
¿Qué harán los humanos cuando la tecnología les resuelva todo?
La nueva publicación de Nick Bostrom indaga en qué hará el ser humano cuando la inteligencia artificial haya resuelto los mayores problemas de la humanidad
El filósofo Nick Bostrom indaga, en su nueva publicación, sobre el avance de la inteligencia artificial y qué pasaría si esta pudiera acaparar las tareas humanas
En la novela Ciudad permutación, del escritor de ciencia ficción Greg Egan, el protagonista, llamado Peer, ha alcanzado la inmortalidad dentro de una realidad virtual sobre la que tiene un control absoluto, pero de pronto descubre que se aburre terriblemente, así que se reconfigura a sí mismo para tener nuevas pasiones y deseos: hoy se pone a explorar los límites de la matemática avanzada, mañana está componiendo una ópera. “Alguna vez le interesó la vida después de la muerte. Ya no. Ahora prefería pensar en las patas de la mesa.” Pero la inconstancia y volubilidad de Peer apuntan a un tema más profundo: cuando la tecnología haya resuelto todos los mayores problemas de la humanidad, ¿qué quedará por hacer?
Esa es la pregunta que analiza en su nueva publicación Nick Bostrom, filósofo de la Universidad de Oxford, cuyo libro anterior planteaba que la humanidad enfrenta una posibilidad de 1 en 6 de ser borrada del planeta en los próximos 100 años, tal vez como consecuencia de una evolución peligrosa de la inteligencia artificial (IA). En el más reciente libro de Bostrom, Deep Utopia, propone un desenlace diferente: ¿qué pasaría si todo sale extraordinariamente bien con la inteligencia artificial? En uno de los escenarios planteados por Bostrom, la tecnología avanza hasta el punto de poder realizar todo el trabajo que tiene valor económico con un costo cercano a cero. En un escenario aún más extremo, hasta las tareas que pensaríamos reservadas a los humanos, como la crianza de los hijos, incluso es realizada mejor por la IA. Tal vez suene más a distopía que a utopía, pero Bostrom afirma lo contrario.
La explosión económica derivada de la superinteligencia seguiría estando limitada por los recursos físicosComencemos con el primer escenario, que Bostrom denomina como utopía “post-escasez”. En un mundo como ese, la necesidad de trabajo se reduciría. En su ensayo de hace casi un siglo, Las posibilidades económicas de nuestros nietos, John Maynard Keynes predecía que en 100 años más sus ricos descendientes solo tendrían que trabajar 15 horas a la semana. No ha sido tan así, pero el tiempo de trabajo ha disminuido considerablemente. En el mundo rico, el promedio de horas de trabajo semanales ha disminuido de más de 60 a fines del siglo XIX a menos de 40 en la actualidad. El norteamericano promedio dedica un tercio de sus horas de vigilia al esparcimiento y el deporte. Y en el futuro es posible que quieran dedicar su tiempo a cosas que van más allá de la concepción actual que tenemos de la humanidad. Como dice Bostrom, cuando contamos con una tecnología poderosa, “nuestro espacio de experiencias posibles se expande mucho más allá de aquellas a las que podemos acceder con nuestros cerebros actuales no optimizados.”
Sin embargo, la etiqueta de utopía “post-escasez” de Bostrom puede ser un poco engañosa: la explosión económica derivada de la superinteligencia seguiría estando limitada por los recursos físicos, sobre todo, el de la tierra. Aunque la exploración espacial puede multiplicar el espacio disponible para seguir construyendo, tampoco lo hará infinito. También hay escenarios intermedios donde los humanos desarrollan nuevas y potentes formas de inteligencia, pero sin llegar a construcciones en el espacio. Esos pueden ser mundos de una riqueza fabulosa, pero gran parte de ella podría ser absorbida por el costo de la vivienda, como ocurre hoy en día en los países ricos.
También es probable que sigan existiendo los “bienes posicionales”, que mejoran el estatus de sus propietarios y que son escasos por naturaleza. Por más que la inteligencia artificial llegue a superarnos en arte, intelecto, música y deportes, los humanos probablemente seguirán valorando el hecho de superar a sus semejantes, por ejemplo, consiguiendo entradas para los eventos deportivos o sociales más requeridos. En Los límites sociales al crecimiento, de 1977, el economista Fred Hirsch plantea que a medida que aumenta la riqueza, también aumenta el deseo humano de acceder a bienes posicionales. El tiempo dedicado a competir aumenta, el precio de dichos bienes aumenta, y por tanto también aumenta la participación de esos bienes en el PBI. En una utopía de inteligencia artificial, ese patrón no se modificaría.
Bostrom señala que algunos tipos de competencia responden a una descoordinación: si todos aceptan dejar de competir, tendrían tiempo para otras cosas mejores, y eso podría potenciar aún más el crecimiento. Sin embargo, algunos tipos de competencia, como el deporte, tienen un valor intrínseco y vale la pena preservarlos. (Y es posible que los humanos tampoco tengan nada mejor que hacer). Desde 1997, cuando la computadora Deep Blue de IBM derrotó por primera vez al entonces campeón mundial Garry Kasparov, el interés en el ajedrez ha ido en aumento. Y ha surgido toda una industria en torno a los deportes electrónicos, donde las computadoras pueden derrotar fácilmente a los humanos. Se cree que durante la próxima década los ingresos de ese sector crecerán a una tasa anual del 20%, hasta alcanzar casi 11.000 millones de dólares en 2032. De hecho, hay varios grupos sociales de la actualidad que nos dan una idea de cómo emplearán su tiempo los humanos del futuro: los aristócratas y los bohemios disfrutan del arte, los más monásticos viven dentro de sí mismos, los deportistas dedican su vida al deporte, y los jubilados incursionan en todas estas actividades a la vez.
¿Jubilación anticipada para todos?
¿Y tareas como la crianza de los hijos no seguirán siendo el refugio de los humanos? Bostrom no está tan seguro. Sostiene que más allá del mundo “post-escasez” hay un mundo “post-instrumental”, en el que la inteligencia artificial también se volvería “sobrehumana” en el cuidado infantil. El propio Keynes escribió: “No hay ningún país ni ningún pueblo, creo yo, que pueda mirar hacia la era del ocio y la abundancia sin temor. Porque durante mucho tiempo nos habituaron a esforzarnos y no a disfrutar. A juzgar por el comportamiento y los logros de la clase rica hoy en cualquier parte del mundo, ¡el panorama es muy deprimente!” El saber popular lo expresa en menos palabras: “El ocio es la madre de todos los vicios…”
Si la tecnología se vuelve demasiado avanzada, los humanos podríamos perder nuestro propósito de vidaEsta dinámica parece revelar la “paradoja del progreso”. Aunque la mayoría de nosotros quiere un mundo mejor, si la tecnología se vuelve demasiado avanzada, los humanos podríamos perder nuestro propósito de vida. Bostrom sostiene que la mayoría de la gente seguiría disfrutando de actividades que tienen un valor intrínseco, como comer bien o salir a pasear. Y esos habitantes del mundo utópico podrían sentir
que la vida se ha vuelto demasiado fácil y decidir desafiarse a sí mismos, tal vez colonizando un nuevo planeta para planear una nueva civilización desde cero. Sin embargo, en algún momento hasta esas aventuras podrían dejar de parecernos valiosas. Como le ocurre a Peer en Ciudad Permutación, hay que ver durante cuánto tiempo serían felices los humanos saltando de un interés a otro. Durante mucho tiempo, los economistas creyeron que los humanos tienen “deseos y anhelos ilimitados”, o sea que las cosas tienen infinitas variaciones potenciales que a la gente le gustaría consumir. Con la llegada de una utopía de inteligencia artificial, esa afirmación será a puesta a prueba. Y es mucho lo que depende de su resultado.
Traducción de Jaime Arrambide
http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA
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