domingo, 22 de septiembre de 2024

MIRADAS Y AL MARGEN


¿Hubo alguien que aplaudiera al asador?
JOAQUÍN GARAU
Otra semana culinaria en la Argentina, donde el horno no está para bollos, pero que igual empezó a cocinarse el domingo en el Congreso, donde los diputados se comieron la presentación del presupuesto a cargo de Javier Milei. El Presidente se despachó con una entrada de cadena nacional. El rating cayó y detrás hubo dos hipótesis: los opositores dicen que fue porque todos apagaron la TV cuando empezó a hablar Milei. Y desde el Gobierno aseguran que la gente salió corriendo de alegría cuando lo vieron aparecer. Cada uno sabrá con qué versión atragantarse.
Como si se tratara de un menú de varios pasos, el segundo se degustó el martes, cuando la noche porteña vio salir a la troupe del Senado con Victoria Villarruel a la cabeza. Se mandó con todo su equipo a la pizzería El Cuartito, sirvió porciones, se sacó fotos y en la sobremesa le puso los puntos a una tuitera que la acusó de usar dinero de los contribuyentes para la cena: “Eso hacían en tu gobierno. Acá nosotros nos pagamos lo nuestro. Y vamos al Senado todos los días, no como CFK, que aparecía solo con el cometa Halley”. Al momento de publicar esta columna, no se sabía qué había cenado Cristina y ni siquiera si ya había regresado de Merlo o si seguía hablando o si ya tuvo el encuentro con Milei en el Instituto Patria para enseñarse mutuamente de economía.
Sin embargo, el plato fuerte fue el miércoles, cuando bajo la luz mágica del eclipse los diputados que votaron contra la reforma jubilatoria tuvieron su meet and greet con Javier Milei. Al principio trascendió que la casa invitaba, por lo que los diputados llegaron a Olivos más rápido que Colapinto. Sin embargo, el Presidente les aplicó el manual de economía clásico: no existe tal cosa como un almuerzo gratis. Así, los “héroes” –las comillas son irónicas– que votaron contra la ley de reforma previsional se desayunaron con que el asado al que los habían invitado no era realmente una invitación e iban a tener que poner $20 mil por cabeza. El propio Manuel Adorni les aclaró que “se abonaría con tarjeta de débito” (primera vez que se escucha que en la quinta de Olivos hay posnet). Por las dudas, el vocero también abrió el paraguas y les avisó que no se aceptaban pagos en efectivo. Se ve que Adorni conocía bien a los comensales y no quería comerse los versos del estilo: “Después te transfiero”, “¿No te llegó?”, “Pará que salgo al patio, que acá no hay señal”, “Con este banco siempre pasa lo mismo, te pago en la semana”.
Así las cosas, los diputados se llevaron la sorpresa de que esos agujeros en los costados de los pantalones se llaman “bolsillos” y ese elemento revestido en cuerina y con diferentes compartimientos es la famosa “billetera”. Aunque, si se parte de la base de que las dietas –no la restricción de alimentos, sino el sueldo– se las pagan los contribuyentes, entonces no les habrá molestado mucho el gasto para festejar el ajuste fiscal.
Tampoco hay que ser injustos: el diputado Damián Arabia cayó con ensalada de papa y huevo en un bowl para compartir (no es joda, hasta posteó una foto). O sea, le dijeron que iban 87 personas y él pensó: “Con un bowl alcanza”. Si se plantea de otro modo: o nunca fue a un asado o esa ensalada era mágica o no sabe cuánto comen 87 personas. Encima, lo peor de todo es que no le puso mayonesa. Se imaginan que para bajar ese mazacote de ensalada se tuvieron que tomar hasta el agua de Conan.
Dos observaciones al paso. La primera: no se dijo cuál fue el postre, aunque visto y considerando el contexto en el que muchos llegaron ahí, se puede suponer que fue el famoso pancake (es más elegante decirlo en inglés que en español).
La segunda, un poco más al margen, porque no trascendió pero no está de más preguntarlo: no habrán sido tan pícaros de haber comprado la carne con Cuenta DNI, ¿no? No le hagan esto a Axel, por Dios.
En paralelo, mientras Milei festejaba, el ministro Luis Caputo aplicó la vieja doctrina de Lita de Lázzari y caminó hasta los supermercados de Lanús. En una clase de microeconomía extrema, les puso el ojo a las tasas municipales porque, según se calcula, hay productos que valen hasta 4% más que en distritos cercanos por este motivo (puntualmente el arroz, la leche y los fideos). Una semana más y lo vemos a Toto Caputo de cajero en un hipermercado.
Para terminar, dos rapiditas. Una tiene que ver con el bodegón sindical. A los sindicatos de Aerolíneas Argentinas les ampliaron el menú y les ofrecieron pollo, pasta o privatización. Justamente el lío se da en la Semana de la Hamburguesa, y como siempre los que quedan en el medio de los dos panes son los pasajeros.
La otra minuta tiene que ver con el restaurante de la calle Viamonte, donde ya se preparó la cena del 17 de octubre. No, no van a festejar nada que tenga que ver con la liturgia peronista, sino que se presentó la lista para las elecciones a presidente de la AFA (hasta ahora lista única, por si alguien se lo preguntaba, con el Chiqui Tapia a la cabeza). Se podría decir que más que una cena elaborada será un fast food o, para ponerlo más en términos de tablón, un chori de cancha.

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El triunfo de la cantidad sobre la calidad
HÉCTOR M. GUYOT
En los últimos tiempos se han multiplicado los ensayos que advierten sobre los peligros que encierra la inteligencia artificial. En este asunto está ocurriendo lo mismo que con el cambio climático: veinte años atrás, los que anunciaban que el calentamiento global era un grave riesgo para el planeta eran tenidos por unos locos lindos; hoy los locos son los que cierran los ojos ante la evidencia. La alarma sobre las consecuencias del avance imparable de la tecnología, ahora con la IA en la primera línea, también pasó de los márgenes al mainstream.A la mirada crítica de pensadores como Evgeny Morozov, Bifo Berardi o Eric Sadin se suma hoy la de un ensayista best seller, Yuval Noah Harari. En su nuevo libro, Nexus, el autor israelí advierte que la IA no es una herramienta, sino un agente que toma decisiones, capaz de alterar el curso no solo de la historia de nuestra especie, sino de la evolución de todos los seres vivos. El poder, dice, se ha transferido de los humanos a los algoritmos. Palabras textuales.
Me alegro de que Harari amplifique esta preocupación a escala global. La velocidad de los cambios tecnológicos es tan vertiginosa que la conciencia de ellos, y de sus implicancias, queda siempre relegada. El común de los mortales no tenemos más alternativa que integrarlos a nuestra existencia para no quedar varados en la prehistoria. Los gurúes de Silicon Valley, olvidados del espíritu, nos reducen a la condición de conejillos de indias mientras van por la anhelada inmortalidad digital de la mente, anunciada por el transhumanismo.
Estoy lejos de ser un experto en tecnología o en inteligencia artificial. Más allá de lo que leo sobre el tema –creo que hoy no hay otro más relevante, pues lo afecta todo–, mi postura reticente se basa en la forma en que estos avances asombrosos, que al mismo tiempo nos reportan indudables beneficios, han ido impactando en mi persona y en el modo en que estoy en el mundo. En esto soy mi propio objeto de estudio, del que obtengo algunas conclusiones parciales y por cierto subjetivas que cada tanto me atrevo a compartir en estas columnas, no porque las considere verdades universales, sino porque cifran experiencias cotidianas con las que acaso muchos lectores, a su modo, podrían identificarse. Quizá les pase algo parecido.
Hoy la abundancia me resulta un problema. Por ejemplo, Spotify me permitió descubrir cosas maravillosas, pero no me detengo en ninguna, tentado por esa zanahoria que dice que si me gustó esto también me gustará aquello, y así al infinito. Añoro lo que significaba, en tiempos analógicos, el hallazgo del disco que habíamos buscado o esperado durante meses. Es que la abundancia, desligada del otro polo, la escasez, puede resultar abrumadora. La misma impaciencia se trasladó a la lectura. Estoy con cinco o seis libros abiertos al mismo tiempo, que serán desplazados por otros antes de que llegue a terminarlos. Leo y escucho música, como siempre, pero mal. Y así me pierdo lo esencial. Muchas de las grandes obras de arte –una sinfonía de Bruckner, una película de Tarkovski, una novela de Faulkner– proponen una lenta inmersión en un tiempo distinto al habitual en el que se produce, si logramos entrar en él, la experiencia de una revelación. Hoy no siempre encuentro la disposición para eso.
Esta dispersión, creo, es consecuencia del exceso de oferta, derivado de uno de los principios que gobiernan la revolución tecnológica: la cantidad, como valor, desplazó a la calidad. Los nuevos dispositivos lo ponen todo a tiro de clic y te obligan a hacer lo mismo. Hay que ser efectivos y producir mucho. La obsesión por la cantidad se trasladó incluso a los trabajos creativos o intelectuales, donde el estilo y la marca personal han sido siempre valorados. El mandato es producir más. Así, en la faena de alimentar el pozo sin fondo de la web, hasta lo que requiere un tratamiento artístico o artesanal se tiñe de las características de la producción en serie. En este sentido, hay una deshumanización del trabajo, porque lo que lo humaniza es la aspiración a hacer una tarea de calidad, que enriquezca tanto al que elabora el producto o la obra como al que los recibe. Por otro lado, en cuestiones de cantidad nunca es suficiente. Siempre hay que ir por más. En esa carrera vivimos.
Hoy habría que rescatar la premisa de la Bauhaus: menos es más. Para poder comprobar la verdad escondida en esta aparente paradoja, es necesario aprender a nadar contra la corriente, como el salmón. No digo para hacerlo siempre, sino cuando queramos edificar un muro de contención imaginario con el que detener la catarata de estímulos que atentan contra nuestro poder de concentración. Para eso hay que volver a tonificar los músculos y, sobre todo, la voluntad a la que responden, reblandecida por tanto surfeo inútil de una cosa a la otra. “Seguí en lo tuyo”, es un mantra que me repito cada vez más seguido.
Cuando Henry David Thoreau agonizaba en su lecho de muerte, alguien le preguntó si ya tenía vislumbres del más allá. “Un mundo por vez”, respondió el autor de Walden. Yo podría decir lo mismo, un mundo por vez. Pero, por favor, no todo junto.
Spotify me hizo descubrir cosas maravillosas, pero no me detengo en ninguna, tentado por esa zanahoria que dice que si me gustó esto también me gustará aquello, y así al infinito

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