lunes, 12 de agosto de 2024

MUNDO VIRTUAL...LECTURA


¿Y si los entusiastas de la inteligencia artificial se equivocan?
Un artículo de Daron Acemoglu, economista del MIT, desató un debate sobre si la IA disparará la productividad
Bernhard Warner
Apesar de la aparición de las computadoras personales, internet y otras innovaciones de alta tecnología, una buena parte del mundo industrializado está estancado en un bache de crecimiento económico: se espera que los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico crezcan en total tan solo un 1,7% este año. Los economistas a veces llaman a este fenómeno la paradoja de la productividad.
La nueva gran esperanza es que la inteligencia artificial acabe con esta racha de mediocridad, pero están surgiendo dudas. Y un artículo especialmente escéptico de Daron Acemoglu, economista laboral del Instituto Tecnológico de Massachusetts, ha desencadenado un debate acalorado.
Acemoglu llegó a la conclusión de que la inteligencia artificial contribuiría tan solo de forma “modesta” a mejorar la productividad de los trabajadores y que no sumaría más de uno por ciento a la producción económica de Estados Unidos en la próxima década. Esta cifra palidece en comparación con los cálculos de economistas de Goldman Sachs, quienes el año pasado predijeron que la inteligencia artificial generativa podría aumentar un 7% el producto interno bruto mundial durante el mismo período.
Los optimistas tienen grandes esperanzas para la inteligencia artificial. Sam Altman, de OpenAI, el creador de ChatGPT, cree que la IA acabará con la pobreza. Jensen Huang, director ejecutivo de Nvidia, el principal fabricante de los chips utilizados para impulsar la inteligencia artificial, afirmó que la tecnología ha dado lugar a “la próxima revolución industrial”.
Sin embargo, si los entusiastas se equivocan, podría ser un problema para el mundo desarrollado, que necesita desesperadamente un avance en la productividad, pues su mano de obra envejece y decae.
La inteligencia artificial no revertirá el estancamiento, le comentó Acemoglu a The New York Times. Una razón: Acemoglu encontró que la tecnología tan solo puede automatizar el cinco por ciento de las tareas de un oficinista. “La inteligencia artificial tiene mucho más que ofrecer para ayudar con el problema de la productividad. Pero no lo logrará en el camino que lleva; por eso me preocupa tanto bombo y platillo”, afirmó.
Acemoglu considera que la IA es una herramienta que puede automatizar tareas rutinarias: por ejemplo, acelerar la redacción de correos electrónicos, presentaciones de venta o código informático básico. Esto podría liberar a los trabajadores para que se dediquen a tareas de mayor complejidad intelectual, como desarrollar una estrategia comercial para el lanzamiento de un nuevo producto. Sin embargo, Acemoglu cuestionó la capacidad de la tecnología para ayudar por sí sola a los trabajadores a “ser mejores en la resolución de problemas o hacerse cargo de tareas más complejas”. Si lo logran, las empresas percibirán un aumento en la productividad de los trabajadores, agregó.
La visión pesimista de Acemoglu tal vez no sea sorprendente. Durante décadas, ha escrito sobre los efectos buenos y malos de la influencia de la tecnología en el mercado laboral y la economía, y ha advertido que la carrera armamentística de las grandes empresas tecnológicas por dominar la inteligencia artificial podría tener un efecto desestabilizador en la sociedad.
Y no es el único que cuestiona el bombo y platillo en torno a la inteligencia artificial. David Cahn, un socio del gigante del capital de riesgo Sequoia, así como analistas de Barclays y Goldman Sachs, hace poco advirtieron que los miles de millones de dólares que las empresas están invirtiendo en inteligencia artificial podrían crear una burbuja especulativa. (Dicho esto, Sequoia acaba de liderar una ronda de financiamiento para la empresa emergente Fireworks AI).
Los detractores dicen que Acemoglu minimiza el potencial de la inteligencia artificial para estimular los avances científicos y su efecto en el mundo empresarial. “Muchos de los beneficios de la inteligencia artificial se originarán tras la eliminación de las empresas menos productivas”, argumentó Tyler Cowen, un economista que señaló que el modelo en el que se basa el estudio de Acemoglu es erróneo.
Lynda Gratton, una profesora de prácticas de gestión de la Escuela de Negocios de Londres que asesora a empresas sobre la adopción de la IA, es optimista. No obstante, cree que es demasiado pronto para determinar si la tecnología será una aplicación estrella que impulse la productividad, algo que solo se sabrá hasta que se pruebe en los lugares de trabajo en los próximos años.
Gratton afirmó que las empresas ya están realizando experimentos dinámicos con la inteligencia artificial. Para algunas empresas, la IA será “como una herramienta para eliminar costos e ineficiencias”, comentó. “Pero, si la empresa quiere construir para crecer, necesitará herramientas para innovar”.
Acemoglu también hace notar la importancia de estimular la innovación para apuntalar la eficiencia en el lugar de trabajo y, a su vez, lograr que los países que están envejeciendo sean más competitivos. ¿La inteligencia artificial es la herramienta para lograrlo? Acemoglu respondió esa pregunta con una cifra: 40%.Si las herramientas de inteligencia artificial pudieran automatizar más o menos ese porcentaje de la carga de tareas de un trabajador promedio, entonces reconsideraría su postura sobre la tecnología. “No soy totalmente pesimista”, agregó.
Acemoglu dice que la IA solo impulsará de forma modesta la productividad
Otros afirman que Acemoglu minimiza el potencial de la inteligencia artificial


&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&


Lecturas: Los peligros del tecnofeudalismo
En su nuevo libro, el griego Yanis Varoufakis desmenuza el presente de un capitalismo marcado por la total mercantilización del tiempo pasado frente a las pantallas, y el modo en que se moldean deseos y comportamientos
Nicolás Mavrakis

“Cada día desaparece un poco más nuestro derecho a tener algo de tiempo en el que no estemos a la venta en las plataformas digitales”, explica en Tecnofeudalismo el economista griego Yanis Varoufakis (Atenas, 1961).
Esta observación es una con la que podrían coincidir varios autores interesados en la tecnología desde el punto de vista filosófico y social. Pero para Varoufakis, a diferencia del alemán Byung-Chul Han, el canadiense Nick Srnicek o el argentino Agustín Berti, tal situación describe, sobre todo, el ocaso económico del “individuo liberal”. La total mercantilización del tiempo frente a las pantallas y la pérdida de nuestra libertad, por lo tanto, cobran un sentido pleno si asumimos que el verdadero problema es la muerte de un modo de entender el capitalismo. Emerge entonces su sigiloso sucesor, el “tecnofeudalismo”, que anclado en las nuevas reglas de un “capital en la nube”, se consagró menoscabando uno de los principios básicos del viejo capitalismo: el ánimo de lucro.
Tal como prueba en ensayos como Comportarse como adultos, en el que narra su paso como ministro de Finanzas de Grecia a través de los oscuros mecanismos de poder de los organismos supranacionales europeos durante la crisis griega en la “eurozona” de 2015, en esta ocasión Varoufakis tampoco especula con futuros económicos brillantes u ominosos, sino que analiza el presente mediante el estudio detallado del pasado. En este caso, el voraz crecimiento del conglomerado tecnológico de Silicon Valley no puede entenderse sin considerar dos hechos primordiales. Primero, la privatización de internet, que a partir de 1980 se desligó de los organismos e intereses no comerciales que la habían construido. Segundo, la manera en que los gobiernos occidentales y los bancos centrales respondieron a la gran crisis financiera de 2008, emitiendo enormes volúmenes de dinero que primero recibieron los bancos, luego fueron al mercado de acciones de las empresas tecnológicas y, sin que eso significase incrementar sus beneficios, sirvió para que el puñado más poderoso de “gigantes tecnológicos” se capitalizara y devorara a sus competidores más endebles.
En el proceso, el capitalismo contemporáneo, o al menos la versión más o menos virtuosa que había existido desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta la crisis del petróleo de 1973, dejó atrás partes clave de su identidad. Neutralizando sindicatos, entregándose a la especulación y desregulándose a los fines de que solo el interés privado y la usura tomaran el control, “el capital siguió prosperando”, subraya Varoufakis, “aunque el capitalismo ya no lo hizo”.
Yanis Varoufakis
Atrapada en un proceso de automatización digital completa, la “tecnoestructura” previa del capitalismo se convirtió así en un nuevo “capital en la nube”, dispuesto a parcelar el nuevo territorio virtual en “feudos” (Amazon, Google, Meta, Apple, X, etcétera) a los que tanto los mercados, cada vez más precarizados, como los consumidores, cada vez más dominados, acceden como si fueran vasallos y siervos para llevar adelante sus negocios. En todos los casos, lo cierto es que unos y otros deben subordinarse a la lógica del incremento de la renta por sobre la riqueza. Y es por esto por lo que, si bien Nick Srnicek ha hablado en el pasado sobre un “capitalismo de plataformas”, por ejemplo, eso ya no resulta suficiente para describir el giro de la economía digital.
Considerado este aspecto material, el juego se abre también a cómo el “tecnofeudalismo” opera sobre lo que solía llamarse “lucha de clases”, hoy sustituida por las “políticas de la identidad”.
En este punto, escribe Varoufakis, el impulso de proteger a las minorías raciales, sexuales, étnicas y religiosas, y de aplicar una justicia restaurativa, le viene muy bien “a las personas en el poder que quieren parecer socialmente liberales, siempre que tengan que hacer muy poco por proteger a las minorías de las causas sistémicas de su opresión”.
De lo que se trata, finalmente, es de moldear deseos y comportamientos tan lucrativos como inofensivos. “Esta es la esencia del capital de mando algorítmico y basado en la nube”, señala el autor de Tecnofeudalismo. Pero, ¿cómo se realiza exactamente esta operación de mercado a través de las pantallas digitales?
Para el filósofo Yuk Hui (Hong Kong, 1982), cuya idea de una “cosmotécnica” capaz de reconciliar los intereses tecnológicos de comunidades particulares con el principio tecnológico universal gana relevancia en la discusión geopolítica, el primer eslabón a estudiar para comprender nuestra relación existencial con la tecnología es el “objeto digital”. Y eso es lo que, tras los pasos de pensadores como Martin Heidegger y Gilbert Simondon, lleva adelante en su primer libro, Sobre la existencia de los objetos digitales.
Yuk Hui
A grandes rasgos, el análisis de Hui sobre la partícula elemental de la vida digital se aleja del problema habitual del “contenido” para concentrarse en las “relaciones”. De tal modo, los mismos algoritmos de lo que Varoufakis llama “tecnofeudalismo”, a través de procesos muy diversos de recorte y selección, no tienen otra finalidad para Hui que “relacionar” a los habitantes de internet con distintas mercancías, alrededor de las cuales las fantasías de identidad, atmósfera o sentido que propagan las redes sociales bajo la forma de “contenido” no son más que un epifenómeno.
Desde una y otra mirada, el punto en común de Varoufakis y de Hui es que la dinámica del “objeto digital”, tanto en Occidente como en Oriente, hoy traza, sobre todo, una contienda de crudos intereses tecnofeudales de clase.


Tecnofeudalismo

Por Yanis Varoufakis

Ariel. Trad.: M. Valdivieso

263 páginas, $ 25.100




Sobre la existencia de los objetos digitales

Por Yuk Hui

Materia Oscura

Trad.: A. Cordero y D. Wichls

364. págs./ $ 49.910

http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA



No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Nota: sólo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.