
La emocionante aventura de cruzar en ferry el Estrecho de Magallanes
Las aguas que descubrió en 1520 Fernando de Magallanes
Un ferry chileno que traslada camiones y autos cruza 18 veces por día ese canal de navegación en un viaje de media hora, siempre que el clima lo permita
Leandro Vesco
El Estrecho de Magallanes impone respeto por sus aguas heladas y verdosas, con un cementerio de barcos naufragados y corrientes traicioneras.
El cruce en ferry se realiza 18 veces al día a 4 nudos de velocidad y dura media hora, con un capitán que destaca la épica de la travesía.
En invierno, el frío extremo y la soledad de las rutas argentinas hacia el embarcadero de Punta Delgada contrastan con la calidez y comodidad del paso a Chile.
PUNTA DELGADA, Chile.– El Estrecho de Magallanes impone respeto. Debajo de sus plomizas, heladas y verdosas aguas existe un cementerio de barcos que han naufragado en tormentosas batallas contra las corrientes traicioneras de los océanos Pacífico y Atlántico, el frío rige como ley y las costas del continente y de la isla de Tierra del Fuego se ven en la primera angostura. Son 18 veces por día las que un ferry chileno traslada camiones y autos en un viaje de media hora, si el clima lo permite. Ahora, en el invierno, el frío es extremo. “Es el Estrecho el que manda”, dice su capitán, el chileno Rodrigo Zamora.
Un ferry cruza el Estrecho de Magallanes por el Paso Internacional de Integración Austral“El fin del mundo tiene paz”, confiesa Loreto Díaz, que atiende el comedor Tehuelche Sur, del lado continental. Junto con un pequeño y pintoresco almacén son los únicos comercios que permiten que los viajeros puedan aprovisionarse y renovar energías antes de cruzar y continuar con el largo viaje a los pueblos de la isla. Limpio, pulcro y vidriado, sus mesas tienen vista privilegiada al mítico Estrecho. Con una sonrisa sincera y luminosa, atiende a un camionero que espera pacientemente que suene la sirena para subirse al ferry. Una bandera del pueblo tehuelche y cuadros de legendarios caciques decoran una pared.
El restaurante Tehuelche Sur, justo frente al Cruce del Estrecho de Magallanes“Hay que hacer honor a los marinos de pasadas épocas, en las cuales es fama que los barcos eran de madera y los hombres de hierro”, recita orgulloso el capitán Zamora, desde su puente de mando del ferry. Se trata de una frase chilena de la marinería magallánica. Los cruces se hacen desde las 8 hasta las 23 (Chile tiene una hora menos). La larga fila de camiones va entrando y son ordenados como un tetris por operarios hasta llenar la capacidad. El cruce se hace a 4 nudos y dura media hora. La profundidad en la primera angostura es de 80 metros. “Si te caés al agua, no durás ni un minuto”, sonríe Zamora.
El costo para argentinos es de $32.000 y para residentes chilenos $19.000 Cada peso argentino equivale a 0,5 chilenos.
Rodrigo Zamora, capitán del ferry“Siempre se siente la épica”, confiesa Zamora. Viejo lobo de mar, hace 32 años que navega. Sus destinos lo llevaron por toda la costa chilena del Pacífico, desde Arica hasta Tierra del Fuego, siempre en la marina mercante en buques pesqueros. Mira el mar del Estrecho con respeto. Hace una década que está al mando del ferry. “Jamás he tenido un accidente”, se enorgullece, aunque sabe que han caído hombres al mar. Algunas toninas acompañan la embarcación. “Si sopla viento superior a 40 nudos no lo cruzamos”, cuenta.
El interior del transbordador es silencioso. Está calefaccionado. Una interminable fila de cómodos asientos está vacía. Los camioneros no se bajan de sus cabinas, nadie se arriesga a apagar motores. Algunos solo se bajan para ir al baño. Son pocos los automovilistas.
En invierno la mayoría de los que cruzan en ferry son camioneros“Vamos a Porvenir, allí el mar se ha congelado, es harto raro lo que está pasando este año”, dice Cristian Aillahuil, que viaja con su esposa. El pueblo tiene 8000 habitantes y es el más grande de la parte chilena de la isla de Tierra del Fuego. Viven allí. La conexión con el continente la tienen con Punta Arenas, pero ahí el cruce es más costoso: 25 dólares y el doble de tiempo. Todos eligen pasar por la primera angostura.
Sopas y guisos con centolla, cuenta Aillahuil, es la dieta en estos días. Salen poco de la isla, como todos en Tierra del Fuego.
El interior del ferry“Los argentinos piden mucho el Barros Luco y el Churrasco a la pobre”, dice Díaz. Se refiere a los nombres de la larga lista de sándwiches que preparan (son más de 20). El primero tiene “un bistec”, queso y mayonesa. El segundo, bistec, huevo frito, cebolla y mayonesa. Todos para compartir. ¿Los precios? 7500 y 8000 pesos chilenos (15.000 y 16.000 pesos argentinos). A un costado del mostrador, unas estanterías ofrecen vasos térmicos con sopas instantáneas de ramen, snacks picantes, gomitas ácidas, paquetes de yerba misionera de cuarto kilo y alfajores chilenos (a 1000 pesos argentinos).
Caminos sinuosos, calzadas congeladas
Por tierra, para llegar al Embarcadero de Punta Delgada, desde donde sale el ferry, solo es posible hacerlo por la Argentina. Luego de dejar atrás Río Gallegos y su concurrida zona franca, la ruta 3 se desprende de presencia humana. En este invierno extremo, la calzada está congelada y el camino tiene descensos sinuosos y muy peligrosos. La nieve se pega en los carteles viales y muchos no se ven. Un solitario camino blanco conduce a Cabo Vírgenes, la última porción de tierra continental argentina, en la boca norte del Estrecho de Magallanes. La soledad de estas tierras es mítica. El viento austral iguala la desolación a un sentimiento vacío.
La ruta del lado argentino estaba despareja, congelada y con partes de ripioSon pocos autos los que se animan a la arriesgada monotonía del mundo blanco; todos deben llevar cubiertas con clavos. Los controles policiales no están atentos a hacer cumplir estas medidas de seguridad, simplemente se apegan a su libreto de saber el origen y destino del viaje. El uso de cadenas está recomendado en rutas con acumulación de nieve. En algunos tramos se suman baches y aumenta la dificultad. No es posible viajar a más de 60 kilómetros.
La nieve lo tapa todo, no se ven animales, se pierden los sentidos de orientación. Para limpiar el parabrisas se llena de alcohol puro el depósito del sapito para evitar la congelación del líquido y poder tener mejor visibilidad.
“Laguna Azul”, se lee en un cartel que llama la atención. El ingreso está cerrado, el camino está intransitable. Esta laguna es un cráter volcánico estepario sobre el que se tejen historias. Formado en el Holoceno, su última erupción se dató hace 10.000 años; en la actualidad está inactivo. Sin sedimentos, la transparencia del agua es absoluta. Estiman que tiene una profundidad de 300 metros, aunque algunos lugareños aseguran que nadie conoce exactamente su profundidad y que estaría conectada con los océanos. También se habla de un pez ciego que vive en este abismo y que algunas noches se ven luces extrañas que emergen del cráter.
Paisanos del lado chileno, a la vera de la ruta, donde la nieve lo tapa todoLa Estancia El Cóndor es una de las más grandes de la Argentina, y pionera en la larga historia ganadera patagónica. Sus entradas están durante todo el trayecto, al igual que la voz Aike, que en lengua tehuelche significa hogar. Los camiones, de gran porte, pasan a gran velocidad. La mayoría son chilenos que deben usar las rutas argentinas para unir Santiago de Chile con Punta Arenas. No hay señal telefónica en ningún tramo de la ruta.
El Paso de Integración Austral en Monte Aymond formaliza el adiós a la Argentina. Despintado, viejos teléfonos públicos sin tono se amuran a paredes con afiches de tiempos de pandemia, capas de cintas adhesivas manifiestan el desinterés. En el piso del hall de entrada, cajas desarmadas ofician como alfombras, algunos tubos que iluminan el salón se encienden y se apagan. Un irreal stand de turismo muestras las bellezas –que las tiene– la provincia de Santa Cruz. El abandono y el desapego son notables. No hay calefacción ni Wi-Fi.
Las oficinas argentinas de migraciones y AFIPComo penitentes, los que llegan o se van del país pasan por los boxes de la aduana y luego de la AFIP. Para los que se retiran de la Argentina, un agente exige una declaración jurada que debe hacerse en Río Gallegos, 60 kilómetros atrás. La información es errónea y el trato es distante, incluso irascible. Los sanitarios están en muy mal estado, una pila de ladrillos y un cable clausura el ingreso al de damas; el de hombres está sin agua. Entrar es una aventura poco agradable. Nadie revisa los vehículos o camiones. Para los que no tienen servicio de roaming, a partir de aquí los celulares deben continuar en modo avión, la señal chilena es óptima.
Arco de bienvenida
Un kilómetro más adelante, un arco da la bienvenida a Chile. El paso del vecino país es la antípoda al de la Argentina. La primera impresión se siente en el volante: la ruta no tiene hielo ni nieve. “Nosotros las mantenemos, no como ustedes”, dice una agente de PDI (Policía de Investigaciones de Chile).
El ingreso a ChileEl diseño del edificio es alpino, mucha madera y vidrios, la limpieza es notable, tiene calefacción y Wi-Fi. Un cuadro del presidente Gabriel Boric está custodiado por dos banderas nacionales. El trato es amable, y antes de seguir, un agente de aduanas con un perro olfatea el auto.
Los chingues –zorrinos– bajan de las bardas blancas desesperados buscando algún hueco donde morar y sentir algo de calor. El frío en contacto con la piel provoca dolor.
Los zorrinos o chingues como le llaman los chilenos, bajan a buscar comida y calor al puesto de migraciones de ChileChile es estricto, la lista de cosas con lo que no se puede ingresar al país es extensa, pero también particular. “Si traes un huevo duro, pasas. Crudo, no. Si tienes una manzana cocida, pasas, cruda, no. Una milanesa cocida, la puedas pasar, cruda, la retenemos”, manifiesta el agente del Servicio Agrícola Ganadero. La lista está expuesta y se puede resumir en flores, arreglos florales, carnes, material orgánico, tierra, maderas, medicamentos. Luego de estas siempre fastidiosas burocracias aduaneras, el viaje al Estrecho de Magallanes continúa y es emocionante.
“Carretera del fin del Mundo, circuito Aonikenk”, ilustra un cartel. El último bastión meridional del continente americano es un hecho que hace circular la sangre con un movimiento intrépido, la desolación es un mandato inapelable. De a ratos se ven ovejas. Por la cercanía al mar, la nieve deja matas de pastos duros y descoloridos. Un pequeño pueblo, Punta Delgada tiene hospedaje. La ruta 255 cruza esta composición ungida de silencios. El tramo final cruza la ruta 257 y en el horizonte emerge la primera angostura del Estrecho de Magallanes. Poco ha cambiado desde que el marino portugués lo descubrió.
Un pastor y sus ovejas, del lado chileno“Pensar que lo cruzó Magallanes siempre impacta”, dice Ricardo Caraballo, habitante de Río Grande, quien usa el ferry con regularidad para ir hasta Río Gallegos. Con una embarcación de madera pequeña y con cartas náuticas que se iban haciendo con intuición día a día, el 1° de noviembre de 1520 el marino portugués, aunque a servicio de la corona española, entró al Estrecho que en su bitácora llamó “De Todos los Santos” y el 27 halló la salida por el Océano Pacífico. Él fue quien lo bautizó. Fue la primera vez que un hombre realizó esta travesía.
“No cambio por nada en el mundo esta tranquilidad, no es como Santiago que está lleno de smog”, dice Díaz. Una sirena corta el silencio en el salón donde un escudo recuerda que en 2020 se cumplieron 500 años del descubrimiento del Estrecho. El ferry está a punto de salir, como una gran boca metálica, su proa se abre y se convierte en una rampa donde comienzan a entrar los camiones y, en último lugar, los pocos autos que se mueven en estas solitarias rutas en un invierno que será recordado por su inclemencia.
A las 17, el sol se recuesta en dirección al Océano Pacífico, una tibia luz dorada hace brillar el mar. “Es la belleza del fin del mundo”, reconoce Díaz, mientras atiende a los viajeros.
http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA
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