Un estudio revela a qué edad ocurren profundos cambios moleculares
Ciencia. Las transformaciones vinculadas con el envejecimiento se concentran alrededor de los 45 y de los 60 años
Leo Sands Traducción de Jaime Arrambide
WASHINGTON.– Para muchos, eso que llamamos “mediana edad” es sinónimo de crisis existencial y conmoción interna. Según un nuevo estudio, la mediana edad es también el período en que nuestro cuerpo atraviesa dos bruscos momentos de transformaciones físicas a nivel molecular.
Científicos de la Universidad de Stanford rastrearon los cambios relacionados con la edad en 135.000 tipos de moléculas y microbios sobre una muestra de más de 100 adultos. Y descubrieron que los cambios en la abundancia de esas moléculas –ya sea su aumento o disminución– no ocurren gradualmente con el tiempo, sino que se concentran en torno de dos edades concretas.
“Hay dos grandes momentos en los que se producen muchas transformaciones: cuando promediamos nuestra cuarta década de vida y cuando llegamos a los 60”, afirma Michael Snyder, genetista de la Universidad de Stanford y coautor del estudio. En promedio, esos cambios se concentran alrededor de los 44 años y alrededor de los 60.
La investigación, que ya fue revisada por pares y publicada el miércoles pasado en la revista científica Nature Aging, aporta más evidencia de que los marcadores de edad no aumentan a ritmo constante, sino más esporádicamente. Poner el foco en el cambio molecular también puede dar pistas a futuras indagaciones sobre las causas de las enfermedades relacionadas con la edad, aunque la relación entre los cambios moleculares y el envejecimiento todavía no es clara.
“Cuando envejecemos, las moléculas de nuestro cuerpo cambian”, dice Xiaotao Shen, biólogo computacional de la Universidad Tecnológica de Nanyang, Singapur, otro de los coautores del estudio. “Lo que todavía no sabemos es la causa de ese cambio”, agrega. Las conclusiones de la investigación también destacan la importancia del estilo de vida de una persona a partir de los 40 años, cuando el cuerpo empieza a cambiar, y allí recomiendan mejorar la dieta y hacer ejercicio.
Durante el estudio, entre cada tres y seis meses, los científicos tomaron muestras de hisopado de boca, nariz y piel, así como muestras de sangre y de las heces de 108 adultos. En promedio, los participantes fueron monitoreados durante un período relativamente breve, con una media de menos de dos años. La edad de los participantes fue de los 25 a los 75 años, todos ellos sanos y étnicamente diversos.
A continuación, los científicos analizaron unas 135.239 moléculas y microbios diferentes –incluidos ARN, proteínas y metabolitos– presentes en las muestras, lo que en total sumó 246.000 millones de datos para todo el período de control. Un análisis estadístico de esos datos reveló que el 81% de las moléculas observadas no fluctuaron en su cantidad de manera continua, sino que cambiaron significativamente en dos edades concretas. “Alrededor de los 45 años y a los 60 parecen producirse la mayor parte de los cambios”, sostiene Snyder.
Las moléculas y microbios cuyos cambios se analizaron como parte del estudio incluyen las proteínas, metabolitos y lípidos que están relacionados con la función cardiovascular, el sistema inmunológico, el metabolismo, la piel y los músculos.
Diferencias
Los científicos descubrieron que en ambas edades se observaron cambios en moléculas relacionadas con las enfermedades cardiovasculares, el metabolismo de la cafeína, la piel y los músculos, pero con algunas diferencias. En los participantes de alrededor de 45 años, por ejemplo, se detectaron cambios en moléculas relacionadas con el metabolismo del alcohol y los lípidos, mientras que en los de 60 años se observaron fluctuaciones notables en moléculas relacionadas con la regulación inmunológica, la función renal y el metabolismo de los carbohidratos.
Snyder señala que los cambios moleculares observados a los 60 años no fueron sorprendentes. “Es el momento en que aparecen muchas enfermedades relacionadas con la edad, como las cardiovasculares o el cáncer”, recuerda.
Pero los cambios observados a los 40 años al principio fueron sorprendentes, según Snyder. Después de desglosar los resultados del estudio por sexo, los autores descubrieron que esos cambios también se observaban en los hombres, quedando descartada la posibilidad de que pudieran explicarse exclusivamente por la llegada de la menopausia o la perimenopausia en las mujeres.
“En retrospectiva, tiene sentido intuitivamente. Cuando llegan a esa edad, las personas que hacen mucho ejercicio se dan cuenta de que no son las mismas que cuando tenían 20”, expresa Snyder.
La razón exacta por la que estos cambios moleculares se concentran al promediar los 40 y al llegar a los 60 no está clara. Pero los autores del estudio dicen que sus hallazgos muestran que a partir de los 40 las personas pueden obtener beneficios especiales si cuidan su salud. Y eso incluye hacerse chequeos médicos regulares –al menos dos veces al año, sugiere Shen– e implementar cambios en el estilo de vida.
“Si te hacés un chequeo y sale que tenés problemas para metabolizar los carbohidratos, entonces podés hacer algo para mejorar, como introducir cambios en tu dieta”, apunta Snyder.
“También descubrimos que la capacidad para metabolizar el alcohol y el café disminuye alrededor de los 40 y 60 años”, indica Shen y sugiere que esas edades se debería reducir el consumo de ambos.
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Sesos exprimidos
Alina Diaconú

Hace poco leí que uno de cada tres argentinos confesaba estar agotado, cansado, “fusilado” por un estrés crónico.
Si bien ese malestar diario es atribuido a presiones laborales y a los tremendos problemas económicos y sociopolíticos que encrespan nuestro ánimo, me quedé reflexionando sobre este mal, al parecer, generalizado. Un mal que provoca ansiedad, insomnio, dolores musculares, jaquecas, dificultades para concentrarse y, prácticamente, una imposibilidad para aprovechar el ocio y relajarse.
¿Por qué mi perplejidad? Porque si bien son indiscutibles los diversos factores externos que nos golpean hoy, desde hace un tiempo, me viene a la mente una pregunta recurrente: ¿cómo influirán en nuestro cerebro la tecnología en general y la adicción al celular, al streaming y a sus derivados en particular?
Estamos permanentemente estimulados, recibiendo información de todo tipo, saltando de un tema a otro, de una imagen a otra, de un paisaje paradisíaco a un terremoto, de unos insultos por las redes a un listado de chistes y memes, de muertos o heridos en Ucrania o en Medio Oriente a Lady Gaga. Mandamos emoticones, gifs, buscando durante largo tiempo los más divertidos, pero de golpe, nos distraen un motín en una cárcel y una manifestación con incidentes en el Obelisco; también, otro caso de pedofilia o de trata de personas o escenas de vandalismo en la Plaza de Mayo o incendios en California; de inmediato nos asaltan unas caras idílicas realizadas con inteligencia artificial, y luego nos interrumpe el chateo con amigos, relaciones, arreglo de citas, compromisos. Hay que leer las preguntas, hay que contestar y el tiempo pasa… y siempre estamos en falta. También necesitamos ver si compramos o si vendemos cosas a través de internet, en tanto que nos avisan que está por empezar una reunión por Zoom o un partido en Australia. A la vez, tendríamos que buscar ciertos datos en Google sobre cualquier cosa para un trabajo. Google: esa memoria desmesurada, casi inconcebible para una mente humana, salvo para el Funes de Borges. Alguna vez también me pregunté: ¿quién habrá programado todo este material infinito acerca de cualquier objeto, hecho o persona? ¿Un ET?
Además, para todo trámite o averiguación hay una app, hay un código, un pin, un QR, una clave, un nombre de usuario. Palabras, números, claves con letras y números, con letras sin números, con números sin letras, etc., etc. ¡Dios, ya me cansé! Hay que anotarlos, ¿porque qué cerebro los puede aprender de memoria? Y en cuanto los anotamos, ya dejan de ser secretos y personales, como se supone que deben ser. Ese alud de “droga cibernética”, de hiperquinesia tecnológica, ¿qué produce en nuestras cabezas? Porque, digo yo, es imposible que no produzca algo.
Vivimos en un nuevo mundo que no figura en el atlas, pero sí que debe estar resonando en los surcos de nuestra materia gris. Tal vez ya no sea gris, haya cambiado de color…
Nuestros cerebros estaban acostumbrados a un bombardeo más gradual. Teníamos archivos, diccionarios, teléfonos fijos, epistolarios, caminábamos las calles para comprar, para hacer diligencias, leíamos las noticias en diarios en papel y así, sucesivamente.
Le pregunté al Dr. Jorge Luis Molteni, médico neurólogo y legista, cómo repercutía en el cerebro ese gigantesco aumento de estímulos y datos al que se ve sometida nuestra cabeza a raíz de la tecnología. Y me respondió que el “bombardeo” tecnológico, en sus diferentes formas, afectaba –a su entender– el comportamiento psicoemocional, sobre todo en las generaciones más jóvenes. “Para decirlo sintéticamente –subrayó–, se produce la necesidad de respuestas inmediatas, sin mayor análisis, lo cual crea unos déficits adicionales y un deterioro de la inteligencia emocional, y también un déficit en las relaciones interpersonales”.
¿Qué mejor entonces que conversar con una psicóloga? Flavia Schlingmann, psicoterapeuta integradora, coincide en cierta forma con el Dr. Molteni. Me dice: “Este aluvión de información nos implica manipular muchos datos en simultáneo, dándoles, por lo tanto, un tratamiento más superficial”.
También cree que “caemos, de esta manera, en el multitasking, con lo cual lejos de ser más productivos estamos menos focalizados desde el punto de vista de la atención”. ¿Consecuencias? Nos volvemos menos organizados y la percepción de la tarea realizada es menos satisfactoria.
Saco mis conclusiones. La inmediatez y la dispersión serían la consecuencia de todos estos cambios en nuestra vida y ,como reza el nuevo dicho en la Argentina, “eso ya fue”.
La inmediatez significa superficialidad, apuro, corridas y una ansiedad permanente, puesto que un deseo es reemplazado por otro, en una suerte de pozo sin fondo que crea una constante insatisfacción.
Imposible no remitirme entonces a Buda. Buda atribuía la causa del sufrimiento humano al deseo y al apego.Los deseos satisfacen momentáneamente, crean la ilusión de permanencia, pero están ligados al ego, y el ego, según el budismo, es ilusorio. El deseo sería ni más ni menos que una trampa, perseguir zanahorias. Por eso, en su filosofía, Buda hablaba de la “supresión de los deseos” como base para alcanzar la paz interior.
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Caso Maldonado: insistir con el relato
En mayo último, la Cámara Federal de Comodoro Rivadavia revocó el sobreseimiento de los gendarmes acusados por el inexistente delito de desaparición forzada del artesano Santiago Maldonado y ordenó por segunda vez la reapertura de la causa, al considerar que resultó prematura la resolución conclusiva del proceso. Paralelamente, apartó al juez interviniente, Gustavo Lleral.
Tras hallarse el cuerpo del joven Maldonado en el Río Chubut, pasados 77 días de su desaparición, con intervención de más de una decena de peritos –algunos refieren hasta 55–, la autopsia determinó “asfixia por sumersión coadyuvada por hipotermia”, sin evidencia de traumatismos o golpes que pudieran asociarse a una muerte intencional. Se confirmaba así que se trató de una muerte accidental por la que no correspondía responsabilizar a nadie y se descartó el delito de abandono de persona.
La hipótesis de desaparición forzada de persona había quedado descartada también para los jueces Javier M. Leal de Ibarra y Aldo Suárez de la antes referida Cámara Federal.
El desarchivado expediente se encuentra ahora en manos del juez federal de Ushuaia, Federico Calvete, el tercero en esta secuencia judicial de una tan controvertida como politizada causa.
Los procesos judiciales se desarrollan en medio de tensiones y presiones de las partes. Llegar a la verdad debe ser el cometido de la Justicia, evitando dilatar los tiempos o ceder ante quienes pretenden anteponer cuestiones ideológicas o intereses económicos por encima de la contundencia de las pruebas.
Cuando ya han transcurrido siete años de los hechos, ante la reapertura del expediente, corresponde que ninguna línea de investigación quede trunca para dar por cerrado el caso en respuesta a las demandas de todos los involucrados, si es que esto fuera posible cuando hemos visto que la sensatez no pareciera ser una virtud que acompañe al dolor de la familia Maldonado.
La Cámara persigue “un significativo avance procesal en tiempo breve (…) que ponga término del modo más rápido posible a la situación de incertidumbre y de innegable restricción que comporta el enjuiciamiento penal”.
En ese afán confiamos que no se dilate aún más el proceso. La verdad anida en los hechos comprobados, mal que les pese a los cultores del relato. Hasta aquí, quienes han querido imponer versiones conspirativas e ideologizadas han visto frustrados sus intentos: Santiago Maldonado falleció trágicamente ahogado como quedó demostrado en el informe de la autopsia.
WASHINGTON.– Para muchos, eso que llamamos “mediana edad” es sinónimo de crisis existencial y conmoción interna. Según un nuevo estudio, la mediana edad es también el período en que nuestro cuerpo atraviesa dos bruscos momentos de transformaciones físicas a nivel molecular.
Científicos de la Universidad de Stanford rastrearon los cambios relacionados con la edad en 135.000 tipos de moléculas y microbios sobre una muestra de más de 100 adultos. Y descubrieron que los cambios en la abundancia de esas moléculas –ya sea su aumento o disminución– no ocurren gradualmente con el tiempo, sino que se concentran en torno de dos edades concretas.
“Hay dos grandes momentos en los que se producen muchas transformaciones: cuando promediamos nuestra cuarta década de vida y cuando llegamos a los 60”, afirma Michael Snyder, genetista de la Universidad de Stanford y coautor del estudio. En promedio, esos cambios se concentran alrededor de los 44 años y alrededor de los 60.
La investigación, que ya fue revisada por pares y publicada el miércoles pasado en la revista científica Nature Aging, aporta más evidencia de que los marcadores de edad no aumentan a ritmo constante, sino más esporádicamente. Poner el foco en el cambio molecular también puede dar pistas a futuras indagaciones sobre las causas de las enfermedades relacionadas con la edad, aunque la relación entre los cambios moleculares y el envejecimiento todavía no es clara.
“Cuando envejecemos, las moléculas de nuestro cuerpo cambian”, dice Xiaotao Shen, biólogo computacional de la Universidad Tecnológica de Nanyang, Singapur, otro de los coautores del estudio. “Lo que todavía no sabemos es la causa de ese cambio”, agrega. Las conclusiones de la investigación también destacan la importancia del estilo de vida de una persona a partir de los 40 años, cuando el cuerpo empieza a cambiar, y allí recomiendan mejorar la dieta y hacer ejercicio.
Durante el estudio, entre cada tres y seis meses, los científicos tomaron muestras de hisopado de boca, nariz y piel, así como muestras de sangre y de las heces de 108 adultos. En promedio, los participantes fueron monitoreados durante un período relativamente breve, con una media de menos de dos años. La edad de los participantes fue de los 25 a los 75 años, todos ellos sanos y étnicamente diversos.
A continuación, los científicos analizaron unas 135.239 moléculas y microbios diferentes –incluidos ARN, proteínas y metabolitos– presentes en las muestras, lo que en total sumó 246.000 millones de datos para todo el período de control. Un análisis estadístico de esos datos reveló que el 81% de las moléculas observadas no fluctuaron en su cantidad de manera continua, sino que cambiaron significativamente en dos edades concretas. “Alrededor de los 45 años y a los 60 parecen producirse la mayor parte de los cambios”, sostiene Snyder.
Las moléculas y microbios cuyos cambios se analizaron como parte del estudio incluyen las proteínas, metabolitos y lípidos que están relacionados con la función cardiovascular, el sistema inmunológico, el metabolismo, la piel y los músculos.
Diferencias
Los científicos descubrieron que en ambas edades se observaron cambios en moléculas relacionadas con las enfermedades cardiovasculares, el metabolismo de la cafeína, la piel y los músculos, pero con algunas diferencias. En los participantes de alrededor de 45 años, por ejemplo, se detectaron cambios en moléculas relacionadas con el metabolismo del alcohol y los lípidos, mientras que en los de 60 años se observaron fluctuaciones notables en moléculas relacionadas con la regulación inmunológica, la función renal y el metabolismo de los carbohidratos.
Snyder señala que los cambios moleculares observados a los 60 años no fueron sorprendentes. “Es el momento en que aparecen muchas enfermedades relacionadas con la edad, como las cardiovasculares o el cáncer”, recuerda.
Pero los cambios observados a los 40 años al principio fueron sorprendentes, según Snyder. Después de desglosar los resultados del estudio por sexo, los autores descubrieron que esos cambios también se observaban en los hombres, quedando descartada la posibilidad de que pudieran explicarse exclusivamente por la llegada de la menopausia o la perimenopausia en las mujeres.
“En retrospectiva, tiene sentido intuitivamente. Cuando llegan a esa edad, las personas que hacen mucho ejercicio se dan cuenta de que no son las mismas que cuando tenían 20”, expresa Snyder.
La razón exacta por la que estos cambios moleculares se concentran al promediar los 40 y al llegar a los 60 no está clara. Pero los autores del estudio dicen que sus hallazgos muestran que a partir de los 40 las personas pueden obtener beneficios especiales si cuidan su salud. Y eso incluye hacerse chequeos médicos regulares –al menos dos veces al año, sugiere Shen– e implementar cambios en el estilo de vida.
“Si te hacés un chequeo y sale que tenés problemas para metabolizar los carbohidratos, entonces podés hacer algo para mejorar, como introducir cambios en tu dieta”, apunta Snyder.
“También descubrimos que la capacidad para metabolizar el alcohol y el café disminuye alrededor de los 40 y 60 años”, indica Shen y sugiere que esas edades se debería reducir el consumo de ambos.
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Sesos exprimidos
Alina Diaconú
Hace poco leí que uno de cada tres argentinos confesaba estar agotado, cansado, “fusilado” por un estrés crónico.
Si bien ese malestar diario es atribuido a presiones laborales y a los tremendos problemas económicos y sociopolíticos que encrespan nuestro ánimo, me quedé reflexionando sobre este mal, al parecer, generalizado. Un mal que provoca ansiedad, insomnio, dolores musculares, jaquecas, dificultades para concentrarse y, prácticamente, una imposibilidad para aprovechar el ocio y relajarse.
¿Por qué mi perplejidad? Porque si bien son indiscutibles los diversos factores externos que nos golpean hoy, desde hace un tiempo, me viene a la mente una pregunta recurrente: ¿cómo influirán en nuestro cerebro la tecnología en general y la adicción al celular, al streaming y a sus derivados en particular?
Estamos permanentemente estimulados, recibiendo información de todo tipo, saltando de un tema a otro, de una imagen a otra, de un paisaje paradisíaco a un terremoto, de unos insultos por las redes a un listado de chistes y memes, de muertos o heridos en Ucrania o en Medio Oriente a Lady Gaga. Mandamos emoticones, gifs, buscando durante largo tiempo los más divertidos, pero de golpe, nos distraen un motín en una cárcel y una manifestación con incidentes en el Obelisco; también, otro caso de pedofilia o de trata de personas o escenas de vandalismo en la Plaza de Mayo o incendios en California; de inmediato nos asaltan unas caras idílicas realizadas con inteligencia artificial, y luego nos interrumpe el chateo con amigos, relaciones, arreglo de citas, compromisos. Hay que leer las preguntas, hay que contestar y el tiempo pasa… y siempre estamos en falta. También necesitamos ver si compramos o si vendemos cosas a través de internet, en tanto que nos avisan que está por empezar una reunión por Zoom o un partido en Australia. A la vez, tendríamos que buscar ciertos datos en Google sobre cualquier cosa para un trabajo. Google: esa memoria desmesurada, casi inconcebible para una mente humana, salvo para el Funes de Borges. Alguna vez también me pregunté: ¿quién habrá programado todo este material infinito acerca de cualquier objeto, hecho o persona? ¿Un ET?
Además, para todo trámite o averiguación hay una app, hay un código, un pin, un QR, una clave, un nombre de usuario. Palabras, números, claves con letras y números, con letras sin números, con números sin letras, etc., etc. ¡Dios, ya me cansé! Hay que anotarlos, ¿porque qué cerebro los puede aprender de memoria? Y en cuanto los anotamos, ya dejan de ser secretos y personales, como se supone que deben ser. Ese alud de “droga cibernética”, de hiperquinesia tecnológica, ¿qué produce en nuestras cabezas? Porque, digo yo, es imposible que no produzca algo.
Vivimos en un nuevo mundo que no figura en el atlas, pero sí que debe estar resonando en los surcos de nuestra materia gris. Tal vez ya no sea gris, haya cambiado de color…
Nuestros cerebros estaban acostumbrados a un bombardeo más gradual. Teníamos archivos, diccionarios, teléfonos fijos, epistolarios, caminábamos las calles para comprar, para hacer diligencias, leíamos las noticias en diarios en papel y así, sucesivamente.
Le pregunté al Dr. Jorge Luis Molteni, médico neurólogo y legista, cómo repercutía en el cerebro ese gigantesco aumento de estímulos y datos al que se ve sometida nuestra cabeza a raíz de la tecnología. Y me respondió que el “bombardeo” tecnológico, en sus diferentes formas, afectaba –a su entender– el comportamiento psicoemocional, sobre todo en las generaciones más jóvenes. “Para decirlo sintéticamente –subrayó–, se produce la necesidad de respuestas inmediatas, sin mayor análisis, lo cual crea unos déficits adicionales y un deterioro de la inteligencia emocional, y también un déficit en las relaciones interpersonales”.
¿Qué mejor entonces que conversar con una psicóloga? Flavia Schlingmann, psicoterapeuta integradora, coincide en cierta forma con el Dr. Molteni. Me dice: “Este aluvión de información nos implica manipular muchos datos en simultáneo, dándoles, por lo tanto, un tratamiento más superficial”.
También cree que “caemos, de esta manera, en el multitasking, con lo cual lejos de ser más productivos estamos menos focalizados desde el punto de vista de la atención”. ¿Consecuencias? Nos volvemos menos organizados y la percepción de la tarea realizada es menos satisfactoria.
Saco mis conclusiones. La inmediatez y la dispersión serían la consecuencia de todos estos cambios en nuestra vida y ,como reza el nuevo dicho en la Argentina, “eso ya fue”.
La inmediatez significa superficialidad, apuro, corridas y una ansiedad permanente, puesto que un deseo es reemplazado por otro, en una suerte de pozo sin fondo que crea una constante insatisfacción.
Imposible no remitirme entonces a Buda. Buda atribuía la causa del sufrimiento humano al deseo y al apego.Los deseos satisfacen momentáneamente, crean la ilusión de permanencia, pero están ligados al ego, y el ego, según el budismo, es ilusorio. El deseo sería ni más ni menos que una trampa, perseguir zanahorias. Por eso, en su filosofía, Buda hablaba de la “supresión de los deseos” como base para alcanzar la paz interior.
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Caso Maldonado: insistir con el relato
En mayo último, la Cámara Federal de Comodoro Rivadavia revocó el sobreseimiento de los gendarmes acusados por el inexistente delito de desaparición forzada del artesano Santiago Maldonado y ordenó por segunda vez la reapertura de la causa, al considerar que resultó prematura la resolución conclusiva del proceso. Paralelamente, apartó al juez interviniente, Gustavo Lleral.
Tras hallarse el cuerpo del joven Maldonado en el Río Chubut, pasados 77 días de su desaparición, con intervención de más de una decena de peritos –algunos refieren hasta 55–, la autopsia determinó “asfixia por sumersión coadyuvada por hipotermia”, sin evidencia de traumatismos o golpes que pudieran asociarse a una muerte intencional. Se confirmaba así que se trató de una muerte accidental por la que no correspondía responsabilizar a nadie y se descartó el delito de abandono de persona.
La hipótesis de desaparición forzada de persona había quedado descartada también para los jueces Javier M. Leal de Ibarra y Aldo Suárez de la antes referida Cámara Federal.
El desarchivado expediente se encuentra ahora en manos del juez federal de Ushuaia, Federico Calvete, el tercero en esta secuencia judicial de una tan controvertida como politizada causa.
Los procesos judiciales se desarrollan en medio de tensiones y presiones de las partes. Llegar a la verdad debe ser el cometido de la Justicia, evitando dilatar los tiempos o ceder ante quienes pretenden anteponer cuestiones ideológicas o intereses económicos por encima de la contundencia de las pruebas.
Cuando ya han transcurrido siete años de los hechos, ante la reapertura del expediente, corresponde que ninguna línea de investigación quede trunca para dar por cerrado el caso en respuesta a las demandas de todos los involucrados, si es que esto fuera posible cuando hemos visto que la sensatez no pareciera ser una virtud que acompañe al dolor de la familia Maldonado.
La Cámara persigue “un significativo avance procesal en tiempo breve (…) que ponga término del modo más rápido posible a la situación de incertidumbre y de innegable restricción que comporta el enjuiciamiento penal”.
En ese afán confiamos que no se dilate aún más el proceso. La verdad anida en los hechos comprobados, mal que les pese a los cultores del relato. Hasta aquí, quienes han querido imponer versiones conspirativas e ideologizadas han visto frustrados sus intentos: Santiago Maldonado falleció trágicamente ahogado como quedó demostrado en el informe de la autopsia.
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