sábado, 17 de agosto de 2024

Pedro Aznar: el “freak” del rock argentino






Pedro Aznar: el “freak” del rock argentino que dejó una carrera en Estados Unidos para emprender su viaje
Pedro Aznar en los años 70: su fanatismo por los Beatles (John Lennon a la izquierda y Paul McCartney a la derecha), bien expresado en esta imagen de su álbum personal
Acaba de poner en marcha la gira que celebra sus 50 años de trayectoria y en un extenso mano a mano repasa con generosidad su vida y su carrera
Sebastián Espósito
Tenía razón Pedro Aznar cuando cantaba con Charly García aquello de “no voy a dejar ni un camino sin andar”. Vaya si lo hizo. Ahora, sentado en el living de su casa y después de los primeros conciertos de la gira con la que repasa sus 50 años de trayectoria, larga el primer comentario que coincide con las palabras más escuchadas en el Auditorio de Belgrano después de un viaje que proyecta en nuestras cabezas la película de su vida. “Me conmovió”.
Detrás de este aniversario redondo, la idea que encaró para celebrarlo movió sus cimientos. Decidido a sintetizar en dos horas y media de concierto los pasos por todas las bandas que integró, su recorrido solista y las “escapadas” con otros artistas y hacia otros universos, puso manos a la obra y se decidió a empezar por el mismísimo comienzo, el primer tema que compuso para Madre Atómica en 1974. “Era número puesto que teníamos que festejar las bodas de oro. Yo entré a Madre Atómica en el año 74, así que el 2024 estaba en la mira hacía tiempo”, sostiene en la calidez de su hogar, en pleno barrio de Belgrano, bien cerca de su piano y rodeado por sus tres gatos.
Pedro Aznar abrió las puertas de su casa para charlar con LA NACIÓN y repasar su extensa trayectoria
–No sos de revisitar mucho, sí de reeditar, poner en valor tu obra, pero no mirás mucho hacia atrás. ¿Te costó armar esta gira?
–En realidad no, pero sí tenés razón que siempre estoy apostando por lo nuevo, para no quedarme quieto, no cansarme y no cansar. Pero estas dos grandes giras que fueron la de Resonancia (2017-2018), que resumió mi carrera solista y esta que es de mi carrera completa ameritaban una revisión. De hecho, estos shows, y digo estos porque hago un formato unipersonal y otro con banda, son repertorios casi íntegramente distintos. Salvo nueve canciones que están en los dos conciertos, y son las que no pueden faltar, las demás no coinciden. Estoy tocando 47 canciones distintas entre los dos shows y son recitales muy generosos. En ambos empiezo con lo primero que compuse a los 15 años y llego hasta nuestros días, incluyendo un estreno, pasando por todos los discos, los grupos en los que estuve. Todo está representado.
De los rulos a las canas, en estos conciertos celebratorios que tendrán su punto más alto en el Gran Rex, el próximo 21 de diciembre, desfilan imágenes de los Pedros de cada década. El tono de la apuesta es sutil y despojado, como los pasajes más introspectivos del concierto. La gira, que empezó en San Isidro y pasó por el Auditorio de Belgrano, continuará en los próximos días por Cipoletti (16 de este mes), Villa Regina (17), Viedma (18), Puerto Madryn (20), Trelew (21), Comodoro Rivadavia (23) y Caleta Olivia (24). En septiembre seguirá por territorio argentino y entre finales de octubre y comienzos de noviembre cumplirá con el primer tramo en el exterior: pasará por Ginebra, Dublín, Londres, Barcelona, Valencia, Madrid, Mallorca y Málaga.
Madre Atómica, su primera banda profesional: Mono Fontana, Pedro Aznar y Lito Epumer
–¿Qué te pasa cuando ves las fotos? ¿Te llevan a cada uno de esos momentos?
–Muchísimos recuerdos. Es muy emocional y muy emocionante el show. Es un viajazo de seis décadas. Es conmovedor. Terminado el show quedo con una sensación de cansancio físico muy grande, de vibración emocional muy fuerte. Sacude todos los cimientos. Además veo lo que le pasa a la gente, es como una retroalimentación. Más allá de las historias que pueda contar cada canción, así como para el público es una banda sonora de un momento de su vida, para mí también lo es. Recuerdo lo que me estaba pasando en ese momento. A veces la canción dice lo que estaba viviendo, a veces no, pero igualmente tiene una marca de agua histórica, emocional.
–En los últimos diez años te abriste a hablar más de tus gustos y proyectos extra musicales.
–En los últimos 15 años me abrí a un montón de otros intereses y de otras carreras y profesiones, como la fotografía, el vino, cosas que me apasionan y que son complementarias.
–¿Pasiones que descubriste con los años?
–Tenía la idea de querer estar en el mundo del vino desde adentro desde hacía rato. Y cuando surgió la posibilidad me metí con todo, estudié la carrera de somellerie, lo hice concienzudamente y se abrió un mundo nuevo. Con la fotografía también, siempre fui amante de la fotografía y en un momento dije: “esto lo quiero profundizar. Me puse a estudiar con Diego Ortiz Mujica dos o tres años y fue también el descubrimiento de un mundo. Son cosas que se informan de lo que hago como músico, porque en definitiva siempre hay una poética detrás de cada área creativa. Tenés que tener una mirada poética para aportarle a eso y, al mismo tiempo, esas disciplinas alimentan la música de manera no tan indirecta, porque son modos de la creación que usan otros recursos.
Del álbum personal: Pedro en 1er. grado, arriba su padre como violinista de una orquesta de tango y otras imágenes familiares: sus tíos, sus padres y sus primeros dibujos
–Con todo sos de ir a fondo, no sos de tocar de oído...
–Siempre se toca de oído. La intuición es un pilar fundamental. El estudio lo que hace es allanarte el camino y hacerte llegar más rápido a lo que buscás, porque sabés cómo alcanzarlo, pero primero te lo tenés que imaginar y eso es intuición pura. Si no contás con intuición no importa cuánto estudies, no va a llegar a nada o vas a repetir una fórmula y hacer una copia trillada. Para hacer algo que se destaque, que tenga personalidad, primero, desde la intuición, tenés que poder imaginar algo nuevo y después con la técnica que conseguiste a través del estudio y la práctica saber cómo lograrlo, qué camino recorrer. En eso el estudio te facilita años de prueba y error, te muestra caminos posibles de cómo lograr determinada cosa.
–Pasemos a tu costado espiritual. ¿Cómo llegaste al budismo? ¿Te considerás budista?
–Es la cosmovisión que siento más cercana, con la que estoy más de acuerdo. Empecé leyendo sobre religiones orientales en la adolescencia y empecé a meditar a los 26 años, primero con meditación trascendental. Y fui llegando al budismo por lecturas, por (Jorge Luis) Borges, por (Jack) Kerouac.
Pedro Aznar a los 3 años, en el patio de su casa, en el barrio porteño de Liniers
–¿Cuándo empezó tu relación con la música?
–Acá (abre el libro del voluminoso box set de Resonancia, que se completa con 19 CD y nos muestra una imagen del Pedrito de jardín de infantes). A los 2, 3 años. Cantaba todo el tiempo y me fascinaban los discos y los aparatos de reproducción de música, me parecían un acto de magia. Estudiar un instrumento vino mucho después, a los 9 años, cuando me mandaron a estudiar guitarra. Pero mucho antes de eso golpeaba tachos y armaba baterías con lo que encontraba e inventaba canciones y las cantaba a los gritos en el fondo de casa.
–En tu casa había música...
–Todo el tiempo. Mi viejo escuchaba tango todo el santo día, era una constante (era violinista y había integrado una orquesta). Y después empecé yo a molestar con el rock.
–¿Odiabas el tango de chico?
–No, pero en ese momento no lo sentía como propio, yo sentía que el rock, la música de Brasil y el jazz eran mis músicas. Y me llevó mucho tiempo reconocer que el tango estaba en mi ADN y poder abrazarlo.
–¿Qué hubo antes de Madre Atómica?
–Hoy le dicen banda de garage pero en mi época le decíamos grupo de barrio. Se llamaba Life y lo armé con amigos que no tocaban instrumentos. “Vos vas a tocar la batería, vos la guitarra, vos el bajo”, dijimos. Yo cantaba y tocaba la guitarra, el bajo lo empecé a tocar en Madre Atómica recién.
Pedro a los 5 años, en el jardín de infantes
–¿Cómo llegaste a ellos?
–Fue a través de un amigo en común, que iba a la escuela con Lito Epumer. En un momento ellos se habían quedado sin bajista y un amigo mío le dijo a Lito: “hay un amigo a la vuelta de casa que toca muy bien, ¿por qué no lo prueban? Este amigo es Jorge Lencina, con quien escribimos algunas canciones juntos en mis primeros discos. Cuando nos conocimos con Lito y el Mono Fontana se produjo un clic inmediato de reconocimiento. Ellos ya tenían un grupo pero yo era un meteorito suelto en la órbita, no había encontrado un planeta al cual pertenecer y para mí fue un asombro. Me acuerdo que me puse a tocar con el Mono y enseguida nos miramos con asombro. Fue encontrar por primera vez un par musical.
–Te costaba tener afinidad en el colegio, ¿no? ¿Te sentías un outsider?
–Absolutamente, yo era un freak. Yo me podía quedar seis horas en mi casa escuchando discos, tocando la guitarra, leyendo y no es que no jugaba, por supuesto que lo hacía, pero tenía ciertos rituales que eran los dibujos animados de los Beatles y Batman; a esa hora yo desaparecía sí o sí. Cuando fue lo del alunizaje yo desparecí, ¿qué jugar a las escondidas? Era un pibe raro. ¿Cómo te va a gustar más ver a unos salames –entre comillas salames, ¿no?– que están en el espacio que salir a jugar a la pelota? Esas cosas te convertían en freak. O estar dos horas tratando de sacar la melodía de un tema de Frank Zappa.
Pedro en la tranquilidad de su casa, con su piano y uno de sus tres gatos
–¿Te acordás de esa primera vez en la que te fue a ver Charly García?
–Sí, era un clubcito de jazz en un sótano, en Pueyrredón y Las Heras. Se llamaba Oliver y yo estaba tocando con un grupo de covers, con el que hacíamos soul, funk, blues, baladas, pop. Raúl Parentella era el líder del grupo, el cantante oficial era Eddie Sierra y ahí también hizo su debut Julia Zenko. Una muy linda escuela, porque pasabas por todo tipo de estilos.
–¿Qué recordás de los primeros ensayos con Serú Girán? Tuviste que bajar los pósters de Charly...
–Fue como un rayo. Yo era recontra fan de los tres. Era fan de Los Gatos y Color Humano, donde había estado (Oscar) Moro; de Pescado Rabioso, del primer disco solista de David (Lebón) y recontra fan de Sui Generis, así que encontrarme con estos tres tipos era decir: “ah listo”. Me vino como un flash de conciencia, me bajó una ficha: “¡pa! esto pinta tremendo”. Me acuerdo que con Morito viajamos a San Pablo en junio del 78, en pleno mundial. Charly (García) y David ya se habían mudado de Buzios, donde habían compuesto el primer disco, a San Pablo. Habían alquilado una casa para ensayar y grabar ahí.
Con Charly García en Nueva York, en 1983
–¿Ya habías viajado al exterior?
–Poquito, con Alas (el trío de Gustavo Moretto y Carlos Riganti al que ingresó por Alex Zucker). Ese fue mi primer viaje internacional y como era menor de edad mis viejos tuvieron que firmar un permiso para que pudiera salir. Habíamos ido con Alas también a San Pablo, así que era mi segunda vez ahí. Llegamos con Moro, armamos los instrumentos en el primer piso de la casa en una habitación planeada para sala de ensayo y nos pusimos a improvisar. Tocamos como media hora, paramos, nos miramos, nos reímos y dijimos: “somos un grupo”.
–En el show hacés “Paranoia y soledad”...
–Es el primer tema que compuse en Serú y marcó un momento. Me acuerdo que le mostré el boceto a Charly, pero no con la intención de que estuviera en un disco de Serú, porque me pareció que musicalmente divergía bastante de lo que el grupo hacía, pero a Charly le encantó y me dijo: “ponelo en el disco”. “¿Te parece?”. “Si, si, si, tiene que estar en el disco”, me dijo. Y a partir de ahí yo siempre tenía un lugarcito en los discos de Serú para poner una música mía. Eso fue muy generoso de su parte. Pensá que yo tenía 19 años y él me dio un lugarazo. Y me dio una confianza enorme. Siempre hubo de parte de ellos tres una actitud de apertura a lo que yo proponía, a los arreglos que hacía. Nunca sentí que hubiera nada del tipo: “pibe, somos tres consagrados y vos todavía sos un nene”. Jamás.
–La prueba es que después la vida te volvió a cruzar con ellos, con Charly, con David. Faltó que hicieras más cosas con Moro, ¿no?
–Sí, hicimos cosas. Moro grabó en por lo menos dos discos que produje de otros artistas. Lo invité a grabar en un disco de Jairo, Cielos. Y también grabó en “Nada lo compra”, una versión en castellano que hice del tema de Annie Lennox, “Money Can’t Buy It”, que está en el disco Sol en cinco, de Fabi Cantilo. En mi disco Cuerpo y alma, en el tema “Mundo en llamas”, también participa. Por supuesto, con David hicimos Aznar-Lebón, un disco doble y una gira de un año; nos invitamos innumerables veces a discos y conciertos del uno y del otro. De hecho, la última fue en Lebón & Co, que hicimos “Hombre de mala sangre”, tema que adoro y me remite a mis 12 años, cuando lo escuché por primera vez. Como cantar con Charly “Confesiones de invierno”. Yo lo tocaba en el almacén de la esquina de mi casa tirado en el piso con mi guitarra y mis amigotes. Cantarlo con Charly en un concierto mío, encima, es fuertísimo, hasta el día de hoy lo sigue siendo.
–La relación que siempre tuviste con Charly fue de pares, no de jefe y subalterno...
–Exacto, de pares pero, a la vez, creo que por respeto, por cariño, yo lo siento y vivo como un hermano mayor, esa es mi relación con él. ¿Es un personaje? Claro que si. ¿Es difícil? Por momentos puede ser muy difícil, pero es alguien a quien yo adoro y respeto y a quien le voy a estar agradecido toda mi vida por gestos hermosos que tuvo conmigo. Siento que es un par como el Mono Fontana y un mentor, alguien que cuando yo era jovencito y no era nadie en términos de celebridad, de trayectoria, él me dio todo el espacio que necesitaba y eso tiene un valor.
Para Pedro Aznar, su amistad musical con Charly García "no se cortó nunca"
–Y luego entendió tu decisión de ir a Berklee a estudiar y dejar Serú Girán.
–Tal cual y eso no creó ningún resquemor, años después retomamos. Fijate que tuve mucha participación en Clics Modernos y se grabó al año de los últimos shows de Serú. Nuestra amistad musical no se cortó nunca. Toda vez que yo volvía a Buenos Aires, cuando estaba afuera con Pat Metheny, Charly me decía: “vení que estoy tocando en Ferro”, “vení que tengo un show en Obras”, y yo iba. Después, los tangos: Tango y Tango 4, más Serú 92. Es una colaboración musical que no tiene límite, está ahí.
–Y para este disco de Charly, La lógica del escorpión, también tocaste algo, ¿no?
–Hay algo, no puedo decir mucho. Algo hermoso.
–En tu show contás una anécdota con el percusionista Naná Vasconcelos, a quien reemplazaste cuando ingresaste al grupo de Pat Metheny.
–Yo iba a entrar al grupo de Pat reemplazándolo a él y él no solo me pasó todos sus piques de percusión sino que me construyó unos instrumentos que eran como su marca registrada, que estaban hechos con unas cuentas metálicas indias. Me llevó al lugar donde las compraba y después me armó trabajosamente henebrando cada una de esas cuentas en cordones de zapatos, tres sonajas diferentes con distintas sonoridades. Se pasó toda una tarde trabajando y contándome anécdotas, riéndonos muchísimo. Es la seguridad de los grandes y la generosidad; te comparto todo, qué problema hay.
–¿Qué te llevó a volver después de la experiencia con Pat Metheny y su grupo?
–Me di cuenta que no era mi viaje, que ahí no iba a poder hacer lo que quería hacer. Me iba a subir a una nave que me iba a llevar a otro destino que no era el mío. ¿Me va a costar todo mucho más? Seguramente, pero ese es el viaje que me toca.
Con el Pat Metheny Group
–Me suena a una decisión parecida a la que tomaste muchos años después, cuando te bajaste de la industria discográfica formal y te independizaste.
–Sí y esa es una de las mejores decisiones que tomé en mi carrera y en mi vida. Hoy tengo veinte discos, más o menos, desde Cuerpo y alma para acá que los publiqué en mi propio sello y soy dueño de los másters. Mi música es lo que es y eso es parte del viaje, así que con esto honré aquella decisión.
–¿Cuándo te convenciste de que podías hacer canciones y dejar la complejidad jazzística de tus comienzos?
–De la misma forma en que sentí que quedarme a vivir en el exterior permanentemente no era mi viaje, también me di cuenta que el mundo del jazz per se no era el mío. Había elementos que me gustaban mucho del jazz, que es como la música académica del mundo popular. Es una música muy sofisticada, muy desarrollada, muy rica, pero no sentí que fuera mi viaje. En un momento me pregunté, ¿qué es lo que me hizo ser músico? Las canciones. ¿Qué es lo que yo disfrutaba de chico? Las canciones. Después sí escuchaba música clásica y me parecía maravillosa y escuchaba a John Coltrane y me parecía maravilloso, pero lo que a mí me conmovían eran las canciones. Yo escribí poesía desde muy chiquito y esa conjunción de la música con la poesía es una bomba. ¿Por qué no estoy haciendo eso, si soy poeta y músico y me fascinan las canciones?
Aznar, Moro, Lebón y Charly García: Serú Girán
–Te faltaban descubrir o redescubrir varias músicas para maridar con la tuya, como el folklore.
–Exacto. Ahí entra en la ecuación Leda Valladares. Ella había venido a mi escuela secundaria cuando yo estaba en segundo año, a hacernos cantar con caja y todos nos reíamos nerviosamente porque era música como extraterrestre. No entendimos nada. “La vieja está loca”, decíamos. ¡Tendría 40 años! Y me acuerdo cuando le llevé a Pat (Metheny) la vidala que grabamos en Letter from Home, él y Lyle (Mays) se miraban y decían: “es de otro mundo esto”. O sea, a ellos también les pasó. Porque tiene esa cosa despojada y a la vez profundísima. Como decía Leda, son los blues de los Andes.Cuando ella me convocó en el 87 para hacer Grito en el cielo fue una revelación. Eso me cambió la manera de cantar, la manera de entender la música. Leda fue parte del gran volantazo que di en mi vida.
–¿A la crítica le costó entenderte?
–¡Uf! Durante largo rato sucedió. Yo sabía que el camino iba a ser largo y trabajoso, porque iba a ser un camino de descubrimiento personal e iba a llevar un tiempo para que se entendiera hacia afuera. Llevó tiempo, pero llegó mucho más rápido el público que la crítica. Un poco lo que le pasó a Mercedes Sosa cuando empezó a fundir todos los estilos en la gran canción latinoamericana. Puedo cantar una de Silvio, una de Charly, una de Peteco y una de Contursi, ¿y qué? “¿Qué está haciendo esta mujer?”, decían. Yo fui uno de los que estaba sentadito en el 81 en el Ópera viendo la vuelta de Mercedes después del exilio y me quedé de una pieza con ese show. ¡Gracias maestra!
–Hablar de Mercedes, de Charly, del Flaco es también hablar de vos. El concierto homenaje a Luis Alberto Spinetta que hiciste en una Feria del Libro fue épico y al día de hoy no se hizo nada parecido.
–Es como celebrar a los Beatles o a Bach, no te lo podés tomar a la ligera. Luis es un ícono y sabés que no estoy hablando de fama ni de nada pasajero, estoy hablando del legado de un artista. Es inevitable hablar de Luis si se habla de la cultura argentina, es así de fuerte. Y mi admiración por él es gigantesca. Cuando me convocaron me lo tomé muy en serio. Estudié su música mucho más de lo que estudio mi propia música para tocarla en vivo.
–Eso es amor y respeto.
–Exacto y porque además es una música que, al no ser mía... Yo si me equivoco en una canción mía me equivoco a mi manera, puede estar en mi estilo la equivocación, pero en la obra de otro, cuando particularmente es alguien como Luis, había que hacerlo con un conocimiento de causa febril. Fue un poco lo que hice con la musicalización de los poemas de Borges. Fue encarado con la misma admiración, respeto y celo profesional. Borges, Spinetta, Yupanqui. Estás hablando de los pilares de la cultura argentina.
–Y de Gustavo Cerati, ¿qué recuerdos tenés?
–Me acuerdo que lo conocí a través de Leda, cuando ella nos convocó a los músicos de rock. Estábamos Gustavo, Fito (Páez), Fabi (Cantilo), alguien de Virus y yo. Leda nos dijo: “ustedes los músicos de rock están acostumbrados a sacar el grito africano, que es hermano del grito americano, así que esto lo van a entender muy bien. Y nos puso a cantar a Gustavo y a mí una baguala. Grabamos, después fuimos al control a escuchar y nos miramos asombrados e hicimos la misma pregunta al mismo tiempo: “¿quién está cantando cada voz’”. Las voces se habían hermanado tan bien que nos costaba distinguir quién hacía la de arriba y quién la de abajo. Hermoso. Un gran tipo Gustavo, tremendamente generoso. Tuvo gestos hermosísimos conmigo y la pasábamos bien cuando nos veíamos. Después me convocó para que hiciera los arreglos vocales de Canción animal. Tocamos un par de veces juntos en festivales. El vino a grabar a Tango 4 “Vampiro”, la canción que Charly había compuesto a los 16 años. Un lindo tipo Gustavo, tremendo músico y tremendo cantante. Una gran voz y una gran pérdida demasiado temprana. Como Luis también. Nos estamos perdiendo unos temazos, pero lo que dejaron tiene un alcance extraordinario.

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