
A las puertas de un catastrófico evento de extinción artificial
Entre lo que imaginamos y lo que termina ocurriendo hay un abismo; sobre todo en tecnología
Montañas de dinero están entrando en una industria de algoritmos opacos que solo un puñado de expertos conoce. Esto ya pasó, y no terminó bien
Ariel Torres
Cada burbuja es diferente, pero casi todas tienen el mismo destino. Tarde o temprano, estallan. Aún así, hay aquí cierta confusión. Las burbujas no estallan y todo desaparece. Hay vida después de un colapso. Pasa en ecología, pasa en las industrias. El paralelismo es interesante, incluso cuando no sea perfecto.
Hubo un número de eventos de extinción masiva durante los 3200 millones de años que tiene la vida en nuestro planeta. El más catastrófico ocurrió hace 250 millones de años, en el período Pérmico-Triásico. Desaparecieron el 57% de las familias biológicas, el 83% de los géneros, el 81% de los géneros marinos y el 70% de los vertebrados terrestres. Fue también el mayor declive de insectos que se conozca, cosa que, como se sabe y aunque los bichos te den impresión, es letal para las plantas. Es letal, aclaro por si suena un poco raro, porque muchos insectos (en general, los más sensibles a los cambios en la atmósfera) son sus únicos polinizadores. Aunque es cierto que algunas plantas han desarrollado mecanismos para sortear la ausencia de polinizadores, eso fue después de hecatombes cuya escala escapa a nuestra imaginación.
Los dinosaurios fueron la especie dominante en nuestro planeta durante más de 180 millones de años. Hasta que un asteroide del tamaño de CABA causó un cambio climático que los llevó a la extinciónNo se sabe qué produjo la extinción del Pérmico-Triásico, aunque hay varias hipótesis. El caso es que después, lentamente, la vida se recuperó, y los dinosaurios, que habían surgido poco antes de ese evento, fueron los reyes absolutos durante unos 180 millones de años (500 veces más tiempo que el que tiene nuestra especie o 36.000 veces más tiempo que nuestra historia escrita). Hace 65 millones de años, sin embargo, un asteroide de más o menos 15 kilómetros de diámetro (del tamaño de CABA, digamos) impactó en lo que hoy es la Península de Yucatán. La consecuencia es bien conocida. La monstruosa emisión de polvo y gases disminuyó la cantidad de luz que llegaba a la superficie del planeta, eso redujo sustancialmente el número de plantas, con lo que las grandes presas de los dinosaurios desaparecieron, y, al final casi todos se extinguieron; los demás se convirtieron, durante el período Jurásico, en aves.
Con los lagartos terribles (eso significa la palabra dinosaurio) fuera de la ecuación, una Clase hasta entonces poco significativa, la de los mamíferos, se quedó con todo. Sesenta y cinco millones de años después, acá estamos, inflando la burbuja de la inteligencia artificial (IA). Y hablando, claro, faltaba más, del fin de los tiempos.
Wishful thinking
Hace poco más de un año y medio, cuando el mundo conoció a ChatGPT, era difícil ser prudente. El entusiasmo había asaltado el imaginario colectivo, alimentado por los gurús oportunistas que esta industria ya vio docenas de veces –esos que saben poco de tecnología, nada de matemática y no pueden leer código–, y ese furor alcanzó muy pronto el Punto Burbuja.
Pero ahora, cuando las visitas al sitio de ChatGPT de desplomaron, los bloopers no dejan de ser noticia y las pocas voces prudentes empiezan a oírse un poco más (algunas, como la de Meredith Whittaker, CEO de Signal, son francamente desdeñosas) el asunto de la IA empieza a tener todos las rasgos de ser una burbuja. Es lo que dicen varios analistas. Y es probable que tengan bastante razón. Pero hay otro problema con las burbujas.
Hay burbujas que queremos que sean burbujas, pero no lo son. Acá hay que trazar una diferencia entre la burbuja real y el wishful thinking. Cada vez que aparece una tecnología disruptiva se encuentra con una muy agria resistencia. La imprenta no iba a andar porque los libros eran para las élites y por el antiguo y tóxico “las cosas siempre se hicieron así”. La PC no tenía sentido, porque era algo para informáticos; equivalía, para la mentalidad de la década del ‘70, a tener un tomógrafo computado en el cuarto de servicio. Internet (me lo dijeron) era una moda pasajera.
Bueno, cuidado, porque la IA ni es una moda pasajera ni es solo para las élites. ¿OK, pero es una burbuja?
Es una burbuja en el mismo sentido que lo fue la web a principio de siglo. Hay mucha gente poniendo dinero en la IA sin entender cómo funciona. Más dinero entra, más atractivo se vuelve. Es una fiebre del oro. Hasta que la IA muestre que las cosas no son tan sencillas (tampoco lo fueron para encontrar oro ni para ganar plata con la web) y los inversores, asustados, se retiren, haya una corrida y todo termine en una gran extinción.
El bisabuelo de Bill Gates se dejó tentar por la fiebre del oro en AlaskaPero de ninguna manera la IA es un bluf. Es un prodigio, y lo digo tras haber publicado una docena de notas donde fui muy prudente y muy crítico, básicamente porque ya vi esta película varias veces en los 40 años que hace que cubro temas de tecnología. La web también era (y sigue siendo) un prodigio, pero causó el estallido de la burbuja puntocom, el peor evento de extinción masiva que ha visto esta industria hasta la fecha. La IA podría traernos otro incidente de esa clase.
Es decir, muchísimo dinero puesto en iniciativas que no llegan a cumplir su propósito, ni digamos alcanzar un retorno de inversión siquiera diminuto, porque estamos proyectando sobre la IA montones de sueños frustrados, delirios místicos, relatos de ciencia ficción (que alguna vez serán ciertos, pero no todavía) e intereses personales de toda índole. Eso crea una burbuja. Al revés que las reales, no está llena de alguna clase de gas, sino de ignorancia. (Bueno, ahora que lo pienso, se podría pensar en una entretenida analogía entre la Ley de los Gases o Ley de Boyle - Mariotte.)
En fin, las burbujas terminan por estallar. Si ocurre algo así con la IA, cosa que no necesariamente va a cumplirse (más sobre esto enseguida), de ninguna manera será el fin de esta familia de tecnologías. Por el contrario, si este anticipo es acertado y la burbuja artificial colapsa, el siguiente etapa será la consolidación de la IA. Entonces veremos realmente de lo que es capaz. Para muchas disciplinas –el pronóstico del tiempo y el estudio del clima, por ejemplo, algo esencial para la supervivencia de la civilización– ya es algo cotidiano. Para otras, la burbuja es un verdadero obstáculo; la plata va a otros lugares.
¿Puede tener otro final una burbuja, aparte del estallido? Sí, claro. Algunas pocas simplemente se desinflan. En eso se comportan como las estrellas. Cuanta más masa, más explosivo el final. Si no, declinan y se convierten en una alguna suerte de cadáver estelar (una enana blanca, típicamente). La transición hacia la madurez de esas tecnologías es más calma, sin quejas apocalípticas ni los panegíricos hiperbólicos. No parecería ser el caso de la IA.
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