viernes, 1 de abril de 2022

PROTEGE A UCRANIA....QUERIDO Y TODOPODEROSO SEÑOR


En alerta máxima, la legendaria Odessa siembra con minas sus idílicas playas
Para evitar una invasión desde el mar, los antiguos balnearios costeros están repletos de armamentos y barricadas, mientras los vecinos de la ciudad resisten el avance de las tropas rusas
Elisabetta Piqué En el acceso a una de las playas de Odessa, sembrada con minas antipersonales, un cartel advierte sobre el peligro
ODESSA.– Es una playa de arena blanca de ensueño, de esas que en pleno verano son tomadas por asalto por los amantes del sol y el mar. Pero ahora, en el día 34 de una guerra que cambió dramáticamente la vida de los ucranianos y, también, de los habitantes del resto del mundo, que asimismo pagan las consecuencias de una locura, este paraíso se ha transformado en un infierno.
Allí, justo en lo que era una bajada hacia una playa espectacular, ahora hay un cartel tétrico, rojo, con una calavera, que advierte: “cuidado, minas”, y es uno de los frentes de la guerra en Odessa.
Se oye el ruido del viento, que sopla fuerte, y de las olas que rompen sobre la costa. Aunque el mar luce más azul que nunca pese a llamarse mar Negro, todo el mundo sabe que este paisaje idílico ahora esconde muerte, violencia. Detrás de la línea del horizonte hay naves de guerra rusas que desde que comenzó la invasión de Ucrania ordenada por Vladimir Putin disparan misiles.
La gente que vive aquí ha tenido que irse, y toda esta zona de la región de Odessa –que las autoridades militares piden no mencionar con su nombre geográfico por motivos de seguridad– ahora ya no es un distrito turístico, de paseo en medio de la naturaleza, como solía ser. Es una zona militar, de combate, a la que los periodistas solo pueden acceder mostrando una acreditación especial otorgada por el Ministerio de Defensa que indica claramente que “las Fuerzas Armadas ucranianas no son responsables de la vida y salud” de su titular.
Controles
En los varios check-points que deben cruzarse para llegar a este lugar que queda a una hora de Odessa, los militares controlan el pasaporte y la acreditación, a la que, en varias oportunidades, le sacan una foto con el celular. Tienen que saber exactamente quién entra allí. “Tengan cuidado”, advierten también los uniformados, armados hasta los dientes, que recuerdan que no se pueden filmar ni caras de los combatientes, ni las barricadas, ni edificios, rutas, cuarteles, destacamentos, que puedan ser luego identificados como un objetivo militar por el enemigo ruso.
En el camino se ven pueblitos que ostentan hoteles para todos los bolsillos con pileta, cabañas de madera para alquilar, restaurantes y bares que en tiempos normales suelen ser imán de los vecinos de Odessa en el fin de semana y de turistas en verano. Pueblitos costeros con faros, que ahora se han vuelto pueblos fantasma. Uno de los hoteles, en efecto, fue víctima de uno de los primeros bombardeos rusos, el 24 de marzo. En una rotonda llama la atención una estatua con tres delfines, tradicional cetáceo del mar Negro. Aunque lo más extraordinario es atravesar esa lengua de tierra que separa el mar de un lado y del otro, el estuario del río Dniester, que nace en los Cárpatos y desemboca en el mar Negro tras atravesar por más de 1000 kilómetros la vecina Moldavia.
La ruta, donde pueden verse señales de carretera envueltas en plásticos y cartones para que el invasor quede desorientado, está plagada de carteles con mensajes escritos en ruso dirigidos al enemigo al acecho desde hace 34 larguísimos y dramáticos días. “¡Soldados rusos, deténganse! ¡Váyanse sin sangre en sus manos! En lugar de flores, les esperan misiles. ¡Putin, todo el mundo está con Ucrania!”, advierten.
Para defenderse de los rusos, que al margen de disparar a diario desde sus naves o desde sus bases en Crimea contra la región de Odessa podrían desembarcar en una temida operación anfibia, las Fuerzas Armadas ucranianas no solo llenaron de minas antipersonales kilómetros de playas, sino también los sembradíos que hay a pocos kilómetros del mar.
Allí, en medio de terrenos arados, de repente saltan a la vista pequeños carteles rojos que advierten “cuidado, minas”. ¿Cómo podrá volver a la normalidad esta zona campestre, donde también hay famosos viñedos, se ven enormes silos de ese granero de Europa que siempre ha sido este país –ahora paralizados–, grúas sobre el puerto, un gran puente, molinos de viento para generar energía eólica?
Hay algunas vacas pastoreando a lo lejos en los campos verdes, donde, como para completar el escenario de guerra, también se destacan unas trincheras. Sí, trincheras en pleno campo en el siglo XXi. Parecen frescas, recién cavadas en el suelo color marrón oscuro, porque la tierra no está seca. Algunas trincheras cuentan con esas redes de camuflaje que suelen realizar, en toda Ucrania los cientos de miles de mujeres y hombres de todas las edades que se han sumado a la resistencia, trabajando como voluntarios en lo que haga falta.
En lo que parece una gesta histórica, que ha unido como nunca al país, que, sabiéndose David, está determinado en combatir hasta la muerte contra el gigante Goliat, también en Odessa, legendaria ciudad cosmopolita portuaria, hoy militarizada, asustada y semivacía, hay miles de voluntarios.
Campo de entrenamiento
En un edificio antiguo que nos piden no identificar, en cuyo patio se entrenan militares que forman parte de las Fuerzas Territoriales de Defensa, hay civiles que cocinan para los soldados, preparan redes de camuflaje, recolectan medicamentos para enviar al frente, realizan tareas de limpieza.
Entre ellos está Natalia, estudiante de Filosofía de 25 años que, en diálogo dice que espera que las conversaciones de paz, por primera vez “cara a cara”, que tuvieron lugar en Turquía entre rusos y ucranianos, puedan detener la guerra. Cuando le pregunto si estaría dispuesta a ceder Crimea y la región del Donbass –ya controladas por Rusia–, Natalia contesta que ella no es una política, que no es el presidente, Volodimir Zelensky, que no le toca a ella decidir. “La verdad es que no solo depende del lado ucraniano que haya un acuerdo, sino que también depende del lado ruso, de lo que ellos digan”. ¿Teme que Odessa pueda ser tomada por los rusos? “Ya no tengo miedo. Por supuesto no quiero que los rusos nos invadan, y si llegan a hacerlo, me iré y no volveré a Odessa. Pero espero que siga siendo de Ucrania y que todo vaya bien”, contesta.
En el patio del viejo edificio, por supuesto rodeado de bolsas de arena, barricadas, cubiertas, como todo lo que hay en Odessa, solo podemos entrevistar a los soldados de las Fuerzas de Defensa Territoriales locales, que ocultan su rostro con un pasamontañas negro, después de largas conversaciones con sus superiores, muy reacios al principio. En la chaqueta camuflada del uniforme de los combatientes puede verse un escudo con un ancla, símbolo de esta ciudad portuaria.
Bogodan, un joven de 21 años de ojos celestes, cuenta que antes de que comenzara la guerra trabajaba como obrero de la construcción. Dice que ya sabía manejar armas, así que no tuvo que tener curso de instrucción, que aún no fue enviado al frente y que no tiene miedo. Muestra una alianza en el dedo anular derecho y cuenta, orgulloso, que se casó con su novia, María, el 25 de marzo pasado, cuando la maldita guerra de Putin cumplió un mes y un día. Muestra un video en su celular donde se lo ve con el uniforme militar, arrodillado, entregándole un enorme ramo de tulipanes a su flamante esposa.
¿Qué piensa que va a pasar con Odessa Bogodan? “Será siempre Ucrania, venceremos”....AMÉN

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UN ANÁLISIS DE DIEGO CABOT.....AGRADECE A LOS KKK


Energía: un derrotero previsible que termina en una profunda crisis que se podría haber evitado
La Argentina creó todas las condiciones para configurar el peor escenario; llega el frío, no hay dólares para importar combustibles, la producción cae y las internas el el Gobierno proyectan sombras sobre la gestión

Diego Cabot
Vaca Muerta: Vista se convirtió en el segundo productor de petróleo no convencional
“El hombre –dice Carl Jung en su majestuosa obra El hombre y sus símbolos– emplea la palabra hablada o escrita para expresar el significado de lo que desea transmitir. Su lenguaje está lleno de símbolos, pero también emplea con frecuencia signos o imágenes que no son estrictamente descriptivos”. Dice este discípulo suizo de Sigmund Freud que hay algunos que son meras abreviaturas, como ONU o Unicef, y otros, marcas o nombres. “Aunque estos carecen de significado en sí mismos, adquirieron un significado reconocible mediante el uso común o intención deliberada”.
Dicho esto, pues valdría la pena preguntarse qué significado le asigna la Argentina a la frase “crisis energética”. O mejor, qué se representa alguien que escucha estas palabras. No se trata de llevar al diván a la sociedad, sino de aproximarse a un problema que seguramente empezará a tener otra consideración desde este invierno. Hasta ahora, fue un tema del que solo alertaban los especialistas; desde los primeros fríos de este invierno, Jung podrá concluir que esos vocablos se llenaron de simbolismo.
Sucede que llegan tiempos críticos ya no solo para el sistema energético argentino. Por primera vez, los síntomas de la crisis se apreciarán en la industria, en el GNC, en las finanzas, en el nivel de actividad, en la inflación y el bolsillo del usuario y, finalmente, en el debate político, incluso dentro del oficialismo. Con este panorama, lo único que resta es esperar que el frío no sea extremo en los meses que vienen. Alguna vez el argentino medio miraba el riesgo país, pero es probable que ahora se detenga en el pronóstico del tiempo.
En escenario posible es que se pueda racionar el GNC en el invierno
No ha sido fácil explicar una crisis invisible y, de hecho, la política jamás logró poner el tema en consideración. Pero la secuencia podría resumirse así. La Argentina dejó de pertenecer al selecto grupo de países con soberanía energética en 2009, de la mano de las presidencias del matrimonio Kirchner y de sus gestores Julio De Vido, Roberto Baratta y Guillermo Moreno. Ese estatus lo había conseguido en 1989. “Desde 1907 a 1989 la Argentina no tuvo autoabastecimiento, salvo un período corto en la presidencia de Arturo Frondizi. En 1989 se logró ese hito, que se mantuvo 20 años”, dice Jorge Lapeña, presidente del Instituto General Mosconi.
Entre los años 70 y 80, recuerda Lapeña, se dio lo que podría llamarse la revolución del gas. “Hubo una fuerte expansión a partir del descubrimiento de Loma de la Lata. Se construyó infraestructura de transporte y se conectaron millones de hogares a la red. De acuerdo a los datos del libro Dos siglos de Economía Argentina, cuyo director es Orlando J. Ferreres, la Argentina tenía conectados 2 millones de usuarios entre 1975 y 1976, cuando se descubrió el yacimiento que llegó a triplicar las reservas de gas existentes entonces. Ese número pasó a 4 millones en 1989 y a 5,9 millones en 2000. Según relevamientos oficiales, compilados en Datos Argentina, en los últimos 21 años se llegó a 8,5 millones de usuarios frente a las estimaciones de que existen 13,7 millones de hogares.
Desde 2009, el país empezó a depender de combustibles importados. Al inicio, en la ventana del invierno, cuando las temperaturas disparan la demanda de gas domiciliario. Pero las tarifas congeladas y la falta de inversión al no haber un sendero de precios generaron un efecto pinza. Por un lado, se disparó la demanda (cualquier producto barato se consume más); por el otro, declinó la producción, o por lo menos no siguió en los niveles de lo requerido.
En mayo de 2010, la presidenta Cristina Kirchner, junto al ministro de Planificación Federal, Julio De Vido y al secretario General de Unasur, Néstor Kirchner, grandes responsables de la pérdida del autoabastecimiento energético
Los datos de la última década del IAPG son alarmantes. Según el Informe Anual de Hidrocarburos, en 2021 la producción fue un 7,3% inferior a la de 2011 y se encuentra en el mismo nivel que en 1991. “En la última década la producción petrolera total de la Argentina se ha reducido con un ritmo anual promedio de 0,8%. Todas las cuencas productoras de petróleo declinan en su producción, con la única excepción de la cuenca neuquina”, dice Lapeña en el prólogo del trabajo.
La producción de crudo convencional, que significa 67 % de la producción total nacional, presenta una declinación crónica que comienza en 1998. “Entre 2011 y 2021, la declinación se aceleró y alcanzó el alarmante 4,6% anual acumulativo. Un fenómeno de declinación similar, pero aún más acentuado, se verifica en el gas natural, donde la caída de la producción convencional, que constituye el 52% de la producción total y que otrora le permitió a Argentina alcanzar el autoabastecimiento energético y mantenerlo por 20 años, cae en la última década a una tasa anual del 6,1%. La producción de petróleo convencional en 2021 es 37,5% inferior a la de 2011, mientras que la de gas es 47% menor a la de aquel año”, agrega ese compendio.
La pregunta, entonces, podría venir por Vaca Muerta, que, según el imaginario construido (que también podría ser motivo de análisis de Jung) se asocia a la abundancia y a un verdadero tesoro de hidrocarburos. “Sin Vaca Muerta todo hubiese sido mucho peor –se apura en contestar Lapeña–. Pero hay que terminar con esa idea inmadura de que el país tiene mucho petróleo ahí. Una cosa es que haya recursos, otra que sean reservas, que estén inventariadas y que se puedan extraer. Hay una limitación que no es solo tecnológica, sino que el precio lo haga rentable. Pero además hay que tener transporte, es decir un gasoducto, una planta de licuefacción [para pasar del gas en estado gaseoso a sólido], un puerto y un cliente que pague en dólares. Eso lleva tiempo y planificación. Como si fuese poco, no es que es un recurso que solo tiene la Argentina; lo tienen otros, como Rusia o China. Si está abajo y no lo puedo sacar, transportar y vender, es como que no lo tengo”.
Se podrían dar decenas de cifras que muestren de una y mil formas el panorama energético. Un ejemplo: 2020 y 2021 fueron los dos años de menor actividad de inversión en la década, lo que explica en parte la muy mala performance argentina en materia de producción de crudo y gas. “La cantidad de pozos totales perforados ha tenido una disminución absoluta de 47,3% en 2021 respecto de 2011. Entonces se perforaron 77 pozos exploratorios. Este tipo de perforación tuvo una disminución absoluta de 42,8% en 2021 respecto de 2011, es decir, una disminución promedio anual del 5.4% en la última década”, dice el trabajo del Instituto General Mosconi.
Mientras este panorama se consolidaba, en una vía paralela empezaba a construirse uno de los “credos del kirchnerismo”, según lo describió el economista Nicolás Gadano. Tarifas congeladas, tanto de gas como de electricidad. Ambos consumos se dispararon. Llegó entonces el momento de importar.
La Argentina se consolidó como compradora de GNL que llega en barcos a los puertos de Escobar y Bahía Blanca
La compra de combustible importado se divide en dos. Por un lado, líquidos como gasoil o, en algún momento, fueloil, que se usan para que las centrales térmicas quemen, generen vapor y este, a su vez, mueva las turbinas que entregan energía eléctrica a la red. Por otro lado está el gas, ya sea natural o licuado. El primero viene de Bolivia mediante un gasoducto y le provee a la zona Norte del país. El GNL llega en barco mediante los puertos de Escobar y Bahía Blanca y se convierte en gas natural mediante un proceso que lo pasa de líquido a gaseoso. Ese proceso se realiza, a falta de una planta en tierra, en barcos que se alquilan a alrededor de 100 millones de dólares por año cada uno, al menos si se mantienen los 365 días.
“Hay una tormenta perfecta, ya que los tres componentes están complicados –dice Mauricio Roitman, consultor y ex presidente de Enargas–. En diciembre se venció una addenda del contrato de provisión de gas. La Argentina pretendía llevar la compra a unos 14 millones de metros cúbicos diarios. Pero desde diciembre no han hecho nada. Ahora, no solo Bolivia no tiene ese gas disponible sino que también, por la guerra, pretende otro precio”.
Gadano señala: “Somos la tercera prioridad para ellos, después del suministro interno y la provisión a Brasil, su principal cliente”. El miércoles, por caso, según el reporte diario que elabora el Enargas, Bolivia inyectó 7,2 millones de metros cúbicos, lejos, muy lejos, de las ilusiones energéticas criollas. Solo para ilustrar: ese día la demanda residencial requirió 22,4 millones de metros cúbicos, mientras que en invierno ese número puede llegar a 80 y hasta a 90 millones con fríos extremos.
Roitman, a su vez, agrega un punto a tener en cuenta: “El gas que viene de Bolivia abastece al Norte. El problema es que si no se inyecta o si hay menos volumen esa zona no tiene posibilidad de usar otro gas ya que hay un problema físico. Los gasoductos vienen, y son telescópicos [empiezan más grandes, dejan volumen en el camino y terminan más pequeños]. No es posible invertirlos para que llegue gas de otro lado”. Si las temperaturas son muy frías, el norte argentino se encamina a un invierno con cortes en la industria, en el que se utilicen de combustibles líquidos, y no gas, para la generación eléctrica.
Roitman agrega un punto a tener en cuenta: “El gas que viene de Bolivia abastece al Norte. El problema es que si no se inyecta o si hay menos volumen, esa zona no tiene posibilidad de usar otro gas ya que hay un problema físico. Los gasoductos vienen y son telescópicos [empiezan más grandes, dejan volumen en el camino y terminan más pequeños]. No es posible invertirlos para que llegue gas de otro lado”. Si las temperaturas son muy frías, el norte argentino se encamina a un invierno con cortes en la industria, en el que se utilicen de combustibles líquidos, y no gas, para la generación eléctrica.
Viene, entonces, el segundo problema: los combustibles líquidos. El mundo se sacudió por la invasión de Rusia a Ucrania y el precio de las commodities, entre ellos el petróleo y sus derivados, se dispararon. “No es una coyuntura fácil para importar gasoil. El mundo está corto ya que Europa autolimitó la compra de productos a Rusia. El precio, además, podría terminar por encima del que tenga el GNL”, dice Roitman.
Pero claro, todos estos problemas son los hermanos menores del que significa la compra de GNL, los famosos barcos que amarran en Escobar y Bahía Blanca. La Argentina no tiene la plata para pagar la factura de gas importado para pasar el invierno. Acá no hay dobles lecturas ni cuentas que se puedan maquillar. No hay dólares; con o sin acuerdo. El país importó el año pasado 56 barcos tanques de gas (GNL) por un total de US$3290 millones. Ese cargamento se pagó, como para referencias, a US$8,33 el millón de BTU (unidad de medición británica). Las previsiones para el invierno son 70 barcos y no aquellos 56 de 2021, ya que hay menos agua en los diques y, por lo tanto, menos generación hidráulica. Ahora bien, como consecuencia de la guerra, el BTU tiene un precio por encima de US$50. Hasta ahora, solo se compró apenas uno. El panorama es crítico porque gran parte de Europa, que le compraba a Rusia gas de red, salió al mercado del GNL a reponer aquel fluido que no llega por la guerra.
Kristalina Georgieva y Alberto Fernández acordaron un esquema de suba de tarifas para bajar el déficit fiscal
No es posible terminar este panorama sin pasar por los subsidios, que el año pasado llegaron a poco más de US$10.000 millones. Este dinero se pone para que los usuarios paguen poco y en pesos, cada vez más devaluados, mientras se compra en dólares y a valores cada vez más altos. “A todos estos problemas se suma uno determinante. El Gobierno se comprometió con el Fondo a subir las tarifas. Pero ¿lo hará? –se pregunta Gadano–. Mas allá del precio y las restricciones fiscales, se suma un tercer ingrediente, que es la gestión y las internas. Energía es un tema en el que todo está irresuelto en el Gobierno. En un contexto difícil, no es posible tener las internas tan expuestas. Es más, la cuestión tarifaria es el corazón del problema dentro del oficialismo y las posturas del kirchnerismo”.
Los fríos traerán cortes en las industrias y es probable que el GNC será un bien escaso. Ambas cosas bajarán el nivel de actividad. En pocos días debieran empezar las discusiones en las audiencias públicas para aumentar tarifas. Ni siquiera se sabe quién será la voz del Gobierno para defender esa postura. Tal es el descalabro político que podría darse el caso de un ministro que defienda la medida y mientras uno de sus subsecretarios sostiene lo contrario. No hay dinero y viene el invierno. En principio, habrá que mirar el pronóstico y agradecer si no hace frío. La Argentina, en manos del clima.

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MÁS QUE INTERESANTE, SIEMPRE LO CONSULTAN POR RADIO MITRE


Charlie López despliega sus treinta años de experiencia analizando el discurso y nuestro lenguaje cotidiano para desentrañar el origen y surgimiento de 300 palabras y frases que usamos todos los días.

UNA HISTORIA INCREÍBLE


“Salimos 2 y volvimos 6”. Una travesía familiar de 22 años
Herman Zapp y Candelaria Chovet empezaron su aventura alrededor del mundo casi sin querer y, en el camino, llegaron también sus hijos
Cecilia CorradettiLos Zapp en Nordkapp, Noruega. “Lo que nos define como familia es la libertad”, dice Herman

Aquella mañana, 23 de enero de 2000, cuando Herman Zapp y Candelaria Chovet, oriundos de Sierra de la Ventana, se subieron a su Graham-paige modelo 1928 para iniciar su viaje a Alaska, los tildaron de locos, hippies y aventureros.
No era para menos: abandonaban la seguridad para cumplir su sueño. Y lo hacían, para sorpresa de muchos, antes de comenzar a armar su familia. Planearon estar en la ruta alrededor de seis meses: a bordo de un auto que está a punto de cumplir 100 años, que tiene ruedas originales y baúl de madera, pretendían recorrer 15 países. Fijaron como punto de partida el Obelisco porteño, donde unos pocos amigos y familiares fueron a despedirlos. “Es cierto, estábamos locos y lo agradezco porque es mucho más divertido que ser normal. No me alcanzaría la vida para relatar las vivencias que generó aquella decisión de viajar y construir, en ese interín, a la mejor familia del mundo”, reflexiona Herman, de 51 años, nacido en Estados Unidos y criado en la localidad serrana del distrito de Tornquist, provincia de Buenos Aires.
El domingo 13 de marzo, 22 años después de la fecha programada y con cuatro hijos encima, Herman y Candelaria regresaron al Obelisco para poner cierre a su extraordinaria aventura. En total, recorrieron 102 países, en cinco continentes. Además, publicaron tres libros y cuentan con más de 2000 familias amigas repartidas por todo el planeta. Y uno de los datos más curiosos es que regresaron en el mismo auto con el que partieron.
–Herman, ¿cómo pudieron sostenerse económicamente 22 años sin trabajo estable?
–Nos quedamos sin un peso durante la peor crisis del Ecuador e hice trabajar a Cande (ríe). Ella pintaba con acuarelas y yo fabricaba los marcos de los cuadros sin mucha idea. La gente nos compraba y eso nos dio empuje. Luego llevábamos artesanías, postales y libros, de un país a otro y vendíamos. Más tarde promocionamos nuestras propias postales con fotos familiares. Finalmente llegó nuestro primer libro, Atrapa tus sueños, que iniciamos en Costa Rica y fuimos invitados con honores a la feria del libro donde fue presentado.
–Candelaria, ¿cómo se arreglaron con la escuela de los chicos?
–Fue un desafío. No soy maestra y tuve que aprender muchísimo: durante el viaje fui docente, médica, enfermera, peluquera, diplomática… Argentina cuenta con un sistema de educación a distancia y así lo hicimos, rindiendo cada dos meses. Los exámenes siempre llegaron a destino más allá de dónde nos encontráramos. En Mozambique llevé las pruebas al correo, que era una casucha diminuta sin puerta ni ventana, solo con una mesa y un empleado. Pensé que nunca iban a llegar, pero me equivoqué.
–¿Y los embarazos?
–(Ríe) Fueron ambulantes. Iba con la historia clínica al médico y ese informe lo llevaba al país siguiente. Fue una historia clínica en movimiento. Algunas consultas las he pagado con nuestros cuadros, cambiaba ecografías por cuadros y a los médicos les encantaba. Tenía miedo, sobre todo con Pampa, nuestro primer hijo, porque no existía el Whatsapp, ni tenía a mi mamá ni a mis amigas. Solo tenía a Herman, con quien compartíamos las 24 horas y realmente viví embarazos sin estrés porque me sentía feliz. Los dos primeros partos fueron en hospitales y los últimos dos con parteras en casas de familia, con gente que sentí cercana y confié en ella. Fueron nacimientos maravillosos, todos naturales.
–Herman, ¿cuántas veces sufrió desperfectos el auto?
–(Ríe) Muchísimas, porque es viejo y yo no sé nada de mecánica. Pero cada rotura se transformaba en una oportunidad de tener un nuevo amigo mecánico. Muchos de ellos decían: “Vos me tendrías que cobrar a mí por arreglarlo”.
–¿Este es el fin de la travesía?
–Dimos la vuelta al mundo y era nuestro sueño. Es hora de descansar, aunque cuando termina un sueño, seguramente empieza otro.

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LOS KK Y SUS INEPTITUDES


Otra vez la energía pone en jaque a la economía argentina

Daniel Gustavo Montamat
Empezaban a despejarse los nubarrones del Covid y la economía mundial se recuperaba del coma autoinducido que la paralizó en el año 2020. En los foros internacionales volvía a hablarse de la necesidad de acelerar medidas para enfrentar otro problema de dimensiones planetarias como el cambio climático. Recobraba fuerza el imperativo político de alcanzar el objetivo de cero emisiones netas de dióxido de carbono para mediados de siglos con metas parciales para el 2030. Todo hasta que en febrero del 2022, en una abierta guerra de agresión, la Rusia de Putin quiere deglutirse a Ucrania, abriendo una caja de Pandora e instalando el temor de una Tercera Guerra Mundial con alguna probabilidad de uso de armas nucleares. ¡Vaya mundo!
Pasamos de establecer metas para el 2050 pensando en la responsabilidad intergeneracional con el desarrollo sustentable y el cambio climático, a vislumbrar la perspectiva presente de autodestruirnos. El “Homo Deus” que imaginó Yuval Harari en un siglo XXI libre de “hambrunas, pestes y guerras” fue una ilusión. Reapareció el homo sapiens como “lobo del hombre”.
El populismo energético sacrifica el futuro en el altar del presente
Rusia es un actor de primer orden en el paradigma energético mundial dominado por los fósiles (petróleo, carbón, gas natural). Y el sector energético va a ser uno de los más afectados por el conflicto bélico. Europa importa de Rusia el 40% del gas que consume (unos 383 millones de m3/día de gas natural que vienen de tuberías, y 41 millones por barco-GNL), y cerca del 26% del petróleo que utiliza (entre 4 y 5 millones de barriles/día). Esos flujos de gas provenientes de Rusia todavía siguen circulando por la infraestructura existente. Si se cortaran, las cotizaciones del petróleo y el gas podrían alcanzar picos históricos muy superiores a las actuales. Es interesante que el conflicto bélico vuelva a poner sobre el tapete el predominio del paradigma fósil (más del 80% de la matriz primaria), no sólo porque la guerra convencional es movilizada por petróleo y derivados, sino también porque el petróleo, el carbón mineral e incluso el gas natural tienen desarrollados sistemas logísticos que los hacen más manipulables y operan como sustitutos próximos el uno del otro. La guerra privilegia la energía disponible, barata y, por sobre todo segura. En un mundo global varado en un conflicto bélico de consecuencias imprevisibles, el paradigma verde, que empezaba a consolidarse en distintas tendencias (sustitución de carbón por gas natural, energías renovables y electrificación de la matriz de consumo final) se vuelve gris.
El conflicto encuentra a la Argentina con un presente energético sombrío. Volvimos a entrampar la energía en políticas de corto plazo: reglas contingentes, congelamientos de precios y tarifas en un contexto de creciente inflación, cepos y controles disuasivos de nuevas inversiones en capital fijo, y ausencia de un rumbo orientado por una estrategia de largo plazo. Gracias a los rendimientos y a la curva de aprendizaje en Vaca Muerta estamos produciendo un poco más de petróleo que en 2019 con destino al mercado externo, pero la producción de gas sigue estancada. El año pasado reincidimos en el historial de déficits energéticos con impacto en las cuentas públicas y en las cuentas externas. Los subsidios energéticos alcanzaron los 11.000 millones de dólares (12.000 si agregamos el subsidio a la inversión), y la balanza comercial del sector volvió al rojo (negativa en 559 millones de dólares). Son subsidios que se financian con emisión inflacionaria, y son importaciones de energía que demandan divisas. Este año, con las nuevas cotizaciones del gas y del petróleo, el informe Carta Energética proyecta una balanza energética deficitaria de alrededor de 5300 millones de dólares, con importaciones de 11.500 millones (datos similares a los del 2015). A su vez, aun con los aumentos anunciados en gas y electricidad (segmentación tarifaria mediante) el informe estima que los subsidios energéticos van a seguir creciendo entre un 20 y un 30%. La energía vuelve a poner en jaque a una economía que no genera suficientes dólares para importar, y que, por los niveles de inflación alcanzados (además de los compromisos de emisión asumidos con el FMI), ya no dispone de la emisión irrestricta de pesos para enjugar los déficit de un festival descontrolado de subsidios.
"La inversión requiere de una economía estable y de un país integrado al mundo"
Si la Argentina tuviese hoy un sector estratégicamente orientado al desarrollo intensivo de los recursos hidrocarburíferos (petróleo y gas), con precios alineados a los internacionales, y una economía con tasas de riesgo similares a las de nuestros vecinos, las noticias sobre el impacto de la guerra en la energía mundial hubieran permitido evaluar oportunidades excepcionales de negocios para valorizar el gas ampliando nuestra oferta petroquímica, además de negociar contratos de largo plazo de GNL con una Europa ahora obligada a reducir su dependencia del gas ruso. Todo esto mientras maximizábamos la producción y exportación petrolera. El drama del populismo energético es que siempre sacrifica el futuro en el altar del presente. Cuando el presente se complica y el futuro se vuelve más incierto, el cortoplacismo acumulado pasa la factura de los errores cometidos y de las oportunidades desaprovechadas. A los daños emergentes de las costosas importaciones, sumamos entonces el lucro cesante de las oportunidades de exportación perdidas.
La prueba y error de tropezar varias veces con la misma piedra deja una nueva enseñanza para la etapa que vendrá. El sector energético tiene un inmenso potencial a desarrollar que depende de ingentes inversiones. Esas inversiones privadas (nacionales e internacionales) para recapitalizar el sector y desarrollar su potencial requieren de una macroeconomía estable, de una Argentina integrada al mundo y de una microeconomía sectorial que asegure referencia de precios que reflejen costos económicos, reglas de juego perdurables con instituciones previsibles y una estrategia energética de largo plazo, que asuma la transición de la matriz argentina sin dejar de aprovechar las ventanas de oportunidad que el mundo nos ofrece.

Doctor en Economía y doctor en Derecho

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