domingo, 17 de diciembre de 2023

DE NO CREER Y AL MARGEN


Esta columna se pone al servicio de la causa mileísta
— por Carlos M. Reymundo Roberts

En aras de la transparencia informativa, tengo una importante novedad para comunicar. Si así no lo hiciera, Dios y la patria no me van a demandar, pero me sentiría un gusano infame. Quiero anunciar mi adhesión, meditada y ferviente, a la causa de la libertad libertaria. Sí, soy mileísta. Y, como el Gobierno acaba de empezar, fui autorizado a considerarme “de la primera hora”; en cambio, me rechazaron el estatus de “línea fundadora”, al que solo pertenecen su hermana, Karina, y los hijos de cuatro patas. Es decir, a partir de hoy militaré a Milei y a su gobierno; militante inorgánico, sin ocupar cargos ni formar parte de estructura institucional alguna. Solo desde mi trabajo periodístico; esta columna, en primer lugar. Es posible –es dable imaginar, decía mi abuelo– que se me escape una que otra crítica al admirado Javier, a la gestión, a su equipo. Pero, después de haber confesado en público mi adscripción al mileísmo, si eventualmente me pongo quejoso nadie podrá acusarme de destituyente, de esbirro de la casta, de kirchnerista; mucho menos, de ensobrado. La verdad es que un sobre siempre es bienvenido, pero ya se imaginan la dificultad: “No hay plata”. Ni para el sobre.
“No hay plata”, recitó mi líder, con esa voz grave que tan bien le queda, al hablar ante la multitud reunida en la Plaza del Congreso (plaza que, propongo, a partir de ese acontecimiento debería ser llamada “del Pueblo”). Los gobiernos peronistas crean pobreza, y los que los siguen la administran. A eso se refieren los anuncios del martes de Caputo. El Caputazo es, en primer lugar, una declaración de principios: “En principio, estamos para atrás”. Aplaudo de pie todas las medidas que se anunciaron esta semana. Veamos las más importantes. 1) Megadevaluación. Bien. En campaña, Milei prometió un shock de ajustes, y lo votó el 56%. “Les hablé con la motosierra y me contestaron con el corazón”. 2) Suba de tarifas. Muy bien. Muchos ya resolvieron el problema: compran velas y leña, y venden la heladera, el lavarropas, la pava eléctrica… 3) Baja de jubilaciones. Perfecto. No hay personas más comprensivas que los abuelos: van a saber entender. El único problema es que reaparezca Mirta Tundis llorando por TV: yo mismo quedaría sumergido en lágrimas. 4) Rajes de empleados públicos. Excelente. Sobran por todos lados. Habría que atenuar el impacto con planes sociales para los camporistas que se queden en la calle. 5) Ventas de autos y aviones oficiales. Extraordinario. En los autos iban bolsos y la flota de aviones se justificaba con Cristina, que sacaba a pasear a sus nietitos: “Preparen las mochilas que Abu mañana los lleva al sur y el lunes los trae de vuelta”. 6) Suspensión por un año de la pauta oficial. ¡Desastre! Un atentado contra la libertad de prensa y, peor, contra mi sueldo. Renuncio al mileísmo. Chau. Duré cinco minutos.
Tranquis, tranquis: era una bromita. ¿Cómo no les voy a permitir que se equivoquen? La pifian mucho porque nunca pensaron que iban a ganar. No contaban con la astucia de Juntos por el Cambio. Por ejemplo, un error que se deslizó –pequeño, insignificante– es que el gobierno que venía a bajar los impuestos nos está empezando a sacudir con un impuestazo: Ganancias, compra de divisas, retenciones… Milei votó la baja de Ganancias y ahora promueve la suba: tiene esa cosa peronista, ¿no? En este caso lo digo como atributo: la realidad es dinámica. En el traspaso de mando, sonriente, cómplice, dicharachero, le mostraba a Cris los perritos del bastón, y ella, de lo más divertida. Dos tiernos.
Argentinos, a poner el hombro: hay que hacerle el aguante a este tipo que nos liberó del yugo massista-kirchnerista. Parte del aguante es mirar para otro lado cuando vemos cosas que no nos cierran. Nada de escandalizarnos con el photoshop de la primera galería de fotos oficiales: en las que Javier está con el gabinete y en las que posa en el sillón de Rivadavia. Le afinaron el mentón, lo peinaron, le rebajaron las patillas. Quedó divino. Por supuesto, él permitió esos retoques. Increíble: estar empezando a trabajar de presidente de un país en llamas no relegó sus inquietudes estéticas. La imagen es la imagen, papá. Buen laburo de laboratorio: parecía el de la Primera Comunión. También Karina pasó por el bisturí tecnológico, tarea cuesta arriba: le encanta poner cara de que le están pisando un callo.
¿Por qué la jura de ministros se hizo sin prensa y no se difundieron imágenes? Todavía no habían llegado los photoshopeadores.
Vamos a tener que acostumbrarnos a que el querido Javier es un hombre extraño, sorprendente, especial. Se despeina en el espejo y se hace peinar en las fotos. Autoriza designaciones y al rato las desautoriza. A Bolsonaro le dio rango protocolar de presidente. Dice que cuenta con la ayuda de una fuerza celestial. En la empuñadura del bastón de mando pone sus cinco perros.
Bueno, OK, es distinto. Acaso necesitábamos alguien así. No sé si un cuerdo está capacitado para arreglar este balurdo.
Hay que hacerse a la idea de que el Presidente es un hombre extraño, llamativo, muy especial

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Una operación de urgencia, sin anestesia
Por Héctor M. Guyot


La función en continuado del domingo ofreció las últimas imágenes del gobierno que se iba y las primeras del que llegaba. Unas confirmaron, a modo de broche final, la naturaleza de quienes nos gobernaron durante los últimos cuatro años; otras, aunque elocuentes, no bastan para dilucidar el perfil del gobierno que acabamos de estrenar.
El fuck you que Cristina Kirchner le dedicó a una plaza que la rechazaba resumió en un gesto el lugar que le dio a la gente durante su reinado. Los Kirchner, en su alienada megalomanía, gobernaron para ellos. La sociedad, a la que manipularon en favor de sus ambiciones, no fue el fin de su acción pública sino el medio para mantenerse en el poder y beneficiarse de él, y así la han dejado. Tras años de simulación, la obscenidad que la exvicepresidenta le dedicó a la plaza, de espaldas y sin detener su paso, fue una expresión espontánea y sin filtro que lo dice todo.
Como durante su presidencia, Alberto Fernández fue un fantasma. Aunque estaba allí, nadie lo vio durante la ceremonia de traspaso de mando. Resultó penoso el modo en que se escabulló por entre los pliegues del telón, ante la indiferencia de todos. “Bueno, me voy”, dijo antes, y sonó como parte del soliloquio alucinado en el que está enfrascado desde hace mucho. Un presidente ausente hasta el último minuto.
Entre los que llegaban, imposible soslayar la omnipresencia de Karina Milei. El país ha visto el encumbramiento de matrimonios, pero el acceso al poder de dos hermanos que mantienen un vínculo simbiótico fraguado en la infancia es algo inédito. El propio Presidente contó hasta qué punto depende de su hermana, lo que le confiere a la esquiva Karina, a quien aún no conocemos, un poder que se proyecta sobre todos los ministros. Una observación: derogar un decreto bien fundado para que ella pudiera ser nombrada secretaria general de la Presidencia parece cosa de la casta. Cuidado, el éxito del ajuste que el Gobierno puso en marcha depende en gran medida de evitar que la ciudadanía haga este tipo de identificaciones.
A Javier Milei se lo vio emocionado, sobre todo en la ceremonia religiosa. También, un poquito incómodo en el papel protagónico que le tocó ocupar. Ha dicho que se toma la presidencia como un trabajo. Todo lo que evite que el poder se le suba a la cabeza, bienvenido. En su discurso en el Congreso, plantó la bandera de la batalla cultural. Está bien, si apunta a la deconstrucción del sentido común ideologizado y ajeno a la realidad por el que los argentinos tenemos debilidad y que cristalizó en el relato K.
También, si busca crear una mística que confiera sentido al sufrimiento social que traerá el ajuste. ¿No es eso acaso lo que le faltó a Macri? Pero estaría mal si se trata de una cruzada para cambiar un viejo dogma por otro nuevo de signo contrario. Nadie es dueño de la verdad en una democracia liberal. Crear nuevas categorías de creyentes y herejes sería profundizar uno de los males más nocivos que extremó el kirchnerismo.
Mientras los mandatarios extranjeros se calcinaban al sol, Milei hizo un buen discurso en el que describió, como se esperaba, el estado ruinoso en que recibió el país. Hubo, eso sí, una desafinación preocupante: “No venimos a perseguir a nadie”. Eso está muy bien, pero habiendo tantos que se sienten perseguidos e invocan el lawfare, el Presidente podría haber avalado la acción de la Justicia, cuya función, precisamente, es perseguir el delito. Habría disipado cualquier suspicacia. Luego invitó a sumarse a la “nueva Argentina” y complementó la idea con otra frase poco feliz: “No importa de dónde vienen y lo que han hecho”. ¿La adscripción al Gobierno lava el pecado cometido? Así es como actúa la casta. Lo que han hecho algunos importa y mucho, ese es el problema. Quienes votaron a Milei esperan que se juzgue y condene la corrupción kirchnerista. Sin esto, difícil que el país cambie y revierta su caída.
El martes llegó el anuncio del ministro de Economía. Es cierto que faltaron precisiones y que las medidas representan un peso grande para las espaldas de la gente. Sin embargo, los palos que recibió Caputo me parecieron excesivos. El síndrome de la crítica como deporte nacional favorece el boicot contra el desafío descomunal de equilibrar las cuentas. Tal como ocurrió durante el gobierno de Macri. Habrá que tener cuidado de no matar el brote antes de que despunte. Sería darles pasto a quienes saldrán a pisarlo para imponer la vuelta al yuyo del privilegio corporativo.
Imaginemos un médico que, en plena guerra, se dispone a cerrar una herida de urgencia, sin anestesia. Aunque la dramática pérdida de sangre se deba a la agresión de un tercero, el insulto del paciente irá dirigido contra quien clava la aguja con intención de curar. ¿Hasta qué punto se entregará el convaleciente, a pesar del dolor, a las manos del médico? ¿En qué punto sacará el cuerpo, aun a riesgo de su propia vida? Depende de la conciencia que tenga de la gravedad de su herida, pero más aún de la confianza que le inspire el cirujano. Por eso Milei está obligado a cumplir su promesa de ir contra la casta.
Habrá que tener cuidado de no matar el brote antes de que despunte. Sería darles pasto a quienes saldrán a pisarlo para volver al yuyo del país corporativo


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