domingo, 23 de junio de 2024

Leonardo Moscato , artista de pasacalles

Leo comparte sus trabajos en sus redes sociales, bajo el nombre de (@pasacalles_leo)
Venezuela 4621, Villa Luzuriaga, Argentina

011 6096-8700

pasacallesleo@hotmail.com
La historia de uno de sus principales hacedores
Leonardo Moscato perdió su trabajo en 2001 y se animó a innovar en el rubro; hoy, junto a su equipo, no dejan de recibir pedidos
por Mariano Chaluleu.Leonardo Moscato en su taller (izq.) y algunos de los pasacalles que pintó en los últimos meses
Sirven para transmitir mensajes de amor, de despecho y de venganza; para felicitar a un recién graduado o a una pareja de recién casados; para saludar a alguien en su día y para muchas cosas más. Los pasacalles son uno de los métodos de comunicación más duraderos que se hayan conocido. Presentes en las calles de todo el país, divierten al que los lee, pero también, al que los hace.
Leonardo Moscato (42) lleva 23 años en el rubro. Hoy, desde San Justo, elabora pasacalles para vecinos de toda la región metropolitana de Buenos Aires. Su local llegó a ser visitado por tanta gente, que algunos famosos, como los Ángeles Azules o las hermanas Victoria y Stefanía Xipolitakis, han hecho uso de sus servicios. Leo tiene una técnica exquisita: brinda la entrevista a mientras toma mate con la mano izquierda y dibuja con la derecha. En promedio, puede demorar 15 o 20 minutos en terminar un pasacalle, nada más. Llega a hacer hasta 25 por día.
“Mi pasión por esto empezó cuando tenía cuatro años. Un día dibujé a Clemente en casa. Me quedó tan bien que mi mamá pensó que lo había hecho mi papá. Y él pensó que lo había hecho ella. Cuando les conté que era mío, lo borraron, me dieron una tiza y me pidieron que lo dibujara de nuevo. Cuando vieron el resultado, se dieron cuenta de que tenía talento y me mandaron a clases de arte. Pero cuando llegamos al lugar la profesora me vio tan chiquito, que no me tomó. Se habían olvidado del detalle de la edad. Yo estaba tan entusiasmado que mi mamá le pidió a la profesora que me diera aunque fuera una clase. La profe me dio una lapicera y una hoja. Me pidió que dibujara una ciudad. Lo hice con mucho detalle, como si estuviera vista desde arriba. Dibujé postes de luz, cables, pajaritos parados en los cables. Cuando vio eso, fue al revés: le insistió a mi mamá para que me mandara igual. Hice tres años seguidos en nivel inicial hasta tener la edad para rendir. Eso me sirvió, porque me iba formando viendo a otros artistas”, dice Leo.
Quince años después de aquella visita a la academia, y luego de haber cursado la primaria en una escuela de arte y la secundaria en la escuela técnica de arte Fernando Fader, del barrio porteño de Flores, Leo se encontraba trabajando en una fábrica de carteles. Llevaba poco, nueve meses, le iba bien y se sentía a gusto. Sin embargo, el estallido de 2001 lo dejó sin trabajo, al igual que a muchos argentinos. “Tuve que reinventarme y empecé a pintar carteles y banderas a domicilio. Y bueno, después un vecino me pidió un pasacalle. Yo no sabía de qué se trataba el tema, pero para poder trabajar, le dije que sí...”, cuenta.
–¿Cuáles fueron tus primeros pasos?
–Empecé a comprar la tela de un metro. En ese momento era bolsa de arpillera. Después se la empezó a llamar rafia, después polipropileno, pero es similar a la tela de arpillera. Dejaba mi firma en cada pasacalle, era una manera de promocionar. Empecé yo solo. Tenía la gran ayuda de mis padres, que recibían los pedidos en su teléfono de línea. Me ayudaban a recepcionar.
–¿Prendió rápido el negocio?
–Sí, aunque tuve que buscarle la vuelta. Levanté muy rápido en el tema ventas porque trabajé con emprendedores que invertían mucho en publicidad. Y como les funcionaba, redoblaban la apuesta y seguían invirtiendo en pasacalles. Empecé con uno por semana, después dos. Últimamente son muchísimos.
–¿Qué decía el primer pasacalle que pintaste?
–Recuerdo que fue para un vecino. Era por un cumpleaños de 15. No me acuerdo el nombre de la chica. Decía: “Feliz 15, que todos tus sueños se hagan realidad, te amamos”, más el nombre de los familiares y un dibujo de una rosa.
–¿Cuáles son los mensajes más pedidos?
–Ahora lo que está en el puesto uno son las graduaciones. Se reciben de ingenieros, arquitectos, enfermeras. Y después muchos de enamorados.
–Y muchos de arrepentidos.
–Sí, esos también están en el primer puesto [ríe], como los de venganza, de despecho; hay muchísimos de esos.
–¿Cómo se suele dar esa situación?
–Apenas se pelean con la pareja, me llaman para escracharlos o para pedir perdón.
–A veces se ven intercambios muy divertidos en las calles.
–Hace poco se dio una “guerra de pasacalles” que se hizo viral. Era una pareja, se dedicaban pasacalles bastante subidos de tono entre sí. Los colgaban en las inmediaciones del shopping de San Justo. Se contestaban los mensajes ahí en el mismo lugar, y ahora fueron por más y están colocando nuevos mensajes en lugares que frecuenta la otra persona: los ponen donde el otro va a arreglar el auto, donde va a bailar...
–¿Cuánto sale cada uno?
–Más o menos un promedio de 39.500 pesos, con la colocación incluida. Sin colocar, cuesta 30.500. Esa expareja invierte una barbaridad de dinero. Pero fijate que ella dice que se está gastando la plata de él, algo que cuenta en los mismos pasacalles. Así que dice que no le molesta derrocharla.
–¿Hay competencia?
–Hay. Yo tengo contabilizados más o menos 10 talleres, pero puede haber más.
–¿Y hay códigos?
–Yo me llevo bien con el 100% de los colegas del rubro. Hay otros que entre ellos, no tanto, y están en una batalla campal. A veces hacían pintadas nombrando un taller a otro, amenazándose hasta de muerte. En esas situaciones, yo traté de pacificar. También cuando veía un pasacalle caído de otra empresa se lo arreglaba. Me respetan.
–¿Cuánto te lleva terminar uno?
–Se puede tardar entre 15 minutos y una hora.
–¿Usás máquinas?
–Todo a mano. Hago a tiempo porque tengo muchos kits de pintura preparados. Con el primero sí tardé tres días y medio. Incluso antes marcaba los renglones y las letras con lápiz y fibras. Ahora no. Lo pinto directamente.
–¿Trabajás solo?
–Hoy tengo todo un equipo. Más o menos 10 personas. Y mi abuela, que tiene 80 años, confecciona las costuras de los bordes de la tela. Lo podríamos hacer tranquilamente nosotros, pero ella se siente muy feliz de hacerlo.
–¿Cuántos suelen vender?
–Hacemos de 100 a 200 por día, contando los que son publicitarios.
–¿Qué tipo de clientes tenés?
–Además de los clásicos, hacemos pasacalles para manifestaciones, banderas de arrastre. Después hay varias discográficas que nos piden, cada vez que alguien saca un disco, hacer uno con un mensaje incógnito. Y después hay bizarros. Por ejemplo, ahora hicimos para Stefi Xipolitakis. Algunos fans suyos le habían dejado mensajes subidos de tono a ella (en un pasacalle), y ella se los contestó con el mismo método.
–¿Cuál es tu mejor anécdota?
–Había uno... La situación fue graciosa, porque un muchacho mandó a hacer un pasacalle para la ex novia, diciendo que la extrañaba. Fuimos a colocarlo en frente de la casa de la chica después de las 21, por recomendación de él. “Ella está muy deprimida, se acuesta a las nueve. Ni siquiera llega despierta a las diez”, nos contó. Bueno, cuando lo fuimos a colocar, nada que ver, estaba en la vereda con cinco muchachos, tomando cerveza, a las risotadas, y bueno, no sabíamos cómo decirle a él que dejara de invertir en algo que ya no se iba a dar [ríe].
–¿Los que te contactan por mensajes de arrepentimiento, después llaman para contar si les funcionó?
–Sí, llaman. Suelen conseguir un efecto positivo. La mayoría son historias con final feliz.
–Imagino que también tenés tu propia historia con un pasacalle...
–Sí [ríe], hice uno para mi mujer cuando todavía éramos novios. Fue de incógnito. No podía poner ni mi nombre ni el de ella porque el papá aún no sabía que estábamos juntos. Le hice un pasacalle con íconos de WhatsApp que nosotros nos solíamos mandar, solo íconos, que ella iba a poder identificar. Lo curioso es que había unas viejitas en la cuadra que se hacían cargo del pasacalle. Decían que era para ellas, de un admirador secreto.
–¿Alguna vez te han hecho problemas por colgar un pasacalle? ¿Es legal?
–La condición que nosotros encontramos es buscar no molestar a otros y no atarlo en columnas de luz. Todo lo que perjudique a otros lo limitamos, pero después no hay ninguna legislación que hable de los pasacalles. Un día, un policía nos quiso bajar uno que estábamos haciendo para Los Ángeles Azules. El policía pensó que era un mensaje xenófobo porque empezaba con “no todos los ángeles son negros...”. Pero en cuanto le explicamos de qué se trataba, entendió.
–¿Cuánto dura un pasacalle?
–Nosotros los dejamos puestos y, si nadie los saca, pueden durar como tres o cuatro meses. A veces los sacan los mismos que los encargaron o incluso nos avisan para que los bajemos.
–¿Hay momentos del año en los que se venda notoriamente más?
–Sí, en febrero, por el Día de los Enamorados. Y después de San Valentín también nos piden muchos mensajes de despecho.
–¿Qué es para vos esta industria?
–Para mí es una alegría enorme ponerme a pintar, hasta lo haría gratis. Me gusta mucho ver a las familias felices después de haber colocado el pasacalle. Lo definiría como una aventura

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