
Una viejita bailando al ritmo del rock and roll
Cabe en la palma de la mano, pero es una computadora (la placa de abajo, una Raspberry Pi 3 A+) con un conversor de digital a analógico adosado encima (la placa visible, una Boss de la firma Allo)
A punto de pasar a retiro, una PC de 2007 se convierte en una inesperada fuente de felicidad, y todo gracias a una insólita cadena de acontecimientos; obsoletos son los trapos, diría mi abuela
Ariel Torres
De suyo, cuando uno ordena, después de una mudanza épica, encuentra fotos antiguas (todas las fotos son antiguas hoy), la tacita esa con tu usuario de Twitter (¿se acuerdan?), un buzo, el control remoto de un minicomponentes que no usás desde 2001 y, como mucho, un Nokia 1100. Los nerds, en cambio, tendemos a llevarnos otras sorpresas.
En un rincón, apagada y casi por completo olvidada desde antes de la pandemia, tapada por varias cajas y, vaya paradoja, una vetusta máquina de escribir que no sé cómo llegó allí, me encontré una PC de 2007. Barebone, como se dice en la jerga. O sea, solo el gabinete con una placa madre, el cerebro electrónico y la RAM. Dos gigabytes de RAM, para más datos. Una cuarta parte de lo que tiene mi celular. En serio.
Aparte de eso, en su interior, descubrí una placa de video, que descarté de inmediato (mucho calor para nada), y un disco duro de 250 GB, que conservé. Empecé a hacer memoria emotiva y recordé el historial del equipo. Diecisiete años atrás había sido mi computadora de última generación. Hoy daba todo el aspecto de ser un fósil. O una pieza de museo. ¿A retiro, no? Vamos, Torres. No seas acumulador.
Pero ya saben cómo se siente. Miraba ese Core 2 a 2 GHz con 2 GB de RAM y 250 GB de disco y no podía dejar de preguntarme: “¿Qué podríamos hacer con esto?” Nada, esa es la verdad. Soltemos, Torres, soltemos. Y seguí ordenando.
Ahí fue cuando encontré en un cajón un disco de un 1 TB que le había sacado a una notebook que tardaba como cuatro hora en arrancar, y lo había reemplazado por un SSD de 128 GB. Pero vamos, ahora ya tenía otro color. Con un tera ponemos un servidor de backup, pensé. Nunca están de más. La clave del backup es la redundancia, ¿cierto?
Cierto. “Pero lo que va a tardar en arrancar”, me decía el angelito en un oído, mientras el diablito refutaba: “Tarde lo que tarde, una vez que esté arriba, puede pasar semanas antes de que haya que reiniciarla. Y es un tera para hacer backup.” Un disco de un tera cuesta como 100.000 pesos. Así que no pude sino ceder al diablito acumulador cuando, además, se me ocurrió recuperar el SSD de 128 GB que le había puesto a esa notebook, que hoy ya no se usa. “Con un SSD –observó el diablito, mientras el angelito resoplaba indignado– va a arrancar en 20 segundos.”
Resumo: tenía una computadora con un procesador de 2007 y 2 GB de RAM (nada), más un disco de estado sólido de 128 GB (que usaría para el sistema operativo) y dos discos, uno de 250 GB y otro de 1 terabyte (que usaría para los backup). No había que pensarlo mucho, y no perdía nada con probar.
¿Nos quedamos sin Internet?
Le conecté una pantalla de 20 pulgadas y le instalé un Ubuntu 24.04. Que por supuesto no arrancó; daba un error de disco no booteable. Había varias posibles razones y sus correspondientes soluciones (es largo, técnico y aburridísimo), pero al final opté por la salida más automática, porque tenía como dos millones de otras cosas por hacer.
Es decir, instalar un Ubuntu de 2018 (que sabía que esa máquina había tenido antes de la pandemia, cuando la usábamos para ver películas) para luego actualizarlo hasta el 2024. Ahí fue donde choqué de frente con un problema que no había tenido en cuenta: la máquina no tenía antena Wi-Fi. Solo red cableada (o Ethernet).
Arriba otra vez, 17 años después, con nueva cara y una nueva misiónAriel TorresAsí que no solo no podía actualizar el sistema operativo. Tampoco podría usarla para backup, porque las copias de respaldo se hacen automáticamente durante la madrugada por medio de la red entre varias máquinas distribuidas por la casa.
Bueno, ya pensaría en esa parte. Ahora necesitaba conectarme a Internet y ver si la máquina todavía funcionaba bien (sin errores, sin prenderse fuego, etcétera). Así que la conecté con un cable de red a una máquina que tiene Wi-Fi. Después compartí la conexión Wi-Fi por medio de Ethernet, y listo. Esto no resolvía todo el problema, pero ya estaba online y podía ir actualizando Ubuntu fácilmente.
Panel de Control de Windows> Redes> Cambiar la configuración del adaptador> Propiedades> Uso compartido. Aquí se activa la función de compartir Wi-Fi mediante el puerto EthernetEl truco funcionó. Instalé Ubuntu 18.04, el equipo esta vez arrancó sin chistar y lo bauticé Oldie. Después hice los upgrades del 18.04 hasta la versión de 2022, que en estos días pasará a la 2024. Como pensaba usarla para backup, solo fui por las versiones con soporte a largo plazo (o LTS, en la jerga de Ubuntu). Es decir, la 18.04, 20.04, 22.04 y 24.04 (es el año y el mes, simplemente).
Probé los discos que no eran de arranque con e2fsck (no hubo errores) y vi cómo andaba la temperatura del equipo. Un poco alta. Obviamente, los disipadores habían juntado más polvo que una fábrica de talco. Después de limpiarla, quedó en condiciones de ponerse a trabajar.
NAT, router, switch, etcétera
Solo que para hacer backup la máquina tenía que ser visible para toda mi red, cosa que, así conectada con un cable y con Windows funcionando como NAT (Network Address Translation), no iba a resultar. No, al menos, sin invertir más tiempo del que disponía. Tampoco era posible crear un puente entre Wi-Fi e Internet mediante Windows. Otra larga historia. Sigamos.
OK, tenía que comprarle una plaquita Wi-Fi, y listo. “Pero –me advirtió el angelito– solo estamos jugando un poco, Torres, no nos pongamos a gastar plata.” Tenía razón. Entonces me acordé de mi viejo y querido Linksys WRT54G, al que hace muchos años, en 2010, le había cambiado el sistema operativo, y pensé: “Un router puede funcionar como antena Wi-Fi, muchacho”.
Las temperaturas y otros valores de la vieja máquina después de 15 días funcionando sin fisuras; el programa es Psensor y se consigue en la tienda de UbuntuSalté de alegría, lo saqué de su cajón, configuré todo y salió andando. Pero el tiempo no pasa en vano, y aun con la sudestada de esa semana la velocidad no pasaba de 15 Mbps. Debería ser de más de 200. Era una verdadera pena, pero era también algo lógico; un router de esa época no tiene nada que ver con los modernos, incluso cuando su velocidad teórica en el momento de su lanzamiento era de 54 Mbps. Estaba pidiéndole demasiado. A pesar de ser del mismo año que Oldie. Los muchos matices de la obsolescencia.
Un Linksys WRT54G, fabricado en 2007, que me había dado una mano incluso en pandemia, no pudo pasar de 25 Mbps; necesitaba másDespués se me ocurrió usarlo como switch, y la velocidad mejoró mucho, pero me encontré con otros problemas, que no iba a poder resolver más o menos rápidamente. La idea era sacar esto andando rápido. En ese punto de la historia, solo me quedaba llamar a mi proveedor de hardware y comprarle una plaquita Wi-Fi. No es una fortuna, me dije, y lo cierto es que la máquina había estado una semana funcionando sin que explotara ningún capacitor y sin colgarse ni una vez. Con 15.000 pesos, tendría mi nuevo equipo para hacer backups andando a la perfección.
Ya sé, parece un final muy aburrido. Hasta que te falla la notebook que usás para trabajar y las copias de respaldo te salvan del desastre. ¿Pero, con la mano en el corazón y que no salga de acá, quién quiere un final aburrido? Ni el angelito blanco, miren lo que les digo.
Un regalo inesperado
Esos días, por una nota que publiqué sobre auriculares y audio, un querido amigo (el mismo que me trajo mi primer CD de Ubuntu, hace casi exactamente veinte años) vino a visitarme al diario y me regaló una Raspberry Pi 3 Modelo A+ y un DAC Boss 1.2, de la firma Allo. Los tenía guardados para mí desde hacía tiempo, y esa nota al final terminó de alinear los planetas. “Te vas a divertir mucho con esto”, observó, acertadamente.
La portada del PiCorePlayer; se lo puede controlar desde un browser o con sshUn DAC es un conversor de digital a analógico, y constituye el punto débil de todo equipo de audio doméstico. ¿Por qué? Porque son caros. En mi caso, uso el DAC de un instrumento musical (un Yamaha MX61), con lo que sorteo el problema con cierta elegancia. Pero este DAC casi sin duda podía sonar incluso mejor. Además, ¿cómo resistirse a jugar con una Raspberry?
Lyrion Music Server conectado a TidalEste DAC en particular es lo que se conoce como un HAT, siglas de Hardware Attached on Top. Significan que la placa del DAC, que tiene el mismo tamaño que la Raspberry, se conecta encima de la Raspberry y quedan prolijamente ajustadas mediante pernos metálicos. Una mañana relativamente tranquila grabé en una microSD una de las varias distribuciones que se usan para audio en las Raspberry, llamada PiCorePlayer (el nombre proviene de que usa como base un Tiny Core Linux), configuré todo y conecté el DAC a mi consola de audio. Sonaba fantásticamente, con la ventaja de que además podía jugar un poco con las frecuencias, gracias a un ecualizador de 10 bandas. Esto es muy útil porque a veces oigo música con altavoces, a veces con altavoces Bluetooth (bajito, de fondo) y a veces con auriculares. Cada caso requiere una ecualización diferente, para que suene realmente bien.
Por añadidura, un genio que nunca falta había creado una extensión que permite escuchar Tidal con este DAC. En total, después de media hora estaba oyendo mi música con una calidad excepcional.
Entonces pasó algo.
Allegro molto vivace
“Un momento –pensé, boquiabierto–, con este DAC y la Raspberry esa máquina viejita que acabamos de resucitar puede perfectamente convertirse en un servidor de música”. ¡Por supuesto!
El software de PiCorePlayer, de hecho, trae un server de música, llamado LMS (por Lyrion Music Server, descendiente del Logitech Music Server; long story), tras configurar todo, la señora mayor que se suponía que tenía que quedar casi inmóvil, oficiando solo como respaldo, estaba ahora bailando animadamente. Dicho sea de paso, la extensión de Tidal es en realidad un complemento para LMS. Y LMS puede usarse en cualquier computadora con Windows, macOS, Linux y otros sistemas. Solo que mi nuevo DAC estaba acoplado a una Raspberry.
Ahora bien, todavía antes de eso, había ocurrido otra cosa. Cuando quedamos en vernos, este buen amigo mío me dijo que había encontrado un repetidor de TP-Link (un RE200) que ya no necesitaba, por si quería probarlo antes de comprar la plaquita Wi-Fi para Oldie. Acepté, por supuesto.
El celular se convierte en control remoto del servidor de música fácilmente con la app Squeezer, del Android Open Source Project, una iniciativa de GoogleEl RE200 de TP-Link me deparó dos sorpresas. Una buena y otra mala. La buena es que como tiene un puerto Ethernet, pude usarlo como antena Wi-Fi para Oldie sin la más mínima complicación, salvo la configuración elemental. Quedó así accesible desde todas las computadoras de la casa, para el backup y para el servidor de música, a la velocidad correcta. Lo de la configuración elemental me lleva a la sorpresa desagradable.
Busqué online el manual del repetidor, para averiguar cómo entrar en la configuración. El manual daba dos opciones, un número IP, que funcionó como seda (siempre funcionan los números IP), y una dirección terminada en .net. Preferí usar el IP. Pero más tarde, con todo funcionando, decidí probar la dirección terminada en .net, por pura curiosidad. Ahí Firefox me frenó con una advertencia roja a página completa. Raro. Miré la información adicional, y todo indicaba que ese link no era seguro.
No tenía sentido, porque se trataba de un dispositivo conectado en mi casa. Salvo, claro, que a TP-Link le hubieran secuestrado esa dirección. Un poco de Google me llevó a la noticia de que hace unos ochos años, como TP-Link olvidó registrar ese dominio, se lo secuestraron para usos fraudulentos.
En su momento, la empresa argumentó que la dirección fraudulenta no era la correcta, sino que debía usarse otra. El problema es que la fraudulenta estaba en los manuales y, en algunos casos, en la etiqueta de los equipos. La compañía hizo luego los deberes y cambió los manuales online allí donde pudo. Lamentablemente, es imposible controlarlo todo, y encontré, por ejemplo, un manual en italiano de este repetidor, con la dirección que los piratas usaron con fines non sanctos. En la captura de pantalla que se ve abajo, por razones obvias, difuminé la parte complicada de ese link. Ya saben. Nunca falta el pícaro.
Manual en italiano del RE200 de TP-Link con la dirección secuestrada por los piratas; pudorosamente difuminada, por supuestoLa buena noticia es que el repetidor resolvió el tema de conectividad y Oldie pasó de quedar en segundo plano a convertirse en una fuente de verdadera felicidad. Toda una metáfora, si me lo permiten.
Ah, casi me olvido. También encontré, en su caja, sin uso, una lectora de Blu-Ray. Ni idea de dónde salió. Pero como una buena parte de mi discoteca en CD no existe en las plataformas, el servidor de música, una vez conectada la lectora de discos ópticos, quedó completo. La obsolescencia existe, porque nada es eterno. Pero esta computadora, que hace mucho que debería haberse convertido en basura electrónica, en este momento, mientras escribo esto, está cantando alegremente.
http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA
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