Chango Spasiuk vuelve al Colón: “Para mí, tocar es una celebración”
A 35 años de su debut, el músico será el protagonista, mañana de un concierto especial en el Teatro Colón, con grandes artistas invitados y un repertorio que desafía la ortodoxia
Texto Ricardo Salton
El músico dará esta noche un concierto con grandes músicos invitados y con un repertorio que desafía la ortodoxia.
Mañana por segunda vez, Horacio “Chango” Spasiuk será protagonista central de un concierto en el Teatro Colón. A 35 años de su debut profesional, lo festejará con un espectáculo que dividirá en tres partes y que compartirá con los pianistas Matías Martino y Sebastián Gangi, los violinistas Rafael Gintoli y Pablo Farhat, el SurdelSur Ensamble, la cantante Ligia Piro y su propio septeto, donde tocan otros grandes músicos, como Eugenia Turovetzky, Diego Arolfo, Marcos Villalba, Enzo Demartini y Juan Pablo Navarro.
“Cuando toqué ahí hace 11 años –dice Spasiuk comenzando la charla– sentí que era un desafío que me llegó en un buen momento. Ahora, me parece que tengo mucho más aún para decir en una sala de esas características. Es bueno aclarar para la gente más conservadora que estos conciertos son algo extraordinario y que lo que yo voy a hacer no puedo tocarlo en otro lugar: un concierto con dos pianos y percusión teniendo como referencia la obra de Béla Bartók, o con una orquesta de cámara como es SurdelSur Ensamble; con mi sexteto, con un maestro como Pablo Farhat, un violinista increíble que tiene un pie en lo académico y otro en lo popular, con Ligia Piro estrenando una canción nueva. No vamos a poner ni luces ni pantallas; será como un concierto de cámara. Creo que, después de tantos años de trabajo y de disciplina, esta música se merece expresarse en una sala así”.
–Este concierto da cuenta precisamente de tu versatilidad y permanente búsqueda de cosas diferentes. ¿Con qué se relaciona esa multiplicidad de proyectos?
– Siempre he estado muy activo y no pienso si estoy generando mucho o poco. Las cosas van surgiendo. A veces, en relación con generar trabajo y otras, con ideas que van apareciendo y me van conectando con personas. Cuando miro para atrás, noto que edité o produje mucho en un montón de direcciones. Es una constante en mi vida en los últimos tiempos. Pero todos son proyectos que tienen que ver con “el mundo Chango”. Si en algún momento me encontré con Per Einar Watle, guitarrista noruego, y le dije “hagamos un disco”, esa sonoridad que se complementa es también mi sonido. Hice tres años el programa de radio Enramada y la productora me dice “qué te parece que si ahora, que no tenemos el programa al aire, curamos ese contenido y lo hacemos en un teatro”. Buenísimo, hagámoslo. Pero invitemos a una mujer a leer conmigo y si esa mujer canta, mejor. La primera fue Inés Estévez, después fue Nadia Larcher, después Luna Monti y después Flor Bobadilla. Y así con SurdelSur y con todas las cosas que hice este año, a nivel discográfico o en vivo.
–¿Qué es el “mundo Chango”?
–Yo nací en la provincia de Misiones, que se mete como una cuña entre el sur de Brasil, Paraguay y Uruguay. Es una tierra subtropical donde hay grandes ríos, la tierra es colorada y la selva es verde. Originalmente, toda esa región fue de guaraníes. Los jesuitas querían enseñarles música barroca. Después vino la población mestiza, criolla, el inmigrante que trajo el acordeón. Hoy en día hay una tradición que se llama chamamé, que es, de alguna manera, un sincretismo de todos esos colores. Así que yo vengo de esa diversidad, que es un tesoro y no un problema. Mi música se nutre de eso y acá estoy, hace 35 años, desarrollando esta música y tratando de encontrar mi rostro dentro de ese mundo. Vengo del país del tango, pero no toco tango. Aunque sí me ha pasado de encontrarme con chinos, japoneses, rusos o franceses que tocan la música de Piazzolla. ¿Cómo yo, que soy argentino, no puedo tocar la música de Astor? ¿Tengo que pedir permiso? Si hay alguien que tiene derecho, humildemente, soy yo. Así que desde ese momento me saqué todo tipo de prejuicio y a veces me permito tocar algunas de sus composiciones. Porque, además, para mí no es un músico de tango, es “el” compositor argentino del siglo XX. Entonces, paso de mis composiciones a Cocomarola y de eso a Astor. Es la música popular, absolutamente viva. Con la cual yo vibro.Unido al instrumento –Inclusive, tocás el acordeón, que es primo hermano del bandoneón.
–No es lo mismo, pero hay un fuelle y hay lengüetas de acero. En algún lugar se tocan, en la tracción de las manos, pensás y sentís casi de la misma manera. Sin olvidarnos de que en el chamamé el bandoneón es un instrumento fundamental. Cuando yo era niño, dije que quería tocar el acordeón. Y mi papá encontró uno a piano chiquito en una casa que vendían radios, relojes, una compraventa. Si me hubiese comprado un acordeón verdulera o a botones, estaría tocando eso. Pero estaba ese. Anteayer cumplí 56 años y hace 46 que toco el acordeón. Pero llevo 35 de carrera discográfica.
–¿Qué importancia le asignás al paisaje en tu música y en tu manera de tocar?
–Cuando estás haciendo música no estás pensando en el paisaje ni en una persona. Pero uno está hecho de toda esa materia y eso se expresa más allá de que no lo tenga en su cabeza mientras está componiendo.
El otro día leía una frase de Antonio Tarragó Ros que decía que “el chamamé no es la música que nos gusta; el chamamé es lo que somos”. Uno no dice “ahora voy a mostrar el verde, ahora voy a mostrar el monte, ahora voy a mostrar el río, ahora voy a hablar de mis padres en el patio de mi casa”. Lo que uno recibe se guarda en algún lugar y por alguna razón misteriosa esas cosas se expresan solas, mucho más allá del proceso intelectual. Yo trato, como dice Yupanqui, de “encontrar la sombra que el corazón ansía”. Trato de hacer mi música, de buscar acordes, de sentir que algo mío está en paz y completo. Pero después, cuando está la obra entera, cuando hay un concierto o un disco, cuando miro el recorrido, siento que de algún modo todo está conectado con ese paisaje. Mis abuelos eran inmigrantes ucranianos, pero nací en Apóstoles, capital nacional de la yerba mate, y me crie escuchando chamamé en la radio. Con eso, fui buscando mi modo de decir.
– ¿Te sentís un “raro” dentro del mundo del chamamé?
–De alguna manera, me siento un paria. Soy demasiado joven para la generación de los viejos y demasiado viejo para la de los jóvenes. Estoy en un quiebre. Yo tengo una desventaja que terminé usando como una ventaja: aprendí a tocar solo imitando de los discos. Por eso, no tengo un estilo marcado a fuego; no tuve un maestro que me dejara su impronta.
–Hay un sector del mundo chamamecero que suele ser muy conservador respecto de las heterodoxias.
–No se puede agradar a todo el mundo, pero nadie puede negar que nací en esa tradición. Nadie puede decir que no he sido constante en mi búsqueda. No me he traicionado ni especulado. Soy honesto y sincero. Esto es lo que hay y no puede gustarles a todos.
–¿Cuánto de corazón y cuánto de intelectualidad tiene tu trabajo?
–Más corazón, siempre. Obvio que también soy responsable de la estructura que tengo y armo un montón de trabajos para sostenerla. Pero mis selecciones siempre tienen que ver con plantearme un desafío, con intentar, con aprender. Siempre me gusta redoblar la apuesta. Sigo teniendo esa curiosidad de niño. Para mí tocar es una celebración.
–¿Cómo sigue tu trabajo después del Colón?
–En diciembre vendrá Per Eine y haremos un concierto con él en algún lugar; antes, en octubre, estaré yo allá también tocando juntos. Pero estoy haciendo de todo un poco: “Taco y suela”, sigo haciendo “Enramada” en los teatros como te contaba antes. Así que mi plan es siempre seguir tocando.
–¿Extrañás tu programa de televisión?
–Pequeños universos, algo hermoso. Lo que yo aprendí ahí era un regalo. Sentarme en esos patios, ver esa transmisión de conocimientos. Siempre todo lo que hago va en esa dirección: aprender y compartir, como fue el programa de radio. Lo mismo es un concierto o la cultura que es un espejo sobre el cual reflexionar sobre nosotros, de qué pedazos estamos hechos. Hoy, en este momento caótico del mundo, es más necesario que nunca mirarse en ese espejo.
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