miércoles, 19 de octubre de 2016

EN EL FONDO DE MAD MEN

Muchos dicen que las series ocupan hoy el lugar que tenían las novelas. Parece la justificación perfecta para echarnos ante la tele con la conciencia tranquila mientras dejamos que la biblioteca junte polvo. En mi caso al menos, la idea no resuelve la tensión cada vez que dudo entre volver al libro que estoy leyendo o encender Netflix, donde me inclino por las series policiales. Además de la intriga, las buenas policiales ofrecen hondura psicológica en los personajes (The Killing), convincentes pinturas de las desigualdades sociales contemporáneas (Happy Valley) y viajes a tierras lejanas y desconocidas (Wallander, la serie basada en las novelas de Mankell). La semana pasada, sin embargo, durante unas cortas vacaciones me dediqué a ver la última temporada de Mad Men. Cuando terminé el último capítulo de la serie recordé los primeros y tuve una sensación análoga a la que me podría haber dado alguna novela de Balzac o de Tolstoi: había sido testigo de cómo el tiempo, con la historia de telón de fondo, trabaja a los hombres. O de cómo, si se prefiere, los hombres trabajan el tiempo.


Mad Men, como la lectura, ha sido para mí un ejercicio solitario: mi mujer decidió que los personajes son fríos, superficiales, sin sentimientos, y no me acompañó en el viaje. No me quedó más remedio que darle la razón, aunque lo cierto es que no le dedicó a la serie el tiempo suficiente. En verdad, los personajes tienen sentimientos. Lo que sucede es que son incapaces de conectarse con ellos. Viven de un modo aparentemente superficial, sin introspección, sin reconocer sus pulsiones profundas. Paradójicamente, ésa es la garantía de que la historia, basada en las pequeñas cosas de la existencia cotidiana, deparará grandes momentos. Porque así, en las nimiedades de todos los días, con personajes movidos por pulsiones sordas que no pueden identificar, se va escribiendo con tinta invisible el hilo del destino, cuyo trazado se revelará, tanto para el personaje como para el espectador, mucho después, en momentos epifánicos que cifran las claves de una vida. Como a veces ocurre con cualquiera de nosotros, al fin y al cabo.



Un ejemplo de esto es el abrazo que Don Draper, uno de los principales personajes de la historia, le ofrece a un hombre desamparado en el último capítulo de la séptima temporada. Draper abandona sin aviso las oficinas de Nueva York y viaja a California, donde, sin rumbo, acaba en una suerte de comuna hippie que ofrece "retiros espirituales" para expandir la conciencia. Aunque no tiene nada que ver con todo aquello, el exitoso publicista, tan perdido como los demás, se sienta en posición de loto a meditar junto al mar y se integra a las actividades. En una suerte de terapia grupal donde cada cual cuenta su historia, un hombre dice que tiene una vida gris y se siente insignificante. Siempre ha hecho lo que se supone debía hacer, pero lo ignoran. Tanto en la oficina como en su casa. Su mujer y sus hijos no lo ven. De pronto, ante la mirada de los demás, Draper se levanta de su silla, camina hasta el hombre y lo abraza. Llora sobre su hombro, tal como llora el hombre. Ya lo decía Hemingway: no se puede escribir un sentimiento, pero podemos recrear aquella escena que lo detona.
Ante el desvalimiento del hombre, Draper siente compasión. Pero ese abrazo, además de solidaridad hacia el otro, o de identificación, representa también el lazo que lo unirá con sus propias emociones, y ya no será el mismo. Después de tantas máscaras, de tantas mentiras, ahí aparece un Don verdadero. Si Nueva York es el trabajo, el éxito, la impostura, California es siempre -pienso en esos maravillosos capítulos del final de la segunda temporada- la posibilidad del reencuentro consigo mismo. En el pecho de la gente fría también late un corazón, podríamos decir, con ayuda de Tom Jobim y Newton Mendonça.

En verdad, Mad Men es heredera del realismo norteamericano. No del naturalismo de un Dreiser o de un Sinclair Lewis, sino de la distancia poética de un Hemingway o un Carver, muchos de cuyos personajes viven ajenos a sus sentimientos hasta que un hecho mínimo se los revela, a veces cuando ya es demasiado tarde. La serie despliega la vida cotidiana de gente común con el telón de fondo de los años 60: Vietnam, la llegada a la Luna, los conflictos raciales, el Flower Power. Después de recorrer ese arco de tiempo los personajes son los mismos, pero también son otros.
Mad Men nos recuerda que somos cambio y permanencia en constante tensión, pero también en secreta armonía, pues flujo e identidad quizá sean dos caras de la misma moneda y no puedan existir el uno sin la otra. Acaso sea en ese juego donde se escribe el destino de las personas. De modo imperceptible, un poco cada día.
H. M. G. 

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