
Nelly Beltrán: el amor de su vida, la muerte joven de su querida “Moniquita” y la diabetes que la dejó ciega
Nelly Beltrán hizo reír a varias generaciones de argentinos
Entrañable comediante que se destacó en el cine, el teatro y la televisión, prefirió ser “una buena segunda” en lugar de una “primera regular”; con Maurice Jouvet formó uno de los matrimonios más queridos del espectáculo argentino
Guillermo Courau
La vida le mostró su peor cara y ella le respondió con una sonrisa. Amplia, franca, con algo de picardía, aun cuando en sus ojos había una tristeza infinita. Ojos que un día se cansaron de ver la ausencia, primero la de su hija querida, luego la del amor de su vida, y se apagaron. Nelly Beltrán quedó ciega, perduró solamente la mirada de un alma rota por los recuerdos, multiplicados en portarretratos de una casa demasiado grande para estar tan vacía.
A lo largo de su carrera en cine, teatro y televisión, Nelly fue la novia, la madre, la tía y la abuela. Tuvo un cuerpo escultural, que los primeros sinsabores transformaron para siempre, pero ¿qué importaba? Lo mejor de ella era su encanto, esa simpleza y gracia que imprimía en cada papel y que no era más que un reflejo de su vida cotidiana. Porque Nelly Beltrán era tal cual se la veía, y por eso se la quería tanto.
“Tuve conducta e integridad toda la vida -le contaba la actriz en 2004 al periodista Fabián Penno-. Primero, nunca me creí una estrella. Siempre preferí ser una buena segunda, no una primera regular. Segundo, quería que el actor que trabajara conmigo se sintiera bien a mi lado. Y lo conseguí. Soy feliz cuando salgo a la calle y la gente me sonríe. Ahí sigo siendo Nelly Beltrán. El día que no me sonría más la gente, se acabó. Vivo en Palermo Viejo, un barrio bárbaro, tengo unos vecinos que son una maravilla. Me quieren y yo los quiero. Hay una paz que no te cuento. La casa no es linda, pero para mí es muy cómoda”. Simple, cotidiana, cercana, ni siquiera aprovechaba su doble apellido para darse ‘corte’: Nélida Dodó López Valverde.
Lo único que ella quería era ser feliz. Hizo lo imposible para lograrlo, entregando su salud, su carrera y hasta su vida. Pero lo consiguió a medias y por muy poco tiempo.
Nelly Beltrán y Maurice Jouvet, un matrimonio que hizo "punta" en eso de dormir en cuartos separadosLa primera vez que Nelly Beltrán soñó con ser actriz no tenía más de diez años. Una mezcla de deseo infantil y quedarse prendida a la radio escuchando novelas. Había nacido en 1925, así que aquellos radioteatros eran un pasaje a otro mundo. “Creo que eran los comienzos de Radio El Mundo. Una noche estaba en mi cama y puse la radio a mi lado escuchando una novela de la que nunca me voy a olvidar el nombre: La rondalla. La protagonizaban Manolita Poli y Martín Zabalúa, el papá de Tincho Zabala. Y me impactó tanto, sobre todo la interpretación de la actriz, que me puse a llorar; serían las diez y media de la noche y mis padres me oyeron desde el otro cuarto. Me preguntaron qué me pasaba. Recuerdo que me abracé a mi papá: “Papito, yo quiero ser artista como Manolita Poli. Prometeme que me vas a ayudar”, le pedí. El me respondió: ‘Sí, hija. Bueno, ahora dormite y tranquilizate’. Claro, él pensó que al otro día me iba a olvidar. Pero cuando abrí los ojos, le recordé eso. Y se quedó mudo, pero me ayudó. Me acompañó a las pruebas, a los concursos donde necesitaban actrices. Pensar que nunca gané nada, siempre me bochaban. Pero insistí tanto que al final pude hacer algo”.
Ese “algo” incluyó películas como Para vestir santos, Rosaura a las 10 o La sonrisa de mamá; televisión con ejemplos como Risas y sonrisas con Verdaguer o La banda del Golden Rocket; radio con La revista dislocada y también teatro, género al que accedió en 1952 con la obra Las lágrimas también se secan, gracias a su amiga Beatriz Taibo y que le significó un desafío impensado. “La iba a ver entre bambalinas o me quedaba charlando con ella en el camarín. Una vez fue Miguel Angel Beltrán, secretario del empresario Francisco Gallo, para ofrecerle un papel precioso. Pero Beatriz, que era una muchacha de las buenas, no se dejó convencer y le contestó que su palabra valía más que un contrato firmado e iba a seguir con la obra que estaba haciendo. Yo la miraba y se me iban los ojos. Se despidieron y le dije que por qué no le habló de mí. Enseguida, Beatriz lo llamó y le hizo el comentario. Pero Beltrán me veía muy flaquita, no estaba convencido. Le pregunté si podía ir a ver al empresario al otro día. El hombre aceptó y a la una de la tarde ya estaba en el teatro Ateneo paseándome por el hall. Cuando vi a un hombre a quien todos saludaban, supuse que era Gallo. Me acuerdo que lo llamé, qué caradura era yo (se ríe). Le hablé sobre el personaje y le propuse que si aumentaba diez kilos en un mes, me tomara la prueba. Me miró como si estuviera loca y, sacándome de encima, me dijo que sí. Al mes estaba con diez kilos más. No me pudo decir que no y me tomaron”.
El teatro no solamente le dio la oportunidad de consolidarse en la profesión que soñaba, sino también en darle la oportunidad de conocer a su gran compañero de vida: Maurice Jouvet.
Mujeres a la hora del té, de Canal 7: Nelly Beltran con Valentina, María Rosa Gallo, Hilda Bernard y María VanerUn poco de amor francés y los chistes verdes de Julio Sosa
Abel Santa Cruz fue el involuntario cupido en la relación de Nelly Beltrán y Maurice Jouvet. En 1953, el autor los convocó para la obra Señorita esposa. Ensayaron (y noviaron) durante 15 días y al siguiente se casaron. Sus respectivas parejas nunca entendieron qué había pasado, el flechazo fue fulminante y duradero. Algo debía tener la obra, porque también eran parte del elenco Ana María Campoy y Pepe Cibrián, otra pareja emblemática del espectáculo nacional. “Realmente tuve suerte de tener un hombre así como Maurice -le contaba la actriz a la revista Pronto-. Era un tipo muy honesto. Un poco débil, porque la fuerte de la pareja era yo. ¿Sabés cuál era su debilidad? Conectar a la gente. Por ejemplo, si a vos el grabador te hacía un ruidito, él se quedaba pensando. Al otro día, te llamaba por teléfono para decirte que consiguió un muchacho para repararlo. Él se preocupaba y les arreglaba los asuntos a todo el mundo. Además, era un hombre inteligente y muy culto. Hablaba francés, inglés e italiano a la perfección. Hay que recordar que era primo segundo del gran actor Louis Jouvet”.
De tan opuestos complementarios que eran, nunca se separaban, al menos durante el día. Porque por la noche habían encontrado la fórmula de la felicidad, dormir en cuartos separados: “Fue idea mía, las diferencias a la hora de conciliar el sueño eran los únicos motivos de pelea”. Es que el sueño liviano de ella no coincidía con el placer de él por mirar televisión en la cama. Tampoco congeniaban en la costumbre de hacer zapping: uno siempre, el otro nunca. Aunque al principio Maurice no quiso saber nada, con el tiempo aceptó que era la mejor solución. En una entrevista de 1994, con motivo de los primeros 41 años juntos, ambos detallaban lo curioso de su cotidianidad: “El 31 de diciembre nos vamos a dormir a las diez y a las doce nos despertamos con las sirenas y los petardos: ¡Feliz año Jouvet!, le grito desde mi cama. Lo de los cuartos separados se lo aconsejamos a nuestros amigos y ahora muchos nos lo agradecen”.
No hubo puerta o pared que los distanciara, tampoco amigos seductores que disfrutaban del ingenio y la desfachatez de Nelly, como por ejemplo, Julio Sosa: “Me venía a contar chistes verdes y yo lo corría a carterazos. Como no había tapes, entonces todos iban a ensayar a Canal 11. En una sala ensayaban Julio Sosa y Leopoldo Federico, y en otra, esta servidora. Bajaba en la esquina del canal y en la puerta estaban los de la orquesta fumando y Julio diciéndoles piropos a las chicas que pasaban. ¡Cómo le gustaban las mujeres! Me veía de lejos y me alcanzaba: “Nelly, venga. Tengo un cuento”. Le contestaba que no me contara cuentos verdes. ‘Pero es lindo, es lindo. Tiene sólo una palabrita’, me insistía. Me divertía tanto con Julio, era un atorrante divino”.
Maurice Jouvet murió el 5 de marzo de 1999. “Estuvimos 47 años casados, faltaban tres para las Bodas de Oro. Qué lástima que no llegamos”. Y aunque el dolor fue inmenso, no era nuevo para Nelly Beltrán, porque su corazón ya convivía con otra ausencia, mucho más dura por haber sido producto de la tragedia. La tragedia que se llevó a la hija de la pareja, Mónica Jouvet y que comenzó la noche del martes 7 de abril de 1981. Cuatro días después de que la joven actriz cumpliera 26 años.
Demasiado joven para morir
Nelly había tenido dos hijos de su relación con el periodista Juan Lefcovich, a quien conoció y del que se enamoró cuando todavía era adolescente. Sin embargo, la pareja terminó de la peor manera, con su marido convertido en ex y sus dos varones, Miguel y Roberto, viviendo en Estados Unidos. Más de una vez se especuló acerca de que su cambio físico se debió a la angustia y a la ansiedad de aquella separación.
Mónica Jouvet y Pablo AlarcónMónica Jouvet había nacido el 5 de abril de 1954. De su padre había heredado los ojos; de su madre, la fisonomía y de ambos la pasión por el arte. A los cuatro años apareció por primera vez en televisión, interpretando al hada de Pinocho, un juego que enseguida se convirtió en profesión. Primero de la mano de sus padres, luego por mérito y talento propio, Mónica comenzó un camino prolijo dentro de la profesión. “Me acuerdo de su papel en la película Sentimental, con Sergio Renán. Y con Berugo Carámbula estaba tan linda en un programa infantil. ¡Cómo le gustaban los chicos! Era un encanto de criatura”, recordaba la madre mientras acariciaba un portarretrato con la foto de los tres.
Aquel martes de abril, Mónica había terminado la función de Hay que salvar a las ballenas en el teatro Blanca Podestá. Aunque era rutina irse a cenar con sus compañeros de elenco, esa noche la actriz estaba apurada por llegar a su casa donde la esperaba su marido, Pablo Alarcón. Coincidieron en la puerta de la sala con Santiago Bal, que estaba a punto de subirse a un taxi detenido a pocos metros. Al ver la urgencia de su compañera, el actor gentilmente le cedió el vehículo.
Minutos después, en la intersección de Córdoba y Junín, el taxi fue chocado violentamente del lado en el que viajaba Mónica, por un colectivo de la línea 109. Recién 15 minutos después del accidente llegó un patrullero para ayudar a Mónica, que todavía estaba entre los fierros a los que había quedado reducido el vehículo. Nadie la había ayudado aunque, eso sí, en ese lapso le habían robado la pulsera de oro que llevaba. La actriz fue internada en el Hospital de Clínicas con traumatismo de cráneo, pérdida de masa encefálica y gran parte de su cuerpo fracturado. Luego fue trasladada al Hospital Italiano, donde permaneció hasta el 19 de abril, cuando falleció sin haber recuperado nunca el conocimiento. Un año después de la tragedia, la Justicia dictaminó que tanto el conductor del taxi como el del colectivo habían pasado con luz amarilla. Ninguno de los dos aceptó su responsabilidad y la sentencia fue de dos años de prisión en suspenso y la inhabilitación de conducir por siete. Nada más.
Nelly Beltrán rodeada por Adriana Salgueiro y Cris MorenaMónica Jouvet y Pablo Alarcón tenían el proyecto de ser padres. Para Nelly, la muerte de su hija fue el comienzo del fin de su propia vida. Fue diagnosticada con diabetes, “una enfermedad que se me declaró cuando murió Moniquita. El disgusto me trajo todo eso”, supo decir. Luego del fallecimiento de Maurice Jouvet, el diagnóstico fue cada vez menos alentador. La actriz comenzó a perder visión hasta quedar prácticamente ciega y empezó a experimentar problemas para caminar. “La enfermedad me arruinó la vista y las piernas”. En 2003 le detectaron cáncer de mama y tuvo que atravesar una operación y un tratamiento de quimioterapia que minó todavía más su salud.
El 2 de diciembre de 2007 su cuerpo no aguantó más tanto dolor, el físico y el emocional, y Nelly Beltrán murió a los 82 años. Para la ciencia, las causas fueron la diabetes sumada a una anemia severa. Para sus amigos y compañeros, fue que había perdido el último gramo de alegría que le quedaba. Se había apagado definitivamente esa llama interior que la actriz había prometido mantener encendida, pasara lo que pasase. “Mi carrera fue fructífera, me fue muy bien. No soy rica, pero tampoco pobre. Gracias a Dios tengo mi casa y puedo comer con lo que tengo. Nada más. Y también puedo alimentar a mi perra. Es decir, no tengo más que lo que necesito: he cumplido con mi vocación, tengo dos hijos a quienes adoro, son dos buenas personas, gente honesta. Tuve a Moniquita, que era un encanto, y a Maurice, mejor marido no podía haber encontrado. ¿Qué querés que te diga? La verdad es que lo tuve todo”.
http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA
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