martes, 9 de julio de 2024

Louis Armstrong y los detalles de su primer show en Buenos Aires...¡¡¡¡ MEMORABLE !!!!


Louis Armstrong provocó una verdadera revolución en 1957, cuando llegó al país con sus All Stars
Foto original publicada (incluso con sus marcas de encuadre), del debut de Louis Armstrong en el Teatro Opera, el 30 de octubre de 1957; lo acompañan sus All Stars, Squire Gersh, Edmond Hall, James Trummy YoungDe Mori
Louis Armstrong visitó Buenos Aires en 1957. Aquí, la crónica publicada   el 31 de octubre de aquel año.
La noche del 30 de octubre de 1957 quedará fijada en los anales de la “jazzística” nacional con los caracteres propios de los grandes acontecimientos. Cuando una vez transcurridos los años, la evocación y aún la historia del espectáculo en Buenos Aires deben acudir a esa fecha. Se dirá que fue ésta la vez en que uno de los grandes maestros del jazz se puso directamente en contacto con un auditorio enfervorizado, que habría de saludar y de recordar esa velada, tan largamente esperada, con el calor y la emoción que señalan los sucesos de excepción.
Esa resonancia singularísima, que para algunos puede, tal vez, parecer excesiva, será perfectamente comprendida por todos aquellos que conocen y sienten uno de los géneros artísticos que han tenido la virtud de galvanizar a las multitudes de nuestro siglo.
Crónicas pasadas han dado cuenta de la repercusión lograda por el anuncio de la visita de Louis Armstrong: la alborozada bienvenida que se le tributó a su arribo a Ezeiza y el impresionante concurso popular que ha acompañado las actividades del visitante desde que puso pie en suelo argentino. Lejos de amainar, esa tensión admirativa ha ido en aumento, en un “crescendo” interminable y contagioso, cuyo paralelo podría encontrarse en esos “climax” tan característicos en las ejecuciones de “Satchmo”. Como era de esperar, la presentación del artista señaló uno de los puntos culminantes en este irrefrenable entusiasmo.
Alegre, divertido y simpático, Louis Armstrong simula tomar de un mate argentino
El teatro Opera se convirtió así en el punto de atracción de esos incansables “satchmistas”, que desde el lunes viven pendientes de su ídolo. Anunciada la función inicial para poco antes de las 21, dos horas antes una compacta concurrencia ocupaba las cercanías de la sala de la calle Corrientes y se extendía por sus alrededores. Una previsión explicable, tendiente a evitar nuevas expansiones peligrosas, con la secuela de congestiones, corridas y contusiones ya registradas en Ezeiza, hizo adelantar prudentemente la llegada de Armstrong a la Opera: pero ya el público había intuido la medida y tomado posciones. De tal manera, al llegar el vehículo que traía al extraordinario trompetista, una muchedumbre se precipitó hacia él y costó ímprobos esfuerzos a la dotación policial destacada al efecto, arrebatar al músico de la arrolladora efusividad de sus admiradores.
La expectativa parecía llegar a su máxima expresión cuando el animador Hugo Guerrero Marthineiz presentó, de manera muy oportuna por cierto, el espectáculo. Uno a uno, entre aplausos y silbidos estrepitosos –que en este caso son signo de aprobación y entusiasmo- fueron apareciendo el baterista Barrett Deems, el contrabajista Squire Gersh, el pianista Billy Kyle, el clarinetista Edmond Hall, el trombonista Trummy Young –figuras todas muy apreciadas entre los aficionados- y, finalmente, Louis Armstrong. Ahí la ovación se hizo atronadora, y debieron transcurrir algunos minutos hasta que pudiese comenzar la primera obra del programa.
Louis Armstrong19/7/1970

Casi innecesario resulta el referirse detenidamente a los méritos y particularidades de Armstrong como intérprete; tan conocidas y apreciadas son sus peculiaridades estilísticas a través de su larga y magnífica labor consignada desde hace tiempo en grabaciones fonoeléctricas, que resultan completamente familiares y hasta cotidianas, se podría decir. Señalaremos, no obstante, desde el punto de vista técnico, la precisión admirable de su mecanismo, de un virtuosismo en verdad extraordinario, tanto por la agilidad y nitidez con que sabe encarar los pasajes de mayor compromiso, como por la sonoridad única que logra arrancar a su instrumento y la afinación siempre irreprochable. Gracias a su perfecto dominio de los recursos técnicos y dotes naturales, consigue prolongar sobremanera la extensión del instrumento en el registro agudo, alcanzando a veces alturas increíbles, y siempre con una naturalidad y espontaneidad de acento realmente sobresaliente. Realza su labor en este campo con una absoluta ductilidad en la articulación.
La trompeta en manos de Armstrong adquiere una elocuencia y una diversidad de tonos y matices impresionantes. Pero todas estas cualidades como ejecutante (mecánicas en cierto modo), que lo colocarían ya entre los mejores instrumentistas que nos han visitado, sin distinción de especialidades, se hallan subordinadas a un admirable sentido de su actuación como intérprete. Armstrong es ante todo un artista, un artista que siente profundamente lo que hace, y que además tiene la rara virtud de transmitirlo, de saberlo comunicar, en toda su amplitud, a la sensibilidad y a la imaginación del oyente, que desde las primeras notas queda atraído y como fascinado ante la elevación y expresividad tan singulares de su toque. El discurso de Armstrong cobra así una trascendencia y un significado extremos: parece en verdad que por su medio y a través suyo se expresa el alma y el espíritu de todo un pueblo, de toda una raza, en su acento digno y sufrido, hondo y cálido.
La nota del 31 de octubre de 1957, con la histórica presentación de Louis Armstrong en Buenos Aires
La magnífica labor de Armstrong se vio complementada y realzada por la excelente actuación de un conjunto de mérito particular, que sin exageración puede ser asimilado a una agrupación de música de cámara compuesta por solistas que alternativamente llevan la voz cantante –con toda destreza- en el discurso polifónico, de colorido y abigarrado aspecto, con frecuencia de sonoridad ronca y desgarrada. Y de un acabado sentido rítmico: éste se hace sentir tanto en la afirmación imperiosa de algunas fórmulas métricas –desarrolladas a veces con toda sutileza en los diversos elementos de la batería- como en la tensión provocada por la aparición de síncopas insidiosas, que ofrecen variados aspectos, insuflando de esta manera vida y animación al conjunto.
Prolongadas y entusiastas ovaciones saludaron a cada uno de los números que figuraban en el programa, de casi dos horas de duración, en el que Armstrong se hizo escuchar, junto a algunas de sus famosas y aplaudidas creaciones –que figuran ya entre los clásicos indiscutibles del jazz-, varias novedades, todas ellas de alto interés rítmico y melódico, acabada expresión y realización atrayente.
Mientras, afuera la multitud seguía en su puesto. Quienes no habían podido verle a su llegada, ni durante su labor aguardaban pacientes la compensación –sin duda merecida- de acercarse al artista y expresarle su simpatía al término de la función. Así “Satchmo” Armstrong, el humilde trompetista de Nueva Orleans, ha completado su pacífica y simpática conquista del público argentino, en una noche que probablemente sea para el artista, tan memorable como para sus admiradores.

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