domingo, 18 de agosto de 2024

DE NO CREER Y AL MARGEN


Mi aporte a la causa: lo que nadie contó de Alberto
Carlos M. Reymundo Roberts
Confieso: verlo así a Alberto, cuesta abajo en la rodada, me parte el alma. Tan arriba hasta hace muy poco, y ahora despeñándose por un abismo sin fin. Tuve que forzar mi naturaleza, proclive a huir de la incomodidad, para acercarme a él. Lo hice con delicadeza. Le comenté que corría la versión de que había desistido de seguir escribiendo sus memorias, tarea que emprendió dos años atrás. “Profe –clamé–, ¡con todo lo que tenés para contar!”.
Me respondió con su muletilla de estos días: “Los caballeros no tenemos memoria”.
Lo mismo adujo en su descargo ante la Justicia. También su teléfono está desmemoriado: le desaparecieron dos años de chats con Fabiola. Peritos que investigan el celular sospechan que fue víctima del mismo virus que dejó a Maduro sin actas electorales.
Hoy me propongo ayudarlo a recordar. Voy a aportar detalles estremecedores sobre los 12 años de vínculo con su querida Fabiola. Se sabe que la cosa empezó con la entrevista que, en 2012, le hizo ella, entonces estudiante de Periodismo. No se conocían. A la tercera pregunta, Alberto dijo que podían seguir conversando en su departamento de Puerto Madero. Esa frescura y arrojo, que con el tiempo harían historia, le hicieron subir los colores a Fabi, 23 años menor. Empezaron a salir. Ella estaba deslumbrada. “Es inteligente, cariñoso, divertido –le contó a una amiga–. Ama jugar a tumbarme en el sillón y tirarse encima”.
La pareja se fue afianzando, incluso con desavenencias. “Me gustaría ser madre”; “Yo ya soy padre”. “Dale, llevame a Cancún”; “¿A Cancún? ¿No sabés que los mexicanos descienden de los indios?”. En 2016, Beto, un romántico, la lleva a París para comprometerse. Al volver, empiezan a convivir. De a poco, las diferencias se convierten en grietas: los celos enfermizos de él, las pretensiones de ella. Cortan. Fabi se va a estudiar inglés a Londres, solo por despecho: Alberto le había ofrecido tomar clases con Cafierito.
Advertencia: lo que sigue es prohibido para menores de 18 años, no recomendable para espíritus sensibles y eventualmente puede spoilear el documental de Fabiola, que continúa a la venta (fuentes del mercado dicen que por las entrevistas está pidiendo 500.000 dólares). Si bien mucha información consta ya en el expediente, hay contenido exclusivo que sin duda va a engrosar la causa. Alberto se revela enseguida como un hombre de talante odioso y modos salvajes. Al enterarse de que ella está embarazada, en aquel traumático 2016, la induce a abortar. Fabiola cede, cae en depresión y en el alcohol. Recurre a psicólogos y psiquiatras. Alberto, no menos afectado por la bebida, prueba con terapias alternativas: sale a la caza de mujeres, incluida una amiga de Fabiola. Lo hace, además, con una rara propensión a registrar todo en chats, fotos y videos. Hay tanto material que podemos sospechar que él también le apuntaba a un documental. ¿O a sus memorias? Olivos se convierte en telo, en altar de la trampa. Hasta es sorprendido in fraganti. Una de las visitas de Tamara Pettinato, asentada en el libro de ingresos, va de las 12 del mediodía a las 8 de la noche. Un día, estando allí, Cristina le reprocha a Alberto: “Dejate de joder con las minas que traés acá”. Agradeció el consejo y mudó el bulo a la Casa Rosada.
No se trataba solo de sexo: era una cuestión de Estado, porque las damas después pasaban a ocupar cargos públicos. Habría que revisar la nómina de Atucha II y de otros organismos. Javi, urgente: la motosierra del amor.
En el frente abierto con Fabiola, el profesor de la UBA apela a la gama entera de maltratos: empujones, cachetadas, trompadas, patadas (a la panza en la que crecía Francisquito), ahorcamientos. Ella se lo recrimina en los chats y él no niega nada porque, hijo de un juez, estaba trabajando para los jueces. Intelectual al fin, además de los golpes la amenaza, hostiga, intimida, denigra, encierra… Intelectual torpe: como si no supiera que su mujer es periodista, se pasó 12 años dándole información sobre sí mismo. Lo extraño del caso es que ella no usara esa información para defenderse. “Mi querido presidente, un rasguño más y cuento todo en una conferencia de prensa”. ¿Por qué no lo hizo? ¿Por qué nunca dio el portazo? Ya nos vamos a enterar. Por Dios, que alguien le compre la serie.
La violencia física, psicológica, institucional, económica y reproductiva no hubiese sido posible sin el concurso de terceras personas. Hay decenas (Cris, barbas en remojo), y obviamente la primera es María Cantero, leal y abnegada secretaria, paño de lágrimas de Fabi. Sabía todo y no abrió la boca, pero tiene una coartada: se pasaba el día traficando seguros. La segunda, Ayelén Mazzina, ministra de las Mujeres; cuando Fabi recurre a ella y le muestra las fotos, se indigna: “A mí no, nena. El único problema de Alberto con las mujeres es que las quiere a todas”.
¿Puede alguien pasar de profesor de Teoría del Delito a delincuente? ¿De presidente a presidiario? Por suerte, la historia de los amores de Olivos termina bien. Javi y Yuyito se acaban de dar el primer beso
¿Puede alguien pasar de profesor de Teoría del Delito a delincuente?

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¿Cuánta hipocresía podemos soportar?
Al margen — por Héctor M. Guyot
En estado de shock, en medio del incendio que provoca el escándalo de un expresidente golpeador, el peronismo trabaja en su nueva máscara. Se trata, por ahora, de rudimentarios ensayos de autopreservación que buscan quitarse del rostro la última que han usado, ya en avanzado estado de descomposición. Pero cuidado, el truco de siempre comienza a ponerse en marcha con recursos de probado éxito, invictos hasta aquí: el sacrificio de un chivo expiatorio y una descarada victimización.
“La doctrina peronista no puede pagar el precio de los errores de las personas”, dijo hace unos días Andrés “Cuervo” Larroque. Habría que preguntarle al militante camporista a qué errores alude. ¿Al sometimiento de una figura mediática a un interrogatorio humillante con el fin de levantar un ego adolescente? ¿Al uso del aura y los salones del poder para seducir mujeres? Porque la patada en la panza, los cachetazos diarios y la tortura psicológica a la ex primera dama Fabiola Yañez son otra cosa. Configuran delitos graves por los cuales Alberto Fernández ya está imputado.
Además, ¿a qué personas se refiere? Si se trata solo del expresidente, Larroque se quedó cortó. El Alberto presidente fue una extensión de la voluntad de Cristina Kirchner. Ella lo usó para darse a sí misma una segunda vida y desmantelar las causas de corrupción que pesan sobre sus hombros. Fernández fue algo así como un mandatario fallido que no cumplió con el objeto del mandato (garantizar la impunidad). Tal vez porque carecía de voluntad para todo aquello que no fuera darse una vida de lujos y placeres al amparo del poder.
La cosa estaba podrida desde el principio. El pecado original de aquel acuerdo perverso, que también firmó Sergio Massa, se manifiesta hoy en los pecados del expresidente y en un país degradado en lo material y lo moral.
En su momento, describí el vínculo entre Cristina y Fernández como una suerte de sadomasoquismo político. La entonces vicepresidenta le dedicaba a su presidente duros correctivos verbales y humillaciones venenosas, que eran asimiladas con docilidad por el sumiso ocupante de la Casa Rosada. No sabíamos que aquel hombre sin más atributos que los que le concedía el cargo tenía, puertas adentro, sus desahogos.
Ahora Cristina, con la vocería de Wado de Pedro y Mayra Mendoza, dice que ella era maltratada por Fernández. Para entender al kirchnerismo, nada mejor que un manual de psiquiatría: así como Alberto se victimiza frente a Fabiola
Yañez después de haberla golpeado (“me siento mal, pará”), Cristina también invierte los términos y se coloca el traje de víctima. Es lo que mejor le sale, a fuerza de práctica. La falsa condición de víctima es el lugar desde el que se construye el relato. Pero ¿qué grado de efectividad conserva hoy el relato cuando las causas nobles que el peronismo K reivindicaba fueron mancilladas por quienes decían defenderlas?
El chivo expiatorio y la victimización son recursos para evitar el espejo. Hay en el peronismo una suerte de insensibilidad moral que le impide el ejercicio de la autocrítica. Por eso acumula vicios y delitos en progresión geométrica.
Una última duda respecto de la frase de Larroque: ¿de qué doctrina peronista habla? La mayoría de sus dirigentes pasan de un extremo del arco ideológico al otro según sopla el viento, sin ponerse colorados. Lo que define al peronismo es una constante condición transformista que le ha permitido despegarse de los daños creados por su última encarnación para pasar a la siguiente. ¿Hay doctrina? ¿Hay contenido a defender? Si así fuera, lo disimulan muy bien. La prueba es lo que hicieron con la causa feminista o los derechos humanos.
Partidizar un valor universal, que por definición está más allá del color político, es negarlo. Y es negar, al mismo tiempo, la posibilidad de convivencia de quienes piensan distinto: supone la destrucción de los principios comunes que habilitan el diálogo. Sin ese espacio de valores compartidos, la política se vuelve una guerra sin cuartel donde todo vale. Y lo primero que se destruye es la palabra. Esta parece ser la enfermedad de la democracia argentina, que viene de lejos, pero que el peronismo kirchnerista ha profundizado hasta extremos de los que será difícil regresar.
¿Regresará el peronismo del affaire Fernández, tal como antes ha regresado de los bolsos de López o de la causa de los cuadernos? ¿Será este escándalo, como un lector de este diario arriesgó en una carta, solo una mácula más en su trayectoria? Difícil saberlo.
En todo caso, buena parte de la respuesta reside en una sociedad golpeada a la que le cuesta abrir los ojos. Ante un peronismo inmune al desafío de la autocrítica, quizá esa misma sociedad, frente a todo lo que revela el espectáculo patético que se desprende del último gobierno K, no tenga más remedio que mirarse al espejo y cambiar. ¿Cuánta hipocresía somos capaces de soportar? ¿Cuánto cinismo? ¿Cuánto delito? ß
Hay en el peronismo una insensibilidad moral que le impide la autocrítica. Por eso acumula vicios y delitos en progresión geométrica

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