domingo, 12 de mayo de 2024

EL ESCENARIO Y LA PARTE Y EL TODO


Entre la esperanza y la crisis. El punto de quiebre del gobierno de Milei
El Presidente se enfrenta a un fuerte desafío del peronismoPor Martín Rodríguez Yebra
Martín Rodríguez Yebra
Milei habla en el Instituto Milken, Beverly Hills, California, el lunes
Javier Milei hace de la debilidad un valor. Se propone objetivos épicos que van de “el ajuste más grande de la historia de la humanidad” a la salvación de Occidente, y lo hace con un espíritu casi religioso. Transmite la imagen del mártir solitario que lucha contra poderes superiores y malintencionados.
El recurso del desvalido es viejo como la política, esa profesión llena de Davides peleando contra Goliat. Lo novedoso de Milei es la construcción de un gobierno y un movimiento basado en una propuesta que reniega de la tradición estatista y paternalista de los líderes argentinos.
Sin pasado que defender, la apelación constante a la antinomia “argentinos de bien contra la casta” le permitió transitar a Milei cinco meses en la Casa Rosada sin sentir una erosión significativa en su imagen pública. Los que confiaron en él, en apariencia, lo siguen haciendo. Hay un halo de ilusión en esta “gesta del hombre común”. Parcial, por supuesto, aunque de momento suficiente.
Pero el relato por definición es perecedero como recurso para transitar el poder. Milei enfrenta en estas horas un punto de quiebre; el momento en que para bien o para mal tendrá que subirse al potro desbocado que le toca domar.
El peronismo, con Cristina Kirchner todavía como principal articuladora, se propone desnudar la fragilidad del Presidente con un bloqueo de la Ley Bases en el Senado, donde le faltan apenas cuatro votos para la mayoría absoluta. El sindicalismo –desgastado y todo– recurrió al arma extrema del paro general para acentuar el malestar de los afectados por el ajuste y hacer más costosa cualquier deserción en la tropa propia del Congreso.
Milei ya sabe que no tendrá la ley en los tiempos previstos. La confianza en un trámite fácil que exhibía el ministro del Interior, Guillermo Francos, flaquea. ¿Atormenta al Presidente un escenario eventual de derrota? Ser víctima de un complot del kirchnerismo le ofrece otro confortable episodio de la batalla contra la vieja política y le permite regodearse con el “principio de revelación” (con el que se valida en función de los que tiene enfrente). ¿Pero hasta cuándo resultará eficiente la epopeya de la impotencia? ¿En qué momento la fe cede al reclamo de resultados?
Aunque Milei ha dicho que no necesita la ley y que le bastan las herramientas que tiene para aplicar su plan económico, en el Gobierno saben que están bajo observación de los mercados y también de la población que los votó. Les urge a estas alturas demostrar que están en condiciones de pasar reformas en un Congreso en el que los libertarios resaltan por su minoría.
La aprobación en la Cámara de Diputados, con apenas 40 votos propios, fue un éxito político notable. Pero un eventual fracaso en el Senado podría ser un retroceso delicadísimo, en momentos en que la recesión empieza a revelar toda su crudeza. La oscilación entre los extremos es una marca de época.
Responsabilidad
En caso de superar el obstáculo del Senado también le espera a Milei un giro hacia algo distinto. Los opositores colaborativos, como el Pro, el radicalismo y el arcoiris pichettista, viven la discusión del paquete de reformas con la ansiedad de quien necesita sacarse un peso de encima. Es hora de que el Presidente deje de victimizarse y se haga responsable, dicen.
“Lo primero que tenía que demostrar este gobierno era su capacidad de aprobar leyes con su escasa representación parlamentaria. Lo estamos ayudando, con todas las dificultades del caso –dice un miembro de la directiva del Pro-. La incógnita mayor es si después será capaz de convertir esa legislación en gestión eficiente”.
Las reformas requieren aplicación. No es lo mismo tener permiso para privatizar una empresa que concretar el engorroso procedimiento de venta. El prejuicio sobre la capacidad del equipo de Milei está sostenido en la inexperiencia de muchos de sus funcionarios y en el desdén que expresan sobre la necesidad de un Estado activo.
En el debate en el Senado se dio la insólita situación de que el secretario de Energía, Eduardo Rodríguez Chirillo, admitió que no había leído un artículo clave del régimen de promoción de inversiones que había ido a defender al plenario de comisiones que trata la Ley Bases. El autor de la reforma, cinco meses después de su primera presentación, quedaba en evidencia con luz y taquígrafos.
Son proverbiales los relatos de gobernadores sobre las complicaciones para conseguir la firma de un expediente o una mirada comprensiva sobre conflictos que los aquejan y que en otras épocas se resolvían sin demasiadas estridencias.
Lecciones al mundo
Los cortocircuitos operativos conviven con las lecciones al mundo que da el Presidente. Convertido en un rockstar de la nueva derecha internacional, Milei volvió a ofrecerse como el modelo a seguir en su reciente visita a Los Ángeles.
“Los burócratas del mundo que están destruyendo Occidente”, advirtió. Y amplió: “Mientras Occidente gira hacia el chamanismo económico y hacia formatos insostenibles de heterodoxia que ponen en peligro el futuro de todos, la Argentina vuelve al sendero de la razón”.
Simple: uno contra todos; buenos y malos. Somos la nueva Roma, insistió. La “nueva Meca de Occidente”.
La coherencia se sacrifica en el altar del relato. Dijo eso y mucho más mientras el Gobierno ampliaba la aplicación del impuesto PAIS al giro de dividendos y sus ministros se desviven para aprobar un paquete fiscal que incluye nuevos tributos.
Milei celebró como un gol de media cancha el elogio del inversor estrella Stanley Druckenmiller sin mirar en detalle los motivos del aplauso. Este exsocio de George Soros afirmó que el gobierno argentino le está enseñando liberalismo a Estados Unidos, que había recortado 35% las jubilaciones y que el Presidente ha sido capaz de mantener sus índices de aprobación gracias a su condición de “showman”.
Dos días antes Milei había remado para negar que sus recortes estuvieran golpeando de más a los jubilados y a los pobres. Fue durante una entrevista con la BBC en la que se lo vio notablemente incómodo cuando la periodista le mencionó el sufrimiento social y le preguntó si sabía cuánto vale un litro de leche. “A ver, ¿usted sabe la cantidad de bienes que tiene una economía? Usted no hace economía desde lo que cuesta un producto en especial”, respondió.
Lo significativo de la escena es que expuso el déficit de empatía de Milei cuando sale por un momento de la posición del underdog, del desvalido; cuando le toca a él ser el foco de análisis y se juzga las consecuencias de sus actos.
Se notó también el día de la marcha universitaria, sorprendentemente masiva. Le costó distinguir entre los políticos opositores que alentaron la protesta y los cientos de miles de personas de a pie, de diversas edades, clases sociales e ideologías, que poblaron las plazas de la argentina.
El paro de la CGT le dio el respiro de lo conocido. Alinear enfrente a Pablo Moyano, Héctor Daer y un elenco estelar de dinosaurios sindicales es el sueño de cualquier agitador libertario. La narrativa quedó servida: son los que están aterrados porque la inflación se desacelera, el dólar está quieto y ven que “el experimento puede salir bien”.
Haría mal el Gobierno en confiarse. Cuando los jugadores del mercado lo elogian destacan su vocación de ajustar la economía a toda costa, pero también el hecho de que el descontento social se mantiene a raya.
Aun en su desprestigio, los gremios peronistas pueden herir a Milei al descontrolar la calle en este momento dramático de parálisis económica. Los números de marzo de industria (-21,2% interanual) y construcción (-42,2%) reflejaron en toda su dimensión el impacto del “no hay plata” libertario.
Lo que está en juego en estas horas es si se consolida o no un foco de resistencia al ajuste capaz de convertirse en un obstáculo serio al Gobierno, a partir de las dudas que podría proyectar sobre el mercado y también sobre aquellos que eligen “esperanza” como la palabra del momento (tal como reflejó una reciente encuesta de Poliarquía).
Si, en cambio, Milei se impone y consigue aprobar sus primeras reformas le espera el llamado de la responsabilidad: gobernar con un set importante de herramientas administrativas.
El corto plazo es un campo minado de complejidades. No hay economista independiente que vea la recuperación en V de la actividad de la que tanto habla Milei. Más bien ven un proceso lento y dispar, acaso rápido en algunas zonas del país, pero muy intrincado nada menos que en el conurbano bonaerense. Las advertencias de un atraso cambiario se amplifican. El Gobierno pasó de negarlo a explicar que la Argentina estará “cara en dólares” por un tiempo.
La ensoñación de arreglar el mundo desde un atril siempre será más fácil que revertir el descalabro de esta Argentina empeñada desde hace décadas en cavar el pozo de su decadencia.

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La espinosa primavera del Presidente
Milei mantiene el apoyo, pero avanza más por sus dichos que por sus logros
Por Sergio Suppo

Por extravagante que resulte,en tiempos de cambio climático y mientras se acerca el invierno, Javier Milei disfruta de la primavera de su presidencia. Más que una estación, es un estado de ánimo, una expectativa, una esperanza de que con sus medidas implacables y su estilo explosivo consiga concretar la promesa de cambio que lo llevó al poder.
Su llegada a la Casa Rosada no produjo un colapso del sistema político. Al contrario, llegó un novato a la Casa Rosada porque el sistema político había colapsado antes y los votantes encontraron en Milei alguien que podía representar su decepción con el presente y su decisión de modificarlo.
Por ahora, mientras se cocina a fuego lento la valoración de sus acciones, Milei avanza por lo que dice más que por lo que construye, y lo que dice es que vamos hacia un liberalismo que hace prósperos a los países en el presente y que provocó un desarrollo sostenido de la Argentina en los años posteriores a su organización constitucional y durante el medio siglo siguiente. Ese futuro liberal es enunciado con formas bruscas mezcladas con ideas de cuño populista y autocrático; pocos reparan en esto mientras esperan un cambio para el país y para sus respectivas vidas.
En las encuestas, prevalece una fuerte idea de corte con la acumulación de desgracias provocadas por los gobiernos anteriores. Y reflejan que Milei conserva apoyo más allá de las duras medidas de ajuste que aplica en nombre del cambio que propone.
En los hechos, para la complejidad real de la ejecución de esa promesa, Milei presenta un equipo corto y limitado, concentrado de pocas manos y monotemático. En ese gabinete solo se habla de economía y de cómo ajustar las cuentas públicas.
Materias cruciales como la crisis de seguridad cuentan con un manejo autónomo ejecutado por la ministra Patricia Bullrich. Políticas esenciales como salud y asistencia social, en un país con más de la mitad de sus habitantes sumergidos en la pobreza, dependen de funcionarios enfocados solo en reducir los gastos monumentales que dejó el kirchnerismo. No está mal eliminar gastos innecesarios o derivados de la corrupción en el área que comanda la ministra Sandra Pettovello, pero detrás de la motosierra no aparecen ideas innovadoras ni señales de lo que falta para que la tarea de recortar concluya.
Mientras suma tiempo, al equipo de Milei le resulta cada vez más costosa la manía del despido inmediato y por cualquier motivo de funcionarios importantes. La inestabilidad, hija de arrebatos temperamentales y de contramarchas por falta de directivas claras, pone a los miembros del equipo libertario en un estado de permanente precariedad. Cada semana vuela algún funcionario mientras proliferan versiones cruzadas de nuevos relevos.
La calidad de la gestión no es todavía un problema en términos de opinión pública, en tanto la figura de Milei y su influencia llevan la atención al futuro. Quienes lo votaron y lo apoyan en su gran mayoría aseguran que cumple lo que promete y dicen comprender la dolorosa receta que aplica para poner en orden cuentas disparatadas. Sin embargo, los problemas de gestión están ahí, chocando con realidades diferentes.
Un mundo con el apetito abierto a descubrir al personaje que gobierna la Argentina no termina de saber si hay algo más allá del enorme atractivo que convirtió a Milei en una celebridad política. Fuera de los estrechos límites del país, con todo derecho se preguntan si no se trata de un argentino más que sale a vender extravagancias o promesas de fingida seriedad. Milei y su canciller, Diana Mondino, consiguen llamar la atención, en el sentido más amplio de la expresión.
Milei no deja de darse ningún gusto. La mitad de sus viajes al exterior responden a convocatorias de foros que lo quieren escuchar por su mensaje antes que por su condición de presidente. En pocos días, luego de entrar en cuanto entrevero verbal puede entablar con quien lo confronte en las redes, incluidos la presidencia o un ministerio de otro país, romperá una vieja tradición de política exterior que consiste en no entrar en asuntos partidarios internos de otra nación. ¿Qué justifica que un presidente argentino sea la figura invitada a un acto electoral de la ultraderecha española? ¿Qué beneficio le trae a la Argentina que Milei busque votos para Vox?
La gestión política para tener las leyes que necesita su administración tienen en Milei uno de sus principales enemigos. Mientras el ministro del Interior, Guillermo Francos, hace magia para unir fragmentos inestables de una coalición que vote la ley Bases, el Presidente parece dispuesto a arremeter contra todo potencial aliado.
Milei tiene una ventaja de la que aún puede sacar provecho: enfrente no hay nada sólido ni estable. La vieja oposición al kirchnerismo no tiene líderes y en su lugar se expresan tribus dispersas que un día acompañan a los libertarios y al siguiente se arrepienten. Sus votantes dejaron de acompañarlos hace tiempo; en el mejor de los casos, son espectadores.
El desierto es tan expresivo que cinco meses después del comienzo de la gestión libertaria lo que acaba de asomarse como oposición es lo más viejo y gastado de la política. Por un lado, la CGT, que el jueves recurrió a su remanido recurso de hacer un paro deteniendo el transporte público. Por el otro, Cristina Kirchner, que salió de su escondite después de un año para operar en persona en contra de la ley que empezó a tratar el Senado.
El regreso de lo que nunca se fue, el sindicalismo y la líder peronista, es funcional a la novedad que implica Milei. Siempre es más fácil competir contra lo que fracasó.
La ausencia de contexto y la presencia de lo viejo y derrotado abre a Milei la oportunidad de avanzar. Y lo asoma al abismo de ser derrotado por él mismo.

http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA

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