Salir de la pobreza es una tarea que requiere de toda la comunidad
Ante la ineficacia de las políticas meramente distributivas, es hora de sumar talentos para ayudar a que cada persona pueda recorrer con libertad e independencia un camino de progresoFernando Solari Experto en sustentabilidad, autor de Lazos comunicantes y Ayuda sustentable
Reducir la pobreza puede considerarse como el máximo desafío de la humanidad, en especial si pretendemos tener un futuro sostenible, ya que la que se considera sustentabilidad social repercute –y condiciona– a la sustentabilidad medioambiental y al desarrollo económico. El desarrollo económico, social y medioambiental son los tres pilares del concepto de sustentabilidad.
Reducir la pobreza es un propósito que el hombre mantiene desde los inicios de la humanidad y al que le ha brindado buena parte de sus energías y desvelos, con algunos logros parciales dignos de ser considerados épicos. Entre ellos se destaca que en los últimos 200 años la extrema pobreza en el mundo se redujo del 75,43% de la población de aquel entonces al 8% de la actual (según datos del Banco Mundial); esta buena noticia se contrapone a la que presenta el profesor de la Universidad de Oxford Max Roser –codirector de Global Change Data Lab–, quien señala que la pobreza (que incluye la extrema pobreza) en la actualidad no solo alcanza al 58% de la población global, sino que es justo considerar que aquellas personas que viven en el primer mundo con menos de 30 dólares diarios también tienen que ser consideradas pobres, llevando entonces la participación de la pobreza en la población mundial al 84% (en la Argentina, según el Indec, cerramos 2023 con 19,4 millones de personas pobres, el 41,7% de la población, con un 11,9% de indigentes
No alcanza con lo que hacemos. Este escenario convive con un volumen de ayuda destinada a reducir la pobreza que se incrementa sin cesar comenzando por la información que nos brindan los “voluntarios ONU”, quienes señalan que, “según recientes estimaciones, anualmente más de un total de 3000 millones de personas realizan actividades de voluntariado en el mundo”. Esto significa que el 37,5% de las personas en el mundo están dispuestas a poner su tiempo y energía a favor de sus semejantes (si tomamos los países más poblados del mundo, este número equivaldría a que el mundo contara con la población completa de China + India + Estados Unidos al servicio de sus semejantes).
En términos de dinero, los números no son menores; solo The Giving Pledge, el club fundado por Bill Gates y Warren Buffett, que reúne a multimillonarios, dispone de quinientos mil millones de dólares para filantropía. Según GivingUSA. org, solo en los EE.UU. –país caritativo con cuentas claras– recaudó US$499.300 millones (cuatrocientos noventa y nueve mil trescientos millones de dólares) destinados a combatir la pobreza.
Los datos ponen en evidencia que los enormes esfuerzos –en términos de voluntades, energías, recursos, fondos…– no logran reducir la pobreza, por lo que es pertinente indagar variantes en la forma de ayudar para lograr la necesaria base de apoyo que reclama la sustentabilidad para cumplir con su propósito de facilitar un futuro mejor, abarcador y sostenible.
Hay razones de peso. Reducir la pobreza no consiste en una cuestión distributiva –en la que si comparto no dejaré de ser rico, pero quien reciba lo que doy se acercará a serlo–, porque la riqueza no se comparte; la riqueza se genera. Si pretendemos reducir la pobreza, no lo lograremos haciendo por los pobres lo que ellos no pueden hacer por sí mismos, como tampoco lo conseguiremos compartiendo con ellos nuestro dinero o recursos, porque de esa forma solo lograremos transformarlos en dependientes; y la dependencia es quizás el mayor impedimento para abandonar la pobreza.
La pobreza es el extremo diametralmente opuesto a la riqueza, y el tránsito desde la pobreza hacia la riqueza es el único camino sostenible para abandonarla, camino que podemos identificar como “senda de la prosperidad”, ya que la riqueza se suele vincular con el exceso obsceno de dinero y lo que perseguimos cuando buscamos abandonar la pobreza es la riqueza que permite satisfacer las necesidades básicas con una capacidad de ahorro impulsada por la voluntad, ambición y expectativas de cada uno.
Hay que ayudar para que deje de ser necesario seguir ayudando. La historia de los últimos años –la que coincide en gran medida con la reducción de la pobreza extrema– estuvo basada en la educación, potente herramienta para el progreso humano y, en especial, para la movilidad social ascendente. Pero los tiempos cambiaron y si bien la educación tiene la capacidad para adecuarse a los nuevos desafíos, reclama un tiempo del que una comunidad con más de la mitad de la población pobre no dispone para esperar el tránsito con paciencia.
La solución está en manos de quienes estamos dispuestos a ayudar –los números expuestos antes ponen en evidencia que somos muchos– y esa ayuda requiere reordenarse para ser eficiente. Si no la brindamos para cambiar para mejor la realidad de quien la recibe, vale la pena cuestionarla. Si coincidimos en que la diferencia entre ricos y pobres no es la disponibilidad de dinero, sino su capacidad para generar recursos con autonomía, será simple notar que eso es posible a través de la disponibilidad de talentos, aquellos que nos hacen aptos para llevar a cabo una ocupación que genere recursos.
Ayudar compartiendo nuestros talentos –los que, al ser compartidos se enriquecen con el intercambio– modificará la realidad de forma dramática: permitirá saltar por encima del entorno de pobreza para divisar la salida, como ocurre en los laberintos, pero reclama una condición: debemos hacerlo de forma integral. Compartir talentos implica transmitir los secretos de un oficio, actividad, desempeño rentable con todos sus ingredientes necesarios más los accesorios, que suelen resultar decisivos.
Imaginemos que la pasión de la persona a la que decidimos ayudar es la de producir y vender panchos en un carrito que pueda llevar a la zona donde haya concentración de público. Los talentos a compartir con él serán variados: deberemos convocar a quienes puedan confiarle los secretos para construir el carrito de venta –también para que lo pueda mantener, y mejorar, cuando sea necesario–; a quienes le transmitan los secretos de la cocción y los componentes claves –caldos, condimentos, materia prima–; a quienes le enseñen cómo ofrecer su producto, a qué precio, con qué apelaciones; a quien comparta las claves de la persuasión y la atención a clientes; a aquellos que le informen cómo abrir una cuenta, cómo cobrar y cómo pagar; a quienes le inculquen los conceptos necesarios para saber que con cada acuerdo hay derechos y obligaciones. También a quienes le transmitan cómo elegir a sus empleados –cuando los necesite–, cómo pagarles y qué vínculo tener con ellos.
Seremos muchos a favor de uno. El problema de la pobreza es un problema de la comunidad y es la comunidad la que debe resolverlo. Los actos heroicos individuales no suelen funcionar. Así, luego pasar a otro, y al siguiente, logrando lo que los cursos no consiguen y lo que la ayuda –tal y como la conocemos hasta ahora– tampoco logra: dejar a cada persona enriquecida por los talentos recibidos para que recorra con libertad e independencia un camino de progreso, aquel que la aleja –sin retorno– de la pobreza.
Si desde que el hombre es hombre existen los pobres y llegamos hasta acá con más de la mitad de la población global en situación de pobreza, es un buen momento para innovar y buscar nuevos caminos –por favor, no olvidemos que mientras haya una persona pobre en nuestra comunidad, todos seremos pobres–; y esa es una realidad que todos merecemos modificar, para mejor
Hay que ayudar para que deje de ser necesario seguir ayudando
El problema de la pobreza es un problema de la comunidad, y es ella la que debe resolverlo
&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&
Mercosur: demasiadas palabras, nulos avances
El bloque regional sobrevive sin mostrar logros en un contexto de tensiones entre sus socios que dificultan cualquier salida
A33 años de la firma del Tratado de Asunción, los hechos demuestran que el Mercosur entonces creado está lejos de haber cumplido los objetivos que se planteó. Aquel “regionalismo abierto” profesado en los 90 quedó más en los papeles que en realizaciones. Su ineficiencia e inefectividad no es adjudicable a su conformación per se, sino a la voluntad política de sus integrantes para avanzar en las negociaciones. El derrotero de los bloques económicos, comerciales y políticos depende de los países que los conforman y los socios del Mercosur –en especial los más grandes, la Argentina y Brasil– pasan buena parte del tiempo tratando de resolver sus propios problemas y apenas miran de reojo la asociación.
Bolivia inició su proceso como socio pleno –sumándose a nuestro país, Brasil, Paraguay y Uruguay– y debe adaptar su legislación. En cuanto a Venezuela, el reciente fraude electoral determina que continuará suspendida en forma indefinida, como lo está desde 2017.
Aunque nació en pleno Consenso de Washington, siempre tuvo un sesgo proteccionista, tanto que hay limitaciones al comercio hacia el interior del bloque. Con los años, los números de intercambio comercial entre los socios, en vez de expandirse, se retrotrajeron.
El Mercosur no logró desarrollar, salvo alguna excepción, cadenas de valor relevantes ni mejorar el de sus exportaciones al mundo. El esquema diseñado para la industria automotriz está fuera del bloque; es un acuerdo entre nuestro país y Brasil con terminales que se reparten el mercado y que están protegidas para los ingresos extrazona.
Para los presidentes de los países socios hoy del mercado regional luce más como un jarrón chino en un departamento chico que como un trampolín para mejorar la calidad de vida de los ciudadanos. Ninguno se decide a sacarlo a la vereda, pero tampoco lidera la reorganización necesaria.
El presidente Javier Milei ni siquiera asistió a la última cumbre, una conducta por la que le han pasado factura sus pares Lula da Silva y Luis Lacalle Pou. Al libertario no le hace mella, su mirada no está puesta en la región. Son los jefes de Paraguay y de Uruguay los que más reclaman un relanzamiento y, si no, quieren tener la chance de poder avanzar por su cuenta en acuerdos comerciales. Sienten el bloque como un corsé.
El acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea (UE) acumula anuncios de “firma inminente”, pero sigue trabado. Se terminó de negociar hace cinco años, pero los bloqueos se suceden. Lula dice que ahora “el problema son ellos” por la renovación institucional que atraviesan. Aunque todavía hay grupos que resisten el europeísmo, ese bloque actúa como disciplinador económico de sus miembros impulsando cohesiones políticas y como financiador de infraestructura, entre otros aspectos relevantes.
El Mercosur no tuvo nunca los motores que movieron a la Unión Europea (UE). Por eso, la organización quedó a mitad de camino y no se pudieron cumplir las metas que fijaba cada etapa. Es inoperante y ni siquiera hay un diagnóstico compartido sobre el significado de esa situación. En las reuniones se repite la “enorme potencialidad” que tiene la asociación, pero no se registran avances. A la luz de la experiencia y la incapacidad demostrada para avanzar hacia un mercado común del sur, debería haberse establecido como zona de libre comercio. Hoy tenemos una unión aduanera imperfecta con listas nacionales de excepciones al arancel externo común.
Los aranceles han estado siempre modificándose. La devaluación de Brasil en 1999 y el posterior abandono por parte de la Argentina del régimen de convertibilidad son hitos que marcan el fin de la etapa más dinámica.
La creciente demanda asiática, en especial de China, marcó el ritmo al que se movió comercialmente el bloque en los 2000. Las dos economías más grandes, Brasil y la Argentina, se vuelcan hacia esos mercados en medio del boom de las comodities. En la segunda década de este siglo ambos países sufren de estancamientos económicos (más la Argentina), los que también constriñen la dinámica del bloque.
El economista Jorge Vasconcelos, del Instituto de Estudios sobre la Realidad Argentina y Latinoamericana (Ieral) de la Fundación Mediterránea, insiste en que los países que más crecen tienen en común la inserción en el mercado global como instrumento ordenador de las respectivas economías. Claramente, ese factor está ausente en el Mercosur: no hay impulso a la competitividad de cara al resto del mundo. Brasil, por el volumen de su mercado, logra atraer inversiones; en la Argentina están condicionadas por la posibilidad de exportar. Lo mismo en Uruguay y Paraguay.
En un contexto de tensiones entre los socios parece difícil que el bloque encuentre una salida. Hay divergencias sobre el perfil que debe tener y escasea la voluntad política que es clave para lograr un alineamiento que permita avanzar. En cambio, hay conductas de desidia y soberbia que no hacen más que profundizar las asimetrías y condenar al Mercosur a seguir sobreviviendo sin ningún logro que mostrar. El cubo mágico que nadie consigue armar.
El presidente Javier Milei ni siquiera asistió a la última cumbre, una conducta por la que le han pasado factura sus pares Lula da Silva y Luis Lacalle Pou
El Mercosur no tuvo nunca los motores que movieron a la Unión Europea
http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Nota: sólo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.