar abiertos a lo inesperado.
“El argentino prefiere estar mejor que ser mejor”, se leyó en X hace pocos días
La capacidad de resistencia de la clase media hace que aún la nave navegue

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“Esto no puede seguir así”: fuerte carta de los tamberos a Sergio Massa por la crisis
La cadena láctea pierde $5700 millones por mes; las entidades del sector pidieron al ministro la quita de las retenciones
Fernando Bertello
Nueve entidades de la producción y la industria lechera le hicieron una fuerte advertencia al ministro de Economía, Sergio Massa, y pidieron medidas para la actividad, hoy atravesada por una crisis de rentabilidad, según vienen alertando los productores. Entre otras cosas, reclamaron sacar las retenciones.
En agosto último, cuando la inflación mensual fue de 12,4%, a los tamberos el valor de la materia prima solo se les mejoró un 4,1%. Esto en un contexto de fuerte suba de costos y la implementación de las distintas ediciones del dólar soja, que dispararon más el gasto de la alimentación. En los últimos días, los tamberos contaron, a través de las redes, la dramática situación que se está viviendo, agravada por la falta de lluvias en regiones donde las precipitaciones no se terminaron de regularizar.
“Nos dirigimos a usted como integrantes del sector productivo e industrial lácteo con el objeto de expresarle la dificilísima situación por la que atraviesa nuestra cadena”, comenzó la carta a Massa firmada por la Mesa de Productores de Leche de la Provincia de Santa Fe, Cámara de Productores de Leche de la Cuenca Oeste de Buenos Aires (Caprolecoba), Centro de la Industria lechera argentina (CIL), Asociación de Pequeñas y Medianas Empresas Lácteas (Apymel), Junta Intercooperativa de Productores de leche, Coninagro, Federación Agraria Argentina, Unión de Productores de Leche Cuenca Mar y Sierras, y Abasto USV.
Las entidades expresaron luego: “A pesar de que en el primer semestre fuimos muy impactados por la sequía y la persistencia de medidas macroeconómicas que nos mantuvieron en niveles negativos de rentabilidad [la cadena láctea viene perdiendo en conjunto $5700 millones por mes], y pagando el costo de endeudarnos y descapitalizarnos crecientemente, sostuvimos el flujo de abastecimiento, sin sobresaltos ni caídas de producción. Pero esto no puede seguir así hacia adelante, porque tanto tambos como industrias están al límite de sus posibilidades y son muchas las empresas que enfrentan un escenario de posible quebranto (sobre todo pymes). Con el agravante de la baja de los precios internacionales y una caída en el consumo interno”.
Según las entidades, cuya carta también fue dirigida al secretario de Agricultura, Juan José Bahillo, se deben adoptar medidas que actúen como un “atenuante capaz de reponer mejores condiciones productivas y un mayor ingreso de divisas al país por exportaciones”.
Al respecto, entre otras acciones, pidieron la “quita de derechos de exportación en todas las posiciones arancelarias de los lácteos”.
La leche en polvo tributa un 9% de retenciones y los quesos 4,5%, entre otros productos En sectores de la producción había expectativa de que la actividad quedara incluida en la baja de las retenciones a 0% que comenzó a regir este mes para las economías regionales, pero esas voces no fueron escuchadas.
La carta también reclamó “establecer un equivalente en pesos por dólar exportado en iguales condiciones al conocido como soja versión IV”. En la actividad culpan al dólar soja de elevar los costos de alimentación sin poder ellos tener una medida también de estímulo propio para la exportación.
Programa sin pagar
Además, solicitaron “acelerar el pago del Programa Impulso Tambero”, “autorizar las SIRA de importación del sector lácteo y pago de los mismos” y “modificar el precio de referencia de aduana y ajustarlo a los valores actuales del mercado internacional”.
En su cuenta de Twitter, el viernes pasado Bahillo informó que se reunió con Massa. Adelantó que mañana se hará el primer pago de Impulso Tambero II, un programa de compensación.
“Mantuvimos una reunión con @SergioMassa y confirmamos que este lunes 18 de septiembre se acreditará el primer pago de #ImpulsoTambero2 donde las y los productores recibirán hasta $800.000”, señaló, y agregó: “Además Sergio Massa me pidió convocar para el próximo miércoles a representantes de la producción, industria y trabajadores del sector lácteo además de ministros de Córdoba, Santa Fe, Entre Ríos y Buenos Aires, con el fin de escuchar y analizar la situación del sector lechero”

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Frigoríficos acortan la jornada laboral
La faena disminuyó 4,4% en agosto y algunos establecimientos bajaron la producción
Mariana Reinke y Fernando Bertello
Con una caída de 4,4% en la faena con respecto al mes anterior, en agosto pasado la industria frigorífica mermó su ritmo de trabajo, y hoy algunas firmas acortan su jornada semanal.
Por un lado, influyó la caída de precios en el mercado internacional, que no hace atractivo el negocio en valor. Por otra parte, está muy trabado el Sistema de Importaciones de la República Argentina y Pagos de Servicios al Exterior (Sirase) para cancelar fletes.
Además, el consumo interno se vio afectado por la situación macroeconómica del país. Los consumidores no convalidaron toda la suba de la carne, que según el Instituto de Promoción de la Carne Vacuna Argentina (Ipcva) trepó 30,2% en agosto último.
Si bien en julio las ventas de carnes al exterior se ubicaron en un alto nivel, fuentes del sector comentaron que eran stocks anteriores acumulados en las plantas. “Ninguno de los dos mercados responde”, alertaron por lo bajo. “No podemos pagar fletes, los contenedores llegan a destino y las navieras no dan el documento hasta no pagar; eso complica todo”, indicaron.
En este contexto, algunos ya comenzaron a bajar la regularidad del trabajo diario y otros lo harán esta semana. Con una fuerte incertidumbre, el principal problema no son los dólares que se pagan en el exterior, sino los pesos que entrega el Gobierno en cada operación que se liquida. Con un dólar financiero que no vale menos de $700 y donde a la exportadora, sacando las retenciones del 9%, le quedan unos $325 neto, este gap (brecha) le impide cualquier tipo de negocio rentable.
“La producción de carne bovina obtenida en agosto de 2023 resultó cercana a las 278.700 toneladas equivalente res con hueso, que implica una caída del 4,1% con respecto de julio y una baja de un 3,8% con respecto a agosto del año 2022”, sostuvo Mario Ravettino, presidente del Consorcio de exportadores de carne ABC.
Baja en la producción
En este contexto, dijeron que la faena de las empresas del ABC trepó a 396.700 cabezas en agosto, representando el 32,2% de la faena total. “La participación del ABC en la faena total cae con respecto al 33,4% alcanzado en julio de 2023 y es menor que el 33,7% alcanzado en agosto de 2022. La faena de agosto de 2023 cae en 56.200 cabezas con respecto al mes anterior (-4,4%) y, paralelamente, la faena de las empresas asociadas al consorcio se recorta en 34.100 cabezas, un 7,9% menos”, señalaron en la entidad.
Por otro lado, Ravettino agregó que la faena de agosto se ha caracterizado por su “descenso moderado en términos absolutos con respecto a la registrada el mes anterior, y con respecto a la faena registrada durante el mismo mes del año pasado se manifestaron caídas leves”.
Además, señaló que las expectativas “son de una faena con tendencia a la baja, sostenida solo por la oferta de animales livianos provenientes de establecimientos de engorde a corral, acompañada de una oferta de vacas y novillos en sensible retroceso”.

http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA

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