lunes, 12 de agosto de 2024

DR. FEDERICO BENETTI UN CREATIVO DE LA CIRUJÍA CARDIOVASCULAR Y EL HORRIBLE PREJUICIO




Texto de Gabriela Navarra // Fotos: Martín Lucesole
La palabra vocación deriva del latín vocare, y significa “llamado” o “acción de llamar”. Nunca tan bien empleada como en el caso de Federico Benetti, que cuando todavía era un adolescente de 14 años ya sabía sin lugar a dudas qué quería ser de grande: cirujano cardiovascular. “No, médico, no –asegura–. Cirujano cardiovascular”. Este hombre de 76 años nacido en Pascanas, Córdoba, pero criado y educado en Rosario (donde vive, y a la que siente su ciudad), tuvo en su padre, Pablo Benetti Aprosio, la clara influencia que decidió su destino. Benetti padre era médico rural y fue pionero de la cirugía cardíaca con circulación extracorpórea en el país, que realizó en 1958, cuando Federico tenía apenas 11 años. Su madre, Marta Rossi, también estuvo ligada al campo de la salud. Farmacéutica y bioquímica, fue –dice su hijo– una de las primeras micólogas del país. Hace muy poco Federico Benetti recibió una distinción nada común: fue reconocido como uno de los “7 sabios de la humanidad de la década de oro de la cirugía cardiovascular” en Atenas, Grecia, donde históricamente los reconocidos habían sido siempre filósofos. Benetti lleva 52 años de carrera, es creador de cinco técnicas quirúrgicas (tres para tratar las arterias coronarias; dos para el tratamiento de afecciones en las válvulas del corazón) y de 30 patentes por inventos. Es autor además de más de 500 publicaciones científicas, de tratamientos experimentales con células madre para reparar afecciones cardíacas, ha creado numerosas asociaciones vinculadas con la cirugía cardiovascular y en 1990, en CABA, donde trabajaba, creó la Fundación Benetti, con sede central administrativa en esta ciudad y una clínica en Rosario, donde se tratan pacientes, se investiga y existe la firme intención de retomar las cirugías, que se hicieron allí hasta 2017. –¿Qué se siente al ser elegido un sabio de la humanidad? –Yo tuve muchos reconocimientos en mi vida médica, que es larga. Recorrí el mundo porque entrené a miles de cirujanos y creé centros en 45 países. Entonces tengo muchos premios: por ejemplo, en 2008, un reconocimiento a mí y a otros 49 médicos en la Isla de Cos, la isla de Hipócrates, donde hay un árbol y una placa con mi nombre. Lo de los sabios fue una iniciativa de cirujanos griegos, que en su mayoría yo mismo entrené. Junto con las autoridades decidieron distinguir a quienes consideraron los siete cirujanos coronarios que hicieron más aportes a la humanidad. Nunca se había hecho en la salud, en la medicina. Me emocioné, fue muy fuerte. Estoy muy acostumbrado a recibir honores y títulos, pero esto tuvo de especial que se hizo en el viejo Parlamento ateniense, donde se gestó la historia de nuestro mundo occidental. Había muchas personas, y nos hicieron muchas preguntas. –¿Qué les preguntaban? –Sobre todo preguntaban hacia dónde vamos, hacia dónde va el futuro, por qué tenemos que entender que hablamos de las enfermedades cardiovasculares, que son la primera causa de muerte en el mundo. A veces uno no se da cuenta cuando está metido en un tema que ese tema tiene tanto impacto. Cualquier cirujano quiere operar mucho en su vida: yo operé entre 8000 y 9000 pacientes, pero también creé y enseñé mis técnicas a otros. Y en una semana se opera en el mundo a la misma cantidad de pacientes que yo operé en toda mi vida con todas las técnicas y dispositivos que inventé. Después de muchos años de ejercer la cirugía entendí que el valor de lo que uno puede hacer, aparte de tratar pacientes, es cambiar las plataformas, los modelos de tratamiento, que es algo de lo que estuve atrás siempre, y también ahora.Recorrí el mundo porque entrené a miles de cirujanos y creé centros en 45 países”
–En una charla TED que dio en 2013 me sorprendió escucharlo decir que, en 1978, cuando estaba por operar a un paciente como se hacía hasta entonces, con bomba de circulación extracorpórea y el corazón detenido, usted en cambio –y sin saber por qué, decía en la charla– decidió operarlo con el corazón latiendo… Esta importante innovación que introdujo, ¿fue entonces algo impensado, que usted no había planificado? –Efectivamente fue en ese año, en Rosario. Tenía un paciente, Gerardo González, que en ese entonces tenía 42 años y falleció hace poco, a los 86 años. Le realicé por primera vez un bypass sin circulación extracorpórea, algo que se había hecho antes ocasionalmente, pero yo no lo sabía. Y así fue, tal como conté en la charla TED. Recuerdo que terminé esa cirugía y pasé a la segunda, que eran cinco puentes o by pass con la utilización de la Circulación Extracorpórea, y con corazón parado. Mi anestesista, Zila Alberdi, que había sido anestesista de mi papá y fue como la madre de muchos anestesistas de Rosario, me dijo que el primer paciente no parecía operado de lo bien que estaba. En ese momento no lo registré, porque los cirujanos estábamos todos concentrados en los trasplantes, pero en el 80 llegué a hacer otros siete pacientes de by pass sin circulación extracorpórea y publiqué los primeros casos en la revista de la Federación Argentina de Cardiología. Diez años más tarde, en el 90, publicamos otro artículo con 700 casos en una revista muy importante. Esta cirugía, llamada posteriormente Opcab (by pass coronario sin circulación extracorpórea, es decir, con el corazón latiendo), se fue desarrollando no solo acá sino en Brasil, en los EE.UU. y en Europa fundamentalmente, y después de que inventamos la tecnología se realizó en todo el mundo, como se hace actualmente de rutina. –¿Entre qué arterias se realiza habitualmente este tipo de by pass? –En el corazón tenemos dos arterias coronarias, la derecha y la izquierda, que a su vez tienen dos ramas: la descendente anterior y la arteria circunfleja. Para alrededor del 50 al 60% de la población del mundo lo que va a determinar su sobrevida es que tenga su arteria descendente anterior normal, es decir sin ninguna obstrucción, o si tiene un bypass de la mamaria izquierda conectado a la descendente anterior que sea permeable, es decir, en perfecto funcionamiento. Es un tratamiento muy probado: en 1964 se realizó por primera vez un by pass coronario de la mamaria izquierda a la arteria coronaria descendente anterior. Cualquier tratamiento en esta arteria con una lesión coronaria severa debería superar la prueba de este tiempo. La mamaria produce óxido nítrico, que preserva nuestras coronarias. Y esto aún no ha sido superado con los diferentes stents. Sin duda hay mucha investigación al respecto y quizás en el futuro se logre, pero después siempre hay que probarlo a largo plazo. –¿Hacer un by pass implica una cirugía a corazón abierto, es decir, abriendo el pecho? –A corazón abierto significa utilizar la circulación extracorpórea para remplazar el corazón y los pulmones durante la operación, y es una alternativa que se usa para la gran mayoría de las operaciones. Por ejemplo, para cambiar una válvula hay que entrar dentro del corazón, y en general se lo detiene por el tiempo necesario para hacer la operación. Las arterias coronarias están en la superficie, entonces el by pass coronario puede ser efectuado sin necesidad de parar el corazón ni los pulmones, es decir, sin la necesidad de utilizar la circulación extracorpórea. Además, cuando empecé con la cirugía coronaria sin circulación extracorpórea, los oxigenadores y la comba de circulación extra corpórea no eran como son ahora, que han mejorado muchísimo y son muy seguras. –Usted también es el creador de otra cirugía coronaria… –Sí. Mi obsesión en los 90 era hacer la cirugía coronaria en forma ambulatoria para disminuir las complicaciones y permitir el alta de los pacientes más rápido. La primera vez que la hice fue el 31 de enero de 1994, en Buenos Aires. Vino a verme una paciente que tenía 84 años con una lesión muy severa en la arteria descendente anterior y en el pulmón derecho. La cirugía consistía en hacerle un tajito debajo de la tetilla izquierda sin abrir la cavidad pleura (el “envase” del pulmón) y a través de una cámara de video preparar la arteria mamaria izquierda y conectarla a la arteria descendente anterior en forma directa con el corazón latiendo y sin utilizar la circulación extracorpórea. Pero como a esta mujer no le funcionaba bien la arteria mamaria tuve dudas. Y utilicé la vena safena para hacer el by pass. La novedad fue que no se abrió ni el pecho ni la pleura. Después, ese mismo año, operamos a un paciente joven que tenía una lesión del 90% en el nacimiento de la arteria. En 45 minutos le hicimos un by pass o puente de la mamaria a la descendente anterior a través de un pequeño tajito bajo la tetilla izquierda, por video. Todavía no había creado el término Midcab, que es el nombre actual de esta cirugía, así que lo publiqué como “toracotomía con video”. Ese paciente, a las 36 horas de la cirugía, ya estaba en condiciones de irse a su casa. Esa cirugía cambió mi vida. Junto con otros dos socios que no eran médicos, fundé una compañía en el Silicon Valley, Cardio Thoracic Systems (CTS) y comencé a moverme por el mundo para mostrar esta técnica. Esa compañía era para desarrollar la tecnología para todas las cirugías sin bomba. De familias e inventos –¿Qué hacía con su familia en esos contextos, de tanto viaje y ocupaciones? –El problema era que necesitaba plata para mantener a mi familia. Me había separado por segunda vez. Tengo 5 hijos, 4 varones y una mujer, y en ese entonces eran chicos. Mi hija es médica, el que sigue abogado, el que sigue es contador, el siguiente es ingeniero pero hace música y el menor es empresario. Con mis hijos la relación es excelente. Tengo dos en Rosario, uno en Buenos Aires, uno en Miami y uno entre Italia y Brasil, y además 5 nietos.“La Argentina es un ejemplo para el mundo en cardiología”
–¿Esa vida casi de trashumante fue difícil? –Fue difícil porque yo vivía en el hospital. Desde los 14 años ya sabía que quería ser cirujano del corazón, mi vida fue signada por eso aún hoy en día. A mí me ofrecieron meterme en política un montón de veces en Argentina. Pero mi pasión siempre fue la cirugía cardiovascular y lo sigue siendo. Y por el momento es donde más puedo aportar a la humanidad. –Usted creó un aparato que se utiliza mucho para operar, un estabilizador… –Sí, yo era muy consciente de que para difundir la cirugía de Midcab y sin bomba, había que hacer tecnología, y por eso este invento. Gané el RD, que es considerado el Premio Nobel de los americanos a los inventos a los 100 inventos que modificaron la vida del hombre, que da la Academia de Ciencia y Arte de Chicago junto con Chuck Taylor, el ingeniero con quien lo hicimos. Cuando trabajamos con el corazón latiendo, el corazón se mueve, entonces este aparato pequeño asegura que ahí en ese pedacito de corazón donde estamos trabajando quede fijo para poder hacer la anastomosis (unión de las arterias) más fácil. Este estabilizador nos permitió, junto con otros inventos posteriores, difundir la cirugía de by pass sin bomba extracorpórea, pero abriendo el esternón. Hay alrededor de 10 millones de pacientes intervenidos con esta tecnología en el mundo. –¿Y qué vino después? –Yo nunca había dejado de tener una obsesión: la cirugía coronaria ambulatoria. El objetivo era poder operar sin abrir el esternón. En el 97, en Rosario, tenía en la camilla a una paciente a la que le iba a realizar una operación de Midcab, pero vi que la parte inferior del esternón (N. de la R: Hueso plano situado en la parte anterior del pecho, con el cual se articulan por delante las costillas) era muy larga, algo que me llamó la atención. Esa parte del esternón, que es cartilaginosa, se llama apéndice xifoide. En lugar de abrir todo el esternón, hicimos una incisión de solo algunos centímetros, luego realizamos el by pass y, a las 24 horas, con el by pass funcionando perfectamente, la paciente se fue a su casa. Fue la primera cirugía de este tipo del planeta. –Este tipo de esternón, ¿es muy frecuente en la población? –No, es algo muy poco frecuente. Pero este caso con esta paciente me sirvió para crear otra técnica, cuya primera patente se llamó xifo approach, y que luego llamamos Miniopcab, es decir, cuando se abre apenas una parte del esternón. Opcab es cuando abre todo el esternón y Miniopcab cuando abre un pedacito, unos 8 centímetros. –¿Y cuál es la ventaja que suma? –La ventaja sobre la operación de Midcab es que en ésta el cirujano abre el tórax, se corta músculo y eso da dolor… se puede abrir también la pleura, hay que poner un tubo de drenaje. Entonces no se puede mandar el paciente a la casa el día siguiente. Con el Miniopcab se abre unos centímetros el esternón. Esta operación la empecé a hacer en muchos países y en el 70º Congreso de la Sociedad Americana de Cardiología –que es el más importante del mundo de la especialidad– presenté seis casos en forma ambulatoria por el 2000. –¿Usted opera con instrumental que le permite ver en tres dimensiones? –Sí, lo utilizamos en 1997, cuando hicimos esta operación. Ahora tenemos la posibilidad de otro sistema que se llama el “tercer ojo”, que nos permitiría dirigir una operación en tiempo real en cualquier lugar del mundo sin tener que trasladarme: es como clonarse. Pero esos anteojos que permiten la visión tridimensional están hoy en la Aduana. Espero tenerlos pronto porque tengo mucha demanda por aprender esta operación de Miniopcab en el mundo y en lugar de poner bases en otra parte y tener que viajar podría hacerla desde Rosario, desde mi fundación. ¿Cirugía o stent? –Usted es cirujano cardiovascular y pone by pass. Pero desde hace muchos años se usan los stents para “destapar” obstrucciones arteriales. Y para el público que no entiende mucho de esto, un stent es considerado mejor alternativa que una cirugía a corazón abierto… –El stent es un gran progreso. Sin duda permitió y permite salvar muchas vidas; pero también representa un gran negocio el beneficio que genera, desde su fabricación hasta que llega al paciente. De cada 10 millones de pacientes que reciben uno o más stents, alrededor de un 20% son colocados en la arteria coronaria descendente anterior cuando da mejor resultado usar la mamaria, que produce óxido nítrico, y que funciona bien desde hace 60 años. En muchas situaciones esto debe ser replanteado hoy. –¿En la Argentina cómo estamos? –La Argentina es un ejemplo para el mundo en cardiología, en hemodinamia y cirugía cardiovascular. No hay muchos lugares en que la mayoría de la gente tenga acceso a resolver un problema coronario grave. Esto sin duda es por el tremendo esfuerzo de los médicos, enfermeras y enfermeros y personal técnico. Ahora, justamente, estoy desarrollando un separador nuevo que permitirá que los cirujanos hagan la operación Miniopcab más fácilmente. Sin duda la adaptación en nuestro país va a ser muy rápida ya que el nivel de nuestros cirujanos es excelente. –¿Usted concretamente dice que habría que hacer más cirugías, que tienen mejor resultado que los stents? –Lo ideal es que se haga siempre lo mejor para el paciente y que esté científicamente probado. Es indiscutible la operación de la arteria mamaria izquierda a la arteria descendente anterior siempre que pueda ser realizada: es sin duda el mejor tratamiento a largo plazo y es en lo que trabajamos para hacerla cada vez más simple para el paciente. Mi posición es que se pueda avanzar cada vez más hacia un modelo híbrido. Es decir: usar la operación que va desde la de mamaria a la descendente anterior y a posteriori stents en las otras arterias. Es una transición lenta, que no será de un día para el otro. Mi interés es que haya más cirujanos cardiovasculares o cardiólogos intervencionistas con una formación más integral, un nuevo especialista que esté en el medio, un modelo en que el cirujano sea al mismo tiempo cardioangiografista, o sea capaz de poner un stent pero de resolver el problema si de pronto la arteria colapsa o estalla. O viceversa. Yo propongo que sea el mismo profesional quien haga todo. Por supuesto esto no es hoy. Necesita mucho trabajo, pero seguramente el tema de mejorar la relación costo-beneficio nos va a llevar a un sistema más integrado en el futuro. –¿Un cardiólogo intervencionista, el que pone stents, no es un cirujano cardiovascular? –Sí. El cardiólogo intervencionista trabaja con catéteres y es quien pone stents. El cirujano abre al paciente, hace un tajo y trabaja con instrumentos. –Usted tiene 76 años, ¿piensa retirarse? –Para nada. Yo no estoy en el quirófano todo el tiempo, solo me lavo ahora para enseñar esta operación. Mi tarea en este momento es otra. Es que lo que más aprendí en mi vida es a manejar los cambios, sé cómo tratar de influenciar para producir gran impacto. –Podría vivir en cualquier parte del mundo. ¿Por qué decidió quedarse en la Argentina y en Rosario? –En 2000, cuando era director de Miami Heart, recuerdo que vino la secretaria y me dijo que había una posición para mí en Universidad de Miami y poco antes me habían ofrecido otra posición en el hospital Metodista de Houston, que es como la meca. Pero siempre dije que no: yo sabía que tenía una placa de ateroma en la coronaria y que seguramente me tenía que operar en el futuro y además me tiraba volver, siempre, y me decía: “todo lo que inventé lo hice en mi país y lo impuse en el mundo…” Entonces, volví a vivir entre Uruguay y Argentina, construí la clínica de la Fundación en Rosario y desde acá viajaba por todo el mundo. –¿Y cómo solucionó su propia obstrucción coronaria? –En 2019, Daniel Navia y su equipo en el ICBA me operó de una lesión en el tronco de la arteria coronaria izquierda con la tecnología que yo mismo inventé: es algo bastante raro en el mundo, y le estoy muy agradecido. Tengo una esternotomía, me operaron cortando el esternón. Sé lo que significa personalmente. En el posoperatorio hay molestias, hay dolor. A partir de ahí me convencí totalmente de profundizar la técnica de Miniopcab y tratar de difundirla. –¿Qué debería cambiar en el sistema de salud de nuestro país? –El sistema argentino es complejo. Nosotros no podemos poner un seguro Único de Salud porque el sistema está muy fragmentado. Pero el Estado tendría que mirar muy bien lo que depende en parte o totalmente de él: uno tiene la sensación de que hay muchas cosas que arreglar. Me parece que se ha mejorado mucho en el control, pero siempre hay alguien que tiene influencia, entonces lleva agua para su molino y eso hace que a veces se desequilibren muchas cosas. En la Argentina, en salud muchas estructuras se han hecho en base a negocios privados asociados con el Estado. Existen estructuras que solo se pueden mantener con los pacientes del Estado y el poder de las obras sociales es muy grande: hay que buscar un equilibrio más allá de los negocios personales para mejorar lo que se pueda mejorar en beneficio de la gente. Soy de la idea de que siempre se puede mejorar. –¿Sigue operando? –Sí, enseño la operación de Mini Opcab fundamentalmente, pero en la Fundación no opero desde 2017. Ahora estoy buscando ayuda para poder volver a hacer exclusivamente esta técnica y avanzar hacia el modelo híbrido porque es lo que me demanda el mundo. Yo personalmente atiendo gratis, no cobro. Pero en este momento estoy buscando capital porque no puedo tener la clínica abierta las 24 horas. Lo que quiero es que en la clínica de la Fundación se atienda, esté abierta siempre y se pueda volver a operar. –¿Todavía hace esquí acuático? –Claro, y por eso también es que vivo en Rosario: por el río. Eso a mí me salva. He ido a hacer esquí acuático entre cirugías, para relajarme, para quitarme el estrés, que tuve mucho en mi vida porque todo lo que hice no fue “gratis” para mi salud. Me gusta la ciudad, me tira. Podría vivir en muchas otras ciudades, pero hoy y en la medida en que pueda poner la clínica en marcha como deseo, elijo vivir en Rosario.

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‘Oikofobia’: odiar la casa donde vives
Con la inmigración musulmana se viene otra Europa, y nada puede hacerse por evitarlo
Arturo Pérez-Reverte
El velo, sea hiyab, chador, niqab o burka, es en la Europa laica un símbolo de opresión y barbarie medieval
Estoy en la terraza de un café de una ciudad del norte de Italia, y en media hora veo pasar a una docena de mujeres musulmanas con el rostro cubierto a excepción de los ojos. Unas llevan a niños de la mano y otros carritos de la compra, y viéndolas pienso en la fría fatalidad de la Historia, en que la transformación geopolítica de Europa viene hoy en patera, y en que las oleadas de inmigrantes son un irreversible factor de civilización. De un nuevo mundo que en nada se parece al otro. Pero, concluyo, advertirlo cuando se tiene una edad y una biblioteca no es dramático, ni terrible. La Historia está hecha de civilizaciones colapsadas, y no siempre se tiene el privilegio de asistir al ocaso de una.
Vaya por delante que Europa siempre fue un lugar mestizo donde las desgracias vinieron a menudo de los fanáticos del purismo de raza, religión, familia o tribu, y que quienes presumen de tener ocho apellidos limpios de polvo y paja fueron causa de muchos males y tragedias. Pero hablamos de otra cosa. No se trata ya de lenguas, territorios o religiones, sino de conglomerados socioculturales, ciudades balcanizadas en comunidades ajenas unas a otras. Viene otra Europa, y nada puede hacerse por evitarlo. Quizá nunca se pudo, y sólo ocurre que ahora suenan más fuerte las campanadas del reloj de la Historia.
Dejemos las cosas claras: la inmigración ni se debe parar ni es posible hacerlo, porque además de inevitable es necesaria. Sin esa mano de obra, sin sangre nueva, la vida aquí sería insostenible, la economía acabaría yéndose al diablo, la pirámide de población se invertiría de forma monstruosa y la seguridad social sería imposible. Al ciudadano europeo, crecido en el bienestar y debilitado por él, lo desplazan la sangre joven, la ambición legítima, el tesón de gente más dura y más hambrienta. Basta un vistazo para advertir quién merece el futuro y quién la cuneta de la vida. El multiculturalismo es un cuento chino. La Historia demuestra que unas culturas empujan a otras impregnándose de ellas, pero siempre acaba imponiéndose la más vigorosa, la mejor sostenida por quienes la traen consigo. Y en la Europa actual, la más coherente es el Islam.
Ése, en mi opinión, es el principal problema al que se enfrenta el viejo continente: conflicto insoluble, consecuencia de la cobardía, codicia y estupidez europeas. Todos los gobiernos, temiendo ser llamados islamófobos o racistas, cometen idénticos errores desde hace décadas, sin aprender nada de los problemas de seguridad, formación de guetos e implantación de leyes islámicas en ciudades y pueblos. Casi toda Europa mira hacia otro lado ante las mismas atrocidades que los opresores religioso-sociales islámicos perpetran en sus países contra la libertad de expresión, la democracia, la igualdad de sexos o la orientación sexual; y sólo de refilón condena o persigue el trasplante de tales infamias.
En España, pese al ejemplo cercano de Francia, la desidia roza lo criminal. Autoridades de todo signo y color ignoran la realidad de los barrios marginales y lo que se dice en algunas mezquitas. Igual que no aprendieron de Francia, tampoco aprenden de Marruecos, donde buena parte de los imanes potencialmente conflictivos está comprada por el gobierno. Por algo será.
Y es que en España, como en el resto de Europa –cada uno con la inmigración que le toca–, lo que interesa es beneficiarse del asunto, vendiéndonos la ausencia de conflicto visible como prueba de asimilación e integración. A cambio, la clase empresarial obtiene mano de obra esclava y barata. También la izquierda más vociferante tiene sus ventajas: olvidando a las mujeres represaliadas y asesinadas en el mundo islámico, donde la extrema derecha religiosa considera a la mujer y a los homosexuales sometidos a la voluntad de Dios, la demagogia europea que vive del camelo subvencionado tiene oportunidad de alzar pancartas, lucir kufiyas, llamar niños a delincuentes de diecisiete años, calificar de racista a quien protesta cuando le roban el móvil o violan a su hija, o manifestarse en apoyo a integristas islámicos –que confunden con los musulmanes en general–, mezclándolos con los parias de la tierra, la lucha contra el capital, el imperialismo americano y el sobado comodín del franquismo (ignorando que nunca hubo política más eficaz de amistad y buena vecindad con Marruecos que la mantenida por el dictador Franco, que los conocía desde la mili).
Qué incómodo es recordar las advertencias que contra el velo y la sumisión de la mujer pronunciaron auténticas feministas como Elisabeth Badinter o la española Rosa Montero. Estaría bien que muchos simples e indocumentados conversaran con las curtidas feministas argelinas, endurecidas por diez espantosos años de lucha contra el terror islámico. Esto nos sitúa en el corazón del asunto: los inmigrantes musulmanes que dejan atrás la miseria pero traen su religión y forma de vida.

Como Europa, egoísta y estúpida, no ha sido capaz de ofrecerles integración e igualdad real, se sienten más cómodos con sus propios métodos y costumbres. Por eso buena parte de los emigrantes musulmanes no educa a sus hijos con la mentalidad del país de acogida, sino con la del país del que proceden. Tienen sus propias mezquitas, sus barrios, sus escuelas y su televisión; gozan de derechos imposibles en los países de origen, pero a la hora de respetar las obligaciones reclaman un trato distinto por su religión. Y como de tontos no tienen un pelo, se amparan en nuestra propia retórica. Los jóvenes nos desprecian por débiles y contradictorios, mientras que al Islam radical lo ven fuerte y atractivo. Europa es el cáncer, gritan, el Islam es la solución. Con vuestra democracia destruiremos vuestra democracia. Etcétera. La palabra la inventaron los griegos: oikofobia, odio a la casa, el lugar donde vives.
En esa contradicción está el problema. Por necesidad social, el inmigrante debe ser aceptado e integrado; pero su patrimonio cultural e histórico se opone al de una Europa que tampoco se aclara ella misma. Por tal razón esos musulmanes necesitan seguir siendo ellos: profesores denunciados por hablar de jamón o mencionar la Reconquista, protestas en autobuses y lugares donde hay perros –animal impuro según el Corán–, por la Semana Santa, por publicidad con chicas ligeras de ropa, por desnudos en las playas. Añadan a eso imanes que explican cómo pegarle a la esposa sin dejar marcas y que se libran con un cursillo sobre derechos humanos, que aprueban los asesinatos por honor, o que escriben, como el saudí Abdullah Al Qarni: No te dejes engañar por Occidente y sus ideas y modas, y recuerda que las mujeres que salen de casa a trabajar son responsables de la destrucción de sus familias.
Digamos lo que quienes deben hacerlo no se atreven: esto no es un debate entre iguales. Esto es Europa. Pertenecemos a una civilización superior en derechos y libertades. Allí ya me habrían matado, dijo la holandesa de origen somalí Ayaan Hirsi Ali. Aquí no se gobierna desde las iglesias ni las mezquitas; tratamos a las mujeres como a seres libres, no como propiedad de maridos y familiares varones, y no hay que esconderlas ni taparlas porque se nos supone educados para respetarlas. Aquí no hay desacuerdo entre iguales, insisto.
"Tienen sus propias mezquitas, sus barrios, sus escuelas y su televisión; gozan de derechos imposibles en los países de origen, pero a la hora de respetar las obligaciones reclaman un trato distinto por su religión"
En esto Europa está muy por encima, razón por la que acuden a ella miles de emigrantes a refugiarse o ganarse la vida. El problema es que nunca se les plantearon con firmeza las reglas del juego: obtenga trabajo y respeto, pero respete usted las normas. Lleve a sus hijos a colegios que los integren, no llame puta a su hija ni a la mía por llevar minifalda, no la case con quien ella no quiera, no le mutile el clítoris, no le cubra la cara o la cabeza cuando tenga la primera menstruación. Usted trae virtudes que aprecio; aprendamos uno de otro y vamos a llevarnos bien; y si no, ahí está la puerta. Eso no se hizo cuando se podía, y ahora no se puede hacer. Pasó el momento. Europa paga las consecuencias.
Déjenme volver a las mujeres con velo, sobre cuya prohibición el Tribunal Europeo de Derechos Humanos dijo hace veinte años que es contradictorio declararse respetuosos con la democracia y los derechos humanos cuando se practican costumbres basadas en la ley islámica. El velo, sea hiyab, chador, niqab o burka, es otra arma de dominación sexual utilizada por el hombre para someter a la mujer. Puede responder a la religión, la moda, la higiene; pero en la Europa laica es símbolo de opresión y barbarie medieval.
En ciertos ambientes se usa ahora a modo de reivindicación y desafío por parte de algunas jóvenes musulmanas, como antes fueron, para las europeas, los pantalones o la minifalda. Pero ese símbolo de orgullo para algunas es de resignación y sumisión para muchas otras. La pregunta, o el síntoma siniestro, es por qué las jóvenes lo llevan en tiempos que coinciden con el redoblar de la ultraderecha islámica en todo el mundo. No pueden pretender que eso se pase por alto. Las mujeres que usan voluntariamente velo, así como las feministas ignorantes que las jalean, insultan y abandonan a su suerte a las mujeres que luchan en los países islámicos y a las que sufrieron y lucharon por su libertad en Europa y el mundo.
Para muchos musulmanes, una mujer velada no es una ciudadana común, sino un animal doméstico que tutela el varón y sobre el cual decide. Ninguna democracia puede tolerar eso. Es cierto que si una chica enseña el tanga otra tiene derecho a cubrirse la cabeza, y que ahí la sensatez es decisiva. En ese contexto, el pañuelo es perfectamente asumible. Otra cosa es echar un pulso al modelo de derechos y libertades occidentales. Hay que distinguir, y las mujeres musulmanas deben saber distinguir. Cuando a una se le impide o critica llevar velo o cubrirse el rostro en lugares inapropiados, no se ataca su libertad, sino que se la protege. A veces de su familia y su entorno. Otras, de sí misma.

Cada una de estas concesiones ha sido en Europa una batalla perdida, a menudo sin saber que se ha luchado. La ultraderecha islámica es cada vez más arrogante y audaz, aunque no salga en los telediarios. Uno de cada dos o tres jóvenes de origen musulmán coloca su identidad religiosa por encima de la nacional –y también la del país de origen antes que el de acogida–, está de acuerdo con la ley islámica y sostiene que la transgresión debe castigarse con dureza. En algunos lugares, la policía islámica de ciertos imanes radicales actúa con impunidad: mujeres no sólo musulmanas son insultadas por la calle, nadie presenta denuncias por miedo a las represalias, y el insumiso se ve condenado a muerte social, boicotean su negocio, marginan a su familia. Pronto los agentes de la seguridad del Estado deberán ser musulmanes para entrar en determinadas zonas, o ir en grupo y armados como ya ocurre en otros lugares de Europa. Lo he visto en París, en Génova, en Marsella.
No hay solución posible. Se equivocan los que dicen que no pasa nada y también los que auguran un apocalipsis moruno. Todo está ocurriendo despacio y de modo natural. Es tan sólo la Historia, que gira sus ruedas. Tardará todavía, pues treinta siglos de civilización no los liquida un velo islámico. Es interesante, de todas formas, presenciar el ocaso de un mundo con la lucidez que proporciona la cultura, parecida a un analgésico: no elimina la causa del dolor, pero ayuda a soportarlo.
Sin embargo, hay una pregunta que no viviré lo suficiente para ver la respuesta: los emigrantes musulmanes instalados en Europa, al transformarla y hacerla cada vez más suya, conseguirán tal vez escapar de la miseria que dejaron atrás; pero los que huyen del rigor islámico y sus consecuencias, ¿dónde irán a refugiarse cuando toda Europa se haya convertido en una mezquita?

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